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martes, 19 de marzo de 2024

Casa Ilárraz (Anocíbar), sin leyenda

La piedra señalada tiene toda la pinta de guardar grabada la leyenda del origen de Casa Ilárraz
"Anocíbar (Navarra)". 1952. 
Vista parcial de la calle Santo Tomás de Anocíbar (Odieta), al atardecer. En el centro de la imagen, un hombre con boina camina sobre la calle precedido por un grupo de patos y seguido por una yunta de bueyes. Tras él, 2 niños. 
Nicolás Ardanaz ha preparado meticulosamente la escena (aunque no pudo evitar que dos personas se asomaran a las ventanas).
A la derecha del hombre, fachada de Auzetxea, con balcón de madera. La siguiente, Ilarratzena, con la leyenda de la casa sobre la dovela central. Al lado del último niño, Hastaalberri. Y detrás de él, Xiltrorena y Zalbatorena (no sale en la foto), dos caserones señoriales.

Google Maps
Vamos a ver cómo les ha sentado el paso del tiempo a las dos primeras casas
Llama la atención que ya no vemos el balcón de madera de Auzetxea y que  ha desaparecido la piedra con la leyenda de Ilarratzena. Para comprobarlo, adoptamos el punto de vista del niño del fondo:
Efectivamente. El balcón ha sido sustituido por un amplio ventanal. Algo que se entiende porque el balcón de madera de 1952 pedía a gritos una reparación urgente y necesita luego un constante mantenimiento. 
Pero, ¿la piedra con la leyenda? Todo indica que en esa piedra tuvo que haber alguna reseña.
Damos una vuelta por el pueblo y encontramos unas cuantas:

Xiltrorena, el caserón señorial que se ve al fondo
"ME REEDIFICARON EL AÑO DE 1826 SIENDO DUEÑOS MIGUEL DE EGUARAS Y FRANCISCA DE YRAGUI"
O esta otra de Zalbatorena, sobre la ventana, encima del frontón triangular abierto, que viene a decir que "fue construida en 1681 por Adán de Ciáurriz y María de Navaz" (AUÑAMENDI):
¿Por qué no es visible hoy la leyenda de Casa Ilárraz? ¿Con qué permiso ha sido retirada?
Queda pendiente una visita a Anocíbar -por supuesto, con Príncipe de Viana- para encontrar la información sobre dónde está esa piedra, qué decía y por qué fue apartada de la vista.

lunes, 26 de febrero de 2024

"Puente Viejo" de Cizur Mayor

1965 Puente Viejo, desde la margen derecha Nicolás Ardanaz
Sólo la última persona, a la que sigue el burro, parece darse cuenta de la presencia del fotógrafo. El grupo familiar atraviesa el Puente Viejo sobre el Elorz, camino de Cizur Mayor, que se ve arriba. Les espera una buena cuesta por Zubibidea.
Hoy en día es un puente olvidado y fuera de los caminos más habituales. Ya no es "de paso", sino un destino donde los emigrantes de Barañáin pasan la tarde de sábado y domingo, gracias al merendero allí instalado, en la margen derecha:
Desde el merendero, el Puente Viejo y la torre de San Andrés entre las ramas
El nombre del puente
1885 abril 14 Lau-buru
Como veis, hay un letrero en el que se nos quiere convencer de que el nombre del puente es únicamente "de Ardoi", documentado desde 1421.
Y no es así exactamente. Euskaltzaindia documenta "puente de anduy" desde 1421. "Anduy" es "Arduy" en 1422 y "Ardoy", en 1680. "Ardoi" no aparece hasta el batúa, al final de los 60.
En cambio "Puente Viejo" se documenta desde el XIX. Nuestros abuelos así lo llamaron.
Angel Zunzarren, nacido en el Menor y viviendo en el Mayor, me manda una foto con este pie:

Desde la margen izda: "Puente viejo o puente de Ardoi, sobre el río Al Revés. Foto que hice hace 45 años"
Ardoi (ar-doy: que tiene piedras, pedregal, cantera) es una cantera (pincha en "espacio rústico) que está a la altura del pueblo, no junto al río) y al noroeste del mismo. Si, en su día, se le puso ese nombre al puente porque el camino llevaba a Las Canteras y de ahí a Gazólaz, desde hace siglos el camino principal que pasa por el puente lleva a Cizur Mayor y se llama "Zubibidea": "Camino del puente". 
Foto completa de Nicolás Ardanaz
No tiene hoy ningún sentido seguir llamándole "de Ardoi". Es más adecuado "Puente Viejo" -como lo llamaban nuestros abuelos- o "Puente de Cizur Mayor", ya que pertenece a Cizur y hacia el pueblo sube Zubibidea.
Interesante la aportación del Ayuntamiento, que lo llama "Puente de Zizur"

Datos sobre el puente
Dice el letrero "antipuenteviejo"
Las primeras referencias documentadas al Puente de Ardoi corresponden a 1421. Un año antes, quedó derruido por una crecida y Carlos III el Noble ordenó su reconstrucción. No obstante, tanto su situación estratégica como su estilo permiten suponer que fue erigido en época anterior. Dos arcos desiguales sostienen la calzada, de 18 m de longitud. El arco menor, de medio punto, mide 5,6 m y el grande, más rebajado y posiblemente el último en ser construido, 9 m. El puente no sólo permitía salvar el río Elorz a quienes venían de Zizur, sino que era imprescindible para comunicar dos zonas importantes de Navarra, la Merindad de Estella y la Comarca de Pamplona. La última rehabilitación, incluida en las obras del Parque Fluvial de la Comarca, se realizó en el año 2005.
Como hemos dicho, hoy ese puente ya no comunica, no es "de paso" sino de destino: el merendero.
La responsable:  la línea férrea Castejón de Ebro-Alsasua, inaugurada en 1860, cortó el camino que del puente subía a Barañáin y a Pamplona. El paso alternativo ya prescindía del viejo puente:
Paso alternativo por debajo de las vías
A pesar de ello, todavía en el año 2000 algunos peatones nostálgicos usaban el Puente Viejo (2) y se arriesgaban a atravesar las vías (3). Pero la mayoría de peatones y todos los vehículos usaban el paso alternativo (4) por debajo de las vías para subir a Barañáin y seguir hacia Pamplona (5).
1. Cizur Mayor; 2. Puente Viejo; 3. Paso por encima de las vías; 4. Paso alternativo; 5. A Pamplona por la Av. de Pamplona
La suerte estaba echada: enseguida empezaron a vallar todo el recorrido del tren para que nadie pudiera pasar.
Estos días he paseado por la zona y ya me ha sido imposible pasar por donde antes lo hacía sin dificultad.

Google Maps
Como no es fácil encontrarlo, os pongo este enlace a Maps, donde se le llama "Puente medieval de Zizur".

sábado, 24 de septiembre de 2022

El niño, el peral y el japi (acertijo pamplonés)

Nicolás Ardanaz: niño, peral y tapia; Julio Cía 1953. Francisco Ortega, guardia de la Taconera. AMP
De críos, al guardia de jardines (como al señor Ortega) le llamábamos "japi". "¡Que viene el japi! ¡le ha pillau el japi!..." eran expresiones habituales de nuestra jerga infantil de los años 50. Extrañamente no aparece en el Vocabulario navarro de José María Iribarren. Era, por lo visto, exclusiva de Pamplona.

El niño de la foto de Nicolás Ardanaz, a pesar de la prohibición, se subió a la tapia y ya veis cómo está zampando tranquilamente. Pero el japi le pilló.
Éste es el acertijo:

- El peral tenía peras
- El niño no cogió peras
- El peral se quedó sin peras.
- El japi no pudo denunciar al chaval

No intervienen más elementos: ni pájaros ni la gravedad... Solo niño, guardia y peral.
Explícalo, pero no en público, para no dar pistas a los que no son tan listos como tú.
Si quieres comprobar la solución (Nº 51), pincha aquí

sábado, 13 de junio de 2020

El Seminario convertido en Hospital (1936-39)


El actual seminario, heredero del de Dormitalería, se empezó a construir en 1931, pero la guerra civil obligó a ser desalojado para utilizarlo como hospital. Así, la inauguración del nuevo Seminario tuvo que posponerse a finales de 1939. Por cierto, el actual seminario tiene el mismo nombre: Seminario Diocesano Conciliar San Miguel.
El Seminario Conciliar fue convertido en Hospital Alfonso Carlos el 21 de octubre de 1936. Fue el mayor hospital que ha tenido Navarra en su historia con 1600 camas y por el que pasaron más de 33000 heridos y enfermos de guerra. Financiado a través de donaciones y cuestaciones populares y dotado íntegramente de personal voluntario, supuso la mayor empresa colectiva del movimiento carlista en la retaguardia.
Casi todas las fotos -que podéis ver en su totalidad en el álbum de Facebook "El Seminario convertido en Hospital (1936-39)"- proceden del libro "La cámara en el macuto", de Pablo Larraz Andía, cuya lectura os recomiendo porque es capaz de crear una atmósfera de emoción hasta las lágrimas por esos combatientes que lo dieron todo a cambio de muy poco... o de nada:
... lo atestiguan, en perdidos camposantos,
cruces rotas, con los nombres ya gastados...



Nicolás Ardanaz, cámara y trípode en mano, fotografiando la ciudad sobre la azotea 

de la cruz del Hospital Alfonso Carlos de Pamplona. AMN

Enfermeras tendiendo vendas lavadas en la terraza del Hospital Alfonso Carlos.
La escasez de material sanitario durante la contienda obligaba a dosificar al
máximo y reutilizar material. Foto Nicolás Ardanaz. ALS.
Enfermeras junto a requetés, falangistas, soldados, legionarios y regulares en uno de
los claustros del seminario. Foto Lola Baleztena. Archivo Baleztena.
Sebastián Taberna también realizó algunas fotografías del Hospital Alfonso Carlos durante un permiso en junio de 1937. En la imagen, grupo de heridos y enfermeras en la terraza del hospital, entre las que se encontraba Luz Belzunce, novia de Sebastián. Foto Sebastián Taberna. ATB.

Animada partida de cartas con apuestas entre heridos en la terraza del hospital,
en junio de 1937. Foto Sebastián Taberna. ATB.

sábado, 26 de octubre de 2019

Resu, la musa de Nicolás Ardanaz

Resu Villanueva muestra una fotografía de su marido, Nicolás Ardanaz. CALLEJA
"Doña Resu y fajo. Hermosa moza navarra. Años 50" (Nicolás Ardanaz)
Tenía muchas ganas de conocer a la moza del fajo, "hermosa moza navarra". Resu fue la musa -no me extraña- que inspiró a Nicolás Ardanaz (el fotógrafo y pintor de Droguería Ardanaz, en la calle Mayor) y se convirtió en la compañera de su vida. Hoy cumplo mi deseo de la mano de Pilar Fdez. Larrea.
Quiero dedicarle esta entrada a mi amiga Olga porque estoy convencido de que ella, con su arte, sabrá añadir algún detalle que nos emocionará a todos.

RESU VILLANUEVA
Nicolás Ardanaz, casado con Resu, que vivió en Ororbia, 
estuvo muy unido a este pueblo. A ver si recuperamos los 
nombres de quienes aparecen en la foto. Una de ellas es 
Resu y, ¿los demás? "Buenos días. Los que aparecen son 
Juan Manuel, Maritxu y Bonifacia Azpiroz Beunza de 
Arruitz-Larraun. Supongo que la foto estará hecha en su 
pueblo pero ese dato no lo he recogido. Una foto pre-
ciosa, como toda la colección." (Ver comentario 3)
Camino de los 92 años, esta mujer, nacida en Orcoyen, criada en Ororbia y vecina de Pamplona desde que se casó con Nicolás Ardanaz, repasa su vida junto al comerciante y reconocido fotógrafo, fallecido en 1982. Luce un rostro ausente de arrugas, unos ojos despiertos de azul intenso y una sonrisa amable, con la que agradece a la vida.

DNI
Resu Villanueva Ilundáin nació el 28 de marzo de 1921 en Orcoyen, en una familia de siete hermanos, dedicada a labores del campo. Ella era la mayor. Con 22 años se casó con Nicolás Ardanaz Pique. No tuvieron hijos. Vivió en Pamplona y trabajó en la droguería familiar.
Falleció el 17.09.2015, dos años y medio después de esta entrevista

FRASES
“¿Pero yo? Popular era mi marido. Con 91 años, ¿qué os voy a contar?” 

Los ojos que miró Nicolás Ardanaz DN (16.02.2013)                                     Pilar Fdez. Larrea
Gracias, Pilar
Se conocieron en la droguería. Ella, Resu Villanueva Ilundáin, tendría poco más de 16 años. Fue a comprar jabón y lejía, a buen seguro. Al otro lado del mostrador, allí en la calle Mayor, le atendió Nicolás Ardanaz, diez años mayor, un comerciante con inquietudes artísticas que enseguida fijó su objetivo en aquella moza de la Cuenca, alta y garbosa, de ojos claros y sonrisa generosa. Pidió sacarle una foto. Y así comenzó un noviazgo que acabó en boda, una vida tras la cámara que esta mujer, hoy con 91 años, repasa, tres décadas después de la muerte de su esposo, “artista y buen hombre”, con el que fue feliz. Resu Villanueva Ilundáin nació en Orcoyen. Su familia, dedicada al campo, se trasladó luego a Ororbia. Allí se crió la mayor de seis hermanos, bien acostumbrada a labrar la tierra y a ayudar a su madre con el ganado. Aquel día de recados por la calle Mayor de Pamplona se cruzó en su vida Nicolás Ardanaz Pique (Pamplona, 1910-1982), reconocido fotógrafo. Se casaron en Ororbia y vivieron en la calle Pozoblanco de Pamplona. Él atendía la droguería familiar, donde ella echó una mano cuando hizo falta.
“¿Pero yo? Popular era mi marido”, avanza con voz firme Resu Villanueva. Sin perder la sonrisa, trata de subrayar que no tiene mucho que contar, que el artista era su marido. “Con 91 años, ¿qué os voy a decir.....?”, considera con evidente humildad. En los primeros minutos de la conversación, mira de reojo a la cuartilla donde la periodista toma apuntes y cuando la hoja llega al ecuador, corta la conversación: “Uy!, ya has escrito bastante”. Pero luego responde amable. No le cuesta hablar de su marido. Lo dicen sus ojos, azules y despiertos, esos que tantas veces miraron a la cámara de Ardanaz.
Ororbia, mil años de historia

“Sí, me dijo si me podía hacer una foto y así me conquistó. Supongo que entonces aún no había amor, yo tendría mis juergas con los mozos de Ororbia, pero este artista sacó la máquina y....hasta hoy”, describe. “Yo le dejaba hacer. Él me decía: tengo una fotografía ahora en Dos Hermanas, y no puedo fallar, y se me iba. Vete y no falles, respondía yo, porque sabía que buscaba ese instante de luz, de la posición del sol, de la naturaleza que tanto amó”, añade.
Con él, montada en bicicleta por la Comarca, o en coche en rutas más lejanas, recorrió casi todos los pueblos de Navarra. “La cámara siempre iba en la mochila, y la mujer, al lado. Visitamos algo menos la Ribera, tal vez porque el paisaje es más monótono y él era muy activo”, arguye Resu. Y entiende que, precisamente esa inquietud le llevó a decantarse por la fotografía, siendo un buen pintor. “Lo hacía muy bien, pero creo que necesitaba moverse, buscar....”.
Ardanaz, mirando las Malloas
En ese propósito pasó Ardanaz buena parte de sus 72 años, en los que también escribió, sobre todo recuerdos de la Guerra Civil, del frente. Su legado artístico permanece en el Museo de Navarra. Su mujer lo donó tras su muerte. Ella conserva varias copias de un mismo retrato de su esposo. Una preside la estantería de su habitación; otra descansa bajo el tapete de su mesilla de noche. A menudo la rescata y la besa con la ilusión de una quinceañera. Guarda también un manuscrito, un cuento de Navidad y guerra, titulado ‘El Niño del Miliciano’ y firmado en la Nochebuena de 1949.
Lavanderas en Sorauren
Ya viuda, siguió en Pozoblanco, siempre se sintió a gusto en el Casco Viejo. Pero problemas de rodilla le impidieron un día subir los cinco pisos de aquel inmueble sin ascensor, de modo que se mudó a un apartamento en otro barrio. “Ya casi no voy por allí; tampoco por la droguería. ¿Siguen los Nacimientos en el escaparate?, qué ilusión, esa también fue idea de mi marido”, revela. Desde hace un año, Resu Villanueva vive en la Casa de Misericordia de Pamplona. “Tenía claro que quería venir a esta santa casa a pasar mis últimos años y así se lo comuniqué a mis hermanas. De momento estoy muy contenta. Es muy acogedor y aquí he encontrado a muchas mujeres de Pamplona, vecinas, amigas, conocidas, con las que compartir tantos momentos”, esgrime, al tiempo que se confiesa “agradecida a la vida”. “¿Una foto?, también me vais a hacer una foto?, por muy artista que sea, no me sacará mejor que mi marido”, sentencia Resu.

Si quieres disfrutar del álbum de Nicolás Ardanaz, pincha ahí:
Nicolás Ardanaz, Museo de Navarra, Año 2000.

sábado, 2 de febrero de 2019

Pablo y Víctor: 'La cámara en el macuto'

Requetés del Tercio de Santiago durante una ventisca en pico del Nevero, en
Somosierra, a 2.210 metros de altura, el 8 de febrero de 1937 - Sebastián Taberna
Anteayer, jueves, Pablo Larraz y Victor Sierra-Sesúmaga presentaron su libro "La cámara en el macuto". Publicado en la editorial La esfera de los libros.
Fue la presentación más imponente que he visto en el acogedor Nuevo Casino Principal. Estuvo respaldada, también, por la Fundación Ignacio Larramendi y por la Peña Pregón. La complicidad del público, que abarrotaba el salón, fue capaz de crear una atmósfera de emoción hasta las lágrimas, por esos combatientes que lo dieron todo a cambio de muy poco... o de nada:
... lo atestiguan, en perdidos camposantos,
cruces rotas, con los nombres ya gastados... 
(Victor Sierra-Sesúmaga Ariznabarreta, coautor)

Y de algunos, como de mi tío Eloy Belzunegui, ni siquiera pudimos saber dónde lo enterraron en Villarcayo (Burgos), a pesar de haber pagado las costas del entierro.

Gracias al testimonio fotográfico de Taberna, Ardanaz, Guelbenzu, Baleztena... hoy, 80 años después, podemos contemplar, en primera línea, los aspectos más humanos de esta guerra entre españoles.

Sebastián Taberna, el «otro Capa» de la Guerra Civil (por Mónica Arrizabalaga)
Luchó con los requetés en el bando nacional y tomó más de 5.500 imágenes hasta ahora inéditas que el libro «La cámara en el macuto» saca a la luz junto con las de otros seis combatientes fotógrafos.
Actualizado:02/01/2019

S. Taberna. Navafría. 08.1936
A su regreso, guardó cuidadosamente sus decenas de rollos de negativos y varios cientos de positivos en cinco cajas de madera, en el desván de su casa de Pamplona. Los recuerdos que le evocaban eran, sin duda, dolorosos. Y allí ha permanecido este singular testimonio de la Guerra Civil, oculto a todos, hasta que su hija María Eugenia decidió «desempolvar» y recuperar su legado fotográfico. Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga lo han rescatado del olvido en «La cámara en el macuto» (Esfera de los libros), un libro que muestra por primera vez el trabajo de Taberna y el de otros seis fotógrafos y combatientes carlistas que se han mantenido durante 80 años en archivos familiares: Nicolás Ardanaz, Martín Gastañazatorre, José González de Heredia, Julio Guelbenzu, Germán Raguán y Lola Baleztena. Una mirada a la guerra desde los ojos de quienes la vivieron en primera persona, original y libre de consignas propagandísticas. El 19 de julio de 1936, el mismo día que cumplía los 29 años de edad, Sebastián Taberna realizó su primer reportaje de guerra con un puñado de fotografías que, muy posiblemente sean las primeras tomadas en Pamplona de la sublevación. Eran las siete de la mañana y en la céntrica Plaza del Castillo se reunía la primera formación de voluntarios carlistas que partirían al frente, convencidos de que la Guerra Civil recién desatada se resolvería en unos pocos compases y estarían de regreso «para la siega». Taberna recogió con su Leica aquellos momentos de nerviosismo y de espera antes de encaminarse él también hacia los cuarteles para alistarse y salir camino de Madrid. Desde aquel día de su cumpleaños al término de la contienda, este pamplonés tomó más de 5.500 fotografías de los combates y del día a día de los soldados en el frente. Nunca vieron la luz.
Requetés del Tercio del Rey precariamente calzados «al calor» del fuego
en el puerto de Navafría en octubre de 1936 - Sebastián Taberna
«No fueron profesionales, aunque tampoco meros aficionados en el sentido más limitado, porque tenían un cierto nivel de preparación y pericia técnicas» y «su calidad fotográfica es notable», destaca el historiador Stanley G. Payne en el prólogo de esta obra respaldada por la Fundación Ignacio Larramendi, que da a conocer casi 1.000 fotografías de interés histórico, de las que el 80% son inéditas.
Los gudaris, en el suelo, se
entregan en Santoña
Entre ellas, destaca Payne, la imagen de los «gudaris» (soldados nacionalistas vascos) que se entregaron a las fuerzas italianas, concentrados en la playa de Santoña en agosto de 1937 (ver imagen de la derecha).
«La cámara en el macuto» recorre los frentes de Somosierra y Navafría, el avance de las columnas sublevadas hacia San Sebastián, las precarias condiciones de los requetés en Álava, la toma de Sigüenza, la ofensiva de Vizcaya o la batalla del frío en Teruel.
El objetivo de estos voluntarios fotógrafos se fija en los parapetos, las marchas y morterazos y en las misas de campaña, pero también en los vecinos de las localidades próximas a los frentes que intentaban seguir con sus vidas durante ese tiempo de obligada convivencia con las tropas, en aquellos momentos en los que los soldados «olvidaban estar en guerra» y trataban de divertirse jugando una partida de mus o tocando el acordeón, en la ansiedad con la que leían las noticias que llegaban, o en los ratos en los que la nostalgia de casa se apoderaba de ellos y escribían a sus familias sobre una caja de tabaco o  de leche.
Manteando a un compañero - Sebastián Taberna
Inmortalizan a los tipos más curiosos del lugar y retratan además la otra cara de la guerra, mostrando el dolor de los heridos y los cuidados que recibían, los sobrios entierros en improvisados cementerios de campaña o la vida en la retaguardia.

Una visión muy humana y real
Escribiendo a la familia. N. Ardanaz
«Es una visión de la guerra muy humana y real desde el interior de este microcosmos carlista de la Guerra Civil», subraya Pablo Larraz, que destaca de entre estos fotógrafos a Sebastián Taberna «por su especial sensibilidad y su técnica vanguardista, capaz de hacer una foto de gran calidad metiéndose en acción y además auténtica, sin montajes ni escenificaciones».
«Podría considerársele un Capa del bando nacional, con algunas imágenes realmente excepcionales», asegura aludiendo al mítico fotógrafo Robert Capa, mientras señala el reportaje que realizó desde dentro de la toma de Sigüenza, en el que recogió tanto la preparación y el desarrollo de los combates como el asalto a la catedral en octubre de 1936. Taberna fue el primer fotógrafo en entrar en el templo tras la batalla y en tomar imágenes de los daños provocados por los impactos de artillería.

Una secuencia de la toma de Sigüenza - Sebastián Taberna
En una de estas imágenes, unos prisioneros republicanos aguardan tras la batalla a ser conducidos a Soria. Atados de manos y codos y algunos heridos, la fotografía los trata con respeto. El mismo que se aprecia en las escasas fotos de muertos en combate. Impresiona particularmente una de ellas, de un combatiente republicano con los ojos abiertos y una naranja junto a su mano, que posiblemente se disponía a comer cuando cayó víctima de la artillería y que «estremeció sobremanera a Sebastián Taberna», según ha podido saber Larraz.
Improvisado laboratorio de revelado de Sebastián Taberna en la cocinilla
 de una casa en el frente de Guadalajara - Archivo Taberna Belzunce
Fue María Eugenia, una hija de Taberna, quien se puso en contacto con el escritor tras la publicación de «Requetés. De las trincheras al olvido» (Esfera de los libros, 2010), que también firmaba junto a Sierra-Sesúmaga. Así fue como Larraz supo del valioso archivo que este hombre, «con gran sensibilidad e interés artístico, y de formación autodidacta», conservó en perfecto orden y estado de conservación «con el sentido histórico de que eso algún día debía ver la luz».

Amigo de Nicolás Ardanaz, con quien coincidió en algunos momentos de la guerra, compartió escenas y retratos con él, aunque sus estilos fueron muy diferentes. Ardanaz más pausado y estético, Taberna más espontáneo y experimental, con un especial interés hacia la vertiente humana de la guerra.
Unos niños en la escalinata de la iglesia de San Juan Bautista
de Jadraque en 1937 - Archivo Sebastián Taberna
«Es muy inusual y extraordinario, además, cómo Taberna revela las imágenes en el mismo campo de batalla, en estudios improvisados», relata el autor de «La cámara en el macuto». Como conductor de un camión para labores de enlace e intendencia, podía obtener material fotográfico en sus frecuentes desplazamientos y transportar en el vehículo todo lo necesario para el revelado de las imágenes. «Llegó a revelar fotos en la parte trasera del camión, creando con una lona el cuarto oscuro», anota Larraz.
«Su intención le llevaría a valerse de su Leica para captar momentos históricos que -sabía- llegarían a tener trascendencia, y también recoger el lado más humano de la tragedia», resumen los autores del libro, antes de destacar que «actuó casi siempre "por libre", sin medios oficiales a los que enviar sus imágenes, ni más pretensión que la de dejar constancia de los sucesos excepcionales de los que estaba siendo testigo y, a la vez, protagonista». Ochenta años después, Larraz y Sierra-Sesúmaga afirman «sin rubor» que «sin duda nos encontramos ante uno de los grandes fotógrafos de la guerra de España».

D0cumental:
Con la Leica en el macuto. Fotógrafos y requetés durante la Guerra Civil Española
Este documental muestra la obra de los fotógrafos Nicolás Ardanaz “Ceneque”, Sebastián Taberna, Lola Baleztena, José González de Heredia, Martín Gastañazatorre, Ceferino Yangas, Germán Raguán y Julio Guelbenzu. Con la colaboración especial de Miguel Ángel de Santiago, Vicente Talón, Pablo Larraz, Víctor Sierra-Sesúmaga, Luis Jáuregui, María Eugenia Taberna, Teresa Jaurrieta y Alfonso Bullón de Mendoza, así como de la Asociación Española de Reconstrucción Histórica y otros grupos de reconstrucción. Participación de la Fundación Ignacio Larramendi.

lunes, 24 de diciembre de 2018

"Van los pastores". Fotos, Nicolás Ardanaz


Cada año, cuando se acerca la Navidad, vienen a mi cabeza las estrofas de algún viejo villancico que aprendí de niño y que, desde entonces, no había vuelto a oír. Esta vez ha llamado a mi puerta:
Van los pastores para Belén, a festejar el nacimiento del Mesías
y, de camino, a dar la enhorabuena a San José y a la Virgen María  

Olvidado por estas tierras
Estoy convencido de que ni en casa ni las corales que funcionan en Pamplona lo han cantado. Es, a mi juicio, un villancico casi olvidado y que lo escuché alguna vez en el Seminario de Pamplona, hará 55 años.
Creo que sería el Curso 62-63. Recién llegados de Tudela, en una sobremesa prenavideña de varios cientos de seminaristas de Gramática (entonces estábamos más de mil en el Seminario), se levantaron tres o cuatro de tercer curso -un año más que nosotros- y entonaron maravillosamente ese villancico que nos marcó a unos cuantos, que no hemos podido olvidar ni la música ni gran parte de la letra, a pesar de que luego no hemos vuelto a escucharlo... hasta ahora. Disponían, además, de uno que -a pesar de su edad- hacía la parte del bajo que ni el de los Xey.

En la Red
Me ha costado, y mucho, encontrarlo en la red pero, a base de insistir, he dado con él, tanto en la BNE, desde 1957, como en YouTube, en dos o tres versiones originarias de Andalucía e interpretadas por Los Campanilleros, de Sevilla. 
Como os podéis imaginar, cuando lo oímos en el Seminario, el acento con que lo escuchamos era el de nuestra tierra navarra. Pero, como he dicho, no lo he vuelto a oír desde entonces. Por ello agradezco a Los Campanilleros de Sevilla que nos hayan ayudado a desolvidarlo.

El vídeo
Decía Nicolás Ardanaz que él era poseedor del mejor belén que había en Pamplona y que ese belén estaba a las afueras de la Ciudad: Portal de Francia, Puente de San Pedro...
Pues yo -y todo el que se empeñe en obtenerlas- soy poseedor de las mejores imágenes para acompañar a un villancico. Y esas no son otras que las que sacó con su cámara el dueño de la Droguería Ardanaz

Van los pastores (popular)
Van los pastores para Belén
a festejar el nacimiento del Mesías
y de camino a dar la enhorabuena
a San José y a la Virgen María
(Virgen María)
Vamos pronto sin tardar
que de aquí a Belén
hay mucho que andar
hay mucho que andar

Y estando allí
no decaiga la alegría
ni un momento siquiera
siga la fiesta (siga la fiesta)
para poder contemplar
que el Niño de Dios
 ha nacido ya
 ha nacido ya
Van de regreso muchos pastores
quedan prendados de ese Niño tan hermoso
y en las aldeas de los alrededores
siguen la fiesta alegres y dichosos
(todos dichosos)
Caminantes? de Belén
porque allá en un portal
al Niño de Dios 
han visto nacer.

Y se formó
una nueva comitiva 
de pastores
y fueron todos (y fueron todos)
para poder contemplar
que el Niño de Dios
nació en el portal
nació en el portal.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Nicolás Ardanaz: Mi belén

Cada vez que paso por Ardanaz, en la calle Mayor, no puedo menos que recordar con cariño a aquel droguero -de profesión- y fotógrafo -por afición- que hizo mil belenes, pero que sabía que el mejor estaba en los alrededores de su ciudad.
Este artículo lo escribió para el número 14 de Pregón, en las Navidades de 1947
(pincha en todas las imágenes; casi todas son suyas y merecen la pena)

Mi belén, por Nicolás Ardanaz
Hace muchos años que pasaron ya para mí los tiempos felices en que los de casa montábamos el belén de Navidad. 
Alegres y juguetones subíamos y bajábamos de la tejavana, donde, en unos viejos cajones —siempre los mismos—dormían su sueño anual las figuras, las casas, los puentes, montañas de corcho y los lagos de cristal; esas mil naderías que llenaban de cristiana ilusión nuestras vacaciones navideñas. 
Nuestra buena madre era la directora artística y espiritual de todo aquel complicado y maravilloso artilugio… «Aquí la gruta del Misterio; más allá el puente con los Reyes Magos de cuello rígido y envarado; en lo alto el castillo de aquel fantasmón de Herodes...» Y al volver del duro bregar cuotidiano, el padre querido echaba «el visto bueno» y procedíamos entonces a «nevar » nuestro belén con unos puñados de rica harina blanca; pues, aunque parezca mentira, en aquellos tiempos felices era la harina el sustitutivo más económico de las nieves «eternas» de quince días. 
Pero pasaron los años, pasaron las personas y las cosas, y también pasó nuestro belén, repartido entre niños amigos, más niños que nosotros, que ya jugábamos a tener novia de mentirijillas.
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El que estas líneas escribe —niño zangolotino de treinta y cinco y pico de Navidades— nunca pudo zafarse por completo de la nostalgia del querido belén. Y mirad por donde, sin pensarlo mucho, me he encontrado de repente poseedor de un hermosísimo belén. Me atrevo a decir más: del más hermoso belén de Pamplona. 
No lo he presentado aún a ningún concurso porque no quiero arrebatar primeros premios a mis conciudadanos. ¡Oh! Mi hermoso belén tiene luces de día y de noche, en él amanece, crepusculea, truena y llueve y nieva, y sonríen en su paisaje la primavera y el verano. Tiene mi belén figurantes y figurantas, pastores, portadores de ofrendas y hasta... estraperlistas consagrados. Los otros belenes cuentan a lo más quince días de vida, y el mío vive, siente, piensa y sueña durante todo un año... ¡Oh mi amado belén, con sus rincones típicos, sus cuestas, sus puentes sobre un rio grande que no es de espejos y que marcha siempre hacia el mar! 
Cógete de mi brazo, amigo lector, y caminemos juntos por las sendas preciosas de mi belén. Saldremos primero de la Ciudad de nuestros desvelos. En la ciudad no hubo lugar para el gran misterio de la Natividad. Cristo eligió el aire puro y sano de las afueras. Atravesaremos primero una histórica puerta amurallada, de puentes levadizos, con ruedas, contrapesos y cadenas, y, por una rápida cuesta empinada, como las que de niños montábamos con corcho y aserrín, penetraremos bajo las ramas amigas de unos árboles viejos. Seguiremos bajando la cuesta descarnada y pendiente, y a nuestra izquierda oiremos el sordo rumor del río... ¡ el río de verdad de nuestro belén! En sus orillas lavan ropas humildes unas buenas mujeres, que ganan así su pan, mientras las aguas pasan cantando su canción sin palabras y besan las guerreras murallas de nuestra pacifica ciudad. Unos pasos más y nos encontramos marchando sobre las carcomidas piedras del puente sobre el río. ¡Apuesto dos capones gordos y sin epidemia... a que ninguno de vuestros belenes tiene un puente más bonito que el mío... Le llamaremos el puente de San Pedro, airoso y querido entre todos los puentes, lo mismo festoneado por la blanca nieve en los días de crudo temporal, que dorándose al sol del poniente, entre chopos amarillos y susurradores, en las inigualables tardes del Otoño. 

Pero sigamos andando, que nos espera el Niño, impaciente de cariños y oraciones. A la salida del puente, otra vez una arboleda con su pastor y sus ovejas de verdad, balando y pastando la verde y fina hierba del «Prau de la Cera», y a nuestra derecha una figura clásica y artistica de mi belén: un carro con sus bueyes metido en la playa del río: es el señor Paco lavando las cubas del Palacio de Ansoáin, aquel pueblecico pequeño y bonito, como de corcho, y que sirve de telón de fondo a mi belén. 
Aquí tendremos que pasar otro puente chiquito y macizo: «el Mochorro...» Tiene unos bancos de piedra donde suelen descansar las figuras animadas de mi nacimiento: los hortelanos, el pastor, las lavanderas, el guarda, la señora Gilda cuando vuelve de misa, los cazadores con los pesados morrales del almuerzo... Es un puente archidemocrático, aunque no sabe ni torta de política...; pero sabe cumplir con su obligación, y eso basta a los ojos del Niño. Después vamos a marchar por nuestra derecha, remontando el curso del río, que viene rezándole Salves a la Virgen pequeña que lleva su nombre (Virgen del Río), y a la sombra violeta de un viejo y rezador Monasterio, topamos en plena carretera con la figura más simpática de nuestro belén. Va pobremente vestido con el pardo sayal de los hijos de San Francisco, al hombro la alforja vacía, la oración en los labios y un perfil y unas barbas de nieve como las de aquellos hombres rudos que acompañaban al Nazareno…
Va a pedir a la Ciudad, porque hoy día corremos tanto todos que ni tiempo nos queda para ser portadores de ofrendas al Niño que espera sufriendo en la Cuna. Y por eso este Fray Serafín, con su dulce sonrisa, sabe llegar al corazón y sabe llenar las alforjas de ofrendas para el Niño de nuestro belén. 
Pero sigamos algo más adelante. Ya poco nos falta. Una, vieja carretera tranquila, sin fábricas, sin gallineros y sin barracones, pero con una fuente que mana agua de verdad... y en la orilla unos chopos curiosos que se asoman al espejo del agua. para ver sus airosas siluetas... Después, más figuras: son aldeanas de Eusa y Maquirriain, de Cildoz, de Zandio.., y van montadas en peludos rocinos, lo mismo, lo mismo que las figuras de «barro» de vuestros belenes...; pero las mías saben hablar, reír, llorar y sacar cuentas galanas de pollos, garbanzos y huevos... Y sin sentirlo, henos ya en la Cueva bendita donde todo el año, nos espera Jesús: un viejo convento de frailes barbudos y buenos y casi, casi, niños también ellos: y aquí, invierno y verano, mañanita y tarde, en la gozosa Natividad y en la Crucificada virilidad de su Pasión salvadora, todo el año me espera y te espera el Niño Jesús, anhelando oraciones en el Tabernáculo de los Capuchinos. 
Hinquemos las rodillas, paciente lector, y bendigamos, con corazón puro y alegre, este magnífico belén que es mío y es tuyo y es de todos los hombres de buena voluntad, habitantes de la vieja Ciudad amurallada que se llamó Iruña. 
Nicolás Ardanaz - Pregón nº 14 - Navidad 1947

martes, 4 de diciembre de 2018

Nicolás Ardanaz: 7. Escenas (2)


Escenas de la vida cotidiana: las niñas que curiosean subidas a una verja, el chaval que come una fruta, el niño que me recuerda a Marcelino (Pan y vino), la anciana que da comida a los gatos en la cocina, la amistad de dos personas mayores o de un niño con la abuela, el hombre que reza ante un crucero... siete escenas que Ardanaz supo captar como pocos.
Hace más de un año, encontré en la Feria del Libro antiguo una verdadera joya: el Catálogo de la exposición de fotografías de Nicolás Ardanaz que se hizo en el Museo de Navarra, en el año 2000. 
En diferentes entradas, he ido recogiendo, por orden, los diferentes capítulos  del catálogo de aquella exposición. Hoy llegamos al último: Escenas (2).
He creado un álbum para tener juntas todas las imágenes de Ardanaz en Facebook, según las hemos ido publicando. Son ya 60. Pero, por supuesto, no tengo ninguna intención de limitarme al Catálogo e iré añadiendo las que me enviéis (gracias, Pilarcho) o vaya yo encontrando.
Nicolás Ardanaz (Pamplona, 1910-1982) fue discípulo del pintor Javier Ciga, droguero de profesión y fotógrafo aficionado en las décadas 1930-1970. 
Su trabajo se centró en Navarra, abarcando temas como paisaje, costumbres, modos de vida, fiestas (muy particularmente las de San Fermín), tipos, composición de objetos y cartel, siendo autor de los que anunciaron las fiestas patronales de Pamplona de 1965 y 1966.

Escenas (F.J. Zubiaur)
Son muy numerosas, en cualquier período temporal del archivo que consideremos, las escenas elaboradas por Ardanaz. No digo yo que no hubiera habido situaciones encontradas fortuitamente y que el fotógrafo aprovechó, pero por lo común, las que más llaman la atención fueron preparadas por él mismo. Las hay de todo tipo, urbanas —muchas— y rurales, en el trabajo y en el ocio, de niños y de ancianos —dos mundos recurrentes para él—.
Se trata de imágenes en las que asoma con nitidez la vitalidad del fotógrafo, su sentido del humor a veces ingenuo, a veces tierno, a veces un poco gamberro. Cuando existen, los títulos dejan ver, tanto como las imágenes, su capacidad para llegar al hombre de la calle, al ciudadano que, como él mismo, se contenta con el valor simpático o entrañable de la anécdota y que no le pide al arte cualidades esotéricas de ningún tipo.
Si acaso, técnicamente, toda la trayectoria de Ardanaz está marcada por la búsqueda de unas ciertas cualidades de la luz, cualidades que siempre consideró sólo al alcance del especialista que él sabía que era, capaz de apreciarlas y valorarlas. Sus escenas de género implican una logística, un plan meticuloso de realización que, como un guión previo, ha de cumplirse con puntualidad, lo mismo si se trata del retrato de una campesina —el brillo del atardecer en los ojos—, una conversación entre ancianos —la luz del sol visitando la estancia a través de una puerta— o unas niñas encaramándose a una tapia —las sombras perfilando su atrevimiento infantil—. En el fondo, el tratamiento tiende siempre a lo paisajístico.

Y a lo pictórico. Lo que se va a contar se planifica, se escenifica y se... fotografía.
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Para disfrutar, en todo su esplendor, de éstas y del resto de imágenes, pincha en el en el enlace y vete pasando las fotos. Así podrás conocer sus curiosos títulos y situarlas en el espacio y el tiempo: