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| El frontón de Irañeta, con los restos de la pared izda. derribada por el azote del viento. ARCHIVO |
Un eco de dolor late en ese frontón desde 1925, año en que el huracán convirtió la pared sinistra en una guadaña siniestra que segó cinco vidas. Pero en el caminito desde la iglesia una rosa roja florece entre los acebos.
Era costumbre, también en Irañeta, jugar a pelota los domingos y festivos después de misa, hasta que el sacristán tocaba la campana del Ángelus. Entonces se paraba, los hombres se quitaban la boina, se rezaba y se iba a comer. Aquel día, el sacristán tocó las campanas cinco minutos antes e impidió que la desgracia fuera mayor.
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Cinco jóvenes perdieron la vida el 20 de diciembre de 1925 al derrumbarse el frontón de la localidad de la Barranca por el virulento azote de un huracán
Leyre Mateos DN 24/08/2026
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| 20 12 1925. Sobre una mesa, la relación de las cinco víctimas tallada en piedraMIGUEL OSÉS. 2024 Maps. Al comienzo del camino, a la izda., verás un rosal rodeado de acebo |
El tiempo ha suavizado el recuerdo, pero no lo ha borrado. Hace ahora cien años, Irañeta, pequeña localidad de la Barranca, vivió una de las jornadas más trágicas de su historia. Un suceso repentino, provocado por un violento huracán de viento oeste, segó la vida de cinco jóvenes del pueblo y dejó una herida profunda en toda la comunidad, que aún hoy pervive en la memoria colectiva.
Era domingo. El 20 de diciembre de 1925. Tras la misa mayor, como marcaba la costumbre, varios mozos se reunieron en el frontón adosado a la pared posterior de la iglesia parroquial para jugar a pelota. El frontón era entonces uno de los principales espacios de convivencia del pueblo, prolongación natural de la vida social tras los oficios religiosos. La mayor parte de los vecinos casados se encontraba en la Casa Consistorial, donde se celebraba la subasta de arbitrios municipales, una cita habitual en el calendario local. El viento soplaba con fuerza desde primeras horas del día, aunque no resultaba extraño en una localidad situada a los pies de la sierra de Aralar. Sin embargo, aquel domingo el aire fue ganando intensidad hasta convertirse en un vendaval imponente. Pocos minutos antes del mediodía, una ráfaga huracanada arrancó de cuajo la pared lateral del frontón, una estructura de grandes bloques de cemento y escorias de carbón, construida apenas tres años antes, y la hizo caer de una sola pieza sobre el interior de la cancha. Bajo aquella masa quedaron sepultadas varias personas. Solo dos lograron salvarse al quedar protegidos por un ángulo del muro que permaneció en pie.
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| Conducción de los féretros al cementerio de Irañeta, al día siguiente de la tragedia. Cedidas |
El estruendo se escuchó en todo el pueblo y desató la alarma inmediata. Vecinos que regresaban a sus casas o se encontraban en el ayuntamiento corrieron hacia el frontón. La escena era sobrecogedora. Bajo los escombros había jóvenes atrapados y apenas existían medios para intervenir. Sin esperar ayuda exterior, el vecindario se volcó en las tareas de rescate. A golpe de herramienta y, en muchos casos, con las manos desnudas, los bloques fueron reducidos a fragmentos en un esfuerzo colectivo marcado por la urgencia y la solidaridad espontánea.
Cinco jóvenes perdieron la vida como consecuencia del derrumbe: Jesús Lizasoain, de 19 años; Ruperto Yoldi, de 42; Jesús Huarte, de 15; Martín Unanua, de 21; y Pedro Yoldi, de 20 años, que falleció al día siguiente a causa de las heridas. Otro joven, Joaquín Razquin, resultó gravemente herido y fue trasladado al Hospital Civil de Pamplona, donde ingresó en estado crítico. La tragedia alcanzó de lleno a varias familias y conmocionó a un pueblo pequeño, donde cada pérdida se vivía como propia.
Al día siguiente, Irañeta amaneció sumida en un silencio poco habitual. Las campanas doblaban a muerto y las calles permanecían prácticamente vacías mientras los vecinos se preparaban para despedir a las víctimas. El funeral llenó por completo la iglesia parroquial, y las exequias, costeadas por el ayuntamiento, se prolongaron durante varios días. La crónica publicada entonces por Diario de Navarra hablaba de consternación, recogimiento y de un vecindario unido en el dolor, que encontraba en la fe y en el acompañamiento mutuo la única forma de sobrellevar una pérdida tan repentina.
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| Los cinco jóvenes supervivientes del derrumbe de la pared del frontón |
Con el paso de los años, la tragedia pasó a formar parte de la memoria colectiva del municipio. No quedó fijada únicamente en los archivos o en las páginas del periódico, sino en el relato transmitido de generación en generación, asociado siempre a la fuerza del viento y a la fragilidad de la vida cotidiana en la Navarra rural de principios del siglo XX.
Cien años después, Irañeta es otro lugar, pero aquel episodio sigue presente. No como un recuerdo traumático, sino como una referencia compartida que habla de comunidad, de solidaridad y de un tiempo en el que la naturaleza imponía sus reglas con una contundencia difícil de imaginar hoy.
Recordar la tragedia no es solo un ejercicio de memoria histórica sino también un acto de reconocimiento a quienes la vivieron y a un pueblo que supo sobreponerse al golpe más duro. El viento volvió a soplar muchas veces desde entonces en la Barranca. Pero aquel domingo de 1925 quedó grabado para siempre en la historia de Irañeta.
Sakana, no; la Barranca
Hasta cuatro veces he tenido que sustituir en el artículo Sakana por la Barranca. El uso del término Sakana, traducción de "la Barranca" (los topónimos en Navarra no deben traducirse entre las dos lenguas), es una denominación oficial y de uso actual, pero es un anacronismo total si nos situamos en el contexto del suceso. Las crónicas periodísticas de 1925, los partes oficiales de la Guardia Civil, las colectas de ayuda del Gobierno Civil y el habla cotidiana de los vecinos se referían a la zona exclusivamente como la Barranca, en vasco "Barranka" (col. 1, recréate con el "Ur goiena").
Utilizar nombres actualmente oficiales para hechos del pasado desvirtúa la realidad histórica de cómo vivieron y contaron la tragedia sus propios protagonistas.
Pero hay más, mucho más. Este blog no puede olvidar que quien primero trató de eliminar el nombre tradicional (y casi lo ha conseguido) fue ETA, bautizando a un comando de la zona como Comando Sakana (6 oct. 1979), el que asesinó a Jesús Ulayar en 1979. Por tanto, objeción de conciencia, siempre "la Barranca".









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