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viernes, 21 de diciembre de 2012

Mis murallas (y 3): Iñaki Lacunza

1. Con los cordeleros
Durante toda mi infancia formaron parte del paisaje del Redín. Todavía lo estoy viendo al señor Elizari, andando hacia atrás, sacando de su cinturón de esparto las hebras que luego, milagrosamente, se convertirían en cuerdas.
Con todos los hermanos que éramos (y bastante moviditos), a pesar de tener que compartir el espacio del Redín, jamás tuvimos el más mínimo roce con los Elizari. Guardaban la mayor parte de aperos en la caseta de piedra, pero alguna vez, bajaban por el túnel que va al pie de la muralla y abrían el portón. Y me dejaban curiosear.
Quienes sí tuvieron algún problemilla eran mis hermanas. Algunas veces, cuando pasaban debajo de las cuerdas, que giraban a gran velocidad, sus melenas quedaban enganchadas y tenían que parar la rueda.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Pamplona: Mis murallas (2)

Vaya pedazo de "madre". ¡Más vale que no saltaba!
Juegos de chicos
Mientras, siempre en el Redín, las chicas leían cuentos de hadas o saltaban a la cuerda acompañándose de canciones preciosas, de romances antiguos (hay un libro de Alejandro Ciarra de largo título: "Canciones populares infantiles en las calles de Pamplona. Años 40").., los chicos jugábamos a "tijerica tijerón, cazuelica cazuelón", "tres navíos en la mar", "a la una saltaba la mula"... La que más me gustaba era "Allá arribica, arribica", una variante de "a la una saltaba la mula". Creo que era así:
Allá arribica, arribica
había una montañica,
en la montañica un árbol,
en el árbol una rama,
en la rama una hoja,
en la hoja un nido,
en el nido 4 huevos,
que son: blanco, rojo, azul y negro.
Cogí el blanco y me quedé manco (había que saltar "a la mula" con una sola mano).
Cogí el rojo y me quedé cojo (se añadía a lo anterior saltar con un solo pie).
Cogí el azul y me quedé tuerto y descalabráo (una mano, un pie, un ojo tapado y estornudando. Con ésta nos partíamos el culo de risa).
Cogí el negro y me quedé bueno (recuperabas felizmente todas tus funciones).

Pero también había juegos mixtos (los que tenían que ver con la cultura). La mula bajaba la altura (para que saltaran las chicas sin enseñar nada) y quien mandaba decía: "¡países europeos! ¡marcas de coches!..." yo, cuando ya no sabía más marcas, solía decir "el haiga".

La edad de piedra
Para cuando McLuhan, en los años 60, lanzó aquello de que el medio era el mensaje, nosotros, unos años antes, ya lo intuíamos. En aquellos años no nos comunicábamos tanto mediante símbolos (la palabra...), sino por señales (las que nos dejaban en la cabeza las piedras que nos servían de medio de comunicación). Ahora nos mandamos correos, sms, wasaps... antes nos decíamos lo mismo, aunque de modo más contundente.
Por ejemplo:
1. Fani era una chica muy guapa y, un día que estaba ella con tres amigas mayores, quise llamar su atención. Como no podía tirarle los tejos (ya que ese árbol no se daba en el Redín), busqué una piedrecita sin aristas, lo más redondita posible (poco más que una canica) y la lancé rodando por el suelo hacia el grupo de amigas. Con tan mala fortuna que la piedra dio en el tobillo de la hermosa Fani, quien rompió a llorar.
La respuesta a mi cariñoso mensaje vino por parte de Gumersindo Bravo, sí, el Maestro Bravo, quien, erigiéndose en portavoz del grupo de amigas, dejó de lado las corcheas y me lanzó un par de pedruscos (que esquivé mientras corría hacia la Plazuela de San José) acompañados de una palabra que no entendí: "¡cafre!"
Según escapaba, me decía a mí mismo: "será cofre, se habrá equivocado". Pero, ya en casa, enseguida mi hermano mayor, que siempre fue muy sabio, me ilustró: "son una tribu africana muy bestia".
2. Iñaki (creo). Nunca he entendido cómo aquel chico, algo menor que nosotros, se acercó y nos dijo: "¡a que no me pegáis con una piedra!". Seguramente (lo pienso ahora), pretendía que lo acogiéramos en el grupo, pero entonces no caímos en la cuenta. Se quedó quieto parau a escasos metros y empezamos a tirarle. No había manera, ¡las esquivaba todas! Cogí una piedra alargada, en forma de D (aún la estoy viendo) y le di en mitad de la cabeza.
Para cuando, horas más tarde, llegamos a casa, a mi padre ya se lo habían contado y quería que le acompañara a la casa del chico para pedir perdón. Me negué: "¿por qué? ¡Si nos ha pedido que le tiráramos piedras!". Tuvo que suplantarme mi hermano pequeño. (Nota: algunos años más tarde, él bien lo sabe, le devolví el favor a mi hermanico).
3. Le llamábamos "Fou-fou". No sé de dónde había salido aquel chico francés (creo que era sobrino de algún canónigo), pero, mirad el mote, aún estaba más loco que nosotros. Un día propusimos hacer una guerra entre franceses y españoles. Quizás no entendió bien (él era el único francés), pero aceptó. A pedradas logramos echarlo del Redín, pero él, pasando la puerta de Zumalacárregui y sin atravesar el puente levadizo, se atrincheró en lo que se llama Baluarte bajo del Pilar. Entretenidos como estábamos en la guerra contra el gabacho, no nos percatamos de que teníamos detrás al japi (el guarda. Curiosamente este término no aparece en el Diccionario de Iribarren). "¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives?" Y todos dijeron la verdad. Yo, sin vacilar, dije: "Curia, 25, 1º". Cuando luego fui a ver, comprobé que tras las persianas venecianas verdes del 25, 1º, ¡vivía otro guardia!
En casa, por haber manchado el honor familiar, ya os podéis imaginar...

domingo, 25 de noviembre de 2012

Pamplona: Mis murallas (1)

Éstas, las del Redín, fueron nuestras murallas hasta los 10 años

Introducción
Hace unos días asistí a una conferencia de Juan José Martinena sobre las murallas de Pamplona. En un tono coloquial, amenizado por antiguas imágenes del Archivo Municipal de Pamplona, fue desgranando sus vivencias en las murallas, vivencias salpicadas de anécdotas que consiguieron retrotraernos a aquellos tiempos infantiles en los que las murallas fueron nuestro lugar de juegos y aventuras.
Hablando de travesuras, nos contó que en la parte Este del Fortín de San Bartolomé, en el túnel situado en el foso, solía estar el famoso Agustín, y que ellos, al salir de Escolapios, iban a tomarle el pelo diciéndole que se había muerto Marisol u ofreciéndole algún inexistente "cigarrico".
Martinena consiguió que volviera a ver a aquel chaval de pantalón corto con un trozo de pan y una pastilla de chocolate corriendo hacia el Redín, logró que todos desolvidáramos viejos recuerdos de nuestra infancia y recordáramos nuestras murallas.

Mi padre
Debía de ser en verano, cuando las tardes son largas. Volvía del trabajo y venía al Redín, donde estábamos sus hijos (en aquellos años llegamos a ser 9). Sentado, cogía a los dos más pequeños, uno en cada pierna, y nos contaba algún cuento: "¿veis aquel monte? -señalando a lo que luego supe que era el Malcaiz-. Pues hay allí una cueva en la que viven unos ladrones..."
Aquellos ratos eran deliciosos. A la tarde siguiente estábamos esperando que apareciera sonriente por la calle del Redín.

¿Cómo estamos vivos?
Por aquellas murallas cayeron por aquellos años unas cuantas personas: La Nicuesa, Bengoa... Bengoa era un hombre muy interesante. Tenía un anteojo y solía colocar antenas de radio cerca del precipicio. Una mañana cayó. Yo vi cuando lo subían por el túnel en camilla. Iba con todo el cuerpo magullado, negra y roja la cara. Y rezaba.
Recuerdo otro caso mucho más leve. Había llegado la Vuelta Ciclista y desde una avioneta tiraban pastillas de jabón Chimbo en pequeños paracaídas (ahora dudo* de si eso del jabón Chimbo no será fruto de mi imaginación). Aquel joven, corriendo por coger uno de ellos, no se percató del murete que protege el túnel y cayó por la parte más cercana a la puerta.
*Nota 09.07.20 
Mi amiga Ana Olaverri me lo confirma: "Nooooo... fue real como la vida misma. Recuerdo el regocijo de los chavales -como nosotros-, viendo caer aquellos paracaídas de papel, con regalos.
Fue un auténtico espectáculo!!! Muy bueno lo del Gargantúa. Efectivamente fue en la vuelta ciclista. Patrocinaba entre otros, Coca-Cola. Y además de jabones Chimbo, una avioneta dejó caer en el tejado de nuestra buhardilla de la calle Compañía, botellitas de plástico del color de la coca-cola, que pudimos coger porque cayeron a lado de nuestras ventanas."

Hasta el 57 o 58 aún no habían levantado el muro protector que hoy, renovado, está a la altura del Caballo Blanco. Así, cuando el balón se escapaba rodando hacia la muralla, había que darse prisa (y jugarse el pellejo) para cogerlo. Porque si caía, había que dar toda la vuelta por el Portal de Francia.


Pues bien, éramos, con 6, 7 u 8 años, tan inconscientes del peligro, que un día (cuando todavía no existía el muro protector), no se me ocurrió mejor idea que colgarme del borde de la muralla, en la parte de mayor altura. Pero lo peor fue que mi hermano pequeño (año y medio menor que yo; no tendría ni 7) también se colgó y me retó: "¡A ver quién aguanta más!". Más vale que me entró un poco de cordura y dándome cuenta de que cuanto más tiempo estuviéramos colgados en el vacío, más nos iba a costar subir, luego, a pulso, dije: "me rindo". Y subimos los dos.
Pero a todo hay quien gane: cuando terminaron el muro, un chaval a quien no conocía (luego, me dijo que era de Valencia) se pegó, desde la esquina norte del muro hasta su terminación, una vertiginosa carrera (nunca mejor dicho) por su parte superior, con el vacío a su izquierda. Fue una impresionante y anónima inauguración.
Cada vez que me asomo ahora por ese muro, alucino con lo que hacíamos y de que aún estemos vivos.
Un juego muy divertido, los días de lluvia, bajo el frontón de la catedral, era intentar recorrer, con los pies en la cornisa y la tripa contra la pared, la estrecha cornisa que a 50 cm. del suelo recorre la fachada de la catedral. Eran sobre todo difíciles los semicírculos.
Más arriesgado era subir las gigantescas columnas colocando un pie en una y el otro en la otra. Esta técnica nos vino de maravilla años después, estando de monaguillos en Los Caídos, cuando bajaba a la cripta Vicente, el sacristán, pidiendo un monaguillo para ayudar a una misa y no nos encontraba, ya que nos habíamos subido por las paredes del estrecho pasillo. Pasaba jurando ("¡estos cabrones..!") por debajo de nosotros y teníamos que aguantarnos la risa para no caernos.

Mis estudios sobre la gravedad
ventana catedral
cañonera Portal de Francia
Yo, a esas edades, aún no me había enterado de que, si saltaba desde un metro de altura, me hacía menos daño que si saltaba de dos. Así que me puse a experimentar. Primero fueron las escaleras del atrio de la Catedral: una, dos, tres... me parecía todo los mismo. Luego me subí a la ventana que tiene la torre norte y que mira hacia la que era entonces Escuela de Magisterio. Y salté desde ella. Había aprendido la técnica de caer sobre las puntas de los pies y flexionar las rodillas. Tampoco tuve ningún problema.
Así que me fui a la cañonera del Portal de Francia, la que mira hacia la cuesta. Y salté. A pesar de mi depurada técnica (ahora lo entiendo), me hice gran daño en los pies. Y, lo peor, me di con la mandíbula en las rodillas.
Por fin había entendido la gravedad.
Pero se ve que no había escarmentado. Mucho tiempo después, con unos 20 años, un amigo me inmortalizó intentando ponerme cabeza abajo en el pequeño pilar, sin asideros, que está a la derecha (según se mira la placa) y por encima de la Placa de Zumalacárregui. Entre que no calculé bien el impulso y los nervios del fotógrafo, ésta es la lamentable imagen que podéis observar. (Continuará)