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| 'Ilusionistas', de Gerardo Zaragüeta. El misterioso profesor Tromff, en aparente estado de catalepsia, soporta el peso del Reporter (Vicente Martínez de Ubago). La Voz de Navarra (25 oct. 1931) |
Conocí esta fotografía en un magnífico catálogo de Fco. Javier Zubiaur Carreño que puso a disposición de todo el mundo casi un centenar de fotos de los Zaragüeta de una calidad insuperable. No sé cual era el pie de foto porque, desgraciadamente, ese catálogo ha desaparecido de internet, pero era muy breve y ni siquiera hablaba del misterioso profesor Tromff. Este artículo es el mejor pie de foto que podía imaginar.
Aquí tenéis la transcripción completa del artículo "
El misterioso profesor Tromff" publicado en La Voz de Navarra (25 oct. 1931), firmado por Vicente Martínez Ubago.
El misterioso profesor Tromff
Las cosas fantásticas e inexplicables han sido en todas las épocas alimento agradable para las multitudes. Nosotros, siguiendo nuestro ya tradicional (oficio) reporteril, hemos encontrado en plena vía pública a un hombre misterioso, que hace cosas que no hemos podido explicárnoslas, pero que las hemos visto con nuestros propios ojos. Se trata de un vasco de pura cepa, no de un ser de mirar incierto y de idioma incomprensible. Habla el
euzkera como el
cashero que nunca ha abandonado su hogar. Ahora bien, este hombre extraordinario viajó, durante su corto caminar por la vida, tanto, que adquirió tal vez de los indios esas endiabladas dotes de hipnotización y de catalepsia que tanto entusiasmo producen a los paisanos de Gandhi. Nuestro héroe es nada menos que el Profesor Tromff, que se encuentra accidentalmente en Pamplona. Apenas nos lo han presentado comenzamos con él nuestra charla.
—¿De dónde es usted?
—De San Sebastián. Nací el año 1900.
—Nos han dicho que usted suele enterrarse a más de metro y medio de profundidad y que permanece en estado cataléptico más de cuarenta minutos.
—Sí señor, así hago. Mi debut en esta excepcional profesión de cadáver viviente fué en el Hogar Vasco, de Madrid, el año 1927, donde hice experimentaciones diversas, pero mi primer enterramiento lo verifiqué en julio del año actual en San Sebastián, en competencia con un señor que se llamaba Fakyr, a quien gané una apuesta de quinientas pesetas.
—¿Qué es más difícil, el enterramiento o el permanecer en estado cataléptico?
—Lo primero es bastante sencillo, no así lo segundo.
—¿Qué prefiere más?
—Me gusta, sobre todo, dar conferencias sobre telepatía con las consiguientes demostraciones y realizar diversos fenómenos hipnóticos. Mi poder sugestivo suele ser, en determinados casos, bastante grande, habiendo intervenido en algunos de enfermedades psíquicas. Tuve uno en San Sebastián en el cual conseguí que cierta enfermo, que padecía de agudas fobias y que jamás llegó a caminar durante un período de diez años más de doscientos metros, caminase conmigo, después de una semana de tratamiento, más de kilómetro y medio de radio. Con este enfermo fracasaron cuantos médicos intentaron su curación.
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| El féretro, bajo la arena de la Concha (pincha) |
—Cuénteme alguna anécdota de su vida singular.
—Era en Madrid por el año 1928. Vivía con varios amigos, entre los cuales llegó un día en que no pudimos reunir más de media peseta. Para solucionar tan grave crisis numismática pensé que teniendo en casa un cacharro de sopa que no valía nada podía venderlo al precio de objeto valioso. En efecto, lo tomé y me fuí a una casa de compra-venta de la calle de la Aduana, que era propiedad de un judío al que logré sugestionar consiguiendo ciento cincuenta pesetas por el mencionado cacharro.
—¿Dónde ha logrado su mayor éxito?
—En Zaragoza, cuando de una conferencia en el Círculo Mercantil, a la que asistieron casi todos los médicos de la localidad, habiendo tenido el alto honor de ser felicitado por los eminentes doctores Ramón y Cajal y Royo Villanova.
—¿Qué experimentos le desagradan más?
—Los telepáticos, desde que una vez en que actuaba en Guadix, descubrí que un espectador había matado a un convecino suyo hacía seis años.
El Profesor Tromff no quiere hablar, prefiere realizar ante nosotros algunos de sus emocionantes experimentos. En efecto consigue por voluntad alterar de modo extraordinario sus pulsaciones, se infiere heridas, que sangra a poco y que por ligera operación las hace desaparecer, hipnotiza gallinas, produce en nosotros sensaciones térmicas y adivina cuantos signos trazamos. Lo más impresionante es su autocataleptización. En breves instantes hemos visto que Tromff se ha trasformado, cayendo al suelo completamente rígido, le hemos colocado sobre dos sillas de suerte que solo tuviese dos puntos de contacto; el cuello y los talones. Entonces el Reporter, bastante nervioso, se ha colocado sin ninguna trampa, de eso da su palabra, de pie sobre el cuerpo duro y en apariencia inerte de nuestro original héroe. Zaragüeta, emocionado, ha disparado, haciendo volver la los asistentes a tan patético acto, a la realidad, al yerto cuerpo de Tromff, quien durante algunos instantes quedó como congestionado hasta que reaccionando violentamente vuelve a su estado normal.
Son testigos de la autenticidad de esto que referimos ciertos señores de esta localidad, que a petición del interesado han presenciado el experimento.
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| 1931 octubre 25 La Voz de Navarra |
Nosotros no sabemos qué pensar de lo que hemos visto. Carecemos de conocimientos sobre esto de las autosugestiones y de las catalepsias; por ello, quizás no hemos visto el truco que pueda haber y, como legos en la materia, sólo hemos apreciado la parte espectacular del experimento. Sí podemos asegurar que el hombre más fuerte de la tierra colocado sobre dos sillas, sin más puntos de apoyo que la cabeza y lo talones, no se puede sostener como lo hizo el Profesor Tromff, y mucho menos soportar sobre su pecho al Reporter en la forma en que aparece en la fotografía, el cual, aunque no es grueso, no es tampoco un peso pluma.
Tromff, fatigado, nos despide hasta el domingo, en que piensa enterrarse en la arena de la Plaza de Toros a metro y medio de profundidad, ligero de ropas, para evitar sospecha de trampa, y en donde permanecerá la friolera de 45 minutos, o sea mientras dure el espectáculo circense, que según me ha dicho, tendrá lugar.
¡Nosotros no vamos a poder dormir esta noche al pensar que dentro de la tierra un hombre va a permanecer tanto tiempo! ¡Aire, aire!
Vicente Martínez de Ubago