Mostrando entradas con la etiqueta Pío Baroja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pío Baroja. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de noviembre de 2025

De colores (habanera española)

Esta habanera tradicional que aprendimos de niños, que cantaban nuestras madres y nuestras abuelas, es, como tantas, de autor y origen desconocido. Su sencillez le da un aire antiguo, quizás anterior al siglo XIX, pero lo que dice Wikipedia de ella resulta muy exagerado y, además, contradictorio:
"La canción está asociada con el folclore mexicano, pero no se sabe con seguridad cuándo y dónde se originó la canción. Se cree que está en circulación en América desde el siglo XVI en el México prehispánico, junto con melodías traídas de España durante la era colonial."
Siendo una canción del "mundo de habla hispana" (como Wikipedia reconoce), ¿cómo iba a circular en el México prehispánico? ¿O acaso los olmecas, mayas, zapotecas, toltecas, aztecas... ya cantaban "De colores" en español antes de 1521?
Se le ve mucho el plumero al autor del artículo de Wikipedia cuando remata diciendo: "El grupo que la hizo famosa en su tiempo fue la Estudiantina de la Universidad de Guanajuato, que a la fecha sigue siendo una pieza que identifica al grupo donde quiera que se presenta".
En fin, lo dicho: exagerado, contradictorio y nada objetivo.

Prensa Histórica
El artículo más antiguo sobre "De colores" es de 1912. Concha Espina hace honor a su apellido y ridiculiza a un "pájaro raro que viene de fuera", a un conferenciante portugués que viene a conquistar a las "atrasadas damas españolas" para el libre pensamiento.
Durante el franquismo, esta canción se asocia a menudo con los Cursillos de Cristiandad. Más recientemente, en un artículo de Javier Reverte, de 1993,  éste afirma que "De colores era la canción que se entonaba en todas las residencias del Opus Dei".

Corde
Aquí nos aparece una cita de "Desde la última vuelta del camino. Memorias", de Pío Baroja. La acción transcurre entre 1883 y 1886:
Serafín Baroja
"Yo pasé cuatro o cinco días en San Sebastián, y fui a Bilbao a hospedarme en la casa de huéspedes donde vivía mi padre (Serafín Baroja, ingeniero, escritor en vasco y en español, letra de Marcha de San Sebastián), en la calle llamada Barren (calle) Barrena. Era una casa del barrio antiguo en Bilbao, que antes creo que le decían las Siete Calles, y ahora todo el mundo parece que lo llama barrio de Achuri. La casa de huéspedes me hizo bastante mal efecto. Había una mesa redonda y se sentaban a ella diez o doce personas, y se hacían chistes, casi todos de bastante mal gusto.
Mi padre estaba todavía un poco enfermo. Después de comer se cantaba con frecuencia, y una de las canciones más en  boga era una habanera cuya letra era así:
De colores se visten los campos en la primavera,
De colores los pájaros raros que vienen de fuera.
De colores es el arco iris que vemos lucir.
Y por eso los muchos colores me gustan a mí."
Así pues, Pío Baroja nos garantiza que "De colores" se cantaba con frecuencia en el Bilbao de 1880.

Grabación
Ahí va esta preciosidad de Nana Mouskouri, una sinfonía de colores:

miércoles, 22 de noviembre de 2023

El Baroja chaval en Pamplona (J.M. Iribarren)

Baroja niño vivió en el 30-2º de la calle Nueva. Bozano 1971
He encontrado en La Voz de Navarra, de 1934 01 18, un artículo de José María Iribarren sobre la estancia de Pío Baroja en Pamplona. Baroja estuvo en nuestra ciudad desde los 9 a los 14 años, entre 1881 y 1886.
Iribarren escribió el artículo en 1934, cuando Baroja estaba recorriendo "la penúltima vuelta del camino".

Baroja y Pamplona
por José María Iribarren
Cuatro veces -a lo largo de la cosa agria y enorme de sus sesenta y tantos libros- habla Pío Baroja de Pamplona. En cuatro esquinas de su vida parece rendirse a esa atracción -ineludible y freudiana- que ejercen sobre el hombre los horizontes de su adolescencia.

La Pamplona que describe Baroja es la Pamplona rancia de finales del ochocientos. Ciudad de humo dormido. Ciudad doliente de campanas y lluvia. Constreñida por el corsé ortopédico de la muralla, donde los rastrillos jugaban a la Edad Media en los anocheceres...
La población, catalogada, dividida en estratos sociales. Hidalgos de chistera y esclavina pasean sartas de apellidos gloriosos bajo los portales de la plaza. En las mañanas de cadetes y Taconera, una banda castrense llena el aire de fantasías de La Mascota y de Boccaccio.
Pamplona tendría entonces la monotonía con que la retrató en un verso Manolo Iribarren:

Vida siempre la "mesma",
sigue su curso igual:
vigilias en Cuaresma
y baile en Carnaval.
Gigantes en la Mañueta
En los garitos de la Mañueta, peñas de sargentazos alternaban la lotería con las barajas y el billar en un ambiente de humazo y de guitarra. Los borrachos de la ciudad llenaban de Brindis de Marina los callejones del atardecer por donde iban las viejas al rosario de San Cernin.
A Baroja, amargado y ácido, le reventaban la clerecía, la hidalguía y el militarismo de aquella que él llamaba "ciudad levítica".
Baroja inauguraba su pubertad insobornable bajo el férreo dogmatismo de su tía. Una tía que él nos describe sádica y necrófaga, limpiando huesos familiares que guardaba en un arca. Poniendo nueces bajo los armarios para cerciorarse de si barrían las criadas. Mujer de gafas inapelables, urraca y pragmatista que conservaba en una caja "la dentadura de Deogracias" y que sabía las virtudes de los alimentos: el chocolate, con canela ardiente; el apio, bueno para la orina. Decía que el vinagre mata los bichos del interior y se enredaba en discusiones sobre si los guisantes son alimentos sano o flatulento y si después de las alcachofas era mejor beber agua o beber vino.
La Peñica (por donde está el caballo) luego se llamó "Río de los quintos"
Patio del Arcedianato
Pero Baroja se vengaba en la calle de esta opresión y de estos pragmas domésticos, y se curtía en un ambiente de barbaridades. ¡Con qué gozo revive don Pío sus granujadas moceteriles! Bromas en el Gayarre. Pedreas en la Vuelta del Castillo. Petardos en las casas de los canónigos (arcedianato). Baños en la Peñica. Periplos por el Arga en almadía... Había un pelotero al que, en cuanto podían, le derribaban la pirámide de pelotas con que enorgullecía su escaparate. Y un barbero en la calle de Curia que salía a encorrerlos, porque pasaban en fila ante su tienda golpeándole la bacía gremial. Y una fauna de tipos raros, paranoicos, de los que él y sus amigos se burlaban donosamente. Una vez le robaron a un vecino un aguilucho muerto y de lo alto de la buhardilla lo arrojaron sobre los aterrados transeúntes.
La pandilla de Baroja (de la que era gonfaloniero aquel inquieto Laquidáin, que acabó sus barrabasadas rompiéndose la crisma contra el foso de la muralla) constituía la pesadilla de Gonzalón, el probo cabo de alguaciles. Lo que más le gustaba era llenar de piedras las estancias vacías del caserón que fue palacio del obispo. O pasarse las horas muertas en el sol del Redín, montado sobre el lomo oxidado de las cureñas, junto a las pirámides de bombas invadidas de verdín y de musgo...

Baroja árbol del Cuco1860
Y al lado del Baroja áspero, espontáneo, insobornable, asomaba -ya para entonces- el Baroja filósofo, el solitario replegado en su yo, que soñaba aventuras ante el futuro inédito. Era el Baroja estudiante, lector de Werther y del Robinsón. El que, subido a un árbol de la Taconera, soñaba fábulas maravillosamente aprendidas en Verne y en Maine Reid. El que recuerda, con una rara clarividencia de horizontes, sus sentadas en el Redín y sus filosofías en el Mirador, cara a la cuenca verde, constelada de aldeas bajo el anfiteatro gris del San Cristóbal. Cuando su adolescencia estremecida imaginaba viajes marineros por las aguas de un Arga harinero "antimarinero", de orillas llenas de molinos."
Baroja era en aquellos tiempos un rapaz rubio con ojos glaucos de pescado y grandes en la cara. Ilusionado con ser flaco esquinado y moreno para tener partido con las pamplonicas. Su corazón precoz inauguraba una plural historia de amoríos.
Pío Baroja (1), Fermín Lipúzcoa (2), Juan Irigaray (3)
 y su hermano Fermín (4).  Arazuri PCB
Hay una Milagritos de catorce años que él se cruzaba en la escalera, con cuyas trenzas de oro ha miniado Baroja la inicial inefable de sus amores... Y otra muchacha que él veía asomada al balcón cuando marchaba al instituto. Y otra de ojos ribeteados que pasaba en Pamplona por una gran belleza. Y aquella Charo, esposa de un militar, de ojos verdes y pelo de caoba, olorosa de feminidad y de pachuli, que ejercía sobre sus quince años una atracción irreprimible...
Mas, sobre todas ellas, resplandece la Milagritos adolescente y rubia de quien habla Baroja con esa emoción primeriza y romántica que solo volverá a estremecerle cuando conozca a los cuarenta años a aquella Ana de Lomonosov que perfumó sus años parisinos.
En "Juventud, egolatría" vuelve don Pío a sus recuerdos de Pamplona. Habla de los Sanfermines como de unas fiestas ridículas y dibuja con trazos grotescos la figura de Sarasate. Recuerda lo que le sucedió en la Catedral cuando después de unos funerales salía tarareando los responsos y de un confesionario brotó la sombra de un canónigo gordo que la agarró del cuello y lo zarandeó en castigo de la irreverencia. Don Pío encuentra en esta escena la raíz de su clerofobia. Y habla de su más grande impresión de Pamplona, la de un ajusticiado (Toribio Eguía) que pasó por su calle cubierto de una hopa amarilla y al que después vio muerto en el patíbulo para tormento de sus sueños.

Hoy Baroja es un burgués madrileño con una faz dulce de fraile y una sonrisa tibia e indulgente que parece absolverle de todos sus pecados. Tiene dos gatos como buen solterón y anda a la caza de aventuras ochocentistas y de litografías de cuando Riego.
La vida ha ido limando las aristas de su alma y ha perdido la acritud del noventa y ocho. Cuando estuve con él hace tres meses hablamos de Pamplona, de la que el falta hace más de quince años. A Baroja le hablan hoy sus amigos (Huarte, Azcona, Juaristi) de una Pamplona de la que él falta hace más que Corbusier. Es la ciudad que más ha progresado en pocos años... También me dicen que León...
Pero Baroja ya no se acuerda nada de la Milagritos
Tudela, dieciséis de enero de 1934

sábado, 6 de junio de 2020

El Recodo y... la Peñica (Pío Baroja)

Carlos Amat 1920-29 Río de los Quintos desde la curva que va a Alemanes
El caballico señala el posible sitio de baños de los quintos ((AGN))
La estancia de Pío Baroja en Pamplona -desde los 9 a los 14 años, entre 1881 y 1886- fue horrorosa: 5 años de lucha constante -sin bajar la guardia- por la supervivencia, en el Colegio Huarte
Curso 1881-82. Colegio Huarte. Baroja con el nº 1.
T
odos con boina. Yo diría que la mayoría, roja
Encima le afectó sobremanera -a esas edades- la ejecución de Toribio Eguía, viejo conocido de este blog. No es de extrañar que guardara un mal recuerdo. 
Sin embargo, en ‘Silvestre Paradox’ cuenta recuerdos muy agradables... e imborrables, diría yo:
«Se reunía con los chicos más granujas del pueblo; sus diversiones favoritas eran apagar faroles, envenenar lagartijas con tabaco para que tocasen el tambor; correr por entre los antiguos cañones que estaban emplazados en la muralla, en un sitio llamado el Redín, y jugar al palmo, a las chapas y al marro en la plaza del Castillo. 
En verano era una delicia bañarse en el Arga, en la Peñica, lugar adonde concurrían los aprendices en el arte de la natación, o en el Recodo, punto reservado para los maestros en tan arriesgado ejercicio».
Árbol del cuco (1860ca), al fondo San Lorenzo
Cuando se ha intentado reconstruir la vida en Pamplona de Baroja chaval, se ha logrado en todos los aspectos:
-Sabemos que vivió en la calle Nueva 30-2º (desde donde vio horrorizado pasar a Toribio Eguía, camino de su ejecución a garrote vil en la Vuelta del Castillo)
-Sabemos (y tenemos fotos) que estudió en el Colegio Huarte, en la "Casa del Patio" de la Bajada San Agustín (hoy Bajada Javier)
-Que se subía a jugar al árbol del Cuco, junto a San Lorenzo...
-Sabemos dónde está el Recodo, "punto reservado para los maestros en tan arriesgado ejercicio (arte de nadar)"

Pero, de siempre, se nos ha resistido la ubicación de ese paraje donde "concurrían los aprendices en el arte de la natación": la Peñica.
El propio Arazuri que se preguntó (y respondió) dónde se bañaban nuestros padres y abuelos, lamenta esta carencia:
"Pío Baroja cuenta que lo hacían en la Peñica (no he podido localizar su situación) y en el Recodo (situado debajo de la Ripa de Beloso), lugar muy peligroso del que todos los años sacaban varios ahogados." 
Berasáin 1915ca  el Recodo y tejería (AGN)
Ayer, mi amigo Iñaki dio con ese pasaje de Baroja y me mandó un wasap preguntándome si tenía localizados la Peñica y el Recodo. Le dije -como Arazuri- que el Recodo sí, pero la Peñica todavía no.
-Y ¿a qué esperas?- me dije. Me piqué y me puse manos a la obra.
Y en la hemeroteca de DN conseguí un primer hallazgo:
Amat 1920ca Molino Ciganda a través del
 ojo del puente de la Magdalena (
Río arriba)
21/07/1961 Medio siglo atrás (1911) Apretó el calor con gran fuerza... Habían comenzado los baños de los soldados de esta guarnición en el sitio acostumbrado del río Arga y punto denominado "Peñica de la Magdalena". 
"Sitio acostumbrado"... De siempre los soldados se han bañado aguas abajo de la Presa y Molino de Ciganda, en la margen izquierda, hasta el punto de que ese tramo del río -desde la presa hasta la curva que lleva al Río Alemanes- se ha denominado Río de los Quintos. ¿La Peñica era un sitio distinto o una parte concreta del Río de los Quintos? Si a esa frase le quitáramos la "y", no habría duda. Pero...¡ahí estaba la puñetera "y"!
Así que había que seguir investigando. Aunque, al menos, ya sabíamos que la Peñica estaba en la Magdalena.
Entonces, como en la hemeroteca de DN ya no encontraba más, me pasé a la Prensa Histórica. Escribí en el buscador "Peñica de la Magdalena" y esto fue lo que salió:
Cada vez me inclino más por la margen derecha 
(a nuestra izda) como zona de baño
Eco de Navarra 16.08.1910
"Desde hoy las fuerzas de esta guarnición tomarán baños de río en el sitio conocido con el nombre de la «Peñica de la Magdalena» al lado del molino de Ciganda. En la Orden de la plaza de ayer se dan instrucciones acertadísimas para evitar desgracias".
Así pues, la Peñica es una zona concreta del Río de los Quintos (ver actualización). No sé si es en la habitual margen izquierda de los soldados o enfrente. Supongo que en la izquierda. "La Peñica" podría ser, incluso, en los años del chaval Pío, el nombre habitual de lo que luego se llamó "Río de los Quintos". Vamos, que esa "y" se podría quitar. Pero eso lo seguiremos investigando.
Actualización: A partir de 1911, ya no aparece jamás "la Peñica" de Baroja en la prensa. Por otra parte, "Río de los Quintos" no aparece jamás antes de 1913. Y lo hace 19 veces en DN, después de esa fecha. Blanco y en botella: entre 1911 y 1913, en la prensa, Río de los Quintos sustituyó a la Peñica. Y la denominación "la Peñica" del chaval Pío Baroja dejó de usarse, hasta el punto de que Arazuri, el mayor conocedor de la Pamplona de antaño, desconocía su ubicación.

He encontrado esta foto de Julio Cía, de 1933, y con unas peñicas tan apropiadas... Y, a pesar de estar en la margen derecha, queda divinamente:
«Peñica de la Magdalena», al lado del molino de Ciganda (AMP)

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La Pamplona del Baroja niño

Curso 1881-82. Colegio Huarte. Pío Baroja con el número 1. Increiblemente - en contraste con
la siguiete foto- todos con boina. Yo diría que la mayoría, roja
La estancia de Pío Baroja en Pamplona -desde los 9 a los 14 años- fue horrorosa: 5 años de lucha constante por la supervivencia. Encima le tocó bien de cerca la ejecución de Toribio Eguía, viejo conocido de este blog. No es de extrañar que guardara un mal recuerdo.
***
De 1881 a 1886, vivió Baroja (1872-1956) en Pamplona. No debió de pasarlo muy bien y quizá de ahí venga parte de la inquina que tenía contra el Carlismo, según señalan esos falsos tópicos que se le atribuyen sin pruebas:
"¿Pensamiento y Navarro? No me suena"
"Carlista: animal de cresta roja que habita en el monte y de vez en cuando baja a la ciudad y ataca al hombre".
Sea como fuere, la inquina hacia el carlismo es real. Mirad cómo pone a los chicos de su edad en Pamplona, atribuyendo su crueldad al ejemplo de sus padres, combatientes en las guerras carlistas.
Grupo de alumnos del Colegio Huarte hacía 1880, el señor del centro es D. Jose Mª Huarte Callis,
fundador del colegio, a la derecha D. Alberto Huarte Machín, su sobrino. (Gentileza de José Castells)
En Familia, infancia y juventud, don Pío, en magistrales pinceladas, narra cómo era la vida de los mocetes pamploneses en la penúltima decena de la pasada centuria:
Bajada Javier 2-4, "la casa del patio" 
«Nos llevaron en seguida a los chicos al colegio de Huarte*, que estaba en la Bajada de San Agustín (hoy, de Javier). Este colegio tenía un corredor muy largo a la entrada, y a la puerta, un zapatero remendón.
El primer día me pegué con otro chico a la salida de clase porque se había estado burlando de mi acento madrileño, hasta que el portero zapatero nos separó a patadas y a golpes con el tirapié. Después tuve que pegarme por el mismo motivo con otro y con otros, y adquirí fama de reñidor. Entre nosotros, los chicos, se desarrollaban una brutalidad y una violencia bárbaras.
Los de Madrid, aunque bastante brutos, no tenían comparación con los de Pamplona. Estos eran de lo más salvaje que puede uno imaginarse. Quizá ello no tenía nada de raro. La mayoría de mis compañeros eran hijos o descendientes de voluntarios de la guerra civil (3ª Guerra carlista), que tenían como norma de la vida la barbarie y la crueldad. Constantemente estaban pegándose y, sobre todo, pensando barbaridades y crueldades.
A mí, como digo, me pusieron en la alternativa, al entrar en el colegio, de pegar o de ser pegado, y pegué todo lo que pude. Yo, al principio, tenía miedo, pero luego me lanzaba. No sé si era naturalmente brutal, pero había que serlo; porque entre los chicos el que no amenazaba y se pegaba estaba fastidiado para siempre.
Ardanaz: Vª de Pamplona, 1950 (la Magdalena)
Me hincharon las narices muchas veces, pero me resistí firme, dí con todas mis fuerzas y llegué a hacerme temer. El que se entregaba estaba perdido. En aquella pequeña lucha por el prestigio había que ser bruto, jactancioso, sin compasión ni piedad.
A un condiscípulo que se achicó cayeron sobre él los demás y le amargaron la vida. Como estaba asustado, a la salida del colegio le iba a esperar una criada para acompañarle. Esto no le salvó; los demás le hacían barbaridades: le pisaban el sombrero, le orinaban en el gabán, le colgaban papeles con insultos en la espalda y le hacían mil diabluras.
Aquello era como un gallinero. El fuerte, el grande, el audaz vencía. Yo creo que nunca me puse con los fuertes contra los débiles; tenía odio a los grandes que se manifestaban déspotas y bárbaros.
Los chicos de Pamplona teníamos una mentalidad de piratas. Todo lo que fuera cortesía o suavidad se nos antojaba rebajamiento. Andar con sombrero era una vergüenza: había que ir con boina. La gorra con pompón era algo para nosotros muy humillante. Le llamábamos «tapacomún». El marchar de paseo en fila con un traje nuevo nos parecía una cosa indigna.

No teníamos confianza con los profesores y mentíamos siempre que nos preguntaban algo. Cuando alguno se consideraba ofendido contra el colegio, cogía los tinteros de cristal de la clase y los rompía en los bancos de la plaza del Castillo. Al cabo de algún tiempo los tuvieron que poner sujetos y de plomo.

En el colegio había dos pasantes que no se significaban por endulzar la vida de los chicos. El uno era un estudiante de cura llamado Valentín, simpático, pero muy aficionado a dar golpes; el otro, un viejo manco, que era temible por los atroces pellizcos que aplicaba con la única mano que tenía. Este se llamaba Pegenaute, y los chicos le decíamos Piojo Blanco».
También en ‘Silvestre Paradox’ cuenta:

«Se reunía con los chicos más granujas del pueblo; sus diversiones favoritas eran apagar faroles, envenenar lagartijas con tabaco para que tocasen el tambor; correr por entre los antiguos cañones que estaban emplazados en la muralla, en un sitio llamado el Redín, y jugar al palmo, a las chapas y al marro en la plaza del Castillo.
En verano era una delicia bañarse en el Arga, en la Peñica, lugar adonde concurrían los aprendices en el arte de la natación, o en el Recodo, punto reservado para los maestros en tan arriesgado ejercicio».
Narra también las fenomenales pedreas que se organizaban en la Vuelta del Castillo, de los petardos que tiraban en la casa de los canónigos de la catedral, de las bromas a un barbero de la Curia que le golpeaban la bacía colgada sobre la puerta, de las reuniones en una infecta taberna de la Mañueta en donde los sargentazos alternaban la lotería con las barajas y el billar, bromas en el Gayarre (entonces Principal), juegos sobre los carros de bueyes y en el árbol del Cuco situado frente a San Lorenzo, tipos populares y bromas a Gonzalón, cabo de los «Jas» (como los llamábamos en nuestra infancia). ['Ja', 'Japi'... son palabras caló que usábamos para designar al guarda de campo]


*En 1890 el Colegio Huarte se trasladó a la calle Mayor, 54

El local, así como todo el edificio, era y es propiedad de la familia Huarte, concretamente y hasta su fallecimiento, hace pocos años, de Alberto Huarte Myers, uno de los integrantes del conocido grupo de música Los Iruñako. Este edificio albergó entre 1890 y 1938 el prestigioso colegio Huarte.

La ejecución de Toribio Eguía
1890 Plazuela del Consejo, nevada
La versión de Pío Baroja.
Pío Baroja, vivió en Pamplona, en la calle Nueva 30-2º,  como hemos dicho, desde el 81 al 86. 
Su testimonio es excepcional, ya que vio con sus ojos de chaval (a punto de cumplir 13 años) pasar por debajo de su casa, antes de  las 8 de la mañana del 15.10.85, al desgraciado Toribio Eguía. 
Así nos lo cuenta en "Pío Baroja" [Obras completas, Vol. VII. Biblioteca Nueva. Madrid, 1978 (fragmento)]:

"Una de las impresiones más grandes que recibí en Pamplona fue la de ver pasar por delante de mi casa, en la calle Nueva, a un reo de muerte, a quien llevaban a ejecutar a la Vuelta del Castillo, ante un baluarte de la muralla próxima a la Puerta de la Taconera. El reo se llamaba Toribio Eguía, y había matado a un cura y a su sobrina en Aoiz
Recorrido cárcel-patíbulo. Punto rojo: casa  Baroja 
Iba el reo en un carro, vestido con una hopa amarilla con manchas rojas y un gorro redondo en la cabeza. Marchaba abrazado por varios curas, uno de los cuales le presentaba la cruz; el carro iba entre varias filas de disciplinantes con sus cirios amarillos en la mano. Cantaban éstos responsos, mientras el verdugo caminaba a pie, detrás del carro, y tocaban a muerto las campanas de todas las iglesias de la ciudad. Luego, por la tarde, lleno de curiosidad, sabiendo que el agarrotado estaba todavía en el patíbulo, fui solo a verle, y estuve cerca contemplándole. Parecía un fantasma horroroso, vestido de negro y manchado de sangre. Tenía las alpargatas sin meter en los pies. 
Al volver a casa no pude dormir por la impresión, y el recuerdo me duró largo tiempo." 

Tenía entonces Pamplona menos de treinta mil habitantes y fueron unos diez mil a ver en directo la ejecución. Me extraña que Baroja no hubiera ido. Supongo que habrían dado fiesta en los colegios. Pero no aguantó el morbo y, en soledad, fue a ver a Toribio. Una temeridad.

Consideraciones:
El chaval, Pío Baroja, no debió de entender bien el nombre del pueblo donde ocurrió el crimen y dice Aoiz cuando debería haber dicho Atondo. Hay unas cuantas páginas web que repiten el error de Baroja.
Lo de que el ama de llaves fuera la sobrina del cura tampoco aparece en la prensa de la época.
En cuanto al vestido del reo, nos habla de una especie de túnica amarilla y con manchas rojas (lenguas rojas) y el gorro. 
Me llama la atención que luego, a la tarde, lo vea "vestido de negro y manchado de sangre".
Los demás datos que aporta coinciden con la prensa del día.

Conclusión
Después de todo lo que hemos leído, no es de extrañar que Pío Baroja no guardara muy buen recuerdo de su estancia en nuestra ciudad.

viernes, 18 de febrero de 2011

El crimen de Atondo: Toribio Eguía (1)

José Gutiérrez Solana "Garrote vil" (Alba de Tormes 10.12.1897)
La historia del "crimen de Atondo" se la había oído algunas veces a mi madre. Como ella cada vez tenía más dificultades para recordar el poema, decidí en 2009 (poco antes de su muerte) grabársela y últimamente me he interesado por completar las lagunas.
Brevemente, las cosas ocurrieron asi:
Esto sucedió en Pamplona, el 15.10.1885
El 22 de noviembre de 1884 Toribio Eguía mató al cura de Atondo y a su ama de llaves. Ese mismo día fue detenido en el hotel La Perla (entonces Fonda) de Pamplona. La vista oral del juicio tuvo lugar 46 días después: los días 7 y 8 de Enero del 85 en la Audiencia Territorial de Pamplona. El lunes, día 12, fue condenado a morir por garrote. El jueves 15 octubre del 85, poco después de las 8 de la mañana fue ejecutado públicamente en la Vuelta del Castillo, al lado del portal de Taconera. Seguramente es la última ejecución pública en Pamplona. De unos 30.000 habitantes que tenía Pamplona, asistieron 10.000, con mayoría femenina.

La versión de mi madre: Ramona Belzunegui
Mi madre conoció de niña esta terrible historia. La conoce porque Casa Macaya, al estar a la entrada del pueblo, era el primer sitio donde paraban los pobres y estos solían traer algún papelito con versos o historias que ellos mismos cantaban o recitaban para conseguir una propina.
Esto es lo que me contó (dale al play, pon máximo volumen y, mientras escuchas, sigue leyendo):




El 22 de noviembre
del pasado 84,
Portal de la Taconera a finales del XIX
día de terror y espanto.
Aquí mi pluma se para
y aquí mi mente se borra.
Un cuadro tan horroroso
como hoy contempla Navarra.
Toribio Eguía el 21
en casa del cura entró,
saludándole a su tía
que amable lo recibió

El cura se va a celebrar misa y le dice a su ama que le dé de almorzar,

que, mientras esté en su casa,
de comer no ha de faltar.

Según mi madre, el ama del cura era hermana de la madre de Toribio. La tía le riñó porque era un baldragas: ver a la tía, ir a Pamplona y volver. Todo esto ocurrió en Atondo el 22.11.1884. Al volver el cura de misa se encontró a la tía muerta y también mató al cura. Cree que con cuchillo. Toribio, de Atondo va a Pamplona, a la Fonda (entonces) La Perla, llevándose el dinero.
En La Perla una muchacha (sirvienta) observó que estaba manchado de sangre y siguió espiándolo por el ojo de la cerradura. Y llamaron a la policía y lo detuvieron enseguida.
Consideraciones:
Aunque Ramona se lía un poco con la fecha del crimen, el verso lo deja bien claro: Toribio entra en casa del cura de Atondo el 21 de noviembre y comete el doble crimen el 22.
Mi madre dice que el ama era hermana de la madre de Toribio. Sin embargo, los apellidos de éste son Eguía y Esparza, mientras que el apellido del ama de llaves es Babace. Por tanto, quizás fuera tía, pero segunda o tercera, pero nunca hermana de la madre. En la prensa de la época hay un par de reseñas que afirman el parentesco. Pero en el juicio no se hace alusión a ello (cosa extraña porque constituiría un agravante).
Si el crimen y la ejecución fueron en 1884-85 y mi madre nació en 1917, habría oído la historia alrededor de 1925. Resulta, pues, muy llamativo que el "crimen de Atondo" tuviera todavía tanta repercusión 40 años después. ¿Por qué? ¿Porque el muerto era cura? En el 50 mataron con una azada al de Unciti y no tuvo ni de lejos tanta repercusión.
Mi madre intenta recitar un poema, un romance del que apenas recuerda una docena de versos. El romance tuvo que ser hecho en el 85 ("...del pasado 84..."). Comparemos el comienzo del poema (Aquí mi pluma se para y aquí mi mente se borra...) con el de la Crónica: "Tiembla nuestra mano y la pluma no sabe trazar..." dice el cronista de la ejecución. ¿Es él, o alguien que en él se inspira, quien hizo el poema que recodaba mi madre?

La versión de Pío Baroja.
Casa núm. 30 de la calle Nueva en 1971.
Pío Baroja
, nacido en San Sebastián el 28.12.1872, 
vivió en Pamplona, en la calle Nueva 30-2º, desde el 81 al 86. Su testimonio es excepcional, ya que vio con sus ojos de niño (a punto de cumplir 13 años) pasar por debajo de su casa, a las 8 de la mañana del 15.10.85, al mismísimo Toribio. Así nos lo cuenta en "Pío Baroja" [Obras completas, Vol. VII.  Biblioteca Nueva. Madrid, 1978 (fragmento)]:
    "Una de las impresiones más grandes que recibí en Pamplona fue la de ver pasar por delante de mi casa, en la calle Nueva, a un reo de muerte, a quien llevaban a ejecutar a la Vuelta del Castillo, ante un baluarte de la muralla próxima a la Puerta de la Taconera. El reo se llamaba Toribio Eguía, y había matado a un cura y a su sobrina en Aoiz. Iba el reo en un carro, vestido con una hopa amarilla con manchas rojas (con más detalle, cuenta Sánchez Ostiz, hablando de la visión de Baroja niño: "...el reo, en un carrito con una hopalanda amarilla cubierta de lenguas rojas...") y un gorro redondo en la cabeza. Marchaba abrazado por varios curas, uno de los cuales le presentaba la cruz; el carro iba entre varias filas de disciplinantes con sus cirios amarillos en la mano. Cantaban éstos responsos, mientras el verdugo caminaba a pie, detrás del carro, y tocaban a muerto las campanas de todas las iglesias de la ciudad.Luego, por la tarde, lleno de curiosidad, sabiendo que el agarrotado estaba todavía en el patíbulo, fui solo a verle, y estuve cerca contemplándole. Parecía un fantasma horroroso, vestido de negro y manchado de sangre. Tenía las alpargatas sin meter en los pies. Al volver a casa no pude dormir por la impresión, y el recuerdo me duró largo tiempo."
Recorrido de la cárcel al patíbulo. Punto rojo: casa de Baroja
Consideraciones:
El niño Pío Baroja no debió de entender bien el nombre del pueblo donde ocurrió el crimen y dice Aoiz cuando debería haber dicho Atondo. Hay unas cuantas páginas web que repiten el error de Baroja.
Lo de que el ama de llaves fuera la sobrina del cura tampoco aparece en la prensa de la época.
En cuanto al vestido del reo, nos habla de una especie de túnica amarilla y con manchas rojas (lenguas rojas) y el gorro. (Estos datos sobre su vestido los recordaremos para una futura hipótesis).
Me llama la atención que luego, a la tarde, lo vea "vestido de negro y manchado de sangre".
Los demás datos que aporta coinciden con la prensa del día.

La versión de La Perla:
Fonda La Perla en 1882. (pincha)
Esta página aporta una serie de detalles importantísimos y, en general, muy certeros. Os la ofrezco en su integridad poniendo en negrita las aportaciones más destacadas:
"Uno de los clientes más famosos que pasó por la fonda fue Toribio Eguía; en este caso el adjetivo de famoso claramente no se corresponde con el de ilustre.
Hay que remontarse al 21 de noviembre de 1884 para conocer que este individuo hizo noche en la localidad navarra de Atondo; allí el párroco, Manuel Martiarena, de 83 años, le dio cena y cobijo, seguramente conmovido por la condición de hemipléjico que presentaba el vagabundo. A la mañana siguiente, mientras el clérigo estaba en la iglesia oficiando misa, Toribio Eguía tuvo una discusión con Martina, el ama de llaves, discusión esta que se zanjó con una puñalada que acabó con la vida de la mujer. Cuando llegó el párroco y vio el cuerpo ensangrentado de la mujer acudió rápidamente a por su escopeta, pero Toribio Eguía no le dio tiempo a disparar, y le asestó varias puñaladas con resultado de muerte.
Una vez cometido el doble crimen, aprovechó el asesino para robar en la casa cogiendo monedas de oro y de plata por un valor de 690 pesetas, así como algunos pequeños objetos. De allí, tras cerrar la puerta, marchó a Pamplona.
A las seis y media de la tarde de aquél 22 de noviembre hacía Toribio Eguía su entrada en la Fonda La Perla, en donde se le dio la habitación número 31. Cenó como si nada hubiera pasado, y la propia Micaela Erro, hermana y cuñada de los fundadores del establecimiento, le ayudó a quitarse la chaqueta y el calzado; poco después declararía ella en el juicio que “le tenía compasión por verle imposibilitado, y por esta razón le ayudó”.
La sorpresa vino para Micaela cuando Toribio Eguía no tuvo mayor reparo en ponerse a contar las monedas delante de ella. Por las declaraciones que hubo durante el juicio se sabe que Toribio deshizo los paquetes de monedas, y los papeles que las envolvían los tiró debajo de la cama. Tuvo el detalle de pedir en la fonda que le lavaran la ropa, justificando las manchas de sangre como salpicaduras cuando le tocó matar un carnero. Dicen que se acostó a las ocho y media de la noche, y que además se durmió dejando encendido el quinqué.
La noticia de la muerte del párroco de Atondo y de su ama de llaves corrió como la pólvora. Y para que no hubiese ninguna duda, mientras al día siguiente Toribio Eguía salía a afeitarse la barba y a comprarse ropa nueva, Micaela Erro encontraba debajo de la cama los envoltorios de papel en los que podía leerse “Atondo - Culto y Clero” y “Manuel Martiarena”. Todas estas circunstancias hicieron que Micaela avisase rápidamente a su hermano Miguel, y que este pusiese en conocimiento del Gobernador sus sospechas.
Así pues, a las dos de la tarde, el Gobernador en persona, señor Moreno, acompañado de algunos agentes de policía, se presentó en la fonda, y en el mismo comedor procedió a la detención de Toribio Eguía, quien se limitó a pedir que le dejaran acabar de tomar el café. La policía pudo recuperar en la habitación de la fonda el dinero robado y la llave de la casa del párroco de Atondo.
A partir de aquí queda tan sólo por puntualizar que Toribio Eguía fue procesado y condenado a la horca. Era ejecutado el 14 de enero de 1885, pasando a la historia de la ciudad por el hecho de ser el último ahorcado que hubo en Pamplona."
Consideraciones:
Una pena que el relato del blog del Hotel La Perla, tan bien escrito y con tanto detalle, contenga justo en este último párrafo del apartado sobre Toribio Eguía dos errores de grueso calibre: Toribio no fue ahorcado sino que sufrió garrote vil. Y en 2ª lugar, la fecha de la ejecución fue 9 meses más tarde: el 15 de octubre de 1885.