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lunes, 22 de junio de 2020

Viva la pimienta (I. Baleztena), por Miguel Dutor

Venta y puente del Mochuelo sobre el río Al Revés. Baleztena con boina
Como bien sabéis, Ignacio Baleztena aprovechaba melodías populares para sus ocurrenshias. Con la ayuda de Silvanio Cervantes, llevó a la partitura el Uno de enero, Levántate, pamplonica, Las Pamplonas, Después de pensarlo...
Lo que este 20 de junio nos regaló Miguel, ignoro si ha sido llevado al papel pautado, pero de lo que sí estoy seguro es de que no ha subido a la red. 
Es pues toda una primicia que Miguel, como luego escucharéis, aprendió de niño, de su abuela Lola, alrededor de 1965.
Esta pequeña joya -que titulo por el íncipit- fijaos qué letra tiene:
Viva la pimienta, la boina con vuelo, se me cayó la boina cerca del Mochuelo; 
y en unas matas que había al través, se me cayó la boina al río Al Revés.
La boina se sumergía, ay qué agonía; llamé corriendo a mi tía, mas no hay tu tía; 
andaba mucho bochorno por el contorno, también por la carretera.
Tiene todos los ingredientes: el aire y las expresiones de lo popular ("la boina con vuelo" "no hay tu tía"), un poco de toponimia menor (el Mochuelo, río Al Revés), y ese toque surrealista ("viva la pimienta") que nunca falta en las canciones de don Ignacio.
Quiero destacar de la foto de portada que es un trozo de este magnífico cuadro de Prudencio Pueyo, en el que se ve a los toros de las corridas de San Fermín, de hacia 1890, pastando en el Sario.
"Toros en el Mochuelo" Prudencio Pueyo h.1890. Vista actual desde el puente sobre el Sadar
Se ve parte de la Venta del Mochuelo y los ojos irregulares del puente sobre el río Sadar, llamado en la canción "río Al Revés", como tradicionalmente lo conocemos en Pamplona (aunque los de Echavacoiz le dan este título al río Elorz).
Éste es, pues, el escenario en el que transcurre el suceso que en primera persona nos cuenta Ignacio Baleztena. Seguro que él, como el gentío de la imagen, fue más de una vez, después de Vísperas, al Sario, a admirar las ganaderías.
Muchas gracias, Miguel Dutor, por este desolvido.

miércoles, 25 de marzo de 2020

¡Al Sario! (J.J. Arazuri)

"Toros en el Mochuelo" Prudencio Pueyo h.1890. Vista actual desde el puente sobre el Sadar
Pamplona, hasta finales del siglo XIX, no dispuso de corrales propios en donde encerrar los toros que desde el siglo XIV se corrían todos los años en las onomásticas de Santiago, San Abdón y Senén, Sanfermines —salvo en circunstancias extraordinarias, como sucedía en caso de contiendas bélicas o lutos reales— y en celebraciones solemnes locales y nacionales.

De la dehesa al soto 
Ultimos "Caniquiris" lidiados en Pamplona en el
 año 1908. Entonces la ganadería 
pertenecía al 
 Conde de Espoz y Mina que el 
mismo año pasó 
a manos de Bernabé Cobaleda de Salamanca
Unos días antes de las corridas, los astados se trasladaban andando desde la dehesa, conducidos por vaqueros —como se llamaban antiguamente a los pastores de reses bravas— y arropados con mansos, hasta un soto próximo a la ciudad. Durante siglos se utilizaron los de Esquíroz, Barbatáin, Mutilvas, Cizur Menor, Mendillorri y, preferentemente, el pueblo de Salinas, cabe Pamplona, que además de buenas hierbas disponía de corrales para recoger las reses. 

Del soto a la Plaza del Castillo. Recorrido
Toros navarros en el corralón del Sario a 
principios de siglo (Foto Fidel Veramendi)
Buenos ducados se pagaban del erario municipal todos los años a los de Salinas por el herbajo —como se llamaba en Navarra al herbaje— que se comían los cornúpetas durante los días que estaban «en capilla», hasta la madrugada del día de la corrida en que se trasladaban hacia la Plaza por el camino real de Zaragoza (hoy avenida del mismo nombre) o, posiblemente, por el camino de Esquíroz, más solitario, hasta la Vuelta del Castillo, Cuesta de la Reina, portal de Rochapea, calle de Santiago o de las Descalzas (hoy de Santo Domingo), plaza de la Fruta (en la actualidad Consistorial) para subir por el Chapitel (actualmente calle de la Chapitela) hasta la Plaza del Castillo en donde se encerraban en corrales alquilados a los propietarios de casas cuyas traseras accedían a nuestra singular plaza, en los cuales, los carpinteros, improvisaban todos los años el toril. A partir de 1616, en que el Ayuntamiento mandó edificar la primera «Casa del Toril» o «Casa de los Toriles», los toros se acomodaron en los establos de aquella casa, la primera construída en la Plaza del Castillo después del convento de las Carmelitas. En 1651, la Corporación Municipal ordenó derribarla para levantar en su solar, y en el de las casas vecinas que compró, una nueva y más amplia «Casa del Toril». En la actualidad, esta casa es la que ostenta el número 37. 

1844: a la Plaza Vieja
1914. Seis ejemplares de la ganadería navarra de
Alaiza en el corralón del Sario (Foto Roldán)
En aquellos toriles se encerraron los toros durante más de dos siglos, hasta 1844 en que al construirse la primera plaza de toros fija, se entraron los astados en los corrales de aquel primer coso taurino y, posteriormente, en los siguientes. Digo «entraron» en lugar de «encerraron», porque el «Encierro» se denominó «la Entrada» hasta principios del siglo XX. En 1844 el Ayuntamiento subastó la «Casa de los Toriles» por 7.000 reales al año, siendo adjudicado el remate a los señores Matossi y Compañía para inaugurar el «Café Suizo», en parte instalado en los antiguos toriles. 

Sotos al sur del paralelo de Pamplona
Julio de 1920. Toros navarros de Cándido Díaz en 
el Sario. Con pintas de vacas lecheras tomaron 
25 varas, derribaron 15 veces y mataron 8 caballos
Durante el siglo XIX, las reses pastaron en los sotos de Salinas, la Cadena (San Juan de), Mutilva. En los primeros Sanfermines después de la segunda Guerra Carlista, en 1876, la prensa diaria recogió la siguiente noticia: «Toros en el soto de Mutilva. Hubo visita de numerosos apasionados al arte de Pepeillo, estando cubierta la carretera de gente». No es de extrañar, aquel año pastaron Carriquiris y Zalduendos. Por cierto, como curiosidad histórica: la primera ganadería, la más antigua de México, asentada en Toluca, se creó con sementales navarros llevados al continente americano por Hernán Cortés, procedentes de la ganadería Zalduendo de Caparroso.

1877 primera ganadería forastera
Toros de Espoz y Mina, antes Carriquiri, en el Sario
En 1878, los toros navarros se llevaron al soto de la Cadena, excepto una corrida de reses castellanas del Colmenar, pertenecientes a la ganadería de la Viuda de Mazpule, que se dejaron en el «soto llamado de la venta del Mochuelo», es decir, en el Sario. Aquella corrida se debió comprar porque el año anterior se lidiaron dos reses del mismo hierro en la corrida de Prueba, con mucha carne y poder. Gustaron, en parte, los toros castellanos, y el crítico taurino de «El Eco de Navarra» escribió la siguiente crítica: «Los toros castellanos no son tan voluntariosos como los navarros; pero en cambio son de gran poder, de modo que el toro del Colmenar que pega es bueno, muy bueno; pero el que dice que no, aburre y desespera al espectador. Raro es el toro navarro que no se presta a alguna de las suertes de la lidia, mientras hay muchos de los andaluces y castellanos que se niegan a dar juego en todas ellas; por consiguiente, en la duda debe ser preferido para la lidia en esta plaza el toro navarro. Sin embargo, una corrida de aquel ganado, entre las cuatro, puede pasar y casi es necesario». 

Desde 1877, las ganaderías en el Sario
En la imagen del SITNA 1929 (abajo) 
se ve claramente la Venta del Mochuelo 
(2) y detalles de la foto de 1895 (arriba)
En 1879 se continúa utilizando el «soto de la venta del Mochuelo» (venta que dio título al barrio que se formó varios lustros después, y que estaba situada, exactamente, a la derecha de la carretera de Tudela [error, estaba bajando de Pamplona a la izquierda (pincha y siguientes)], en el punto en que la del Sadar, hoy también llamada de la Universidad, desemboca en la avenida de Zaragoza a escasos metros del puente del río Sadar o «río Al Revés»). Aquel año fueron muchos los aficionados que acudieron a contemplar los astados. 
Después de las Vísperas, en 1880 y años sucesivos, aumenta el número de curiosos que acompañan a la «gente del toro» hasta el Sario. En 1893, el Ayuntamiento construyó en el centro del soto un corralón de piedra dividido por dos muros en cuatro corrales. En el soto pastaban las reses navarras trasladadas desde la Ribera andando. Las ganaderías castellanas y andaluzas se desencajonaban de las cambretas transportadas hasta la estación del Norte por ferrocarril. 

Origen (1899) de los Corrales del Gas
Así era el espectáculo del desencajonamien-
to antes de 1960 (Foto Pío Guerendiáin)
Desde 1877, año en que entraron las primeras reses a pastar al Sario, hasta 1898, ambos inclusive, pastaron en este lugar las siguientes ganaderías extrañas a nuestra tierra: Vicente Martínez del Colmenar, Viuda de Mazpule también del Colmenar, Duque de Veragua de Madrid, Conde de la Patilla, López Puente (Aleas) del Colmenar, Félix Gómez igualmente del Colmenar, Marqués del Saltillo de Sevilla, Carlos López Navarro del Colmenar, Eduardo Ibarra de Sevilla, Anastasio Martín de la provincia de la Giralda, así como la de doña Celsa Montfrede Viuda de Concha y Sierra que fue la última ganadería forastera que pasó por el Sario, y cuyas reses, al trasladarlas a Pamplona, se escaparon hasta el valle de Goñi (Valdegoñi, como se decía antes), por lo que se renunció a desencajonar toros castellanos y andaluces en el Sario, y se habilitaron los nuevos corrales del Gas, inaugurados en 1899 (ver tomo I, tema Desencajonamientos), siendo los primeros huéspedes los Miuras y los Concha y Sierra. 
En el Sario continuaron apacentando sólo los toros navarros hasta 1929 en que se encerraron los Alaiza. Las ganaderías de nuestra tierra que abrevaron en el «río Al Revés» fueron las de Raimundo Díaz de Peralta (a partir de 1879, de Funes), Carriquiris (desde 1884 del Conde de Espoz y Mina), Pedro Galo Elorz de Peralta, Zalduendos de Caparroso y Alaizas, que como ya hemos dicho fueron los últimos. No se lidiaron reses navarras —por lo que faltaron morlacos en el Sadar— los años 1911, 12, 17, 23, 24 v 27. 

¡Al Sario!
Así pues, en el comienzo de los años ochenta numeroso público, después de las Vísperas —que entonces, afortunadamente, terminaban antes de las 6 de la tarde— acudía al Sario. Los aficionados, la gente del toro, a contemplar y admirar la estampa y trapío de los astados que, apaciblemente, pastaban junto al regacho —hiperbólicamente denominado por los pamploneses «río al Revés», aunque los de Echavacoiz le dan este título al río Elorz—, indiferentes ante la presencia de los curiosos. Para los taurinos, la visita suponía un buen «aperitivo» para las próximas corridas v un estimulante motivo de discusión sobre la aparente casta y juego que darían en el ruedo. El resto de la concurrencia se llegaba hasta el Sadar bien para matar la tarde, pasear, presumir, castigar, tomar el aire, divertirse o merendar. 
Los pamploneses, crearon bien pronto un nuevo festejo sanferminero: «Al Sario», como le denominaba aquella multitud integrada por representantes de todas edades, sexos y clases sociales, que al terminar las Vísperas tomaban el camino hacia el Sadar con alegría y buen humor. Las chicas, en animada y bullanguera cháchara. Los mozos, cantando, bailando y calmando la insaciable sed con frecuentes tragos de vino de la bota, que cada uno llevaba colgando del hombro. Los «carrozas» —como les llamarían hoy a los treintañales—, con el puro al morro, discutiendo amigablemente sobre las ganaderías contratadas para las fiestas, e intercalando piropos a las pimpollos y «monumentos» que se cruzaban en el camino (antaño no se utilizaba el contemporáneo silbido). Las señoras, señoritas y señorones, en lujosos y relucientes landós o en coches de punto conducidos por aurigas elegantemente vestidos, cubiertos con brillantes chisteras orladas con escarapelas de la bandera nacional. Nunca faltaba un grupito de intrépidas amazonas elegantemente vestidas y cabalgando en preciosas jacas, sonriendo gozosas a los requiebros y lindezas de los jóvenes y ....también de los maduros. Tampoco faltaban en aquella romería festiva el grupito de jóvenes distinguidos, montando briosos corceles, destocándose ceremoniosamente para saludar a sus amistades y conocidos. La nota más llamativa la daban algunos polloperas —que enjaezaban sus cabalgaduras con arreos andaluces—, que cabalgaban con chaquetilla corta ceñida, pantalones estrechos protegidos con zahones repujados, calzados con botos, relucientes espuelas de plata y cubiertos con anchos sombreros cordobeses ladeados con coqueta presunción. Hasta picadores con traje campero bajaban al Sario, «haciéndose al jaco» sobre escuálidos jamelgos, que a paso lento y cansino, rumiaban resignadamente su tristeza con el presagio instintivo de su muerte próxima destripados en el ruedo de la plaza vieja. 
Salvo los Paúles (1930), así era Pamplona en 1880-1900
Como entonces no existía el barrio del Mochuelo —hoy de la Milagrosa—, después de atravesar las murallas por los portales de Taconera y San Nicolás —los más próximos al Sadar—, el camino resultaba delicioso entre los campos de cebadas y trigos en sazón, y con la alegría incontenible del comienzo de las Fiestas, que es lo mejor de ellas. La caminata se hacía corta, y sin darse cuenta llegaban al Sario. 
La estancia de las reses junto al río Sadar equivalía a un hotel de cinco estrellas: buena cama, agua a una pedrada del corral, sol y sombra a voluntad, y buenas y abundantes hierbas preparadas por el Municipio que impedía entrar ganado en el prado desde el mes de abril. 

1894: no acercarse al toro
Detalle óleo de P. Pueyo
En los primeros años de aquel festejo, los valientes y decididos entraban al soto y se acercaban a las reses, e incluso, según un testigo presencial, la Condesa de Espoz y Mina dio de comer en sus manos un puñado de alfalfa fresca a un toro de su ganadería. Aquella confianza con los astados desapareció en 1894 por orden expresa del Ayuntamiento, permitiéndose sólo contemplar los toros desde la orilla derecha del Sadar, separada del pastizal por el profundo cauce del río. A pesar de ello, había jóvenes que para presumir delante de las féminas, atravesaban el pequeño barranco hasta alcanzar el prado, y hasta daban algunos pasitos hacia las reses. Frecuentemente, ante el menor movimiento del morlaco más próximo, el regreso lo hacían tan precipitadamente que en muchas ocasiones se embarraban o mojaban en el riachuelo con el regocijo de los presentes. Aquellas «aventuras» daban tema de conversación a las señoritas y damiselas durante el retorno a la ciudad.

¡Fuera del Sario!
Detalle óleo de P. Pueyo
Al atardecer, los pastores gritaban: «A los coches fuera gente del Sario». Era la hora de abrevar el ganado. El público tomaba el camino de la ciudad tranquilamente, comentando, unos el juego que darían cada ganadería en la corrida; otras, las jóvenes, criticando los vestidos y modas de las de otros grupos, la elegancia de algunos caballistas, el valor o cobardía de los que habían osado meterse en el pastizal de los toros, y las personas circunspectas comparaban y definían las dualidades taurinas de los toreros que venían aquel año a la Feria y, ¡cómo no!, la carestía de la vida que se estaba poniendo imposible. 

Hasta 1911 y 1930
Así terminaba el segundo festejo sanferminero, —téngase en cuenta que el primero eran las Vísperas- que duró hasta 1911, por ser éste el primer año en que se dejó de lidiar reses navarras, por lo que, como ya hemos dicho, durante varios años el Sario estuvo sin inquilinos. 
Después del año 30, los corrales del Sadar quedaron abandonados. Solamente los mocetes solíamos jugar en ellos trepando a los muros y corriendo sobre ellos. Al final de los años cincuenta fueron derribados para ampliar los viveros municipales.

P. Pueyo: "Toros en el Mochuelo"
Detalle óleo de P. Pueyo
Sobre el festejo del Sario hemos encontrado, y publicamos, un documento gráfico de excepción: un óleo del artista local Prudencio Pueyo, profesor pamplonés y autor del cartel de Fiestas del año 1900, que representa los toros de dos ganaderías pastando en el Sario. Al fondo se ve el puente sobre el Sadar en la carretera general a Zaragoza, en su límite con el término de Cordovilla; dos grupitos de curiosos, acompañados por sendos pastores, se hallan próximos a las reses; numeroso público desde la carretera, el puente y la orilla derecha del río Sadar contemplan a los astados y, como ahora, el «río Al Revés» con poca agua. 
Esta interesantísima pintura tuvo que ser hecha antes de 1894 que fue cuando el Ayuntamiento impidió el paso de los curiosos al pastizal. Este lienzo es propiedad de la familia Abrego-Zarranz, la cual lo ha cedido graciosamente para ilustrar este libro. 

Cuándo pudo pintarse el cuadro (Desolvidar)
Detalle cartel 1900 de P. Pueyo
Desgraciadamente, no sabemos la fecha exacta en la que Pueyo pintó este impresionante cuadro. Así que vamos a intentar establecer una horquilla dentro de la que tuvo que pintarlo.
-Prudencio Pueyo Bildarraz nació en Pamplona el 24 de Abril de 1861
-1877 fue el año en que entraron las primeras reses a pastar al Sario. Pueyo tenía 16 años
-En 1893, el Ayuntamiento construyó en el centro del soto un corralón de piedra. Pueyo tenía 32 años
-1894 que fue cuando el Ayuntamiento impidió el paso de los curiosos al pastizal.
En teoría, pudo pintarlo entre 1877 y 1893 (no se ve en el centro del soto un corralón y sí curiosos en el lado del río donde están los toros).
Los expertos lo dirán, pero no parece ser una obra juvenil, sino que está considerada como su mejor obra. Por lo que sospecho que Pueyo lo pintó en los últimos años de la horquilla, entre 1890, 1891 o 1892, cuando tenía alrededor de 30 años. Y mientras no tengamos datos más precisos, lo fecharé así: "hacia 1890"
Y el cartel de fiestas de 1900 (39 años), con el gaitero y tamborilero y los gigantes bailando ante la antigua fachada y torre de San Lorenzo, quita también el hipo:

martes, 17 de marzo de 2020

Desencajonamiento (J.J. Arazuri)

"Toros en el Mochuelo" Prudencio Pueyo h.1890. Vista actual desde el puente sobre el Sadar
La mítica Venta del Mochuelo; el puente -de ojos diferentes, sobre el Sadar- que da paso a la Carretera de Tafalla, el soto del Sario en donde pastaban las ganaderías navarras... la expectación que despertaba el toro... El cuadro de Pueyo, además de su gran belleza, es todo un testimonio histórico.

Desde tiempo inmemorial y hasta mediados del siglo pasado (XIX), el ganado que se lidiaba en los Sanfermines pertenecía, salvo raras excepciones, a ganaderías navarras. 
Aquellas reses bravas se traían desde la dehesa, por caminos, hasta las proximidades de la ciudad. La conducción corría a cargo de los pastores de a pie, utilizando sólo para dominar a los astados la vara y la honda y arropando el ganado por medio de cabestros. 
Ultimos "Carriquiris" lidiados en Pamplona en el año 1908. En aquella época
la ganadería pertenecía al Conde de Espoz y Mina que aquel mismo año
pasó a manos de Bernabé Cobaleda de Salamanca
Hasta la noche anterior de la corrida, los toros pastaban en sotos próximos a Pamplona. Así en el siglo XVI existen datos del aprovechamiento de las hierbas del soto de Salinas. En el siglo pasado pastaban en los sotos de Mutilva y la Cadena (San Juan), hasta 1893 en que se acomodaron en un gran corral de piedra (en el que se instalaron pesebres y puertas) construido en el soto del Sadar o Sario. Durante el día las reses pacían en el soto y abrevaban en el río Sadar, más conocido como el «río Al Revés». Desde aquel año y con el fin de que la pastura fuese abundante, el Ayuntamiento prohibía la entrada de ganado desde mayo hasta después de fiestas.
Toros navarros en los corrales del Sario a principios del XX (Foto Fidel Veramendi)
Parece que la novedad de tener a los morlacos casi junto a las murallas, tentó a los muchísimos taurófilos -que siempre lo demostraron en las fiestas aunque no en el resto del año- a contemplar a los Zalduendos de Caparroso, Lizasos de Tudela, los Carriquiris (entonces del Conde de Espoz y Mina) y los Díaz de Funes. 
Preocupadas las Autoridades ante el temor de un percance por un toro desmandado, al año siguiente se prohibió la entrada en el soto, permitiendo a los curiosos mirar y admirar las reses desde la orilla derecha del río. Como veremos cuando tratemos de las fiestas en el día de la víspera, después de la función religiosa, lo castizo era bajar al Sario a contemplar los toros. 
Julio de 1920. Toros navarros de Cándido Díaz en el Sario. Aquellas reses con pintas
de vacas lecheras fueron lidiadas por Fortuna, Sánchez Mejías y Valencia.
Las aparentes hembras tomaron 25 varas, derribaron 15 veces y mataron 8 caballos
El día de la corrida, «a la hora del alba», partía la torada del Sario conducida por un pastor a caballo y varios más de a pie. Lentamente enfilaban por el camino de Esquíroz hasta la Vuelta del Castillo, siguiendo por las proximidades de la puerta de la Taconera y por el antiguo campo de San Roque hasta la Cuesta de la Reina. Bajada ésta, ascendían hasta el portal Nuevo, y por la Bajada de las Tenerías alcanzaban el corralillo de la Rochapea, hoy oficialmente llamado de Jus la Rocha, desde donde salían a las seis de la mañana hacia la plaza de toros. 
Año 1902-1904. Desde 1899 se comenzaron a desencajonar los toros andaluces y castellanos
en los corrales recién habilitados en la antigua fábrica del Gas. Los toros se traían hasta Pamplona en cambretas facturadas en el ferrocarril. De la estación del Norte a los nuevos corrales, se arrastraban las cambretas detrás de carros tirados por bueyes (Foto José Ayala).
En la segunda mitad del pasado siglo, los toros de las ganaderías castellanas y andaluzas se traían a Pamplona en cambretas por ferrocarril. Las reses se desencajonaban en uno de los corrales del Sario. Después de un tiempo prudente para tranquilizarse, se les dejaba pastar libremente en el soto. 
Año 1902-1904. Así se desencajonaron los primeros toros
en los nuevos corrales del Gas. (Foto José Ayala).
En 1898, sucedió algo insólito. El día 10, que se iba a celebrar la última corrida con reses de doña Celsa Fronfrede Viuda de Concha y Sierra, se escaparon los seis astados antes de llegar al corralillo de la Rochapea dirigiéndose hacia Zuasti, alcanzando el paso de Osquía y subiendo posteriormente al valle de Goñi, en donde fueron localizados dos días más tarde y traídos al Sario cinco de los seis toros fugados, quedando uno de ellos perdido por los bosques próximos. Aquel buen mozo, llamado «Borrego», marcado con el número 17, colorado, bien armado de pitones y astillado del cuerno derecho, estuvo perdido durante tres meses. 
Año 1909. Un soberbio ejemplar de la ganadería portuguesa de Paliza en los corrales del Gas
El día 13 de octubre del mismo año, cuando ya nadie se acordaba del «Concha y Sierra», apareció cerca de Ilzarbe. Al intentar recogerlo, el toro se escapó, encontrándolo al día siguiente en Zuazu, donde fue muerto a tiros por la Guardia Civil. Parece ser que el toro veraneó y campó por sus respetos en las frondosidades de los bosques próximos a Osquía, en donde, cual auténtico sultán, se vio rodeado de un sinnúmero de hermosas y frescachonas vacas, que contribuyeron a que pasase una temporada deliciosa. Las consecuencias de aquel idílico veraneo fueron apareciendo posteriormente en los herederos de aquellas mansas y beatíficas vacas: durante varios años fue preciso sacrificar muchos terneros que nacían, por influencias atávicas, tan furos que no había posibilidad de criarlos.
Unos magníficos ejemplares desencajonados en los corrales del Gas. Destaca
el de la derecha por su impresionante cornamenta. (Foto Fidel Veramendi)
Esta huída de seis toros de una misma ganadería tiene una explicación, ya que los toros traídos de lejanas tierras y trasladados en cambretas, siempre venían sin cabestros. Por lo tanto, a los mansos y pastores navarros que aquellas reses extrañaban, se les hacía más difícil su manejo para ser arropados y conducidos. 
Después de aquel accidente, que pudo terminar en tragedia, el Ayuntamiento decidió que desde 1899 los toros andaluces y castellanos se desencajonasen en la antigua fábrica de gas de la Rochapea, preparando al efecto varios corrales. Así es como nació un nuevo festejo sanferminero: el Desencajonamiento. 
5 de julio de 1959. Aspecto del estacionamiento de coches en el Gas con motivo de un desencajonamiento. Eran tiempos en que abundaban los "600" y "Dauphine". La gente
del toro y los elegantes acuden a contemplar el atractivo y bonito espectáculo. (Foto Galle)
Al nuevo espectáculo de contemplar desde cerca la bella salida de las reses bravas de las cambretas a sus corrales, el Municipio lo hizo lucrativo vendiendo cien abonos especiales a dos pesetas cada uno. 
Año 1977. Desde 1960 los toros se desencajonan
en la intimidad con unos pocos testigos
presenciales. (Foto Pío Guerendiáin)
Este festejo, al que asistían en un principio casi exclusivamente los taurófilos, llegó a convertirse a partir de los años treinta en una reunión elegante donde abundaban las mujeres, en las que predominaba más el prurito de exhibir el modelo de última moda que el goce de contemplar el trapío y estampa de las reses desencajonadas. 
Este espectáculo, al que continuaba acudiendo la gente del toro además de los snob, desapareció en 1960 como espectáculo público, suprimiéndose con él uno de los números más atractivos que preludiaban los Sanfermines. 
A partir de 1960 los desencajonamientos se realizan a puerta cerrada y en presencia de unos pocos testigos. De esta última etapa hay que reseñar que el 30 de junio de 1979, al salir de la cambreta «Flautero» de la ganadería de Pablo Romero, negro bragao y coletero, hirió de caracter muy grave a Florentino Huarte, empleado de la Casa de Misericordia, infiriéndole cuatro cornadas en gluteos, abdomen, perineo y tórax. 
1914. Seis preciosos ejemplares de la ganadería navarra de
Alaiza de Tudela en los corrales del Sario (Foto Roldán) 
¿Hasta cuándo se encerraron toros en los corrales del Sario? 
La última corrida que se encerró en el Sario fue en 1929. Las reses pertenecían a la ganadería navarra de Alaiza. Eran seis magníficos ejemplares que se lidiaron en una corrida de prueba extraordinaria. 
Como anécdota reseñamos los nombres de aquellas seis bravas reses, según la prensa, «una señora corrida»: «Mosquitero», «Matraquillo», «Notario», «Tranquilo», «Perdigón» y «Mejicano». 
Así era el espectáculo del desencajonamiento antes de 196 (Foto Pío Guerendiáin)