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| Vaya pedazo de "madre". ¡Más vale que no saltaba! |
Juegos de chicos
Mientras,
siempre en el Redín, las chicas leían cuentos de hadas o saltaban a
la cuerda acompañándose de canciones preciosas, de romances
antiguos (hay un
libro de Alejandro Ciarra de largo título:
"Canciones populares infantiles en las calles de Pamplona. Años
40").., los chicos jugábamos a "tijerica tijerón,
cazuelica cazuelón", "tres navíos en la mar", "a
la una saltaba la mula"... La que más me gustaba era "Allá
arribica, arribica", una variante de "a la una saltaba la
mula". Creo que era así:
en la montañica un árbol,
que son: blanco, rojo, azul y negro.
Cogí el blanco y me quedé manco
(había que saltar "a la mula" con una sola mano).
Cogí el rojo y me quedé cojo (se
añadía a lo anterior saltar con un solo pie).
Cogí el azul y me quedé tuerto y
descalabráo (una mano, un pie, un ojo tapado y estornudando. Con ésta nos partíamos el culo de risa).
Cogí el negro y me quedé bueno
(recuperabas felizmente todas tus funciones).
Pero también había juegos mixtos (los que tenían que ver con la
cultura). La mula bajaba la altura (para que saltaran las chicas sin
enseñar nada) y quien mandaba decía: "¡países europeos!
¡marcas de coches!..." yo, cuando ya no sabía más marcas,
solía decir "el
haiga".
La
edad de piedra
Para
cuando McLuhan, en los años 60, lanzó aquello de que el medio era
el mensaje, nosotros, unos años antes, ya lo intuíamos. En aquellos
años no nos comunicábamos tanto mediante símbolos (la palabra...),
sino por señales (las que nos dejaban en la cabeza las piedras que
nos servían de medio de comunicación). Ahora nos mandamos correos,
sms, wasaps... antes nos decíamos lo mismo, aunque de modo más
contundente.
Por
ejemplo:
1. Fani
era una chica muy guapa y, un día que estaba ella con tres amigas
mayores, quise llamar su atención. Como no podía tirarle los tejos
(ya que ese árbol no se daba en el Redín), busqué una piedrecita
sin aristas, lo más redondita posible (poco más que una canica) y
la lancé rodando por el suelo hacia el grupo de amigas. Con tan mala
fortuna que la piedra dio en el tobillo de la hermosa Fani, quien
rompió a llorar.
La
respuesta a mi cariñoso mensaje vino por parte de
Gumersindo Bravo,
sí, el Maestro Bravo, quien, erigiéndose en portavoz del grupo de
amigas, dejó de lado las corcheas y me lanzó un par de pedruscos
(que esquivé mientras corría hacia la Plazuela de San José)
acompañados de una palabra que no entendí: "¡cafre!"
Según
escapaba, me decía a mí mismo: "será cofre, se habrá
equivocado". Pero, ya en casa, enseguida mi hermano mayor, que
siempre fue muy sabio, me ilustró: "son una tribu africana muy
bestia".
2. Iñaki (creo). Nunca
he entendido cómo aquel chico, algo menor que nosotros, se acercó y
nos dijo: "¡a que no me pegáis con una piedra!".
Seguramente (lo pienso ahora), pretendía que lo acogiéramos en el
grupo, pero entonces no caímos en la cuenta. Se quedó quieto
parau a escasos metros y empezamos a tirarle. No había manera,
¡las esquivaba todas! Cogí una piedra alargada, en forma de D (aún
la estoy viendo) y le di en mitad de la cabeza.
Para
cuando, horas más tarde, llegamos a casa, a mi padre ya se lo habían
contado y quería que le acompañara a la casa del chico para pedir
perdón. Me negué: "¿por qué? ¡Si nos ha pedido que le
tiráramos piedras!". Tuvo que suplantarme mi hermano pequeño.
(Nota: algunos años más tarde, él bien lo sabe, le devolví el
favor a mi hermanico).
3.
Le llamábamos "
Fou-fou". No sé de dónde había salido
aquel chico francés (creo que era sobrino de algún canónigo),
pero, mirad el mote, aún estaba más loco que nosotros. Un día
propusimos hacer una guerra entre franceses y españoles. Quizás no
entendió bien (él era el único francés), pero aceptó. A pedradas
logramos echarlo del Redín, pero él, pasando la puerta de
Zumalacárregui y sin atravesar el puente levadizo, se atrincheró en
lo que se llama
Baluarte bajo del Pilar. Entretenidos como estábamos
en la guerra contra el gabacho, no nos percatamos de que teníamos
detrás al
japi (el guarda.
Curiosamente
este término no aparece en el Diccionario de Iribarren). "¿Cómo te llamas? ¿Dónde
vives?" Y todos dijeron la verdad. Yo, sin vacilar, dije:
"Curia, 25, 1º". Cuando luego fui a ver, comprobé que
tras las persianas venecianas verdes del 25, 1º, ¡vivía otro
guardia!
En casa, por haber manchado el honor familiar, ya os podéis
imaginar...