jueves, 8 de diciembre de 2022

Una noche de 1887 en Capuchinos de San Pedro

Capuchinos, Cruz espadaña, túnel y parte del embarcadero
MTNZ BERASAIN 1901-30
En el Seminario de Pamplona, en los años 60, jamás nos recomendaron el uso del cilicio o de las disciplinas. No sabíamos ni qué era eso. Sin embargo, por esos mismos años me enteré de que el Opus Dei los recomendaba. Y lo sigue haciendo, al menos para los célibes (ya os podéis imaginar por qué).
Teólogos capuchinos con sus superiores GALLE 1925-44 
Una noche en Capuchinos
Iba ya apagándose en nuestro horizonte la luz del crepúsculo vespertino, cuando la respetable comunidad del Convento de Pamplona se dirigía al refectorio con grave y respetuoso silencio. Solo dejábase percibir el triste y melancólico ruido de los rosarios, producido por el movimiento de los religiosos.
Lavanderas San Pedro García Asarta 1895
Hallábase á la sazón un sacerdote, habitador también de aquella pacífica morada. Estaba reformando su espíritu, mediante unos santos ejercicios. Ya estos caminaban á su fin; y á la hora, á que arriba nos referimos, hallábase contemplando entre dos luces, desde la ventana de su celda, el bello panorama que se descubre por la parte de la ciudad. En la población, ceñida por un opresor cinto de piedra (no otra cosa parecen sus murallas), déjase oír el toque del Ángelus en las distintas parroquias; váse recogiendo la gente en los cortijos, y cesó ya el griterío de las lavanderas de San Pedro. Un suave céfiro, que parece venir del Convento de las Agustinas, produce ondulaciones, de abajo hacia arriba, en las mansas aguas del Arga. Este besa juguetón con sus ondas las empalizadas orillas, y la barca de Capuchinos funciona entre sus dos huertas. Es que el limosnero del Convento ha tocado la trompeta, y un hermano lego pasa á recojer á su demandante. El dia, que se va, para nunca más volver, comienza á ser envuelto en el triste y tenebroso manto de la noche. A la luz han seguido las tinieblas. Sin embargo, esto no obsta, para que deje de producirse la refracción de la luz de las estrellas de primera magnitud sobre las aguas del manso rio.
Iglesia Capuchinos Iraizoz c. 1900
La Venerable comunidad concluye de tomar su refección. Resuena por todo el Convento, en especial, por la parte de Pamplona, á donde caen las ventanas del refectorio, la acción de gracias por el beneficio, que Dios le concede, al darle una pobre alimentación. Esta circunstancia nos trae á la memoria el olvido, en que gran parte de los cristianos tienen esta práctica de bendecir la mesa, y dar gracias; siendo así, que Dios permite, que sus paladares sean regalados con opíparos banquetes y suculentas comidas.
Un hermano lego anuncia al ejercitante la llegada de la cena, durante la cual los Capuchinos se sienten en la sala de recreo. La cena y el recreo coinciden en su fin y término. La comunidad se dirige á la Iglesia. El ejercitante se sitúa en una tribuna, cuyas celosías dan al presbiterio.
Los Capuchinos dan principio a lo que ellos llaman la Indulgencia, rezando el Regina coeli letare etc. tres antífonas, una á la Purísima, otra á San Francisco y la general, con sus correspondientes oraciones; la estación al Santísimo, con los brazos en cruz, y el salmo, De profundis por los bienhechores difuntos.
Practicados estos ejercicios, hé aquí, que de repente se apagan todas las luces de la iglesia; luces á través de las cuales el templo se veía lleno de misteriosas sombras. Inmediatamente se deja sentir general ruido de rosarios, que penden del cordón de los religiosos. Comienzan á semitonar muy despacio y pausadamente el salmo Miserere por coros, y se oye, en el ínterin, un confuso chasquear, semejante al que produce un copioso aguacero, sin el estrellarse de las gotas más gordas y gruesas.
Las tinieblas impiden ver al ejercitante la escena, que no lejos do él tiene lugar. Continúa la pausadísima semitonación del Miserere, y la tempestad parece que arrecia por momentos. Entonces comprende nuestro protagonista, que los Capuchinos están tomando la Disciplina. 
Desorientado en aquel horizonte tenebroso, permanece inmóvil, de rodillas, hasta que vuelva á lucir la lámpara de la Iglesia. Continúa el rezo y el ruido no cesa. Al Miserere sigue el De profundis; la larga antífona Christus factus est pro nobis obediens... etc., y la oración Réspice quesumus Domine... etc. Sigue la disciplina, al parecer, con mas fuerza. Empiézase a semitonar la oracion de la Iglesia Salve Regina Mater... etc. y cinco ó seis oraciones más, terminadas las cuales, y después de continuar la disciplina, sin rezo, por cierto espacio de tiempo, á una señal sabida, deja de percibirse el ruido, que tanto llamaba nuestra atención. Enciéndese la lámpara, y los religiosos ván retirándose á sus celdas, donde, para su descanso, no encuentran otra cosa que unas duras tablas y un par de mantas. Vuelto el ejercitante de su asombro y estupor, al reflexionar sobre aquel acto de penitencia; al contemplar la maceración de las carnes de aquellos inocentes religiosos, ocúrrele á su mente el contraste que tan diametralmente opuesto, forma con este siglo, cuyo único fin no parece ser otro que una vida muelle y voluptuosa, y exclama diciendo:
Engañaste, ignorante siglo, por más que te precies de ilustrado; andas en densísimas tinieblas aun cuando á ti mismo te denomines con el flamante epíteto de siglo de las luces; pues el fin del hombre está sobre todo lo terreno. Preguntémoslo, si no, á esos religiosos, que azotan sus inocentes carnes, y nos contestarán diciendo: Nuestro fin es el Cielo cuyo reino padece violencia; vim patitur; y los que se hacen violencia, estos son los que lo consiguen; et violenti rapiunt illud. Por eso, nosotros tomamos la disciplina y castigamos hasta la sangre nuestros cuerpos; raemos el cabello de nuestra cabeza, aunque seamos la. abyección de la plebe, vestimos este áspero hábito de penitencia, en lugar de telas finísimas de que usa el mundo, y unas pobres sandalias son para nosotros más apreciadas que las botas mas elegantes.
¿Lo oís, mundanos? Y vosotros, ¿cuándo y en qué os violentáis? ¿Acaso cuándo buscáis la satisfacción de todas las pasiones? Meditad meditad... Ved el ejemplo de esos pobres Capuchinos, que, ricos de virtudes, acaban de domar la bestia de su cuerpo; y después de este acto, van á buscar el descanso, no en jergones de muelle ni en colchones de blandas plumas, sino en mondas tablas de pino, en las cuales, tan regalado y contento se encuentra el anciano octogenario como el corista más robusto. ¡Cuánto mérito en la presencia de Dios! ¡Ay del mundo en el dia de la cuenta! ¡Cuántos se han de ver precisados á exclamar: Nos insensati!
Casa Irujo y Capuchinos Altadill c. 1900
Son las doce en punto de la noche, y el desagradable ruido de la matraca, que se deja oír en todos los tránsitos, viene á perturbar el sueño del Capuchino, que, veloz, salta de su tarima, para ir sin demora á Maitines. Háse despierto también el ejercitante y vá á tomar asiento en el coro, donde encuentra ya un gran número de Religiosos, de cuyos labios brotan las alabanzas á Dios. La campana del convento anuncia al mundo la vigilia de los Capuchinos, y estos continúan el rezo de Maitines. ¡Qué lección para los mundanos! ¡Oh cómo los reprende! A la hora en que estos ocupan muelles butacas, recreando el sentido de la vista por medio de un anteojo de teatro, asisten al liceo, y se constituyen espectadores de una corrida de toros al amparo de la luz eléctrica; á la hora en que satisfacen sus pasiones en medio de sus orgías é inmundas bacanales, el Religioso Capuchino deja con presteza su duro lecho, para elevar sus plegarias al Cielo y rogar por los vivos y difuntos. ¡Qué diversidad de conducta! ¿Y hay quien no cree en la vida futura? ¡Qué insensato y necio es el mundo! Rogad, rogad, Capuchinos, por el mundo, que camina á su eterna perdición, apartado de las sendas de la justicia y santidad.
Capuchinos, desde la barca de Alemanes
1913 R. de Galarreta
A la una y cuarto, hora en que se terminan los Maitines, vuelven los Religiosos á su cama de tablas; y mientras los mundanos que han perdido en fruslerías y tal vez en gravísimos pecados el tiempo de la noche, permanecen acostados hasta el medio día; el Capuchino levántase á las cuatro y media de la mañana, para invocar nuevamente á Dios y cumplir con los deberes de su profesión. ¡Cuán buena y perfecta es la Religión de los Capuchinos! ¡Qué Cielo tan grande les espera! ¡Cuántos de los mundanos mudarían de vida, cuántos pecadores se convertirían á Dios, cuántos corazones duros se ablandarían, cuántos variarían de conducta si pasasen una sola noche en Capuchinos!
E. J.
1887 mayo 11 El Tradicionalista diario de Pamplona

1 comentario:

Carmelo dijo...

Gracias Pachi, desde luego es un lujazo disponer de estas entradas de desolvidar con estas ilustraciones tan antiguas y realmente bonitas.
Me traen muchos recuerdos de la infancia, gracias, Pachi.
Navrazon