jueves, 13 de octubre de 2022

El ‘cementerio de las botellas’ (en San Cristóbal)

A 500 METROS DEL FUERTE. El cementerio «provisional» de San Cristóbal se construyó en la ladera norte del monte, a unos 500 metros del recinto fortificado. El primer entierro tuvo lugar el 15 de mayo de 1942. En la fotografía aérea —de hace varias décadas— se distingue perfectamente el perímetro del camposanto, en la esquina inferior derecha. Hoy la ladera presenta una vegetación alta y tupida que lo oculta.
Para quien busca aliviar su sed de verdad sobre la prisión del Fuerte de San Cristóbal, este artículo que escribió Javier Marrodán hace 16 años es una buena fuente.
Cementerio de las botellas. En 2006, invisible. En 2021, se distingue perfectamente.
Entre mayo de 1942 y julio de 1945, los 131 reclusos que murieron en el fuerte de San Cristóbal fueron enterrados en un sencillo cementerio habilitado en la ladera norte. El camposanto acumula 60 años de abandono, pero se conserva la relación de todas las personas inhumadas.

El ‘cementerio de las botellas’                                        por Javier Marrodán DN 21.05.2006
JOSÉ Pérez Muñecas fue un camarero de Paterna (Cádiz) que murió en el fuerte de San Cristóbal el 18 de julio de 1944. Tenía 42 años, estaba casado y era padre de dos hijos. El parte médico sólo indica que expiró de forma «repentina» a consecuencia de un «colapso cardiaco». Florentino del Río Rodríguez falleció once días después. Había nacido en Feleches, un pueblecito asturiano que hoy suma 27 vecinos. Era soltero, tenía 22 años y había trabajado como minero. La causa de su muerte fue una tuberculosis pulmonar. Juan Antonio Pascual Arriola era argentino, de Buenos Aires. Estuvo enrolado en un barco y acabó compartiendo con los dos anteriores la arquitectura militar y aislada de San Cristóbal. Murió el 22 de septiembre de 1944. También padecía tuberculosis.
Es muy complicado reconstruir sus biografías. Se sabe que en algún momento fueron detenidos, que estaban enfermos o que enfermaron en prisión, y que los condujeron al fuerte de San Cristóbal, que había adquirido la condición de «sanatorio penitenciario» al acabar la guerra civil (en 1942). Sus restos se encuentran desde hace más de 60 años en el cementerio «provisional» que se construyó en 1942 en los alrededores del recinto. 
SEIS DÉCADAS DE ABANDONO. El abandono del 
cementerio de San Cristóbal es análogo al que han sufrido 
algunos camposantos de pueblos deshabitados. El muro 
superior se ha derrumbado en varios tramos y las piedras
 se han desplazado debido a la pendiente del recinto

El camposanto funcionó durante tres años y hoy acumula medio siglo de abandono. La maleza ha invadido su interior, algunos muros se han derrumbado y nada recuerda que allí fueron inhumadas los cadáveres de 131 personas. Sin embargo, los libros que se conservan en el Archivo Diocesano guardan memoria exacta de aquellos muertos: de sus nombres, de sus edades, de su procedencia, de su estado civil y a veces de su profesión. Las sucesivas anotaciones revelan que entre los fallecidos había uno que murió a los 93 años —Juan Rubio Romero, de Torrecampo (Córdoba)— y nueve que no llegaban a los 25. El único pamplonés es Teodoro Alonso Martínez, que vivía en Benicarló antes de ser encarcelado. Murió el 27 de junio de 1944, a los 41 años. El último enterramiento tuvo lugar el 3 de julio de 1945. El fallecido era Pedro Costa San, de 38 años, natural de un pueblo de Gerona.

Fuerte, prisión y polvorín
El cementerio de San Cristóbal es un capítulo más en historia del monte que protege por el norte la capital navarra. En un plano de 1795 que se conserva en el Servicio Histórico Militar se detallan las fortificaciones que existían entonces en la cima, pero el recinto faraónico de la actualidad se empezó a construir al terminar la tercera guerra carlista (18721876). El objetivo era doble: se trataba de instalar un potente asentamiento artillero que permitiera batir con eficacia toda la cuenca de Pamplona y de crear un conjunto capaz de resistir un asedio de varios meses. Las obras arrancaron en 1878 y terminaron en 1917.
OCULTO POR LA MALEZA. El acceso al camposanto
es hoy más complicado que hace sesenta años, aunque
todavía se intuye el recorrido del antiguo camino.
El muro que se distingue al fondo de la fotografía
es el que cerraba el cementerio por la parte inferior.
En el interior del recinto han crecido los arbustos 
y los
 árboles. Nada permite intuir que en el subsuelo descan-
san los restos de 131 personas que murieron en el fuerte.
No es fácil hacerse una idea de las dimensiones y del diseño del fuerte. El conjunto está pensado para albergar simultáneamente a 1.200 personas. Su exterior discreto, camuflado por toneladas de tierra, oculta varios kilómetros de fosos y de galerías. Además de los alojamientos, las oficinas, la capilla o los calabozos, el recinto disponía de depósitos de agua, de un sistema de alcantarillado y de hornos para hacer pan. Las casamatas destinadas a la artillería tenían capacidad para alojar 93 piezas de acción exterior (80 cañones, tres obuses ydiez morteros). El historiador Ángel Marrodán Vitoria, que ha estudiado con detalle su construcción y su funcionamiento, afirma que fue la fortificación más importante de su género en España. Fue bautizado con el nombre del rey Alfonso XII. El monarca había visitado las obras el 7 de agosto de 1884, aprovechando una estancia en el balneario de Belascoáin.
La etapa estrictamente militar de San Cristóbal no fue muy larga. En octubre de 1934, el fuerte pasó a depender del Ministerio de Gracia y Justicia y quedó convertido en una inmensa prisión. Eran los años de la II República y entre los reclusos que estrenaron el penal se encontraban algunos de los participantes en la llamada revolución de Asturias. El recinto no abandonaría su carácter penitenciario hasta 1945, cuando el Ejército volvió a hacerse cargo de él: fue utilizado durante décadas como polvorín y los últimos soldados lo dejaron en 1991. En noviembre de 2001 fue declarado bien de interés cultural.

La figura de José Manuel Pascual (1938-42)
8-3-1942.
La historia que conduce al cementerio «provisional» arranca el 1 de diciembre de 1938 cuando el entonces obispo de Pamplona, el salesiano Marcelino Olaechea Loizaga, nombró capellanes de la prisión a los sacerdotes José Manuel Pascual Hermoso de Mendoza y Román Lezáun. José Manuel Pascual era de Etayo, tenía 36 años, y había sido coadjutor en Ororbia. Algunas personas que lo trataron dicen que fue «un sacerdote excepcional, un hombre lleno de celo, atento y meticuloso en su trabajo». El libro "Navarra 1936. De la esperanza al terror", editado por Altaffaylla, recoge algunos recuerdos de su época en San Cristóbal: «Lo primero que hice, cuando llegué de capellán al fuerte, fue solicitar contacto directo con los presos, en grupos de 30 o 40, y me hice cargo de sus quejas y de sus cosas. El grupo siguiente subió con un guardián; yo comienzo a saludarles (entonces yo era joven, bastante alegre) y empecé a interesarme y a contarles chistes. Ellos, que estaban en una situación de represión tremenda, al ver que iba allí un hombre que se les abría, rompieron filas y me rodearon todos». 
Jacinto Ochoa, dos fugas del Fuerte
Jacinto Ochoa Marticorena, de Ujué, preso en San Cristóbal en diferentes épocas, tiene buenas palabras para José Manuel Pascual en el volumen citado: «El nuevo capellán tuvo un valor: humanizar el trato y que se no se maltratara habitualmente a la gente. Te daban buen trato después. Para mí el fallo estaba en que estaban muy imbuidos en la conquista de las almas».
José Manuel Pascual afrontó su trabajo pastoral en San Cristóbal como si el fuerte fuera una parroquia. Llevó un libro de bautismos, otro de matrimonios y otro de defunciones. El tercero es el que ofrece mayor información: recoge todos los fallecimientos que se produjeron en el fuerte entre 1938 y 1945. Sólo en algunos casos aparece detallada la causa de la muerte, casi siempre la misma: «colapso cardiaco por tuberculosis pulmonar».
El historiador José María Jimeno Jurío publicó en 1978 una serie de reportajes sobre el fuerte de San Cristóbal en la revista Punto y hora de Euskalherria. Buena parte de aquellos textos tenían el propósito de denunciar las falsedades contenidas en el libro La Gran Fuga, escrito por el controvertido falangista Ángel Alcázar de Velasco, que se encontraba preso cuando tuvo lugar la multitudinaria evasión de 1938, de la que mañana se cumplen 68 años. 
Jimeno Jurío
Pero los reportajes también ofrecen información detallada de los muertos del fuerte. «Entre mayo de 1937 y julio de 1945 —dejó escrito Jimeno Jurío— murieron en el fuerte un total de 307 personas. Teniendo en cuenta que durante mucho tiempo fue San Cristóbal sanatorio para prisioneros enfermos del pulmón procedentes de otras cárceles del Estado español, no extrañará que un porcentaje elevadísimo de muertes sean debidas a tuberculosis». El historiador, que manejó actas del Juzgado y los libros de la capellanía, cree que las «muertes por enfermedad» están registradas «objetivamente», a diferencia de algunas ejecuciones que se perpetraron en secreto. También él piensa que la vida en el fuerte cambió sustancialmente con el nombramiento de José Manuel Pascual: «Con él [llegaron] la distensión, el aperturismo, la comunicación más amplia con los familiares, el sol de la esperanza, el aleluya posible dentro de una prisión».

Una botella junto a cada muerto
EL PLANO DEL CAMPOSANTO. Los capellanes del
«sanatorio penitenciario» de San Cristóbal fueron 
situan-
do sobre un plano el lugar de los sucesivos enterra-
mientos. El recinto tenía un espacio reservado 
para
 el cementerio civil, algo habitual en aquella época
Inicialmente, los capellanes dispusieron que los presos fallecidos fueran enterrados en los pueblos de los alrededores. Hubo inhumaciones en Ansoáin, Berriozar, Berriosuso, Berrioplano, Aizoáin, Añézcar, Elcarte, Artica, Loza, Larragueta, Ballariáin, Oteiza y Barañáin. En la primavera de 1942 se construyó el cementerio, a unos 500 metros del cuartel, en una ladera que entonces ofrecía un aspecto despejado y que hoy presenta una vegetación tupida, a veces inexpugnable. El camposanto miraba a los pueblecitos de Garrués, Orrio o Eusa, pero hoy es indetectable desde la distancia. No hay cruces ni lápidas en su interior, pero se conserva un plano donde figuran, numeradas, todas las tumbas. Hay también una relación de caligrafía esmerada donde se detalla en qué fila y en qué fosa fue enterrada cada persona. La distancia que separa el fuerte del cementerio probablemente sea consecuencia de las medidas que impuso Floridablanca en tiempos de Carlos III: fue entonces cuando los enterramientos se empezaron a alejar de los núcleos habitados.
Cementerio de las botellas. SITNA 1927-2021. Hoy se ve bien el camino de acceso
En los reportajes citados, José María Jimeno Jurío recoge un nombre popular que se le dio al discreto camposanto: el cementerio de las botellas. La denominación tuvo su origen en una costumbre quizá apócrifa: la de enterrar junto a los cadáveres una botella de cristal que contenía un papel con la identidad y otros datos personales de los finados.
El pasado 28 de abril se anunció en una rueda de prensa que las familias de seis de los muertos han solicitado la exhumación de los restos y que la sociedad Aranzadi se ha ofrecido a realizar las excavaciones a partir del próximo mes de junio.
La relación completa de las 131 personas enterradas en el cementerio se puede consultar en : www.diariodenavarra.es/documentos/sancristobal

Bautizos y bodas en la prisión de San Cristóbal
LA RELACIÓN DE LOS FALLECIDOS. Entre el 15 de
mayo de 1542 y el 3 de julio de 1945 fueron inhumados
en el cementerio de San Cristóbal los restos de 131 personas.
Los libros de la capellanía se guardan en el Archivo 
Dioce-
sano.Hay también una relación detallada de los muertos.
En el Archivo Diocesano se puede consultar el Libro de Defunciones de la Prisión Central Fortaleza de San Cristóbal de Pamplona, pero también los libros de bautismos y de matrimonios que llevaron los capellanes del fuerte. Ambos sacramentos se administraron con frecuencia desigual.
De acuerdo con las anotaciones de los capellanes, hubo cuatro bautizos. El primero tuvo lugar el 24 de septiembre de 1939: fue admitido en la Iglesia católica un recluso de apellido indescifrable nacido en Tetuán, en «el Marruecos español». El padrino fue José Figueroa, director de la prisión. El 14 de enero de 1940 recibió el bautismo un niño de cuatro días, hijo de Daniel Fortea Escudero, de Miranda de Ebro (Burgos),y de Carmen Achaval Aguirre, de Ea (Vizcaya). En el libro se lee que la madre es «residente» de la fortaleza, pero no de detalla nada más. Los dos últimos bautismos se celebraron el 2 de enero de 1942. Fueron madrinas María Camino Sanz Orrio y Rosario Arraiza Jaurrieta, de familias conocidas en la Pamplona de la época.
La capilla del fuerte acogió 34 bodas. El primer recluso que contrajo matrimonio fue Francisco Cabrera Yanguas, de Valladolid. Lo hizo el 29 de julio de 1939. Actuó como padrino el director del centro. El 13 de agosto de 1942 tuvo lugar la boda de José Lorente Cifuentes, de Morata (Murcia), que se había casado civilmente en 1938 con Basilisa Butrón y Vicente.
El 23 de octubre de 1943 contrajo matrimonio in articulo mortis el interno Salvador Alfonso Santana, de Las Palas que tenía 32 años y que murió tres semanas después. Él es uno de los 131 fallecidos que fueron enterrados en el cementerio del fuerte.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hablando de Camposanto, el otro día oí hablar a dos yayos en vascuence y usaron la palabra campusantu. Me chocó porque en los carteles se ve hilerria. Estos yayos obviamente son hablantes nativos de algún pueblo del noroeste de Navarra, mientras que los que usan hilerria serán hispanohablantes nativos.