Mostrando entradas con la etiqueta Iñaki Arteta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Iñaki Arteta. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de octubre de 2026

ETA, 15 años del "cese ¿definitivo?"

ETA está muy bien conservada. Ilustración de Ulises Culebro
Según Iñaki Arteta, ETA es una empresa que simplemente ha cerrado su departamento de metralletas. Por lo demás, se conserva muy bien y mucho más cómoda de lo que sugiere la ilustración
Consuelo Ordóñez, denuncia que a los miembros de ETA se les permitió "protagonizar su propia desaparición", saliendo de la clandestinidad de forma intacta, cómoda o "conservada" (como en una lata de conservas de "Edición de Aniversario"), en lugar de haber sido derrotados y desmantelados estrictamente por la vía policial y judicial. 

El final de ETA que seguimos pagando
Hoy, cuando se cumplen 15 años del "cese definitivo", las últimas detenciones de dos personas investigadas por terrorismo son una señal de alarma derivada de cómo se produjo el final de ETA: se puso fin a sus atentados, pero no se logró deslegitimar el terrorismo ni las ideas que lo sostuvieron
El final de ETA que seguimos pagando
Consuelo Ordóñez El Mundo19 10 2026
Consuelo Ordóñez, presidenta de Covite
Que ETA haya dejado de asesinar es lo mejor que nos ha ocurrido en nuestra historia reciente. Nunca hemos vivido un tiempo mejor que este, sin la amenaza permanente de sus atentados. Nadie deseó con más fuerza que llegara este momento que las víctimas y sus familias. Durante décadas vivimos esperando la llamada que podía anunciar un nuevo asesinato, mirando debajo del coche, cambiando de itinerario, evitando determinadas rutinas y preguntándonos quién sería el siguiente asesinado. Que todo aquello haya terminado es, sin ninguna duda, una gran noticia.
Pero reconocer esta verdad no nos obliga a aceptar el relato construido sobre el final de ETA. Aquel no era el único desenlace posible ni fue el que merecíamos las víctimas y la sociedad. Se podía haber acabado con ETA utilizando exclusivamente las herramientas del Estado de derecho, sin negociación política y sin concesiones. No se hizo así.
A principios de este siglo, y especialmente en los años anteriores a 2011, ETA estaba profundamente debilitada. La acción de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad había desarticulado gran parte de sus estructuras operativas, detenido sucesivamente a sus dirigentes, desmantelado comandos e impedido numerosos atentados. La organización terrorista estaba policialmente asfixiada y su capacidad para seguir matando se había reducido de forma drástica.
Si se hubiera perseverado hasta el final por ese camino, su derrota habría podido ser total: operativa, política, social y moral. Sin embargo, nuestros gobernantes optaron por negociar con la propia ETA las condiciones de su final. Esa decisión permitió a los terroristas protagonizar su desaparición, rodearse de avales internacionales y presentar el abandono de las armas como una decisión voluntaria y generosa, en lugar de como la consecuencia de su asfixia policial.
La negociación trajo consigo importantes concesiones: la legalización de sus brazos políticos, excarcelaciones fraudulentas sustentadas en mentiras y trampas al Estado de derecho, decisiones judiciales y políticas que favorecieron la impunidad y la escenificación de un final «sin vencedores ni vencidos». Es decir, nunca vimos una operación policial que culminara con la disolución definitiva de ETA porque, sencillamente, nunca se produjo. En su lugar, contemplamos cómo quienes habían dirigido, legitimado y apoyado el terrorismo recuperaban la normalidad política sin condenar su pasado ni asumir responsabilidad alguna por el inmenso e injusto daño causado.
Hoy, quince años después del «cese definitivo», todavía pagamos las consecuencias de aquel final. Las pagamos cuando centenares de asesinatos permanecen sin esclarecer y quienes disponen de información continúan amparados por la ley del silencio. Las pagamos cuando se conceden terceros grados y regímenes de semilibertad a presos de ETA burlando los requisitos legales, sin que hayan demostrado un arrepentimiento real ni roto con el entorno político y social que justificó sus crímenes. Y las pagamos cuando los herederos políticos de aquel entramado presentan su propia trayectoria como una contribución a la paz y pretenden que olvidemos todo lo que hicieron para sostener el terrorismo.
Luego hay quienes se sorprenden de la fortaleza electoral de EH Bildu y de que su pasado de complicidad con ETA no le haya supuesto ningún coste político. Pero ¿por qué habría de sorprendernos? El poder político en su conjunto ha contribuido a su blanqueamiento. Se ha normalizado su presencia institucional sin exigirle una condena del terrorismo, una revisión crítica de su pasado ni el reconocimiento de la injusticia radical de los asesinatos.
Floren Aoiz sale de la lata y encabezará la lista de Bildu al Senado por  Navarra

Se ha llegado a llamar «hombres de paz» a quienes promovieron y dirigieron la violencia terrorista. Se les ha permitido rentabilizar propagandísticamente el final de ETA hasta el punto de presentarse como sus impulsores. Casi parece que debamos agradecerles que finalmente decidieran dejar de matarnos.
Y, sin embargo, siguen sin considerar injusta la trayectoria criminal de ETA. Continúan llamando «presos políticos» a los asesinos de nuestros familiares, organizando movilizaciones para exigir su excarcelación colectiva, exhibiendo sus fotografías y presentando su paso por la cárcel como un sacrificio heroico. Honran a los terroristas porque siguen considerando que sus crímenes formaron parte de una lucha legítima. Cuando reclaman que estén «libres y en casa», lo que están afirmando es que no deberían estar en prisión por haber asesinado o ayudado a asesinar.
ETA desapareció como organización terrorista, pero el proyecto político y el entramado social que la sostuvieron no fueron derrotados. Su relato conserva una enorme capacidad de influencia. El terrorismo dejó de resultarles útil, pero quienes lo legitimaron han podido recoger parte de sus frutos políticos sin renunciar al marco ideológico que hizo posible aquella violencia. Esa es una de las consecuencias más graves de haber escenificado un final sin vencedores ni vencidos: se ha difuminado la responsabilidad de quienes ejercieron el terrorismo y de quienes lo justificaron.
Las detenciones del pasado fin de semana en Irún de dos personas investigadas por un presunto delito de terrorismo son otra señal de alarma derivada de las consecuencias de cómo se produjo el final de ETA. Se puso fin a sus atentados, pero no se logró deslegitimar el terrorismo ni las ideas que lo sostuvieron. Según las informaciones publicadas, los detenidos estarían vinculados a sectores radicales de la izquierda abertzale y tenían material sensible sobre las fuerzas de seguridad y la posible ubicación de armas y explosivos.
La investigación deberá esclarecer los hechos, pero el caso vuelve a poner de manifiesto un riesgo que Covite lleva años denunciando: una parte de la sociedad vasca y navarra sigue profundamente radicalizada. Nuestras denuncias sobre esa realidad han caído una y otra vez en saco roto ante quienes tienen autoridad y capacidad para actuar. Quince años de desidia e inacción institucional han permitido que la legitimación de la violencia siga proyectándose sobre el presente.
Nuestros gobernantes proclaman que la democracia y el Estado de derecho derrotaron a ETA. Pero nunca una victoria declarada como tan rotunda ha resultado menos visible. Una ETA derrotada no habría protagonizado su propio final ni habría impuesto su relato propagandístico. Sus dirigentes no habrían aparecido ante las cámaras como portavoces de una supuesta voluntad pacificadora. Sus herederos políticos no ocuparían las instituciones presentándose como artífices de la paz y la convivencia mientras siguen sin condenar los asesinatos. Tampoco han pedido perdón a las víctimas, salvo a aquellas respecto de las cuales sostienen que ETA «se confundió». Una distinción que constituye un ejercicio de cinismo mayúsculo y una humillación insoportable para las víctimas, porque implica que, al asesinar a todas las demás, ETA no se equivocó.
En definitiva, no debemos nada a quienes dirigieron ETA, jalearon sus asesinatos, proporcionaron al terrorismo sustento político e ideológico, señalaron a sus víctimas y condenaron después a sus familias al aislamiento y al ostracismo. No tenemos que darles las gracias por haber dejado de matarnos. Un país consciente del significado de sus víctimas del terrorismo jamás les concedería semejante gratitud.
Si en este aniversario alguien merece el agradecimiento de la sociedad, son las víctimas. Nunca nos tomamos la justicia por nuestra mano. Nunca respondimos a la violencia con más violencia. Confiamos en el Estado de derecho, incluso cuando no consiguió protegernos y pese a que nos haya decepcionado en demasiadas ocasiones. Con nuestra conducta rompimos la espiral de violencia a la que ETA pretendía arrastrarnos e impedimos que existiera ese «conflicto» entre dos bandos que los terroristas necesitaban para justificar sus crímenes.
Aquí nunca hubo dos violencias equivalentes ni dos bandos enfrentados. Aquí hubo terroristas y víctimas. Y fueron las víctimas quienes, con su dignidad, su contención y su comportamiento cívico, preservaron la convivencia que ahora otros pretenden atribuirse.
Consuelo Ordóñez es presidenta de Covite

jueves, 5 de febrero de 2026

Iñaki Arteta retrata a Matute

Pensaba que lo de Iñaki era el cine, pero, como vais a ver, tampoco se le da mal el retrato. Y hasta las autopsias.

Matute es un damnificado por la baja calidad democrática del Estado (español), viviendo alegremente por Madrid. Como tantos otros nacionalistas oprimidos en el pasado o como sus compañeros de copas indepes catalanes.
El muchacho, elegido precisamente para ser el mirlo blanco de la cuadrilla de ETA en el Congreso, es una coartada en sí mismo. Bendecido por provenir “de entidades populares” que “no siempre” fueron favorables a “la violencia”, o sea, de Izquierda Unida, y que se decían pacifistas, y algunos hasta cristianos, y porque fue unas cuantas veces a actos pacifistas silenciosos en los que pedían paz para los hombres de buena voluntad. O sea, negociar con ETA. 
Para el grupo ETA es la coartada de pluralidad: “entre los nuestros, siempre ha habido diferentes sensibilidades con respecto a la violencia”. Disimula, pero es de la famiglia. Un tipo pagado de sí mismo, “Piquito de oro”, que se dice en mi tierra, tiene un maletín lleno de argumentos de todos los colores. Es todo dulzura, buen rollito, los problemas de la vida, la defensa de las clases trabajadoras y trabajadores… Tiene pisos y tal pero tampoco eso quita para que hable de los alquileres de vivienda y de los buitres cabrones que especulan. 
Todo lo que dice está vacío de contenido, escucharle es como esas drogas que te echan en la bebida, te marean y si te descuidas, cuando estás flojo, si pueden, te violan. Pero gasta demasiada saliva para contestar a las preguntas oportunas sobre dónde está metido. Porque está donde está porque sabe perfectamente con quienes está y con quienes estuvieron con los que está. A estas alturas… 
Un maestro de las entrevistas, abduce con sus embarullados argumentos de todo a cien aprovechando la, a menudo, exquisita educación de sus contertulios, para meter sus cuñitas del GAL (mejor se las podía sacar a sus socios socialistas), del fascismo que viene pero que a Euskadi no entrará porque están ellos (vaya suerte) y cosas de Franco. 
A menudo se le contesta mal o flojamente y sale de rositas. Los que le pagan, le aplaudirán por eso. Está convencido de que no es tonto, es fácil estar por por encima de todos los demás que nos creemos muy listos pero somos unos fascistas peligrosos, que hemos robado, torturado a sus chicos y matado en la guerra civil. 
Disfruto escuchándole. En su perfil de tuiter pone eso de que “si no nos dejan soñar, no les dejaremos dormir”. Un poquito inquietante teniendo las compañías que tiene, pero también es sensible a la poesía. 
En definitiva, un vulgar espécimen de la política de estos tiempos en los que los corruptos, tan listos ellos, con tantísimos argumentos que no alcanzamos a entender, se apoyan unos a otros sin pudor. La famiglia.

Os añado el enlace para que podáis disfrutar de muchos de los comentarios

lunes, 14 de febrero de 2022

Wasapeando con criminales (por Iñaki Arteta)

Azcárraga a Kubati: «Aprovecho para comentarte que me envía el de Madrid (A.L. Ortiz)
un wasap con la foto del ongi etorri de ayer y me dice esto no ayuda mucho»
Estremecedor este artículo de Iñaki Arteta en el que denuncia la familiaridad -que tanto duele a las víctimas- del Gobierno de Sánchez con el entorno proetarra

Gobernar con criminales                                                                por Iñaki Arteta
La izquierda orgánica española les ha adjudicado secretamente un rol, el de “soldados”, “gudaris”, exactamente como ellos mismos se han autodenominado tradicionalmente

La política antiterrorista del final de ETA va llegando a su final. El público expectante. Los capítulos diseñados con calculada anticipación se suceden con fluidez. Y quedan pocos ya. Todos muy extraños para un público que puede comprobar cómo lo que ocurrió ¡y vio con sus propios ojos! puede convertirse, al gusto del director de turno, en una ficción irreconocible. Fueron gente organizada para matar en un país democrático. 
Enrevesado y tremendo el argumento, pero resulta que llegando al presente, en un tercer acto definitivo, aún se convierte en algo más raro: esa gente que asesinó, transmutada en personas de bien sin proceso de conversión alguno, es capaz de absorber la atención de ese gobierno democrático europeo convirtiendo la trama en un mal sueño distópico ("Una distopía o antiutopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma") en el que aquellos perpetradores, ahora tratados como soldados con ideales, son invitados a cenar con ministros en sitios cool (de moda, atractivos) para hablar de su porvenir.
“¿Quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos después de tantos asesinatos y miles de víctimas?”, se anuncia como resumen en la contraportada del libro de Rogelio Alonso, “La derrota del vencedor”. Se ha opinado mucho sobre la cuestión y se pueden encontrar argumentos válidos tanto entre los que opinan que se derrotó a ETA (la guardia civil pudo con ellos, no consiguieron sus objetivos finales), como en los que observan con sentimiento de humillación los maravillosos discursos humanitarios o sociales de sus herederos, pronunciados en la tribuna del Congreso de los Diputados con altivez propia de aristócratas de otra época.
Así, en frío ¿qué puede parecernos que un asesino como el llamado “Kubati”, autor de 13 asesinatos, llegue a tener esa familiaridad con todo un ministro de interior de nuestro país? ¿de verdad pudimos imaginar algo así? Un político (PSOE) en campaña chillaba estos días a sus contertulios con exigente enfado: “¡hay que perdonar a los verdugos!”. Como con rabia, curiosamente, como incapaz de no perdonar a los que no comparten lo suyo. Qué corazón tan grande con los asesinos, tan duro con los demás.
Para “perdonar a los verdugos” ¿no convendría primero tomarse la molestia de investigar hasta saber el nombre de todos y cada uno de ellos? ¿No sería mejor preocuparse de que las víctimas lleguen a perdonarnos a los demás por todo lo que no hicimos por ellas? “Perdonar a los verdugos”. Si en realidad fueran considerados verdugos nadie osaría pedir su perdón. A los asesinos reincidentes se les mete en la cárcel y nos olvidamos de ellos. Nadie quiere volver a verlos.
Echarri Aranaz: los asesinos de Ulayar, además de gudaris, hijos predilectos del pueblo
Lo que ocurre es que a esta gente la izquierda orgánica española les ha adjudicado secretamente un rol, el de “soldados”, “gudaris”, exactamente como ellos mismos se han autodenominado tradicionalmente. Y como soldados tuvieron unos ideales y como soldados tuvieron que matar, había un opresor salvaje y un pueblo pequeño, sufriendo por sus derechos arrancados a la fuerza. Un militante etarra al que entrevistamos para mi última película (“Bajo el silencio”) dice: “Las razones de un militante de ETA, no son el lucrarse o el tener un estatus mejor, sino conseguir unos objetivos políticos, unos ideales”. Añade después: “ETA era una organización armada y actuaba en un contexto que entendía que era de conflicto severo, de guerra. Entonces, en la guerra pues hay enemigos”.
Marlaska, Ortiz, Azkarraga y  ‘Kubati’ 
Lo que viene a significar “no nos llamen chorizos”, “no nos llamen asesinos”. Eso es vulgar, llámennos soldados. Porque al ser catalogados como soldados todo cambia, se reconoce que hubo un conflicto, una guerra, y es posible perdonarles. Cumplían una misión: todo por la patria. Y como soldados, al terminar la guerra y dejar las armas para no matar más, han colaborado en la paz, así que ahora hasta coincidimos en sus planteamientos políticos y sociales, por eso no tenemos ningún problema para que nos ayuden a gobernar el país. Además, son nacionalistas y de izquierdas. Y no hay pedigrí superior en este país.
¿Les gusta este guion? Pero no, no son soldados porque no hubo guerra: son criminales. Nuestra democracia se degrada, dicen en el extranjero. “Nunca el crimen será a mis ojos un objeto de admiración ni un argumento de libertad; no conozco nada más servil, más despreciable, más cobarde, más obtuso que un terrorista”. Chateaubriand en sus “Memorias de ultratumba”, 1848.