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lunes, 2 de febrero de 2026

La Plaza de la Cruz se nos muere



Trafalgar Square, en Pamplona
"Sigue siendo un lugar decadente y muchas veces peligroso en el centro de Pamplona y en el que los propios comercios sufren las consecuencias de ese ambiente” 
Hay que reconocerlo. Tenían razón. Cuando en 2023 la “Coordinadora” anti-parking consiguió paralizar las obras en marcha del parking promovido (y pagado) por vecinos de la zona, algunos no creíamos lo que nos decían. Nos hablaban de una plaza hervidero de actividades culturales y de vida y con mejoras inminentes si no se realizaba la obra. El Ayuntamiento de entonces (UPN) accedió a paralizar la obra y tres meses después ese equipo de gobierno, por órdenes de Cerdán, fue desalojado del Ayuntamiento. Pues bien, la plaza de la Cruz de Pamplona de hoy no tiene nada que envidiar a Trafalgar Square en Londres.

Nota: Muy conveniente repasar Parking de la calle Sangüesa, lecciones a aprender, con la manipulación de la Galería del Diario de Noticias.

Es evidente que es ironía. Dos años después no se ha invertido un solo euro y no hay nada presupuestado en 2026 para invertir en la plaza. Todos aquellos que aparecieron en el verano de 2023 brillan por su ausencia y la plaza sigue siendo igual de lúgubre, oscura y triste. El ambiente es de todo menos cultural. De los manifestantes, no se sabe nada. El nuevo Ayuntamiento de Bildu prometió en enero de 2024 que iba a “trabajar específicamente los temas de movilidad y de aparcamiento y que puedan incluir un análisis en profundidad de la zona”. Traducción: Vecinos e ingenuos, ya os hemos usado para echar a UPN, ahora no molestéis. Lo que es más grave, hoy en día el aparcamiento subterráneo estaría terminado desde hace tiempo y 346 coches que están actualmente dando vueltas buscando sitio, contaminando y ocupando plazas de superficie estarían perfectamente aparcados bajo tierra. Se usó de manera absolutamente demagógica el proyecto promovido por los vecinos como se podía haber usado cualquier otra cosa, es evidente. 
Esos son (línea blanca) los arbolillos de la Plaza  que sí iban a ser talados
La sustitución de 12 (doce) árboles de la Calle Sangüesa (no se tocaban los de la Plaza) era un atentado ecológico, pero que 346 coches que iban a estar bajo tierra estén todos los días quemando gasolina por arriba mientas buscan un inexistente sitio para aparcar debe de ser lo mejor para la atmósfera.

El medio ambiente les daba y les da igual, evidentemente. Azuzaron también la envidia “las plazas son carísimas” (31.000 euros). ¿Lo vas a pagar tú? No. ¿Entonces cuál es el problema? Que te molesta que otro lo pueda pagar. Si se hubiera construido el aparcamiento, además de bajar mucho el precio de las escasísimas plazas de alquiler de la zona (oferta y demanda) se habría urbanizado la plaza de la Cruz a cargo de los dueños del parking, no del erario público. Hoy la plaza sigue teniendo un aspecto propio de la Bulgaria de 1976. En todos los sentidos.

Porque sigue siendo un lugar decadente y muchas veces peligroso (una metáfora de la ciudad) en el centro de Pamplona (paso cuatro veces al día) y en el que los propios trabajadores de los comercios de la zona sufren las consecuencias de ese ambiente “cultural” y del olvido del Ayuntamiento de Pamplona. Pero tranquilos, los coches siguen dando vueltas. 
 Álvaro Bañón Irujo es economista. 
Comentarios DN
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Asi es, Usted cuatro veces, yo seis o mas al dia. Alli me he criado y por ahi transito. Efectimente iba a construirse un parking que habia diseñado con magnifica idea la anterior Corporacion presidida por el magnifico alcalde que fue Enrique Maya, pero dos concentraciones anti parking y anti Todo, y el miedo de una Alcaldesa, a que esto sea excusa para una mocion de censura, ¿ cual fue el resultado?. En primer lugar, paralizacion y suspension de laa obras. En segundo lugar, pago de 120.000 eurazos, que todavia me duelen, por “ adecentar” lo incipiente del proyecto. En tercer lugar, una mocion de censura por “ otro motivo”, siempre hubiera habido una excusa. Y en cuarto lugar, una Plaza frecuentada por gente que voy a definirla como “ diferente” y “amigos del tetrabrick”.

¡¡Que bonito verdad!!, ¿ a que es bonito?. Ahi siguen los arboles tristes, porque los niños ya no se acuerdan de ellos, porque los niños ya no les hacen dibujitos y porque los niños ya no les dan las gracias por darnos un aire tan puro y tan sano. Eso si, mientras, los pobres arbolitos respiran el etanol que desprende los tetrabrick de algunos Seres de Luz que moran en los bancos de la Plaza de la Cruz.

Resumiendo, una lastima de Plaza, una Plaza en donde me crie, en donde jugue, en donde me harte de comer pipas compradas en Aramendia con las pagas recibidas, e incluso en donde ligaba lo que se podia, y por donde transito media docena de veces al dia y oigo su llanto ante su decadencia.

¿Lo próximo qué será?, ¿ tal vez un pequeño lavado de cara y de paso cepillarse la Cruz que forjo D. Constantino Manzana, acusándole de que era franquista?. Todo es posible….

Descanse en Paz, La Plaza de la Cruz, su funeral religioso próximamente en la Iglesia de San Miguel, la Ceremonia Laica de su defuncion, en el estanque de la Plaza presidida por el Sr Alcalde acompañado por las Herrikos Koordinadoras, con muchas K, anti parking

martes, 19 de noviembre de 2024

Tapia Institutos Plaza de la Cruz

Instituto Plaza de la Cruz. 30 junio 1995. Profesores junto a los restos de la tapia
Desde hace un par de años viene corriendo por Pamplona el bulo de que la tapia que separaba al Instituto femenino del masculino de la Plaza de la Cruz fue derribada por los propios alumnos. El bulo en cuestión dice, más o menos, así:
Año 2000. Ya no hay tapia. Muro pintado en blanco
"La tapia separadora de los institutos Príncipe de Viana (chicas) y Ximénez de Rada (chicos), en el patio, fue derribada por los alumnos. No se pueden poner diques al mar".
Por supuesto, no presenta ninguna prueba, una foto, una nota del periódico... Ni siquiera una fecha.
Y sin embargo, de lo contrario, de que no fueron los alumnos quienes la derribaron, tenemos varias pruebas.
1ª. En la foto de portada vemos un grupo de profesores junto a los restos de la tapia. A nuestra derecha, señalada con una flecha negra, la marca en la pared que dejó la tapia. Con esa marca nos podemos hacer una idea de su altura y grosor.
1944 Alumnas jugando en su patio
Es viernes, 30 de junio de 1995, último día que los profesores tienen que ir al Instituto, antes de las vacaciones de verano. Los alumnos hace días que no van al centro porque ya han hecho los exámenes y han recogido las notas. Esa mañana los profes habrán hecho el claustro final y, quizás, hayan tenido un frugal aperitivo. Mientras tanto, los obreros habrán tirado la tapia, ya que a partir del curso 1995-96 los dos Institutos serán un único Instituto, el IES Plaza de la Cruz. Y los profes han bajado para sacarse la foto celebrando el derribo.
2ª. Pero hay más. Tirar la tapia en 1995 no significa acabar con la separación entre chicos y chicas, ya que los dos institutos, tanto el príncipe de Viana como el Ximénez de Rada, ya eran mixtos desde 1984.

Nos lo cuenta clarísimamente el Diario de Navarra del sábado, 1 de Julio de 1995:
01/07/1995 Sábado Cayó el Muro de Pamplona. 
Un muro dividió Berlín y reflejó la división de dos mundos. Su derribo simbolizó mejor que cualquier otra cosa el fin de una era. Otro muro, situado en Pamplona, separó durante décadas dos ámbitos académicos lejanos e infranqueables: el que alejaba a los alumnos del instituto masculino Ximénez de Rada de las féminas que completaban su bachillerato en el Príncipe de Viana. 
Las barreras mentales se disolvieron hace ya muchos años, en los bancos cómplices de la Plaza de la Cruz; las académicas hacia 1985, cuando ambos centros se hicieron mixtos. El muro físico, de ladrillo basto y presencia más ridícula que amenazadora, cayó ayer, 30 de junio, porque todavía carece más de sentido si ambos centros serán uno solo en octubre. 
Escuela de pintadas endebles, realizadas con tiza, y blanco de algunas protestas estudiantiles de la Transición, ahora es solo escombro y recuerdo para miles de estudiantes.
Captura de "IES Plaza de la Cruz: 175 años de historia" (pincha)
En resumen...
Los comentarios coinciden en que en el curso 1976-77 hubo un intento de derribo por parte de algún alumno que llegó a derribar algún ladrillo de la parte superior del muro y que se saldó con su expulsión.  "Pero la fiebre anti muro se diluyó cuando se nos permitió salir a la Plaza de la Cruz durante el recreo".
Los "diques al mar" se retiraron en 1984-85, cuando los dos institutos se hicieron mixtos. La tapia fue derribada 10 años después, por orden de la Consejería de Educación, porque para el Curso 1995-96 ya era un solo Instituto.
Desde 1995, sin muro

viernes, 19 de octubre de 2018

J.I. Palacios: "Hice el bachiller en el Ximénez" (años 60)

1960 El profesorado,antes de que se abriera el El Caballo Blanco
Agradablemente sorprendido por este magnífico artículo de José Ignacio Palacios, en el que alaba la calidad y laicidad de la enseñanza pública en el Ximénez de Rada, donde hizo el Bachiller en los 60.
Al final, tenéis un emotivo recuerdo las que lo hicisteis en el Príncipe de Viana.
No puedo evitar enlazar algunos comentarios entrañables de Face
***
El 18 de agosto de 2001 fallecía en un trágico accidente Joaquín Romera Gutiérrez, profesor del I.E.S. “Plaza de la Cruz” y compañero mío que fue durante siete cursos, desde primero de Bachiller hasta Preuniversitario en ese mismo edificio que entonces albergaba dos Institutos: el femenino – “Príncipe de Viana”- y el masculino –“Ximénez de Rada”-. Cuando el Director del Instituto, Julio Urtasun, me habló de la publicación que en recuerdo a Joaquín tenían en proyecto me pidió que colaborase en ella. A partir de ese momento mi memoria empezó a volar y el resultado fue este trabajo, que se publicó en el libro que lleva por título “Joaquín Romera Gutiérrez, In Memoriam”, que vio la luz en los primeros meses de 2002. 

MEMORIAS DE OTRO TIEMPO 
Santo Tomás: “desayuno para seiscientos” en el Café Iruña
El mundo estaba inmerso en plena guerra fría, hacía pocos meses que se había alzado el Muro de Berlín y Kruschev y Kennedy medían sus fuerzas en Bahía de Cochinos (Cuba). La Europa de los seis, la que con los años se convertiría en la Unión Europea, estaba echando a andar. La Iglesia Católica entraba en el Concilio Vaticano II que había sido convocado por el Papa Juan XXIII. Yuri Gagarin, el primer astronauta, ya había estado en el espacio. La España de la autarquía estaba dando paso al I Plan de Desarrollo que haría poner en marcha nuestra Economía y nos haría salir del subdesarrollo. Navarra era una región rural, agrícola y ganadera, y Pamplona una capital provinciana de cerca de 100.000 habitantes en la que se estaba terminando el II Ensanche, la Chantrea y la Milagrosa, y en la que la moda era abrir cafeterías (Florida, Miami, Nevada, Jamaica, Maxi) y cines comerciales, como el Carlos III, Arrieta u Olite, o de colegios, como el Champañat o el Loyola. 

 Corría el año 1962 y todos los niños (y niñas) que en ese año cumplíamos diez teníamos que hacer, en las convocatorias de junio o de septiembre, el examen de ingreso en los Institutos de Enseñanza Media y, si lo aprobábamos, al curso siguiente emprendíamos la enseñanza secundaria, que constaba de dos partes, la primera de cuatro años  que culminaba en una reválida con la que se lograba el título de bachiller elemental y, la segunda, tras haber optado entre ciencias o letras, de otros dos con otra reválida, en la que se alcanzaba el título de bachiller superior. Después, y para los que querían acceder a la Universidad, estaba el curso preuniversitario (el Preu) y la prueba de fuego, y para muchos su primera salida de casa, el viaje a Zaragoza donde había que hacer el  examen en su Universidad, pues Navarra pertenecía al distrito universitario de Zaragoza. 

 Una vez superado el examen de ingreso los padres tenían que escoger el centro escolar de sus hijos. Entonces no era como ahora que la mayoría de los colegios están concertados, por eso lo primero que tenían que hacer era optar entre la enseñanza pública, con lo que la única opción era el Instituto, o la privada, en uno de los 25 colegios privados de carácter religioso que había en Navarra. Los colegios eran de pago, y unos costaban más que otros, por lo que si se decidían por esa segunda opción, a la hora de escoger el centro tenían que tener muy en cuenta su disponibilidad económica siendo éste, en la mayoría de los casos, el criterio determinante para inclinarse por uno u otro. En esa época era fácil conocer el status económico por el colegio al que se iba. El poder adquisitivo era un tamiz que colocaba a cada uno en el lugar que le correspondía, no era igual estudiar en Jesuitas, Maristas, Escolapios, Salesianos, etc. etc.  En Pamplona solamente había un Instituto masculino, el Ximénez de Rada, y otro femenino, el Príncipe de Viana, que eran dos hermanos mellizos que compartían un edificio, el de la Plaza de la Cruz, que había sido inaugurado en el curso 1944-45. Y en ese año, 1962, echaron a andar sus respectivas secciones filiales. 

Las diferencias entre los colegios y el Instituto eran varias. El Instituto era interclasista, en la misma clase podía estar el hijo del embajador, del médico afamado o del catedrático de universidad junto con el del peón de albañil o agricultor más pobre que podían estudiar gracias a las becas del P.I.O. (Patronato de Igualdad de Oportunidades) y todos eran iguales.  

De izda. a dcha. 1. Asensio (dibujo)  2. Josefina García Gainza
 (fil.) 3. No sé 4. Pilar Zuasti  5. Josefa Cereza  6. Lolita Jaurrieta
                      
Cortesía de JIPZ
Otra diferencia clara, era que en el Instituto las clases eran impartidas por profesores que al menos eran licenciados en la materia que explicaban y, la mayoría, con una oposición ganada (cuentan que una vez abordaron a un profesor, cuyo nombre aparece en estas memorias, en la galería central y le preguntaron: ¿Es usted el catedrático de … por casualidad?, a lo que éste respondió: por casualidad no, por oposición y muy reñida) por lo que pertenecían al cuerpo de Catedráticos o Agregados de Instituto, cosa que no sucedía en los colegios, en donde los profesores tenían el hábito … y poco más. 

Por otro lado, mientras que en los colegios se imponía la religión a machamartillo y se obligaba a ir a misa y otras funciones religiosas a horas muy tempranas con el consiguiente madrugón y se imponían sanciones a los que no iban, en el Instituto no había más formación religiosa que la asignatura de Religión, que era una de las llamadas “marías” (junto con la gimnasia y la Formación del Espíritu Nacional), que nos la daba don José Vera o don Ignacio Astiz, y en la que el aprobado general estaba asegurado. 

También nos diferenciábamos en las vacaciones de verano, ya que a los del Instituto nos las daban en los últimos días de mayo, pues el mes de junio se dedicaba a los exámenes de los alumnos libres, con lo que teníamos cuatro meses largos de holganza, mientras que en los colegios terminaban hacia San Pedro y empezaban el curso a mediados de septiembre. 

Y ... otra diferencia era que mientras que en los colegios se libraba el jueves por la tarde, en el Instituto lo hacíamos en la del sábado. En esa época no había llegado todavía a este país la semana inglesa, ni la cultura del fin de semana y lo normal en oficinas y empresas era trabajar el sábado, por la mañana y por la tarde. ¡La fiesta, el descanso semanal, empezaba al anochecer el sábado! 

Pues bien, entonces, en el mes de octubre de 1962, tras la solemne Apertura de Curso, que se celebraba en el paraninfo de los Institutos, a la que asistían las primeras autoridades académicas, civiles, militares y religiosas, y tras la compra de los libros de texto en Escudero o en la Casa del Maestro, iniciamos nuestra enseñanza secundaria y emprendimos nuestra estancia en el Ximénez de Rada que para algunos duraría hasta 1969. 

El Director era don Luis Antonio Montes, que llevaba en el cargo unos dos años en los que había hecho grandes innovaciones en el Centro, había construido el gimnasio, la sala de juegos, el “Albin Club” y hasta un bar que lo regentaba Manolo y su familia. También había puesto un uniforme (pantalón gris, camisa blanca, corbata, y americana de rayas azules y negras) que normalmente estrenaban los pipiolos de primero y, a medida que iban creciendo y se les rompía, caía en desuso. 

 Las clases eran multitudinarias, normalmente estábamos más de 30, y en cada curso solía haber dos grupos, “A” y “B”, ordenados alfabéticamente, con lo que la división solía caer hacia la letra “L”. Por razón de apellido a Palacios y a Romera siempre nos solía tocar en el aula “B”. 

1995 restos del muro separador
 El Instituto, que para los chicos tenía su entrada por la calle Sangüesa, contaba con tres pisos y a medida que ibas pasando de curso ascendías también de nivel. Había dos escaleras, una de subida y otra de bajada y los bedeles, además de ser los guardianes de su planta, velaban para que no se infringiera el orden establecido en las escaleras y alguno de ellos tenían un gran dominio en el lanzamiento de su voluminoso manojo de llaves al infractor. En la planta baja estaba Francisco, en la del medio Domingo y Casimiro, en la tercera Feliciano, y Eguaras era el que encendía la calefacción.  

EL A 2 de Eliseo Sánchiz Sanz
En total solían ser seis las clases al día, cuatro por la mañana, de 9 a 13:30, y dos por la tarde, entre las 15:30 y las 18:00 horas. En los recreos se comían los bocadillos, que la mayoría llevaban envueltos en papel de periódicos y los más finos en el que daban en las tiendas para envolver los productos (el papel de aluminio sólo se conocía como envoltura de los chocolates y no existía la proliferación de bolsas que ahora nos inunda), y se jugaba en el patio (que era la única forma de ver de cerca a las chicas del femenino, a través de la verja) o, si llovía, cosa harto frecuente en la Pamplona de esa época, en las galerías. A la calle solamente podían salir los de Preu que también eran los únicos a los que se les permitía fumar. 

Junto al patio, en la calle Tafalla, se solía colocar el famoso Eliseo Sanchíz con su no menos famoso “carrico” de EL A 2, que era uno de los lugares en donde nos aprovisionábamos de las pipas (a peseta la bolsa), crispetas, chicles, bombas, etc. que después degustábamos en clase, eso sí, sin que te viera el profesor. 

21.XI.1969 Derribo de San Juan. Al fondo, Obispo Irurita, 2
Las diversiones de las tardes de los domingos eran pocas, para los aficionados al fútbol estaba el ir al campo de San Juan a ver a Osasuna y así poder comentar después el partido con don Ignacio Astiz en su clase entre obra y obra de Misericordia. Los demás, teníamos gratis la película que nos ponían en el Salón de Actos. Había dos sesiones, a las 5 y a las 7:30 y, como no podíamos estar juntos los chicos con las chicas, los del Ximénez con las del Príncipe, porque podía ser pecaminoso, una semana nos tocaba la primera sesión y a la siguiente la segunda. La película la proyectaba Ramiro Aramburo y antes de comenzar aparecía un letrero que rezaba así: “En este salón se exige la corrección más exquisita, la falta de ésta motivará la suspensión de la película y, además, se tomarán las medidas disciplinarias oportunas. Los Directores”. 

 En cuanto a disciplina era la suficiente para mantener el orden. A comienzo del curso nos entregaban una tarjeta que se denominaba “Coeficiente de Conducta”, que era un crédito de 10 puntos que se iban perdiendo a medida que se cometían las faltas. Lógicamente el que llegase a perder todos los puntos (cosa rara) era expulsado. Alguna vez, y ante una rebelión general, el profesor o profesora mandaba cortar medio punto o punto entero, a todo la clase, orden que tenía que ser ejecutada por el Delegado de Curso, como le sucedió al bueno de Tomás Ondarra que, en el Curso 1965-66, tuvo la paciencia de anotar en el reverso de cada tarjeta lo siguiente: “15.03 medio punto por falta colectiva Srta. Golvano”. 

 Además de las fiestas normales del calendario como podían ser el Pilar, Todos los Santos, San Saturnino, San Francisco Javier, San José o el 1º de Mayo, había dos fiestas especiales. El 25 de febrero, cumpleaños del Director, y el día de Santo Tomás, el 7 de marzo. 

El día de “la fiesta del Dire” nos reuníamos con él en el Salón de Actos y aún recuerdo como si fuera hoy el día en que Montes subió al escenario y nos dijo que cumplía ¡50 años!, entonces, a la altura de mis once años, me parecía viejísimo y ahora que me pongo a reflexionar me doy cuenta de lo joven que era. ¿Por qué será? 

El 7 de marzo, Santo Tomás, nuestro Patrono, era el día grande. Empezaba con una misa, que se celebraba en los Dominicos, junto al Ayuntamiento, seguida de un “desayuno para seiscientos” en el Café Iruña de la plaza del Castillo, después solía haber un Festival en el que junto alguna representación en el que se imitaba a los profesores y a los personajes del momento y se contaban chistes, el grupo musical del Instituto nos interpretaba su repertorio (en el que no podía faltar Los Sitios de Zaragoza y En un mercado persa), y había una actuación, al estilo Dúo Dinámico, de los hermanos Andía. 

Ruiz de Alda 1968 3º izda: Gregorio Górriz
La clase de Educación Física la teníamos con Argaña o San Millán y se impartía bien en el Gimnasio del centro, en cuyas paredes había unas inscripciones en griego en las que se veía la mano del Director (que era catedrático de griego), o cuando el tiempo lo permitía, en el Estadio Ruiz de Alda (hoy Larrabide). Allá estaba también el Colegio Menor Ruiz de Alda, que pertenecía al Frente de Juventudes, en donde estaban internos muchos alumnos del Instituto que eran de fuera de Pamplona, a los que se les distinguía por su uniforme: pantalón gris, corto en los primeros años con medias blancas hasta la rodilla y largos a partir de cuarto, camisa blanca con corbata, jersey de pico azul claro con una raya  blanca en el cuello y zapatos de la OJE. 

 Todavía no se había impuesto el inglés y casi todos los de la clase estudiaban como lengua moderna el francés. Tan sólo tres, cifra que se repitió desde segundo hasta sexto de bachiller, estudiábamos la lengua de Shakespeare. A lo largo de los cursos tuvimos tres profesoras: Paquita Cachafeiro, Zuri Urmeneta y Marisa Abril, de las que guardo un magnífico recuerdo. 

 A los profesores se les conocía bien por el mote o apodo (que los omitiré para que nadie se pueda molestar a estas alturas de la vida) o bien por su apellido y, eso sí, en todo caso con el articulo determinado (el o la) incorporado. En esa época nos repartían a los alumnos un díptico en el que, junto con escudo del Instituto y el calendario del año, en sus páginas interiores aparecía la relación de profesores con su dirección y teléfono de casa. ¡Cómo cambian los tiempos!, supongo que esa costumbre hace años que por prudencia habría caído en desuso. 

 En esa época no se habían inventado ni las APAS ni las APYMAS y los padres en raras ocasión aparecían en escena, por lo que la relación era de forma directa profesor-alumno. 

Tras esa relación tan próxima creo que puedo decir que de los profesores recibimos una educación muy buena y liberal, que poco tiene que ver con los estereotipos que de la enseñanza de esa época ahora se intenta transmitir. Lógicamente cada profesor tenía su manera y su forma de enseñar pero, lo que sí es cierto es que la gran mayoría eran serios y rigurosos y nos dieron una sólida formación. En estos momentos tengo que recordar con cariño a los que fueron mis profesores, entre los que a modo de ejemplo citaré a Tomás Ondarra, Guillermo Mur, Josefina García Gainza, Luis Rubio, Mª. Ángeles Irurita, Guillermo Alonso del Real, Ana Uriarte, José Lampreabe, Gerardo Sacristán, José Manuel Rodríguez Cerqueiro, …  así como a los que ya he citado antes: don Ignacio Astiz, don José Vera, Mª. Ángeles Golvano, Cachafeiro, Urmeneta y Abril, y ¡cómo no! a mi madre: Pilar Zuasti. Tampoco puedo olvidar a otros que aunque no me dieron clase, bien por impartir asignaturas de letras o francés, o bien sea por otras circunstancias, como los dos hermanos Montes, Luis Antonio o Javier, Josefa Cereza, Inés Martín, Lolita Jaurrieta o Jesús Salanueva también dejaron su impronta en los jóvenes que aspirábamos a ser mayores. 

Fueron pasando los cursos y desde el Instituto fuimos cambiando, de niños nos fuimos haciendo adultos, y al mismo tiempo vimos cambiar el mundo. Desde las aulas nos enteramos de los asesinatos de los hermanos Kennedy (John y Robert) y del de Martín Luther King, de la guerra de Viet Nam, del nuevo Papa Pablo VI y del fin del Concilio, con los grandes cambios que supuso en la Iglesia y en la sociedad en general, de los Beatles, del Referéndum de la Ley Orgánica del Estado (14 de diciembre de 1966, fecha en la que como el Instituto era colegio electoral tuvimos fiesta, y en el cine Avenida nos proyectaron la película Franco ese Hombre), del triunfo de Massiel en el Festival de Eurovisión, de la irrupción de la minifalda y del mayo del 68 en el París estudiantil.   


También vimos cómo iba cambiando Navarra y Pamplona. Empezó el despegue de la industrialización, se instaló la primera fábrica de coches, la de Authi. Con ocasión de los XXV Años de Paz se inauguró la primera (que durante años fue la única) piscina cubierta de la ciudad. En las casas fue siendo normal que se tuviera un aparato de televisión en el que se podía ver el único canal de “la mejor televisión de España”, eso sí, cuando “el poste” de San Cristóbal o el de Sollube lo permitían, y ya en los últimos cursos algunos tenían el lujo de poder ver hasta el UHF. El parque automovilístico se dobló. Se empezaron a construir los barrios de San Juan (ver foto del derribo del Campo San Juan) y de San Jorge, … Y aparecieron las primeras discotecas como El Guacamayo o el Young Play. 


A las chicas les pasaría parecido
Y así, poco a poco, llegamos a mayo de 1969. En ese año dimitió De Gaulle, Juan Carlos de Borbón fue designado Príncipe de España, el hombre pisó la Luna y saltó el escándalo Matesa. Y nosotros, los que quedábamos de primero, dijimos adiós al Instituto y, en muchos casos, a compañeros con los que habíamos compartido tantos momentos, buenos y malos, alegres y tristes, a muchos de los cuales ya no volveríamos a ver. Allá se quedan en el recuerdo los Abad, Almándoz, Andueza, Beguiristáin, Elcarte, Escribano, Gil Ruiz, Las Navas, Lahuerta, Liras, Lujambio, Luri, Malón, Martínez Aguado y Martínez León, Munárriz, Muñoa, Ordóñez, Ortiz de Landázuri, Oses, Pascual, Portillo, Rico, Ruiz de Garibay, Sancho, San Martín, los dos Santamaría (Iturralde y Valcárlos), Tirapu, Ugalde, Urtasun, Zaldúa ... y, ¡cómo no! Joaquín Romera Gutiérrez, que fue el primero de una saga que llenó durante años las aulas del Ximénez de Rada. 

 Ahora, cuando desde la distancia rememoro esos años que tan decisivos fueron en nuestra vida, el balance no puede ser más positivo. Tengo que reconocer que guardo un entrañable y magnífico recuerdo de mi paso por el Instituto y un agradecimiento que va acreciendo con el paso del tiempo hacia los profesores que nos supieron dar una sólida formación, sin imposiciones y con toda la libertad que esos tiempos permitían. Y, ¡cómo no!, de los compañeros a muchos de los cuales les he perdido la pista y a otros, como Joaquín Romera, a pesar de que seguíamos viviendo en la misma tierra, se pueden contar con los dedos de una mano las veces que le volví a ver desde que dejamos las aulas, la última dos meses antes de su muerte y casualmente en la puerta del Instituto de la calle Sangüesa por la que tantas veces habíamos entrado juntos. 

José Ignacio Palacios Zuasti
 Cuando salimos teníamos todo el futuro por delante, ahora, todavía, no lo tenemos atrás pero a estas alturas de la vida ya hemos adquirido algo muy importante que sólo se consigue con los años: memoria, perspectiva histórica. Si la vida fuera como una película de vídeo que se pudiera rebobinar y se pudieran cambiar las cosas, si pudiéramos volver a esa década de los sesenta, a esos años del bachiller, y si se tuviera la oportunidad de cambiar de centro escolar, mi deseo sería volver de nuevo al Ximénez de Rada con los mismos compañeros y profesores que entonces tuve, lo cual creo que es el mejor homenaje que a todos ellos puedo hacerles.  
José Ignacio Palacios Zuasti 
Pamplona, enero de 2002 
Himno del Instituto "Príncipe de Viana"
La fuente son mis hermanas. Todas ellas se lo saben porque todas han pasado por las aulas del Príncipe de Viana. Y todas comparten con José Ignacio el mismo sentimiento: "si pudiéramos volver a esas décadas de los cincuenta, sesenta, setenta... a esos años del bachiller, nuestro deseo sería volver de nuevo al Príncipe de Viana".
Según dice JIPz, en un comentario de abajo, el himno fue compuesto por don Joaquín Vitriáin. Y dice tal que así:
Instituto femenino de Pamplona, eres cuna del arte y del saber,
que pones una espléndida corona en la joven que aspira a ser mujer.
Mansión de paz, de dicha y de ventura, tú formas nuestra hermosa juventud,
tú irradias en la mente la cultura y en nuestro pecho, el bien y la virtud.
Os enlazo a este artículo por el 175 Aniversario.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Plaza de la Cruz y las cruces de Constantino Manzana

La Cruz de la Plaza y las 4 farolas curvadas, de Constantino Manzana. 1944 Julio Cía
Si Constantino el Grande hizo de la cruz el símbolo representativo del cristianismo, otro Constantino, Manzana Llena, al poner en el centro de una plaza -aún anónima- la inmensa cruz que hoy contemplamos, consiguió que los pamploneses la bautizaran con el nombre de "Plaza de la Cruz".
La cruz de C. Manzana fue colocada en 1941 y, si miramos en la hemeroteca de DN, ya el 07.09.41, podemos leer: "SE HA EXTRAVIADO un sobre, conteniendo varias fotografías, en el trayecto de la calle San Fermín a la Plaza de la Cruz". Como veis, los pamploneses se dieron prisa en ponerle el nombre no oficial.
A.M.P. Veramendi Col. Arazuri Hacia 1932
La ubicación inicial de esta cruz fue el jardín del claustro gótico, donde estuvo entre 1932 y 1941, fecha en la que se trasladó a su actual ubicación. Mide alrededor de 4 metros, pesa tres toneladas y, según consta en la hemeroteca del Archivo Municipal de Pamplona, costó en su momento 70.000 pesetas, aunque su forjador, Constantino, la hizo desinteresadamente. 
¿Por qué fue trasladada? José María Muruzábal -quien con más profundidad ha estudiado la vida y obra de Manzana Llena- insinúa en un artículo de Pregón que "no parece que fuera muy del gusto del cabildo catedralicio".
Pienso yo que, independientemente del gusto de los canónigos, tras la autodenominada "Cruzada", podría, también, obedecer al afán del nacionalcatolicismo de llevar los símbolos religiosos (cruces, procesiones, sagrados corazones, misiones...) a la sociedad civil, en un afán de cristianizarla, aún más, si cabe.

¿Réplica a Azaña?
Las farolas fueron enderezadas y trasladadas al Redín
Por esa misma razón, no puedo estar de acuerdo con lo que dice Arazuri en "Pamplona. Calles y barrios": "En 1932, y como réplica al gobierno Azaña que había mandado retirar los crucifijos, Manzana concibió la idea de crear una cruz monumental...".  Si, a efectos prácticos, la Constitución republicana prohibía las clases de religión y la presencia de crucifijos en las escuelas públicas (a primeros del año 1932, el socialista Rodolfo Llopis, director general de Primera Enseñanza, envió una circular con esas prohibiciones a los inspectores), lo lógico habría sido que Constantino, a modo de réplica, exhibiera su cruz en algún lugar público y no que la escondiera en un claustro, donde sobran cruces.
Más aún, la cruz de C. Manzana se presentó conjuntamente con el Cristo Alzado de Fructuoso de Orduna en la catedral, ya durante la Semana Santa, en marzo de 1932. Una cruz de semejante calibre no se improvisa en tan escaso tiempo.
Estoy, en cambio, de acuerdo con Javier Aliaga quien defiende que ni el Seminario Conciliar de Eusa, ni el Cristo alzado de Orduna, ni la Cruz de Constantino Manzana fueron la réplica a la decisión republicana de quitar los crucifijos de las aulas públicas, sino que fueron concebidos y diseñados antes.

Las otras cruces de Constantino
En este otro artículo de José María Muruzábal podéis leer varias de las cruces (echadle, por favor. una ojeada) que, con más paciencia que Job, tuvo que soportar este hombre de firmes convicciones y que no se mordía la lengua: ingresos en el manicomio (donde, cómo no, se hizo íntimo de su director, don Federico Soto), encarcelamiento por su oposición al franquismo...
Antes de tener la tienda "Jesús Obrero", de venta de calzados en Bergamín, pegadica a Jesuitas, tuvo una en Descalzos, hacia el número 31. Preocupado por la justicia social, el bueno de Constantino no concebía su tienda como un negocio, sino como una oportunidad de ayudar a los más necesitados.
Nadie sabe cuál era el truco, pero conseguía poner el calzado (¡encima en Descalzos!) a unos precios tres (sí, 3) veces menor que en las tiendas normales. ¡Y, además, te regalaba un pollo vivo! (luego, en Jesús Obrero, una pelota gorila)
El cristal del escaparate llegaba hasta el suelo. Como a 70 cm del suelo, estaba el estante con los zapatos. Y debajo de él, tenía los pollos, también a la vista. Estoy convencido de que se los pediría a ERLA (Emilio Loitegui y Regina Aldaz), en Mayor 60.

Bueno, pues a pesar de toda su bondad -o quizás por eso- los críos le hacían putadas. Le tiraban cualquier cosa (por ejemplo, el resto de una manzana: él se apellidaba Manzana) y, cuando salía a la puerta a ver qué pasaba, todos a una: ¡¡¡AUPA MANZANEQUE!!!
En fin...