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Bildu: menos preguntas y más respuestas
Manuel Sarobe DN 21/02/2026
El Ayuntamiento iruindarra, gobernado por Bildu, ha puesto en marcha una encuesta para conocer la opinión de la ciudadanía sobre la convivencia en la urbe. El objetivo final -dicen- es elaborar un documento que aspira a garantizar una Pamplona democrática, plural y diversa, en la que se promuevan la igualdad, la libertad y el respeto.
La convivencia en nuestra capital se ve alterada, mayormente, por la violencia política y por la delincuencia común. En cuanto a la primera, sorprende que los abertzales formulen preguntas cuya respuesta solo ellos conocen. Y es que, desde tiempo inmemorial, ETA, a través de sus brazos armado y político, ha ejercido aquí el monopolio de la violencia.
Se me ocurren unas cuantas cuestiones. ¿Por qué los ediles de Herri Batasuna dibujaron una diana en la frente de Tomás Caballero, interponiendo una querella criminal contra él? ¿Por qué durante los años de plomo hicieron del casco viejo pamplonés un territorio comanche en el que no regía ni la ley de la gravedad? ¿Por qué se ensañan tanto con nuestros universales Sanfermines, reventando actos tan queridos como el Riau Riau, hasta hacerlo desaparecer del programa oficial; el Chupinazo o la Procesión? ¿Por qué se mantiene en el cargo a un concejal condenado por propinar un puñetazo y morder a un policía municipal, y empujar y patear a otras dos agentes y a una edil? ¿Por qué no cesa una violencia que ha atacado últimamente, con total impunidad, al mundo universitario, a establecimientos turísticos legales, cafeterías y comercios situados en las mismísimas narices del Ayuntamiento? ¿Por qué continúan subvencionándose fiestas de barrio en las que se enaltece a terroristas? ¿Por qué siguen sin condenar a ETA? ¿Por qué …?
Me gustaría saber quién es el iluminado que decidió que Bildu jamás conjugaría el verbo “condenar”, ni siquiera ante los crímenes más atroces. Según la R.A.E., condenar significa “reprobar una doctrina, unos hechos, una conducta, etc., que se tienen por malos o maliciosos”; ¿asesinar no lo es? Aunque lo verdaderamente censurable no es tanto que a alguien se le ocurra semejante majadería, como que todo el rebaño batasuno la acepte con sumisión ovejuna. Ello ha dado lugar, por cierto, a situaciones tan hilarantes como la que llevó a los concejales abertzales del Ayuntamiento de Huarte a ser los únicos que no condenaron unas pintadas ¡contra su propio alcalde bildutarra!
Aunque sea con 27 años de retraso, Joseba Asiron, venciendo el miedo que pueda provocarle el recuerdo del alto precio que pagó Yoyes por desvincularse de la violencia, debería condenar sin ambages el asesinato de Tomás Caballero. Y pedir perdón a su hija María, sentada a escasos metros de él en el salón de plenos, por la responsabilidad que aquellos a quienes él hoy representa tuvieron en la ejecución del político regionalista. Eso sería bastante más de agradecer que los míseros 3.000 euros que el Consistorio ofreció a las víctimas, y que estas rechazaron.
Mis esperanzas de que este alcalde que debemos a Marina Curiel, Xavier Sagardoy, Eloy Del Pozo y Nuria Medina lo haga son escasas. Tampoco le forzarán a ello unos socialistas cuya desmedida ambición por el poder, o sea, por la pasta, les ha llevado a apoyar a los verdugos y a abandonar a las víctimas, traicionando así los históricos valores y principios de su partido.
Entre tanto, si yo fuera víctima, me negaría a blanquear al jatorra -para eso ya está el PSN- compartiendo con él actos como el celebrado con ocasión de la colocación en el Parlamento de la placa en memoria de los asesinados por ETA vinculados a Navarra, en el que se vio a Joseba en primera fila, con un par.
Avergüenza que la vieja Iruña esté presidida por quien carece de las virtudes que adjetivan a nuestra ciudad como “muy noble, muy leal y muy heroica”.
Y luego está la delincuencia común. Tampoco aquí las cosas pintan bien. Los informes semanales de las intervenciones de los cuerpos de seguridad asustan. Se multiplican unas peleas en las que cada vez refulgen más armas blancas. Vecinos aterrorizados muestran su hartazgo ante narcopisos, bajeras okupadas y asentamientos ilegales, fuente diaria de conflictos. Según informa la Policía Municipal capitalina, la tasa de criminalidad en Pamplona aumentó el año pasado un 5,4%; se duplicaron las denuncias por delitos de odio; las agresiones sexuales con penetración pasaron de 8 a 14; los robos con violencia subieron un 40%; los delitos de lesiones un 9%, los de malos tratos un 3%…
Si Joseba Asiron viviera en Pamplona, o se molestara, al menos, en hojear la prensa local o en leer los informes de su propia policía, no tendría necesidad de preguntar nada, y podría dedicar sin más dilación todos sus esfuerzos en poner orden en una ciudad que definitivamente se le está yendo de las manos.





















