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| 2003, última misa en Maruri después de 33 años |
El viernes, 17 de abril, hubo en Bilbao un sentido homenaje a Jaime Larrinaga, "el cura de Maruri". No había ningún político de primera línea ni, lo que es más grave, ningún sacerdote o representante de la Iglesia vasca.
Y si los grandes no lo hacen, lo hacemos los pequeños.
Javier y Mónica
Concejales del Partido Popular de Ermua
Esto ocurría hace 23 años (pincha)
El cura al que amenazó ETA
Iñaki Ezkerra 20 Minutos 19 abr 2026
"Jaime Larrínaga vive hoy retirado en Yurre, el pueblo donde nació. Cumple ahora 86 años y, con esa excusa, un amplio grupo de ciudadanos nos reunimos en Bilbao el pasado viernes para rendirle un emotivo homenaje".
En Patria, la novela que el escritor donostiarra Fernando Aramburu publicó hace ahora 10 años, la Iglesia vasca no salía muy bien parada. Cuando la viuda del empresario asesinado por ETA decide volver al pueblo donde tuvo su hogar para sanar las heridas y hacer frente a su pasado, el párroco intenta disuadirla con unos argumentos sangrantes: es mejor "esperar a que las aguas se calmen", "no entorpecer el proceso de reconciliación", "dar una oportunidad a la paz"… El retrato que se nos traza de ese clero es bastante fidedigno del triste papel que tuvo en relación con ETA. A los casos de colaboración directa o indirecta se sumaron los de una absoluta insensibilidad que a día de hoy todavía carece del menor propósito de enmienda. Sin embargo, hubo heroicas excepciones. Una de ellas fue la de Jaime Larrínaga, el párroco de Maruri, al que los nacionalistas expulsaron de esa localidad por solidarizarse con las víctimas del terrorismo, y al que ETA amenazó de muerte, lo cual le obligó a estrenar escolta policial. Jaime Larrínaga vive hoy retirado en Yurre, el pueblo donde nació. Cumple ahora 86 años y, con esa excusa, un amplio grupo de ciudadanos nos reunimos en Bilbao el pasado viernes para rendirle un emotivo homenaje que removió en mi interior todas las aguas de ese doloroso pasado aún reciente, del que algunos no quieren ni hablar, como si se tratara de un tema de mal gusto, o —peor aún— como si nunca hubiera existido y fuera una extravagante fantasía de unos cuantos paranoicos.
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| Jaime Larrinaga con José Mari Urquizu (¿os acordáis?), de Durango. |
No. Yo no creo que haya que estar todo el día hablando de ETA, de esa tragedia que concluyó hace tres lustros, como algunos están todo el día hablando de una Guerra Civil que se inició hace nueve décadas y de una dictadura que murió hace medio siglo. Creo que hay que mirar, en efecto, hacia delante, pero sin negar por ello el pasado, ni del terrorismo ni de la guerra, sino sabiendo convertir éste y su superación en una lección, un motor y un estímulo para un futuro digno. Creo que son necesarios homenajes como el del viernes a un hombre que fue coherente con sus convicciones religiosas y con la labor sacerdotal que ejerció durante 36 años en ese pueblo donde de pronto hubo vecinos que les prohibieron a sus madres confesarse con él, acudir a sus misas y recibir de él los sacramentos, como lo habían hecho durante una buena parte de sus vidas. Hasta ahí llegó la cerrazón, el fanatismo y el odio.
A Jaime Larrínaga, que habla con un tono cantarín, nada agrio, el euskera materno, y que tiene muchos más que los preceptivos 8 apellidos vascos, los nacionalistas le cercaron puntualmente tras las misas de cada domingo con una pancarta ominosa, hasta que el Obispado le apartó de su ministerio. De nada sirvió el apoyo que le prestamos desde el Foro Ermua y el Basta Ya. Pero Jaime logró durante aquellos domingos que la iglesia de Maruri se llenara solidariamente de ateos y agnósticos, que parecíamos más cristianos que algunos católicos. Recuerdo aquellas mañanas de 2003 en las que Maruri se llenaba de medio millar de coches aparcados en las cunetas y en las que llegaba gente desde Madrid para asistir a aquellas misas y a aquellas concentraciones de un hermanamiento cívico, transversal y proscrito.
En el homenaje que le hicimos el viernes recordó esos tristes episodios José María Urquizu, otro gran amigo que es hijo de un teniente coronel de Farmacia al que ETA asesinó en Durango en 1980 a la edad de 55 años.
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| Pintadas de apoyo ("muchas gracias, ETA, hasta la victoria") a ETA Archivo |
He iniciado este artículo con una referencia literaria y quiero acabarlo con otra. En La lengua de las mariposas, la película de José Luis Cuerda inspirada en un relato de Manuel Rivas, un maestro de ideas progresistas ve cómo todos los vecinos del pueblo en el que impartía su magisterio pasan del aprecio al desprecio y del amor al odio cuando estalla la Guerra Civil y se le identifica con el Frente Popular al docente, encarnado magistralmente por el actor Fernando Fernán Gómez.
La historia de Jaime siempre me ha recordado a la de esa película y ese relato, por muchas diferencias que pueda haber entre un sacerdote de hoy y un maestro republicano de ayer. ¿Tan difícil es entender que estamos en el fondo ante la misma historia, por distintas que sean las circunstancias y las ideologías de sus protagonistas? ¿Tanto nos cuesta reparar en que, como la justicia, la injusticia también es universal, por desgracia, y que las personas son grandes independientemente de sus convicciones políticas?
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