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lunes, 26 de mayo de 2025

A Ramón Stolz, por José M.ª Iribarren (1958)

Conocí las pinturas de Stolz con 10 años, en 1960. Cuando ahora he buscado imágenes, las que he encontrado no admiten comparación con las de entonces, hasta el punto de que he tenido que recurrir a unas postales de Vaquero, de 1959, para recordar la viveza que tenían. Me da la impresión de que, si conseguimos salvarlas, están necesitadas de una urgente restauración para devolverles el colorido inicial.
Ramón Stolz (1903-1958), autor de las pinturas murales de la bóveda, murió joven, con 55 años, pero dejó muy buenos amigos en Pamplona, entre ellos José M.ª Iribarren que le dedicó a su muerte este delicioso escrito, publicado en Pregón.
Dice el filósofo que sólo se quiere lo que se conoce. Si sabes de algún talibán a favor de la demolición del Monumento, pinturas incluidas, envíale este artículo para sacarlo de su ignorancia y desamor.

A LA MEMORIA DE RAMÓN STOLZ
Parte del coro. Yo, 2ª fila, dcha.
¡Qué amargo es escribir de los buenos amigos que se nos van! Ramón Stolz ha muerto. Y es ahora, al haberle perdido para siempre, cuando su personalidad de artista y de buen hombre revive con tristeza en el recuerdo de los que tuvimos la dicha de tratarle.

Uno no se resigna a no verle de nuevo. Y trata de ahincar en la memoria su figura, levemente recaída, de hombre agotado por el trabajo, su cara rubia, sonrosada y afable, sus ojos claros de un azul germánico, su sonrisa cariñosa y humilde. Y su voz, su manera de hablar. Las recuerdo como si hubiera estado anoche paseando con él. Pero, ¡qué difícil se me hace definirlas! Era una voz confidencial y tenue. Y era una voz sonriente. Porque su manera habitual de hablar era sonriéndose. Hablaba con una cansada dejadez, con una como vaga y perezosa nostalgia. Su voz parecía venir de lejos, del mundo del ensueño, y hacía ondulaciones, en tonos que subían y bajaban. Decía las cosas más profundas y certeras sin variar de inflexión, sin recalcar axiomas, con un aire de no dar importancia a lo que había dicho. Solamente al final de una anécdota se quedaba mirándote a los ojos, con sus ojos azules muy abiertos y las cejas alzadas, comprobando el efecto, y riéndose con aquella su risa —¿os acordáis?— que era una risa a golpes, parecida a una tos...

Stolz, retratado por Anselmo Miguel Nieto
El que le conoció nunca podrá olvidarle. Porque si era muy grande como artista, lo era tanto como hombre y como amigo. Sus valores como pintor se hermanaban en él con sus fuertes valores humanos. Porque habrá habido pocos artistas que fueran tan fundamentalmente buenos, tan cordiales y —¡esto es lo raro!— tan sencillos y humildes como él.

No a mi, que era su amigo. Preguntádselo a todos los que lo conocieron y os dirán:

—¡Qué majo era! ¡Qué simpático! Qué sencillo! ¡Y qué buena persona!

Pocos artistas habrá habido tan fundamentalmente buenos, cordiales y sencillos como él

¡Pobre Ramón! Se nos ha ido del mundo dos días antes de venir a Pamplona, adonde, una vez más, Eusa le había llamado, esta vez para planear una composición mural en el Colegio de los Hermanos Maristas. ¡Y estoy cierto de que él aguardaría con ilusión su viaje a nuestra capital!

De pie, en el medio, cúpula de San Miguel
Stolz quería a Pamplona, porque sabía cómo en Pamplona se le quería. Se sentía ligado a ella, a las obras que aquí nos dejó y a los buenos amigos que en dos de sus campañas, cuando estaba pintando en el año 50 la cúpula del Monumento a los Caídos y cuando, tres años más tarde, pintó la cúpula y pechinas de la parroquia de San Miguel, le hicimos tantas veces compañía en lo alto del andamiaje.
—¡Ramón! ¿Estás ahí? —le gritábamos desde las últimas escaleras.
—¡Oheeé! —nos contestaba.
Y allí nos lo encontrábamos, con su buzo de albañil pintorreado y roto, sentado en el tablón, rodeado de pucheros y botes, de orzas y cazuelas de barro, con la brocha o el pincel en la diestra.
—Por aqui estamos; dándole; ¡qué vas a hacer!

Y en sus ojos azules y en su rostro se advertía el  cansancio de una dura jornada.

Suspendía el trabajo para echar un cigarro con nosotros en la gran plataforma (el «quitamiedos», como la llamaba él) por entre cuyas grietas daba miedo mirar al suelo de la iglesia. Charlábamos de su obra. Luego tomaba una bombilla para mostrarnos lo que llevaba hecho. Y en cuanto sus espaldas habían descansado, volvía a la tarea. Al subir al andamio nos decía:

—Como Romper. «Me voy pa arriba».

Subíamos a verle trabajar. Le gustaba sentirse acompañado en el trabajo. Le animaba nuestra presencia. Porque el pobre Ramón se arreaba palizas extenuantes y hacía jornadas de presidiario. El yeso fresco exige terminar en el día la tarea marcada para el día, y muchas noches abandonó el andamio a las nueve y las diez, agotado, doblado, rendido.

Me confesó que al terminar la cúpula de los Caídos se había quedado «hecho polvo» y había enflaquecido cuatro kilos. Terminarla en el plazo de tres meses fue una marca muy difícil de superar.

Más de una noche le dejé trabajando a la luz de los focos. Acompañado por los mosquitos.

—Miralos —me decía— vienen a chupar la cal húmeda. Es lo que más les gusta.

Y tenía para ellos una mirada buena, franciscana. Tenía para todo una mirada amable. Y gozaba mirando y admirando la belleza en las cosas de Dios.

Tres romerías: Aralar, Montejurra y Ujué
Nos decía que desde las terrazas del Monumento había contemplado los más bellos atardeceres, cuando el sol otoñal, entre nubes nacaradas y rojas, se ocultaba en la giba del Perdón, encendiendo la cumbre cortezosa y panera de la peña de Echauri.

A fuerza de verle trabajar y de oírle, aprendimos un poco la técnica del «fresco». Veíamos a los obreros extender «la tarea» del yeso, con la «talocha», sobre la superficie cuadriculada. Le veíamos luego a Ramón aplicar sobre cada cuadrícula grandes papeles agujereados, para calcar, con una brocha de betunero empapada en polvillo de carbón, las líneas del dibujo. De cuando en cuando, un operario, con una especie de sulfatadora, lanzaba un haz de agua pulverizada sobre la superficie donde él se disponía a pintar.
Trabajaba metódicamente, con una habilidad y una maestría enormes, deslizando la brocha al desaire y con tal suavidad que parecía acariciar el yeso. A veces se recreaba, de manera morosa y amorosa, en un detalle de la composicién: en un rostro, en una mano, en los colores vivos de un manto o una túnica. Al final se volvía hacia nosotros, como diciéndonos (y no nos lo decía):
—¿Qué os parece?

Los amigos asistimos a su obra en la cúpula de los Caídos —su obra maestra— desde que pintó la palomita en el cupulín de la linterna —a una altura de vértigo— hasta que un día helado de noviembre —del mes de los difuntos en que había de morir—puso su firma: RAMON STOLZ VICIANO.

Me acuerdo con qué cariño y qué devota unción pintó la efigie de San Francisco Javier evangelizando al Oriente, y con qué delicado primor colocó en primer plano, a los pies del Apóstol y extendiendo sus brazos hacia él, la figura sedente y de espaldas de una gueisha del lejano Japón.

Una noche, paseando por la Plaza del Castillo y explicándome el proceso de su obra, me contó que le había servido de modelo para la figura de San Francisco un ingeniero de Madrid, amigo suyo. La japonesa era una de las modelos de su estudio y de la Escuela de Bellas Artes. A veces reunió en su taller hasta seis modelos, posando en grupo, todos ellos vestidos con trajes que alquilaba en esas casas que proveen de vestuario a los teatros. Alquiló los objetos más raros de las guardarropías, y tuvo que marchar a los museos y a las bibliotecas para documentarse en armas, vestidos y uniformes de todas las épocas, desde el siglo XIII hasta los días de nuestra guerra. Me di cuenta del terrible trabajo que se había llevado; de que cada figura de las que llenan aquella inmensa composición suponía horas y horas de estudio, de ensayos, de bocetos y apuntes; primero a lápiz y al carbón, después a la acuarela, y finalmente al óleo.

Foto Stolz quería a Pamplona. Se sentía ligado a ella, a las obras que aquí nos dejó y a los buenos amigos que tantas veces le hicimos compañía en lo alto del andamiaje.

Se documentaba concienzudamente. Era en esto de una honradez y de una precisión de dibujo admirables, inusitadas hoy. Esa noche que digo, mejor dicho, esa madrugada en la que paseamos dando vueltas y vueltas a la Plaza del Castillo, me confió que para dibujar el caballo de Sancho el Fuerte en la batalla de las Navas (ese enorme caballo encabritado que se dispone a dar el salto sobre el cerco de esclavos y cadenas en torno a la «tienda de Miramamolín), como no le servía de nada el pequeño caballo —de madera y articulado— que tenía en su taller y que había sido del pintor Madrazo, acudió dos o tres noches al Circo Price, en compañía de su esposa, para estudiar desde primera fila un número de caballos amaestrados y tomar apuntes de sus posturas cuando el domador les obligaba a alzarse sobre las patas traseras.

—Y eso —me confesaba— que a mi no me gusta ir a primera fila de pista. Mi mujer se asustaba. Luego... ya sabes. Los payasos se meten con uno. Te dan bromas, te crees que te tiran unas naranjas y están atadas a un velador; en fin, que no es buen sitio. Pero ¡amigo! tenías que aguantar y esperar, con el lápiz y el bloc en el bolsillo, a que salieran los caballitos.

Cuando estaba pintando la túnica de seda de la japonesa, me chocó que antes de dar color preparase la superficie con una mano de pintura blanca.

—¿Por qué das ese blanco? —le pregunté.

Me explicó que aquel fondo era esencial para que los cadmios diesen su pleno colorido. Y me dijo una frase de experiencia profesional:

—Hay que hacerles la cama a los cadmios.

Y los cadmios —que según afirmó le costaban carísimos —los aplicaba con una brocha fina, untando en el platillo de la tapa de un bote de barniz.

A Eusa le regaló una acuarela de la japonesa. Y a mí, un dibujo a lápiz, estupendo, de un guerrillero de Espoz y Mina, armado de trabuco y avizorando al enemigo en lo alto de unas rocas.

A veces nos dejaba pintar. Nos daba una brochaza de blanqueador y nos encomendaba la tarea de rellenar un trozo de peñasco en la base de la composición. Yo y mis amigos hemos pintado —si a esto puede llamarse pintar— varios metros cuadrados de orografía.

1952 Los Caídos
Conocía los secretos de la pintura al fresco como nadie en España y como casi nadie en el mundo. De Goya, en su faceta de fresquista, sabía todo lo que puede saberse, y su admirado y buen amigo Enrique Lafuente Ferrari aprovechó muchos de los conocimientos de Stolz para su magistral estudio sobre la cúpula de Goya en San Antonio de la Florida.

Ramón tuvo ocasión de estudiar a Goya, muy a fondo y de cerca, cuando en los años 39 y 40 hubo de restaurar las cúpulas goyescas del templo del Pilar zaragozano. Era un devoto admirador de «don Francisco» y sabía mil cosas y secretos de aquel genial y bárbaro baturro.

Me contaba, pasmado, cómo Goya, con tres brochazos y cuatro restregones geniales, que de cerca parecían unos manchones grises y chapuceros, resolvía el problema de una cabeza que, vista desde abajo, a veinticinco metros, resultaba admirable.

Me decía que a veces don Francisco, para obtener una luz sobre una frente o una mejilla, agarraba un puñado de yeso y lo aplastaba contra la superficie recién pintada. Y en alguna ocasión, para aclarar una sombra que no le había satisfecho, llegó, en su calentura y en su prisa, a clavar sus uñas en la cal para extraer así el blanco del fondo. Y se notaba perfectamente la huella de sus uñas, la impronta de su garra furiosa, enfebrecida.

Goya: frescos del Pilar
Me refirió una anécdota de Goya con su cuñado el pintor Bayeu. A Bayeu le gustaba detallar sus figuras, y un día, en las alturas de la cúpula, viendo pintar a Goya, puso reparos a su técnica rápida a base de manchones y claroscuros. Goya, harto de oirle, cogió a Bayeu y le condujo al borde del andamio. Le hizo mirar abajo, a la puerta de la Basilica.

—¿Ves ese viejo que entra? —le preguntó—. ¿Tú le ves con detalle los ojos y los párpados? ¿Y la oreja y la boca?

—No, —confesó Bayeu.

—Pues a la misma distancia que vemos a ese viejo, verá la gente, desde abajo, esta cúpula. No podrán distinguir ningún detalle. Sólo luces y sombras.

Era una gran lección sobre el arte que cien años después llamarían «impresionismo».

Juan de Contreras, Marqués de Lozoya
Hablándome de su época de trabajo en la basilica del Pilar, me dijo que una vez quiso subir a verle el Marqués de Lozoya, entonces Director de Bellas Artes, y a la mitad de un tramo de escalera fué víctima del vértigo y tuvieron que sujetarlo para que no se desvaneciese, y le ayudaron a subir dos obreros.

Me confesó que él, a fuerza de costumbre, no sentía el vértigo, pero que el trabajar en el andamio y, sobre todo, el enfrascarse en la labor y olvidar a qué alturas estaba uno, exponía al pintor a caídas fatales. Como le había ocurrido poco antes al pobre Elías Salaverría.

—Yo algún día me mataré. Es la muerte que nos espera a los que andamos por ahí arriba, haciendo equilibrios. Somos como los trapecistas del circo, que un día acaban dándose el morrón.

Y me contó que en Zaragoza estuvo a punto de matarse. Se encontraba pintando en un sitio tan peligroso, que, para que la vista no se le fuese hacia el abismo, hizo que le pusieran «un quitamiedos», consistente en un débil bastidor forrado de lona. Una mañana. Ramón estaba trabajando tan ahincada y febrilmente, que al dejar el pincel, agotado y abstraído, creyó que el débil biombo era un muro y apoyó en él su codo. El biombo cedió al peso de su cuerpo y cayó. Ramón estuvo a un tris de seguirle en su caída. Por el horror con que me lo contaba, debió de ser aquel un momento espantoso, en que se vió morir.

Boceto corpóreo bóveda San Miguel
Cuando pintó la cúpula de la parroquia de San Miguel, repetimos nuestras miedosas, y alguna vez expuestas, ascensiones. Y le ayudamos a pintar peñascos.

Por entonces hizo un viaje a Logroño, sólo para admirar la bóveda al fresco que había pintado Arteta el vizcaíno en el Hospital de la capital riojana. A la vuelta me dijo:

—Si vas a Logroño, no dejes de verla. Es magnífica.

Conoció a Arteta en París. Y me contaba lo bohemio que era. Y lo insatisfecho de su propio arte. Los amigos tenían que robarle bocetos y dibujos, porque de lo contrario, él los rompía o los echaba al fuego. Y eran dibujos maravillosos.. Stolz tenia varios de ellos en su taller.

En mayo de 1955 tuve que ir a Zaragoza, y una noche me lo encontré en un cine. Yo ignoraba que estuviera de nuevo trabajando en las alturas del templo del Pilar. Al día siguiente nos citamos en la basílica y vi el fresco que estaba pintando en la cúpula elíptica, sobre la Vía Sacra.

Me hizo observar que, a causa de las velas que arden constantemente en la capilla de la Virgen, el templo del Pilar era el que más hollín acumulaba en las alturas de todas las iglesias de España. Me hizo pasar la mano por la cabeza de uno de los enormes angelotes que decoran las cornisas.

José M.ª Iribarren
Me preguntó por todos los amigos de Pamplona: Por Víctor, por Ignacio y José Mari, por Faustino y Perico, por Vicente y por Pepe, por Florencio y por Pachi...

—Tengo ganas de volver por Pamplona —me dijo.

Y ha sido ahora, dos días antes de su viaje a Navarra, en la Valencia donde vino al mundo, donde la muerte ha atenazado su corazón.

Tenía que morir del corazón precisamente. Porque era un hombre todo corazón. Porque tenía un corazón de artista y de hombre bueno. Un corazón sensible y sensitivo, delicado y enorme.

Este artículo, procedente del Archivo de Pregón, se editó en PREGÓN 57-58, en otoño—invierno del año 1958.

viernes, 7 de marzo de 2025

Primer Encierro tras la Guerra Civil

Fusil y correaje a la entrada del callejón. Muchos uniformes
El 7 de julio de 1939 hubo quien corrió con correaje y fusil. Otros confundieron un vergazo con el cohete y salieron escopeteaus... Pero por Blanca de Navarra se exhibió un mozo muy elegante que creo que vamos a poder identificar.
Me contó mi padre que, tras la guerra, fue a correr un encierro con compañeros de fatigas y que se reían comentando: "¡nosotros que hemos oído silbar las balas y el estruendo de morteros y cañonazos, vamos a asustarnos ahora!". Pero cuando en el callejón sintió en el culo el bufido del toro... Fue su último encierro.
Otro fusil y más uniformes. Los toros, todavía muy lejos
Tras la guerra, venían con ganas de fiesta y envalentonados. Cuando se han pasado tres años con tantos peligros diarios y los has superado con bien, los cuernos de los toros te tienen que parecer como los de los caracoles. Pero, por si acaso, la mayoría de los que vestían de soldados aparecen ya en la entrada al callejón, alguno hasta con correaje y fusil.
Tras la suspensión de las fiestas de 1937 y 1938, la gente tenía ganas de encierro. Según cuenta José María Iribarren sobre los prolegómenos de esta carrera, se profetizaba -como tantas veces- una catástrofe: “Va a correr todo el mundo, se va armar una gorda, ya veréis”.
“El día 7 vi el encierro desde un balcón del Hotel La Perla. La calle estaba llena de corredores. A medida que se acercaba la hora, los componentes del primer grupo (el de "los valientes"), en número alarmante, iban reuniéndose, apretujándose contra el cordón de guardias…”.
“En esto estábamos y faltarían dos minutos para las siete, cuando un tipo, saliendo del portal estrecho (seguramente el 27, pincha) de una casa de enfrente, miró al grupo riéndose (ahora veréis por qué), se arrodilló en la acera, alzó los brazos y ¡¡rias!! Descargó contra la piedra un vejigazo tan descomunal, tan recio y seco, que oírlo y dispararse el primer grupo atropellando guardias fue todo uno…”.
“Las almas angustiadas respiraron. La ruta estaba ya libre de estorbos…”.
El primer encierro de 1939, un toro negro y un jabonero entran en la Plaza Consistorial atropellando a dos mozos a los que derriban. Varios soldados huyen hacia el vallado. Galle
Sonaron los cohetes a las siete de la mañana para dar salida a la manada. Finalizaron la cuesta de Santo Domingo con dos toros en cabeza que entran en el Ayuntamiento atropellando a varios mozos. 

Un corredor elegante
Hay que tener temple y piernas para ponerse delante de un toro que viene  lanzado tras esa embestida, pero ahí tienen al elegante mozo de frente despejada, con el pañuelo asomando por el bolsillo de su chaqueta.
Primer toro por la calle Mercaderes. Un mozo con americana intenta marcar el paso Galle
Fijaos en la distancia que le va sacando el negro al jabonero
Acercándose a la curva de Mercaderes con Estafeta. Difícil mantenerse en la cara del toro DN 
Parece que el toro ha hecho hilo con él y nuestro hombre se encuentra en una situación complicada. ¿Cogerá la curva de Estafeta o se retirará al vallado? Me encantaría ver cómo solucionó el problema.
Porque estoy seguro de que lo solucionó.

¿Puede ser el mismo?
Y aquí lo tenéis, seguramente unos años más tarde, ahora de corbata, con su inseparable pañuelo asomando por el bolsillo de la chaqueta, paseando por la Plaza del Castillo, todavía con el suelo de tierra, antes de la urbanización de 1946. Al fondo, el toldo del Kutz.
¿Alguien lo conoce? Quizás Mikel T. nos pueda decir de quién se trata.

viernes, 15 de marzo de 2024

Mañuetero

Atentos al retrete (flecha) y al tejado de zinc ("Zinc Palace") J. Cía 1954
mañuetero. Ése es un mañuetero, suele decirse en Pamplona del pelotari ducho en tretas y artimañas. Proviene esta palabra del frontón de la Mañueta en Pamplona, donde actúan jugadores, maestros en malicia y habilidad. (V. Navarro Iribarren)

José Joaquín Arazuri PCB
1933 y 54. Cruce Mercaderes-Mañueta-Navarrería.
F. Moderno, Mañueta 13, al fondo, a la izda. J. Cía
Si por algo se hizo famoso el frontón de «la Mañueta» (1913-54) fue por los absurdos e inverosímiles desafíos. José Luis Larrión (El Pensamiento Navarro, N.º del 12 I 17 de junio, 1966) recogió los siguientes (prefiero ponerlos separados para que nos dé tiempo a saborear cada una de las situaciones): 
1. Jugar con los pies atados; 
2. restar la pelota de rodillas o sentado; 
3. girar una vuelta entera antes de darle a la pelota; 
4. jugar de revés, o con dos bolas de plomo colgadas de las rodillas, de modo que al correr le golpeaban las espinillas; 
Chavales en el frontón de la Mañueta Galle
5. con un tablón sobre el hombro, que tenía la gran ventaja de que al girar golpeaba al contrario o le obligaba a huir; 
6. con el torso desnudo y sujetando una gran sandía sobre el hombro (del cual resbalaba con el sudor); 
7. con una venda en la frente de la que colgaban de dos hilos sendos garbanzos que golpeaban los ojos al correr; 
8. atados a una columna con una larga cuerda; 
9. con una silla en una mano en la que había que sentarse para restar la pelota; 
10. con un perro debajo del brazo; 
11. con un velador de mármol sobre el hombro; 
12. con el perro del contrario atado a su pierna, mientras el dueño del chucho le llamaba continuamente; 
13. amarrado a un ciego (en esta extraña simbiosis, una pareja muy compenetrada ganaba siempre); 
Mozorros y Kiliki en la Semana Santa pamplonesa
14. jugar vestidos de mozorros con las caperuzas puestas; 
15. con un saco de arena al hombro; 
16. o tener que tañer una campanilla situada en un rincón del frontón antes de restar la pelota; 
17. o subir al graderío igualmente antes de darle a la pelota; 
18. o jugar dos a dos atados por las muñecas, tobillos o ambos; 
19. o de tres en tres, igualmente atados, pero el del centro en sentido contrario de los otros dos; 
20. y por fin, uno de los partidos más frecuentes era el de jugar a restar al segundo bote. 

¡Qué no daríamos muchos por que existiera alguna grabación con una, siquiera una, de las veinte modalidades en las que se jugaba a pelota en el frontón de la Mañueta! Por cierto, ¿cuál de las 20 preferirías ver? Yo con la 12ª me conformo.

DN 27 09 1987
Una de las costumbres de aquel frontón, que con los años fue ley, era la de aceptar como buena toda pelota que hubiese botado dentro de la cancha, aunque después pegase en las columnas, retrete o llegase al graderío. Los asiduos del frontón, la mayoría hábiles pelotaris, adquirieron tal destreza y exactitud en las jugadas, que mandaban la pelota a los puntos más inverosímiles que resultaba difícil, por no decir imposible, restarla. Había uno que su especialidad era la de meter la pelota en el retrete en cuanto veía que un espectador entraba o salía de la garita. Así nació una nueva palabra navarra, la de "mañuetero", que José M.ª Iribarren la recogió como: «pelotari ducho en tretas y artimañas». La palabra saltó fuera de la cancha aplicándose a los marrulleros y habilidosos en las diversas actividades humanas. 
De aquellos mañueteros famosos, todavía se recuerda a Zubielqui, buen jugador, consumado actor en la cancha para impresionar al contrincante, al que desconcertaba con sus múltiples simulaciones de enfermedad y fallos orgánicos que llegaban hasta el del vómito de sangre; a José Azcona, «Azconitiain», un artista en las dejadas, y a Jacue, el artista que levantaba al público de sus asientos con sus genialidades y sobre todo con su gracia y simpatía.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

El Baroja chaval en Pamplona (J.M. Iribarren)

Baroja niño vivió en el 30-2º de la calle Nueva. Bozano 1971
He encontrado en La Voz de Navarra, de 1934 01 18, un artículo de José María Iribarren sobre la estancia de Pío Baroja en Pamplona. Baroja estuvo en nuestra ciudad desde los 9 a los 14 años, entre 1881 y 1886.
Iribarren escribió el artículo en 1934, cuando Baroja estaba recorriendo "la penúltima vuelta del camino".

Baroja y Pamplona
por José María Iribarren
Cuatro veces -a lo largo de la cosa agria y enorme de sus sesenta y tantos libros- habla Pío Baroja de Pamplona. En cuatro esquinas de su vida parece rendirse a esa atracción -ineludible y freudiana- que ejercen sobre el hombre los horizontes de su adolescencia.

La Pamplona que describe Baroja es la Pamplona rancia de finales del ochocientos. Ciudad de humo dormido. Ciudad doliente de campanas y lluvia. Constreñida por el corsé ortopédico de la muralla, donde los rastrillos jugaban a la Edad Media en los anocheceres...
La población, catalogada, dividida en estratos sociales. Hidalgos de chistera y esclavina pasean sartas de apellidos gloriosos bajo los portales de la plaza. En las mañanas de cadetes y Taconera, una banda castrense llena el aire de fantasías de La Mascota y de Boccaccio.
Pamplona tendría entonces la monotonía con que la retrató en un verso Manolo Iribarren:

Vida siempre la "mesma",
sigue su curso igual:
vigilias en Cuaresma
y baile en Carnaval.
Gigantes en la Mañueta
En los garitos de la Mañueta, peñas de sargentazos alternaban la lotería con las barajas y el billar en un ambiente de humazo y de guitarra. Los borrachos de la ciudad llenaban de Brindis de Marina los callejones del atardecer por donde iban las viejas al rosario de San Cernin.
A Baroja, amargado y ácido, le reventaban la clerecía, la hidalguía y el militarismo de aquella que él llamaba "ciudad levítica".
Baroja inauguraba su pubertad insobornable bajo el férreo dogmatismo de su tía. Una tía que él nos describe sádica y necrófaga, limpiando huesos familiares que guardaba en un arca. Poniendo nueces bajo los armarios para cerciorarse de si barrían las criadas. Mujer de gafas inapelables, urraca y pragmatista que conservaba en una caja "la dentadura de Deogracias" y que sabía las virtudes de los alimentos: el chocolate, con canela ardiente; el apio, bueno para la orina. Decía que el vinagre mata los bichos del interior y se enredaba en discusiones sobre si los guisantes son alimentos sano o flatulento y si después de las alcachofas era mejor beber agua o beber vino.
La Peñica (por donde está el caballo) luego se llamó "Río de los quintos"
Patio del Arcedianato
Pero Baroja se vengaba en la calle de esta opresión y de estos pragmas domésticos, y se curtía en un ambiente de barbaridades. ¡Con qué gozo revive don Pío sus granujadas moceteriles! Bromas en el Gayarre. Pedreas en la Vuelta del Castillo. Petardos en las casas de los canónigos (arcedianato). Baños en la Peñica. Periplos por el Arga en almadía... Había un pelotero al que, en cuanto podían, le derribaban la pirámide de pelotas con que enorgullecía su escaparate. Y un barbero en la calle de Curia que salía a encorrerlos, porque pasaban en fila ante su tienda golpeándole la bacía gremial. Y una fauna de tipos raros, paranoicos, de los que él y sus amigos se burlaban donosamente. Una vez le robaron a un vecino un aguilucho muerto y de lo alto de la buhardilla lo arrojaron sobre los aterrados transeúntes.
La pandilla de Baroja (de la que era gonfaloniero aquel inquieto Laquidáin, que acabó sus barrabasadas rompiéndose la crisma contra el foso de la muralla) constituía la pesadilla de Gonzalón, el probo cabo de alguaciles. Lo que más le gustaba era llenar de piedras las estancias vacías del caserón que fue palacio del obispo. O pasarse las horas muertas en el sol del Redín, montado sobre el lomo oxidado de las cureñas, junto a las pirámides de bombas invadidas de verdín y de musgo...

Baroja árbol del Cuco1860
Y al lado del Baroja áspero, espontáneo, insobornable, asomaba -ya para entonces- el Baroja filósofo, el solitario replegado en su yo, que soñaba aventuras ante el futuro inédito. Era el Baroja estudiante, lector de Werther y del Robinsón. El que, subido a un árbol de la Taconera, soñaba fábulas maravillosamente aprendidas en Verne y en Maine Reid. El que recuerda, con una rara clarividencia de horizontes, sus sentadas en el Redín y sus filosofías en el Mirador, cara a la cuenca verde, constelada de aldeas bajo el anfiteatro gris del San Cristóbal. Cuando su adolescencia estremecida imaginaba viajes marineros por las aguas de un Arga harinero "antimarinero", de orillas llenas de molinos."
Baroja era en aquellos tiempos un rapaz rubio con ojos glaucos de pescado y grandes en la cara. Ilusionado con ser flaco esquinado y moreno para tener partido con las pamplonicas. Su corazón precoz inauguraba una plural historia de amoríos.
Pío Baroja (1), Fermín Lipúzcoa (2), Juan Irigaray (3)
 y su hermano Fermín (4).  Arazuri PCB
Hay una Milagritos de catorce años que él se cruzaba en la escalera, con cuyas trenzas de oro ha miniado Baroja la inicial inefable de sus amores... Y otra muchacha que él veía asomada al balcón cuando marchaba al instituto. Y otra de ojos ribeteados que pasaba en Pamplona por una gran belleza. Y aquella Charo, esposa de un militar, de ojos verdes y pelo de caoba, olorosa de feminidad y de pachuli, que ejercía sobre sus quince años una atracción irreprimible...
Mas, sobre todas ellas, resplandece la Milagritos adolescente y rubia de quien habla Baroja con esa emoción primeriza y romántica que solo volverá a estremecerle cuando conozca a los cuarenta años a aquella Ana de Lomonosov que perfumó sus años parisinos.
En "Juventud, egolatría" vuelve don Pío a sus recuerdos de Pamplona. Habla de los Sanfermines como de unas fiestas ridículas y dibuja con trazos grotescos la figura de Sarasate. Recuerda lo que le sucedió en la Catedral cuando después de unos funerales salía tarareando los responsos y de un confesionario brotó la sombra de un canónigo gordo que la agarró del cuello y lo zarandeó en castigo de la irreverencia. Don Pío encuentra en esta escena la raíz de su clerofobia. Y habla de su más grande impresión de Pamplona, la de un ajusticiado (Toribio Eguía) que pasó por su calle cubierto de una hopa amarilla y al que después vio muerto en el patíbulo para tormento de sus sueños.

Hoy Baroja es un burgués madrileño con una faz dulce de fraile y una sonrisa tibia e indulgente que parece absolverle de todos sus pecados. Tiene dos gatos como buen solterón y anda a la caza de aventuras ochocentistas y de litografías de cuando Riego.
La vida ha ido limando las aristas de su alma y ha perdido la acritud del noventa y ocho. Cuando estuve con él hace tres meses hablamos de Pamplona, de la que el falta hace más de quince años. A Baroja le hablan hoy sus amigos (Huarte, Azcona, Juaristi) de una Pamplona de la que él falta hace más que Corbusier. Es la ciudad que más ha progresado en pocos años... También me dicen que León...
Pero Baroja ya no se acuerda nada de la Milagritos
Tudela, dieciséis de enero de 1934

sábado, 6 de agosto de 2022

Calle Jarauta

Patio de vecindad de Jarauta 73-75 AMP
A las chicas de la calle Pellejerías les molestaba que las llamaran "pellejas" y en 1906 pasó a denominarse Jarauta (para los castizos, "Avenida de Jarauta"). Pronto surgió otra expresión, hoy en desuso: "estar jarauta".
2001 Confluencia Mayor- Jarauta Sacrificio por la Cultura
Calle Jarauta (Arazuri, PCB) 
1900 El Pocico, tapado AMP
Para mediados del XIX, aquel barrio, antes linajudo, desciende a un nivel más modesto, y es entonces cuando a los vecinos les empieza a molestar el antiguo título de Pellejerías y a sentirse degradados y menospreciados por el nombre de los antiguos artesanos de la piel. Sobre todo las chicas jóvenes se dolían de ser llamadas «pellejos», palabra parecida a «pellejas», nombre que en Navarra se dio siempre a las mujeres de mala vida. 
A tal extremo llegó la fobia por el título de la calle, que el 24 de julio de 1886, los vecinos dirigieron una instancia al Ayuntamiento solicitando el cambio del título de la calle por el de Santa Ana, patrona del barrio. 
Aquella solicitud no prosperó, pero sí la moción que presentaron el día 3 de mayo de 1906 los concejales Fabián Zamborán y Manuel Espinosa que manifestaron: «...que hacía tiempo que estaba en la mente de los habitantes de la calle de las Pellejerías el solicitar el cambio de nombre nada simpático de la citada calle, y que no tenía otra justificación que su antigüedad, y proponiendo en su afán de complacer a dichos vecinos, y más aún de tributar un homenaje merecido a la filantropía de don Joaquín Jarauta (Magistrado y ex-Alcalde de Pamplona) que al morir había legado toda su fortuna, que era cuantiosa, a la Casa de Misericordia de Pamplona, que a la calle de Pellejerías se le diera el nombre de dicho señor por merecerlo así su desprendimento, en lo que se interpretarán, seguramente los sentimientos de gratitud del vecindario». Tres días más tarde de la Corporación Municipal aprobó dicha moción, celebrándose con dicho motivo festejos en el barrio.
Joaquín Jarauta AMP
A partir de entonces los castizos se referirán a la calle como "Avenida de Jarauta".

Don Joaquín Jarauta
Don Joaquín Jarauta y Arizaleta, Magistrado, fue alcalde de Pamplona en 1881. A su muerte, por testamento otorgado en 1902, legó a la Misericordia: 40 billetes de mil pesetas, cinco mil monedas de duro, diez acciones del Crédito Navarro y otras diez de Tabacalera, 12.231 pesetas en Deuda Perpetua al 4% y 10.100 pesetas de Deuda Amortizable al 5%. A todo lo dicho, con un valor de 121.651 pesetas, se incrementó el de sus muebles, ropas, vasijas, etc.

Vocabulario navarro (J.M. Iribarren)
pellejo
Individuo tunante, vicioso, mujeriego: Cuanto más viejo, más pellejo. (De uso general.) 
II Persona sumamente flaca que no tiene más que pellejo sobre el hueso. Estar hecho un pellejo: estar sumamente flaco. (Id.) 
II Pelleja,, mujer de mala vida, ramera. (Id.) Según Rosal, las rameras fueron llamadas pellejas porque vestían pieles de cabra o de zorra entre los pastores de Roma. En Navarra y en otras regiones se las llama zorras. ¿Tendrán ambas palabras el mismo origen? 
Una pellejería (hoy peletería) a fines del XIX
II En Salazar, a la piel de oveja le llaman pellejo, y a la del cordero, pelleta.

jarauta
Estar jarauta una persona: Estar chiflada. [Pamplona.] Tiene su origen este dicho en la chifladura que padeció en los últimos años de su vida el Magistrado jubilado Don Joaquín Jarauta y Arizaleta, que falleció en Pamplona el año 1906. El Ayuntamiento pamplonés, agradecido a que el señor Jarauta dejó, por testamento, todos sus bienes (que eran muchos) a la Santa Casa de Misericordia, acordó dar su nombre a la antigua calle de las Pellejerías, que desde 1906 se llama calle de Jarauta. En la Misericordia de Pamplona se conserva un retrato al óleo de tan señalado bienhechor.

martes, 28 de diciembre de 2021

"Sustanciero": J. Camba, Navarra y P. Echenique

Julio Camba se inventó, al parecer, el oficio de "sustanciero", un hombre que gritaba por las calles:
-¡Sustancia! ¿Quién quiere sustancia para el puchero? Traigo un hueso riquísimo.
Pablo Echenique también dice que trae sustancia y, además, venida de Francia.
Tenía que haber escrito este artículo para el Día de los Inocentes pero -¡cachis!- me se'a pasao.
El dómine Cabra tenia el hueso de la sustancia metido en una caja con agujeros que sumergía en el agua hirviendo. Al final consideró la inmersión como dispendio intolerable y acabó pasando la caja sobre el agua, como si fuera un incensario. A aquel caldo Pablos le achacaba llevar solo 'sospechas" de sustancia. (El Buscón. Quevedo)
El sustanciero ABC SEVILLA 02-06-1943 página 3
En la cruda posguerra apareció un artículo de Julio Camba que hablaba de un oficio del que sólo se ha hablado después de este artículo. Aunque el título original es "El alma del Roquefort" y en apariciones posteriores figura como "Gastronomía olfativa", aquí lo vamos a titular "El sustanciero", ya que dejamos aparte el tema del queso y nos ceñimos exclusivamente al hueso de jamón.
Dice así don Julio:
Artículo completo (pincha)
«El sustanciero era un hombre que, allá de higos a brevas porque no todos los días son Martes de Carnaval, iba de casa en casa haciendo oscilar a modo de péndulo un hueso de jamón que llevaba pendiente de una soga y decía a grito pelado: 
-¡Sustancia! ¿Quién quiere sustancia para el puchero? Traigo un hueso riquísimo. 
De vez en cuando una pobre mujer que tenía al fuego una olla con agua, sal, dos o tres patatas y un poco de verdura lo llamaba.
-Deme usted una perra gorda de sustancia –le decía–, pero a ver si me la sirve usted a conciencia. El domingo pasado retiró usted el hueso demasiado pronto. 
-No tenga usted cuidado, señora –le respondía el sustanciero– ya verá qué puchero más sabroso le sale hoy. 
Y cogiendo con su mano derecha el cordel al que estaba atado el hueso de jamón, introducía éste en la olla mientras con la mano izquierda sacaba un reloj para contar los segundos que pasaban. 
Supongo que si un día se hubiese equivocado, introduciendo en la olla el reloj, que tenía al efecto una cadena muy a propósito, en vez del hueso, el resultado hubiese sido más o menos el mismo, pero no se equivocaba nunca y cuando el reloj marcaba el término de la inmersión el sustanciero reclamaba su perra gorda y se iba en busca de nuevos clientes».

Sustanciero en Vocabulario navarro (1952)
Aunque en el DRAE no aparece, sí lo hace en esa maravilla que es "Vocabulario navarro", de José María Iribarren. Y por dos veces. Pero en ninguna de ellas habla del oficio de sustanciero. Y eso que está publicado 9 años después del artículo de Julio Camba:
sustanciero. 
Nombre que dan en algunos lugares de la Montaña a un hierro delgado y aguzado por uno de sus extremos que cuelga, al extremo de una cadena, del travesaño del llar. Recibe este nombre porque en la punta de dicho hierro clavaban un trozo de tocino o de hueso de jamón que, en determinados momentos, sumergían en el caldo del caldero para darle sustancia. Me dijeron haber visto un sustanciero en una casa del pueblo de Osácar. [Valle de Juslapeña.]
sustanciero. 
Hueso de cerdo, llamado también punta pecho, que servía para dar sustancia al cocido o para suavizar el fuerte sabor de la berza cocida. Pendiente de una cuerda, se introducía el sustanciero en el puchero de barro y, pasado un rato, se sacaba, guardándolo en la despensa colgado de un clavo para otros días. [Idoate.]
José María Iribarren
Y en la Hemeroteca de Diario de Navarra he encontrado cosas deliciosas, pero todas muy posteriores al artículo de Camba y al Vocabulario navarro de Iribarren:
04/11/1973 Sustanciero. Hueso de pernil, mondo y lirondo que, colgado de una torcida de perlé, daba sustancia al caldo por cocción de éste. El aguachile robaba al hueso las gracias y sabores por el tiempo justo que rezabas un credo o un padrenuestro, según. Luego se sacaba humeante de vapor, se volvía a colgar de los techos y mañana será otro día, Si alguien, atado por la frágil cuerda de la amistad, caía malo, usaba de su confianza para pedir prestado el hueso, cada día más negro, sucio y con detestable olor...
16/09/1988...meterlo cada día en el cocido. Todavía era más rigurosa la dieta de todas aquellas pobres familias que atendían a un mercader de las puras necesidades y que al pasearse por las calles con un zancarrón, gritaba con toda la fuerza de sus pulmones: El sustanciero! Y bajaban las mujericas, subía el alimentador de toda la calle con el hueso, lo introducía en la olla unos minutos y a la calle otra vez, porque hay que tener en cuenta que lo que se llamaba «cocido» era costumbre casi, casi burguesa. Era una especie de trinidad culinaria; se cocían conjuntamente la carne y los garbanzos; el caldo, con la compañía de algunos fideos, era la sopa, los garbanzos secos el potaje y la carne adobada con tomate el primer plato. Mas si sobraban garbanzos se guisaban a la noche y estaban muy ricos...
02/09/1990
El sustanciero. Un casta pamplonés me contaba que existió en Tafalla un elemento a quien apodaban, «El Sustanciero». Parece ser que se dedicaba a «alquilar» huesos de vaca para hacer el cocido en algunas casas modestas. Dicen que lo llevaba atado con una cuerdica para tirar de ella cuando consideraba que había pasado suficiente tiempo prestando sustancia y se marchaba en busca de otra cliente... Digo yo que habría que ver el hueso al quinto cocido... Sin embargo me aseguraba que, «igual lo alquilaba cincuenta veces...» Intuyo que el origen de este chascarrillo proviene de algún escrito de nuestro gran José María Iribarren aunque, naturalmente, escuchado a algún ribero con ironía y...
13/01/2019 Navarra. A la olla de enero, ponle buen sustanciero.

En resumen
Parece claro que el sustanciero, como objeto (hierro o hueso del Vocabulario navarro) existió y sigue existiendo. En todas las casas donde hacían la matanza o matacherri, se guardaba el hueso del pernil y se usaba para dar sustancia al cocido.
Hijo Adoptivo de Ando-silla
En cambio, el oficio de sustanciero, la persona dedicada a esa labor no aparece hasta después del artículo de Julio Camba quien, por supuesto, no presenta prueba alguna de su afirmación. Como dice Ana Vega Pérez de Arlucea, da la impresión de que "nos la quiere meter doblada".

Echenique, Sustanciero Mayor
Pablo Echenique Robba (¡a quién se le ocurre!) nació en Argentina en 1978. Llegó a España cuando tenía 13 años y se estableció en Zaragoza, donde vivía con su madre Irma y su hermana Analía.
Es allí donde tuvo que malaprender (no la canta en el tono original) esa entrada de jota que corre por la Valdebro (Rioja, Navarra y Aragón) desde tiempo inmemorial:
Chúpame la minga, Dominga, que vengo de Francia;
chúpame la minga, Dominga, que traigo sustancia
Por cierto, la palabra minga bien podría venir del latín mingĕre 'orinar' (mingitorio...).
Pues bien, la "sustancia" que aporta Echenique, generada además en la glamurosa Francia, tiene que ser muy, pero que muy especial. Mirad cómo se promociona para presidente:
Después de esta hazaña, seguro que el Ayuntamiento navarro de Ando-silla lo nombra "Hijo Adoptivo".

lunes, 27 de diciembre de 2021

Cuatrovientos (Pamplona)

1964, Cruce de Cuatrovientos col. Arazuri AMP
Nunca se pudo poner popularmente un título más elocuente que al tramo de la avenida de Guipúzcoa, inmediato al puente Nuevo de Santa Engracia, en donde convergen perpendicularmente los cuatro vientos que en nuestra tierra llamamos: cierzo, bochorno, castellano y solano. 
Cruce y puente de Cuatrovientos y
puente y presa de Santa Engracia AMP
Cierzo
, en Pamplona, se llama al viento norte. A este viento le dediqué una entrada.
Bochorno, según el DRAE, viene del latín vulturnus (viento del este). Un viento cálido que llega a ser molesto por lo imprevisto y sofocante que resulta. Bochorno por tanto, aunque de origen latino, es un hispanismo exclusivo.
Castellano, es el viento del oeste, de Castilla. En la Cendea de Iza. al viento del noroeste le llaman "mendaval". El vasco "mendebal", "mendabal" tiene dos acepciones: 1. Vendaval. 2. Occidente. Con ambas se explica la palabra: occidente en vasco no es el sitio en el que muere el sol, sino de donde vienen los vendavales. La historia del barrio llamado Mendebaldea (lado oeste) es como sigue. El arquitecto municipal Santiago San Martín Diez de Ulzurrun, jubilado en 2015, fue el inventor de la denominación no patentada. Me contó en una ocasión que, como lo de "oeste" le sonaba demasiado a batallitas de indios y vaqueros, pues lo puso en euskera en la redacción del Plan General de Ordenación urbana (PGOU) y todos contentos. Una anécdota ha quedado elevada a rango de topónimo tradicional eusquérico.
Solano, opuesto a "paco" (fagus, haya, norte, sombrío), es el que viene del sur, del carasol.

Dice Iribarren que en documentos de los siglos XVII y XVIII, en aquella Navarra agrícola, al describir fincas, se dice: «Limita al cierzo con... al bochorno con... al solano con... y al castellano con...» 
1930 Puente de Cuatrovientos, a caballo camino de Pamplona AMP
Cuatrovientos (Arazuri)
De este cruce parten perpendicularmente a la avenida de Guipúzcoa, la de San Jorge hacia el oeste, y en sentido opuesto la de don Marcelo Celayeta. 
Este título ya existía a mediados del siglo. XIX
En Cuatro Vientos ha sido popular y famosa la casa de «Domingo Chiqui», en donde estaba el llamado «Parador de Santa Engracia». 
En Cuatro Vientos se inauguró el 16 de junio de 1900 un «merendero-restaurant» con el rimbombante título de «La Gloria Navarra», cuya propietaria era la castiza y simpática vendedora del mercado la señora Eulogia, que se hizo famosa localmente por su especialidad «callos Eulogia». A principios de siglo se puso de moda bajar a recenar, en las noches de San Pedro y San Fermín, chocolate con bizcochos, que con vaso de agua cobraban tres ochenas, y con leche cuatro. Aquel establecimiento de Eulogia García fue bautizado por los cursis de moda con el título de «el quitapesares». 
De Cuatro Vientos hemos recogido unos versos de 1858 que dicen:
«Cuatro Vientos es aldea y Pamplona es ciudad, 
en Cuatro Vientos soy fea en Pamplona soy beldad, 
y no soy en Rochapea ni chicha ni limoná».
Vídeo Peña Iruñshemes
Las imágenes del vídeo, encontradas en uno de los traslados de local, fueron llevadas a la filmoteca de Navarra para su limpieza y digitalización y, casualmente, al final, nos muestran a los miembros de la peña en el cruce de Cuatrovientos, dando la vuelta a la "aspirina" (mira la foto de portada) sobre la que, además, está el guardia urbano. Si así lo deseas, puedes ver el vídeo completo.