jueves, 9 de marzo de 2023

¡Que San Francisco Javier te sane!

Creía que ya había hecho el cupo con mis años de monaguillo y seminario, pero  el martes, tras leer el artículo de Iturralde y Suit, peregriné hasta el Parque de Yamaguchi, me planté ante la escultura de Aizcorbe, e imitando al anciano del relato, dije alto y claro: "¡Que San Francisco Javier te sane!".
¡Paisano y tocayo, a ver si te portas!
Iturralde y Suit y su grabado de Miluce
Este artículo de Juan Iturralde y Suit (1840-1909) empezó a publicarse, por entregas, en "Lau-Buru: Diario de Pamplona", en abril de 1983. Y lleva esta dedicatoria: "A mi respetado y querido amigo D. Francisco Navarro Villoslada". Estoy convencido de que, cuando D. Francisco (1818-1895) lo leyó, pensó para sí: "Qué jodido, me imita tan bien que ni se nota".
Si queréis leerlo completo, aquí lo tenéis.
Iturralde y Suit nos garantiza, aunque sea de modo figurado, que desde tiempo inmemorial se ha peregrinado al Castillo de Javier. La de 1886 fue la 1ª oficial, pero desde 1621-24, cuando fue canonizado, proclamado "patrono de Navarra" y ratificado por las Cortes, tuvieron que empezar las peregrinaciones.

UNA VISITA AL CASTILLO DE JAVIER
(ANTES DE SU RESTAURACIÓN)
I
Pocos años hace que en compañía de un amigo llegábamos a la histórica ciudad de Sangüesa, de paso para el Monasterio de Leyre. El objeto de nuestro viaje era visitar este renombrado y antiquísimo cenobio; leer entre sus ruinas venerandas algo de su grandioso pasado; y hacer una monografía del en otro tiempo célebre, y hoy olvidado monumento, panteón de nuestros Reyes y refugio de nuestra independencia en los tiempos medios.
Baleztena y Gallico, en remolque, camino de Leyre
Después de descansar una noche en Sangüesa, montamos a caballo y precedidos de nuestros guías, dejamos la carretera y dirigímonos a través de solitarios campos hacia la sierra de Leyre, que por encima de áridas colinas mostraba sus azuladas crestas.
Dos horas haría que habíamos emprendido nuestra marcha, cuando divisamos un grupo de campesinos que lentamente caminaban en la misma dirección que nosotros. Componíanlo dos robustos jóvenes, un anciano que se apoyaba con trabajo en nudoso palo; un rapazuelo que llevaba del ramal a un asno; y una mujer en cuyo demacrado rostro se retrataba el sufrimiento y que iba sentada, o, mejor dicho, echada sobre el manso animal.
La cuesta que subíamos era áspera y nuestros caballos daban señales de fatiga; abandonamos, pues, las riendas y nos dedicamos únicamente a la contemplación del paisaje, que, a decir verdad, tenía poco de risueño. En derredor nuestro se elevaban colinas pedregosas, tapizadas de retorcidos arbustos y cortadas por barrancos, cuyo fondo cubierto de guijarros y cantos rodados, indicaba claramente la violencia de los turbiones durante la estación lluviosa; algunos grupos de árboles se elevaban de trecho en trecho, interrumpiendo la monotonía de líneas y colores de aquellas soledades, y no muy distantes se divisaban, como ya se dijo, la sierra de Leyre y las montañas de Aragón, que separa y limita por ambos lados la canal de Verdún.
Castellar de Javier; al fondo, Sierra de Leyre
Rato hacía que nos entregábamos en silencio a la contemplación de aquella agreste naturaleza cuyo severo y triste aspecto parecía reflejarse en nuestros pensamientos; nuestros caballos se paraban cada vez con más frecuencia para arrancar las yerbas aromosas que pisaban; los guías tarareaban algunas coplas populares y nosotros dejábamos errar distraídas la vista y la fantasía, al arrullo monótono de aquellos cantares, cuando el grupo de labradores que a cierta distancia nos precedía, y estaba entonces en la cresta de la colina, se detuvo, mientras que el anciano alargando su brazo hacia adelante, y descubriéndose, exclamó con voz fuerte: “¡El Castillo!„. A esta voz se incorporó la enferma, quitáronse todos las boinas e hincaron en tierra sus rodillas (1).
Sancián, iglesia y estatua del santo
(1) Es costumbre inveterada en el país que cuantos individual o colectivamente, marchan con fines piadosos a Javier, al llegar a la altura desde donde se divisa el Castillo, cuna del Santo Apostol, se descubran, arrodillen y recen una oración.
En aquel momento llegamos a su lado y observamos con curiosidad aquella escena cuya significación ignorábamos, pero que sin embargo nos inspiraba respeto. El anciano rezaba en alta voz; su familia le contestaba fervorosa y las miradas de todos se dirigían al mismo punto. Los ojos de la pobre enferma brillaban con la luz de la esperanza; y su semblante hasta entonces triste, reflejaba inmenso júbilo.
Descubrímonos nosotros también; escuchamos silenciosos las oraciones de aquellas pobres gentes y unimos nuestras plegarias a las suyas.
Después de concluído el rezo,
—¡Que San Francisco Javier te sane!„—dijo el anciano, levantándose y dirigiéndose a la mujer.
—Amén!—exclamó el grupo de campesinos.
—Amén!—repetimos nosotros conmovidos.

Altadill 1883
Las primeras palabras que oímos al llegar a aquel sitio y las que el viejo acababa de pronunciar, nos dieron la clave del enigma. Efectivamente: a corta distancia se divisaba un vetusto castillo, cuyos muros festonados de almenas, revelaban la morada feudal, al pie de la cual se agrupaban algunas casas de pobrísima apariencia.
Este era el pueblecillo de Javier: el Castillo, la cuna de San Francisco, El Apostol de las Indias y del Japón.
A los pocos momentos, después de bajar una áspera pendiente, llegábamos al pueblo y atravesando, por entre dos hileras de miserables casas, una mal llamada calle, cubierta de guijarros y maleza, nos apeábamos a la puerta del Castillo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha encantado la historia 👏👏👏

Anónimo dijo...

Me Ha Emocionado Ésta Historia, Ojalá,San Francisco Javier La Sanara A La Mujer