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domingo, 14 de enero de 2024

Sin Justicia para las Víctimas

Sin justicia. Más de 300 asesinatos de ETA sin resolver
La gran deuda moral de los españoles
En estos tiempos de dudosa neutralidad histórica por parte del Gobierno de Pedro Sánchez y sus fanáticos socios, resulta especialmente reseñable esta magnífica obra de investigación, que pretende arrojar luz sobre la verdad jurídica y la verdad histórica de cada asesinato de ETA sin resolver

Fernando Nistal El Debate 13/01/2024 
La banda terrorista ETA ha perpetrado a lo largo de su siniestra existencia criminal más de 3.000 atentados, de los cuales pagaron injustamente con su vida 857 personas inocentes. Por increíble que parezca, más del 40 % de todas esas acciones violentas no tienen un solo culpable que haya pagado por ello y, más de 300 asesinatos (se dice pronto), todavía no han sido resueltos por los tribunales de justicia. Moralmente, es innegable aceptar que el Estado y los españoles en su conjunto seguimos teniendo una enorme deuda pendiente con las víctimas del terrorismo, que no están dispuestas a rendirse y que desean honrar como se merecen la memoria de sus familiares asesinados. Pese a su crudeza, estos números no reflejan del todo el irreparable daño producido, que aún hoy pervive en España, por la organización terrorista independentista vasca.
Florencio Domínguez, uno de los mayores expertos en el conocimiento de la historia de ETA y actual director del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo ubicado en Vitoria, se ha unido a la periodista y profesora de la Universidad de Navarra María Jiménez para escribir conjuntamente esta necesaria obra titulada Sin justicia. Más de 300 asesinatos de ETA sin resolver, la cual analiza caso por caso cada atentado mortal perpetrado por los terroristas -desde 1978- que aún no tiene una sentencia judicial.
En estos tiempos de dudosa neutralidad histórica por parte del Gobierno de Pedro Sánchez y sus fanáticos socios, resulta especialmente reseñable esta magnífica obra de investigación, que pretende arrojar luz sobre la verdad jurídica y la verdad histórica de cada asesinato de ETA sin resolver. Asimismo, demuestra un hecho evidente: ante el supuesto éxito logrado con el final de la actividad terrorista, los etarras no han querido jamás colaborar con la Justicia ni esclarecer los delitos pendientes en su haber, lo que pone manifiestamente en entredicho la falaz apuesta por la paz del mundo abertzale.
En palabras de los propios autores, queda claro que «la búsqueda de la verdad, sin adjetivos, se plantea como una tarea coral en la que profesionales de distintas disciplinas tienen algo que aportar. Y, por encima de cualquier consideración, la verdad constituye un derecho y una reivindicación legítima de las víctimas. Su reparación no solo pasa por ver colmado su derecho a la justicia, sino, simplemente, su derecho a conocer lo que pasó, en especial cuando el margen de actuación de los tribunales es limitado e incluso nulo».
Casos tan tristemente conocidos como el del concejal del PP en Rentería José Luis Caso (1997) o los guardias civiles Diego Salvá y Carlos Sáenz de Tejada (2009) son rigurosamente analizados por los autores para demostrar que sus muertes han quedado impunes y sus víctimas no han sido en absoluto ni moral ni judicialmente resarcidas. En cualquier caso, es importante dejar clara la premisa de que los responsables de la existencia de casos no resueltos son los que cometieron los asesinatos, es decir, la organización terrorista ETA y sus miembros. Posteriormente, podremos valorar si el Estado, a través de sus instrumentos legales, cometió errores o no estuvo a la altura de lo que esperaban las víctimas, pero eso no puede ocultar algo tan obvio como que la culpa de los crímenes es de los asesinos. La búsqueda de los fallos del sistema no debe hacernos olvidar quiénes cometieron los asesinatos ni las responsabilidades en las que incurrieron.
Florencio y María
Por todo ello, aunque la asociación Dignidad y Justicia ya publicó en dos volúmenes el concienzudo trabajo "Los crímenes de ETA sin resolver" (2022), resulta oportuno reconocer el coraje y la noble labor realizada por Florencio Domínguez y María Jiménez a la hora de abordar este interesante trabajo, magistralmente editado por Espasa. Con el blanqueamiento tan descarado que padecemos actualmente de la sangrienta historia de ETA y sus marcas políticas, debería avergonzarnos como españoles que más del 40 % de los crímenes de ETA sigan todavía sin una sentencia firme con sus culpables en prisión. No cabe duda de que la causa de las víctimas del terrorismo rompe ese «relato oficial» consistente en decir que, como ETA ya no mata, formaciones políticas como EH Bildu son un proyecto político plenamente democrático, progresista y con el que se puede pactar como con cualquier otro partido político. No tengamos prisa en pasar página al terror si la verdad de lo que ocurrió sigue sin estar presente en la conciencia de los españoles. Este libro trata de contrarrestar con rigor la desmemoria de la historia más reciente de España, que parece ser una de las nuevas consignas políticas de moda.
***
Y mira que ya le avisó hace casi 20 años Pilar Ruiz, la madre de Joseba y Maite Pagaza:
«Patxi, harás y dirás cosas que nos helarán la sangre»
"¿Y para cuándo, el reconocimiento sincero del daño causado, de que ETA nunca debió existir, de que matar estuvo mal? La corriente social buenista predica que no hay que atosigarles. Que hay que olvidar. Por supuesto. No se puede borrar el pasado, no se pueden hacer tachaduras en la historia de este país cerrándola en falso" (Pedro Ontoso, periodista). 

sábado, 1 de julio de 2023

María Jiménez: "Las víctimas siguen incomodando"

Consuelo, Carmen y José Mari
Los testimonios de las Víctimas permiten que los jóvenes asuman el pasado (que no han vivido) como propio. Ellos sí pueden interiorizar como parte de su propia historia un sufrimiento que, si lo miramos de frente y le damos sentido pedagógico, no habrá sido en vano
 La Plataforma ¡Libertad Ya! homenajeó ayer, en la plaza Compañía, a los asesinados por ETA hace 25 años en Pamplona: el niño Alfredo Aguirre, de 14 años; el policía nacional Francisco Miguel Sánchez, 32; y el guardia civil Juan Atarés, de 67. Los dos primeros fallecieron el 30 de mayo de 1985 al estallar una bomba trampa en la Bajada de Javier, mientras que Atarés, casado y con siete hijos, fue asesinado de tres tiros en la nuca en la Vuelta del Castillo el 23 de diciembre. Al homenaje asistió el presidente Miguel Sanz. Foto: OSKAR MONTERO
Aprovecho este artículo de María Jiménez -buen fichaje para las Víctimas- para intercalar unas imágenes que me acaban de llegar, del 31 de Mayo de 2010,  de un homenaje de Libertad Ya ("Contra ETA, Libertad Ya" dice la pancarta), en la Plaza Compañía (junto al domicilio de Alfredo Aguirre) hacia los tres, antes citados y víctimas como José Mari Izquierdo (esposa, Consuelo Monreal), Matilde Atarés (hija de Juan Atarés), Carmen Pérez (viuda Bonifacio Martín). Por parte de Libertad Ya aparecen Salvador (hijo de Jesús Ulayar), Rafa Doria, Cecilia Ulzurrun y Pachi Mendiburu.
Ver también la reseña de Diario de Navarra.
Pachi, José Mari, Salvador, Rafa y Consuelo
Las víctimas incomodan, también en el posterrorismo 
María Jiménez DN 29-06-2023
Una organización terrorista puede desaparecer, pero una víctima del terrorismo nunca deja de serlo. Más de una década después del final de la violencia de ETA, sus siglas ya solo funcionan como un artefacto histórico, pero las secuelas del mal que causó y las tareas pendientes que ha dejado a su paso se siguen conjugando en presente. 
De ahí que, pese a algunos intentos esmerados, las víctimas sigan teniendo espacio en el debate público. Es aquí donde buscan un nuevo acomodo en el tiempo del posterrorismo. Hay algo, eso sí, que no ha cambiado: siguen siendo incómodas. Si durante la existencia de ETA las víctimas eran engorrosas, ahora hay quien las percibe como un obstáculo para alcanzar una convivencia idealizada que se antepone, si no sustituye, a la deslegitimación de la violencia. 
Martín Alonso Zarza
Para lograr esa convivencia se les exige que sean “generosas” y contribuyan a la paz social, pasando por alto que ese logro ya cuenta en su haber: 
- no respondieron a la violencia con violencia, 
- respetaron el Estado de Derecho, 
- toleraron que los crímenes no se resolvieran, 
- se marcharon de sus hogares por la puerta de atrás 
- o compartieron barrio o ciudad con sus verdugos y sus afines.
Pese a todo, como resume Martín Alonso Zarza, deben “resignarse a jugar el papel asignado en el guion de que hay que vivir y hacer política como si ETA no hubiera existido”. No como si ya no existiera, sino como si no hubiera existido nunca. 
El perdón, un asunto individual y privado, se ha convertido en objeto de debate público, aunque apenas un puñado de presos de ETA lo haya formulado. Los homenajes públicos a terroristas que salen de prisión se han celebrado durante años amparados en la coartada de la libertad de expresión y la manifestación comprensible de la alegría, dejando en un segundo plano el hecho de que se trata de actos incívicos que perpetúan el aura heroica de los terroristas. La presencia de los victimarios en el espacio público en forma de pintadas, pancartas o carteles, que se multiplican ahora que se acercan las fiestas, ha seguido admitiéndose como un mal menor en el paisaje urbano. 
Cecilia, Consuelo, José Mari y Matilde Atarés
El contexto prolongado de violencia encajó en la sociedad vasca y navarra un umbral de normalidad que toleraba lo intolerable y que, más de una década después del fin del terrorismo, presenta por fortuna grietas, aunque en algunos ámbitos sigue sin elevarse lo suficiente como para alcanzar un mínimo de civismo.
Con ETA fuera del tablero, las exigencias cívicas que se dirigen a las víctimas son inversamente proporcionales a las exigencias políticas que se requieren a los verdugos y a su entorno. Su distanciamiento de una violencia que rechaza la mayor parte de la sociedad, incluido el electorado histórico de la izquierda abertzale, convive con el hecho de que el relato histórico sobre el que se construyó la organización terrorista sigue acumulando un importante apoyo social y electoral. Construcciones como el mito antifranquista en torno a ETA o el culto al gudari continúan arraigadas. 
Los "antifranquistas" de ETA dejaron 44 cadáveres en dictadura y 809 en Democracia
La teoría del conflicto o la del empate desbordan los límites de la izquierda abertzale y atraviesan el mundo nacionalista arengadas por una memoria hecha a medida. 
La rebaja de exigencias a los perpetradores también se aprecia en el ámbito judicial: su arrepentimiento no es “en absoluto” un requisito legal para conceder un permiso penitenciario. Aunque el índice de aceptabilidad de la sociedad ha descendido en asuntos como los homenajes a los presos, que se realizan ya de forma privada -aunque siguen celebrándose-, no ha ocurrido lo mismo con otros ritos de apuntalamiento identitario que aún disfrutan de la conformidad o, al menos, la condescendencia generalizada: 
- las manifestaciones multitudinarias que exigen la amnistía, 
- las fiestas y carreras populares que guardan un lugar de honor a condenados por terrorismo 
- o las pancartas y pintadas que lucen los rostros de los terroristas presos. 
Pachi, José Mari, Salva y Rafa
Las víctimas que tienen relevancia pública -que son pocas, conviene no olvidarlo- se ven a veces azuzadas (y otras, se dejan azuzar) por los intereses partidistas. En la conchabanza (compadreo) con los partidos, suelen perder ellas y su imagen: a ojos del resto de la sociedad, su fuerza simbólica aparece contaminada por el fango electoral y su prestigio se resiente. 
Quedan, por suerte, faros. El problema estriba en que sean precisamente eso: luces, por dispersas, excepcionales. 
El libro "El tiempo del testimonio. Las víctimas y el relato de ETA" (Comares, 2023) aborda una pregunta que formuló Marta Buesa, hija del político socialista asesinado Fernando Buesa: “¿Y ahora, qué hacemos con todo esto?”. Una de las propuestas de esta obra tiene que ver con las víctimas, sus voces en primera persona y su poder pedagógico. La pedagogía de las víctimas aplicada ante aquellos que no han vivido el terrorismo tiene una fuerza incomparable. Sus testimonios actúan como nexo con la historia: hacen que el pasado deje de ser una abstracción y lo convierte en algo personal, incluso tangible. Y lo que es más importante: permiten que los jóvenes lo asuman como propio. Ellos no pueden recordar lo que no han vivido, pero sí pueden asumir como parte de su historia un sufrimiento que, si lo miramos de frente y le damos sentido pedagógico, no habrá sido en vano.
María Jiménez Ramos, 
profesora de la Universidad de Navarra 
y autora de "El tiempo del testimonio. Las víctimas y el relato de ETA".