Opinión
"Lo que sí se han exhibido en la Korrika son las fotos y los mensajes de apoyo a los asesinos de varios de nuestros conciudadanos"
"Flaco favor hacen a la defensa y el fomento del euskera quienes transigen con esta situación y les dan cobijo bajo un paraguas supuestamente cultural"

Actualizado el 23/03/2026 a las 11:39
Un año más, una vez más, la Korrika ha pasado por Pamplona - “Tippi – tappa”-, aparentemente sin ninguna novedad con respecto a otros años: el alcalde de la capital de nuestra comunidad foral de Navarra, Joseba Asiron, ha vuelto a portar el testigo de la carrera, enarbolando la bandera de otra comunidad autónoma (y eso que al euskera lo denominan y defienden como “lingua navarrorum”). Esta vez tampoco se han exhibido fotos de futbolistas, ni siquiera de Alicante, ni tampoco de minorías étnicas oprimidas, ni de colectivos de mujeres en situación de vulnerabilidad. Ni de agrupaciones culturales, deportivas o gastronómicas. Pero igual que todos los años, lo que sí se han exhibido son las fotos y los mensajes de apoyo a los asesinos de varios de nuestros conciudadanos. Concretamente, las de Patxi Ruiz y Alberto Viedma. Asesinos condenados por asesinar. Asesinos de Tomás Caballero y de Paco Casanova. Sí, asesinos. Y reitero tantas veces como sea necesario la palabra asesinos. No vaya a ser que alguien se confunda y piense que son presos políticos. No: son asesinos porque asesinaron. Presos sí que lo son; presos políticos, no. Pero algún día dejarán de ser presos. Lo que nunca dejarán de ser es asesinos. Tal vez algún día se arrepientan de sus actos y deslegitimen públicamente el uso de la violencia. Ojalá, aunque lo dudo, eso llegue a pasar. Por su bien, por el de sus víctimas y por el de toda la sociedad. Aun así, seguirían siendo asesinos. Arrepentidos, pero asesinos. Y a pesar de eso, en este entorno de supuesta defensa de una lengua, se les reivindica constantemente como presos políticos y se les identifica inequívocamente como vanguardia del ámbito identitario de la propia lengua vasca. Flaco favor hacen a la defensa y el fomento del euskera quienes transigen con esta situación y les dan cobijo bajo un paraguas supuestamente cultural.
Y decía que la carrera ha pasado aparentemente sin ninguna novedad, pero para mí este año sí que ha habido un par de diferencias.
La primera, inocente de mí, es que esperaba que después del patoso desliz de Asiron comparando a los asesinos presos con los futbolistas del Alcoyano, tratando después de salir del entuerto acusando de tergiversar sus palabras, claras como el agua, y reculando por fin y disculpándose con el club de futbol, pero no con las víctimas de esos asesinos, esperaba – decía – que este año iban a tener un poco más de cuidado y de decoro sintiendo el foco mediático mas encima de lo habitual. Pero no. Todo lo contrario. Lo que han venido a demostrar es que van con todo. EH Bildu, la izquierda abertzale en general y todas sus organizaciones satélites se sienten – y realmente lo están – más fuertes de lo que nunca han estado. No necesitan esconderse ni disimular. Enseñan orgullosos a sus asesinos y los defienden como gudaris de su causa. Se ciscan en las familias de Tomás Caballero y de Paco Casanova, se ciscan en todas las víctimas del terrorismo, se ciscan en toda la sociedad española y hasta se ciscan en sus propios socios, aunque a veces brinden y sonrían con ellos.
EH Bildu ha pactado con el PSOE y con el PSN para ir ocupando cuotas de poder, pero sin moverse ni un milímetro de su discurso y de su proyecto totalitario y excluyente. Y sin renegar del uso de la violencia, el asesinato y la extorsión. Y esos pactos los conocemos, ahora sí, de boca del propio Santos Cerdán, “el muñidor”, que así lo declaró el 11 de febrero en el Parlamento de Navarra. Ellos siguen sin condenar la violencia y los asesinatos porque no necesitan hacerlo, pero el PSN en el Ayuntamiento de Pamplona y el propio Gobierno de Navarra en palabras de su presidenta María Chivite les dan pellizquitos de monja y les abroncan de vez en cuando por redes sociales. “¡Qué escandalo!! ¡Qué escándalo!”, le decía el capitán Renault a Rick en Casablanca, “he descubierto que aquí se juega”, momentos antes de que el jefe de sala le entregara sus ganancias. La misma hipocresía necesaria para vivir al otro lado de la línea roja que un día se prometió no cruzar. Cobro mis réditos mientras me hago el indignado. Incluso vamos de la mano una vez al año a poner unas flores en el monumento a las víctimas del terrorismo. ¿Qué menos?
Varias asociaciones de víctimas del terrorismo hemos propuesto, como aportaciones a la nueva ley de reconocimiento y reparación a las víctimas del terrorismo, el establecer un régimen sancionador para actos de exaltación y enaltecimiento del terrorismo y para los de humillación a sus víctimas, así como la de retirada de subvenciones y cualquier tipo de aportación o convenio con personas y asociaciones públicas o privadas que sean sancionadas por ello. Vamos a ver la verdadera voluntad de este gobierno en la redacción definitiva de esta ley y si todas sus reacciones al respecto se limitan a las declaraciones en redes sociales o deciden, no ya repudiar a sus socios y romper gobiernos frutos de acuerdos y pactos con quienes no son capaces de decir que matar a nuestros familiares estuvo mal y fue injusto, porque sabemos que eso no va a pasar, pero sí a hacer de una vez algo efectivo para frenar tanta ignominia y tanta humillación como la que tenemos que soportar.
La segunda diferencia o novedad que me ha llamado la atención es la aparición en la carrera a su paso por Pamplona de un pobre chaval, menor de edad, a todas luces, con una camiseta con la foto estampada de uno de estos asesinos, mientras portaba el testigo.
¿Qué tipo de maldad es necesaria para mezclar a una pobre criatura en una causa como esta?
De nuevo hablo de las distintas asociaciones de víctimas y de nuestras reivindicaciones de verdad, memoria, dignidad y justicia, siempre con el afán último de deslegitimar la violencia y de tratar de formar una sociedad basad en la defensa de los derechos humanos, el primero de los cuales es el derecho a la vida.
Nosotros sabemos bien de lo que hablamos, nadie nos tiene que contar nuestra propia historia, porque la hemos vivido. A pesar de nuestro sufrimiento, no solo por la pérdida violenta de nuestros familiares, sino del acoso y aislamiento social en muchas ocasiones, hemos sido educados sin odio y nuestra respuesta ha sido ejemplar ya que nunca hemos usado la violencia contra la violencia.
Cuantas veces se ha empleado la frase de Sebastián Castellio. “Matar a un hombre no es defender una idea, es matar a un hombre”. Yo ya lo he dicho en público en alguna ocasión: hay que saber de qué lado se quiere estar, si del lado del que justifica matar a un hombre por una idea, o del lado que del que considera que ninguna idea justifica matar a un hombre.
Sembrar la semilla del odio, legitimar y ensalzar a asesinos terroristas por el hecho de serlo y de no arrepentirse es un juego peligroso al que le deberíamos tener verdadero pavor y contra el que deberíamos actuar de forma radical y tajante. Si permitimos que se siga educando en el odio y justificando y ensalzando la violencia, inevitablemente cosecharemos de nuevo más odio y más violencia.
No hay mejor plan para la convivencia que deslegitimar de verdad, con acciones y no con declaraciones rimbombantes en redes sociales, el uso de la violencia y la verdadera fascinación hacia su historia que muchos ejercen y otros muchos avalan con sus pactos, sus silencios o sus inacciones.
Todo lo demás, palabras huecas.
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José Ignacio Toca. Presidente de la Asociación Navarra de Víctimas del Terrorismo de ETA









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