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jueves, 19 de marzo de 2020

La Remigia, por J.J. Arazuri

Recreación sobre foto de 1890 de la col. Arazuri. J.J.Lorza. Tendederos lavanderas
Pero los pamploneses se pirriaban por Remigia Echarren Aranguren -para el alambre, La Remigia o Mlle. Agostini-, que hacía lo mismo, pero era de casa, y atravesó el Arga sobre la maroma con los ojos vendados, un 9 de julio de 1883 ante el silencio expectante del censo al completo. A Remigia no le llegaba para irse hasta las cataratas del Niágara, como a Blondín, que si no, las cruza a la pata coja. (J.M. Iriberri DN 22/09/1998)

Allá por los años ochenta del siglo pasado, el «pasar la maroma» -como decía el pueblo llano- estuvo de actualidad, máxime al ser pamplonesa la mejor funámbula de aquella época, Mlle. Agustine, título artístico que cubría el de Remigia, en nuestra ciudad llamada La Remigia.
Presa, Molino de Caparroso y pasarela actual
La Remigia
Remigia Echarren Aranguren nació en la vieja Iruña en 1854. Dios sabe cómo se inició en los difíciles menesteres de la cuerda floja, pero sí sabemos que alcanzó los extremos artísticos más difíciles y peligrosos que le elevaron a alcanzar el título de «Reina de las alturas». La Remigia adoptó el sobrenombre de Mlle. Agustine por haber sido discípula de la célebre artista del mismo nombre.

La Remigia en los Sanfermines
Las hazañas que le dieron fama a la Remigia fueron las travesías del Pisuerga a gran altura, la de la ría de Bilbao y la del Arga en las proximidades del molino de Caparroso. De esta última actuación, que le valió el título de «Reina del Arga», el periódico «Lau-Buru» publicó la siguiente crónica:
«El espectáculo se verificó en la parte del río Arga contigua a la fábrica de Pinaquy, a las siete menos cuarto del 9 de julio de 1883. Un cuarto de hora antes, nuestra distinguida paisana se dirigía a aquel punto en carretela descubierta y precedida de la Banda de la Casa de Misericordia.
Al mismo tiempo, salían por la puerta de la Tejería millares de personas, que fueron colocándose en las inmediaciones del río, de suerte que la pequeña explanada de la orilla izquierda del Arga y la Ripa llamada de Beloso ofrecían un aspecto verdaderamente animado.
La funámbula -sigue narrando el «Lau-Buru»- se dispuso a empezar su travesía; el público guardó silencio unos momentos y a los tres minutos la «Agustini» llegaba con toda serenidad al lado opuesto del río, sobre el cual se había tendido la maroma a unos diez metros de altura.
La equilibrista colocó los pies en unas canastillas, y una vez sujeto convenientemente este calzado, cruzó aquélla el río con verdadera serenidad, llegando cuatro minutos después al término de su arriesgado viaje.
Descansó breves instantes y en seguida recorrió otra vez la maroma con los ojos vendados y cubierta de medio cuerpo para arriba con un saco de tela gruesa. El público aplaudió con entusiasmo a la funámbula, la cual dió fin al ejercicio cruzando de nuevo el río, pero esta vez ejecutando movimientos peligrosos y adoptando posturas difíciles.
(¡Vaya desastre de vídeo! Además, se equivocan de fecha y de molino)
Concluído el espectáculo, la funámbula recibió calurosos plácemes, que el público le tributaba admirado de su valor y de la seguridad con que anda por la maroma».
En las fiestas del año siguiente atravesó cuatro veces de noche una gran parte de la Plaza del Castillo sobre una maroma, una de ellas con los ojos vendados y haciendo difíciles ejercicios.
En los Sanfermines de 1886, el día 11, la Remigia cruzó también de noche la maroma colocada a gran altura en la Plaza del Castillo, ejecutando difíciles y arriesgados ejercicios de equilibrio. Mientras la funámbula emocionaba al respetable, se quemó una vistosa colección de fuegos artificiales, resultando el conjunto un espectáculo emocionante y vistoso.
Estas tres fueron las actuaciones de la Remigia durante los Sanfermines.
12 de julio de 1916. Aspecto de la Plaza del Castillo a las cuatro de la tarde,
unos momentos antes de comenzar a pasar la maroma el falso Blondin.
Decadencia de la Remigia
Cuando se hallaba en la cúspide de su gloria, la Remigia sufrió un grave accidente en Ondárroa el 5 de octubre de 1892, al caerse desde una altura de unos quince metros cuando ejecutaba un arriesgado ejercicio en la maroma sobre una silla, rompiéndose el brazo derecho, así como diversas contusiones y magullamientos en diferentes partes del cuerpo que le obligaron a mantenerse alejada de la maroma durante mucho tiempo. Después continuó alguna temporada en una compañía acrobática «haciendo equilibrios» para poder vivir.
La Plaza Vieja
[hemeroteca DN 07/08/1904 (tiene Remigia 50 años) Esta tarde á las cuatro y media hará su debut en la plaza de toros de esta capital, la compañía acrobática dirigida por D. Manuel Carral, en la que figura la Remigia Echarren. El programa es variado y el precio del tendido económico, pues, solo cuesta la entrada cuarenta céntimos de peseta.]
 Más tarde regresó a Pamplona, a residir los últimos años de su vida vendiendo lotería y soñando con su pasado esplendor. La Remigia falleció a los 67 años la víspera de los Reyes Magos de 1921 a consecuencia de una afección cardíaca antigua. Así murió pobremente aquella pamplonesa famosa que dejó este mundo resignada, con los achaques propios de la edad, viéndose olvidada de las gentes, en sus últimos años de existencia.

El marido de la Remigia
En San Juan Bautista se bautizó la Remigia
Mlle. Agustine, que ganó mucho dinero en sus años de funámbula, cayó en el lazo amoroso de un sinvergüenza, antiguo estudiante de clérigo, un timador que arruinó a Remigia y la dejó casi sin respiración. El granuja se apellidaba Ciordia. Entre las muchas bribonadas y timos que hizo en su vida, contaré tres anécdotas:
En cierta ocasión, por tierras extremeñas, vestido de Obispo, fue detenido y encarcelado cuando, con gestos muy episcopales, celebraba una colecta con fines muy poco benéficos.
Murió  en  la Cuesta del Palacio, 3-2º
Otra vez, unos pamploneses que entraron a oír misa en una iglesia de Biarritz, quedáronse pasmados cuando al volverse el celebrante para decir Dominus Vobiscum, reconocieron que el sacerdote no era otro que el granuja de Ciordia.
Años más tarde fue encerrado en la cárcel de Pamplona por haber sido sorprendido, vestido de clérigo, confesando en una iglesia. Don Abdón Larrondo, prestigioso médico pamplonés, contaba que el tal Ciordia decía en la prisión cuando estaba pendiente de sentencia: «¡En qué acabarán estas misas!».

La Remigia, Carral y Campiñarri
Ignacio Baleztena, aquel gran pamplonés siempre recordado, escribió hace ya muchos años, con su gracejo especial. sobre la Compañía Acrobática Vasco-Navarra que dirigía el famoso Carral, y que durante mucho tiempo el número cumbre del espectáculo fue la Remigia. De aquella lejana época proceden los siguientes versos:
«Pasa Remigia; pasa, Carral, que por tu gracia pago yo un real».
En aquella Compañía acrobática trabajaba también un formidable saltador, rey del salto mortal, llamado Mr. Campiñarri, y del cual escribió Baleztena lo siguiente:
Ignacio Baleztena en el Congreso de Turismo (1948, 61 años). Extraña manera de, siendo el 
organizador del mismo, enseñar la ciudad a los asistentes, con las piernas colgando de las 
murallas. Desde luego, seguro que fue un cicerone muy entretenido (blog Premín de Iruña).

Plaza Vieja, hacia 1910
«Aquel tipo pintoresco, al par que faraónico, que se pasó su primera juventud a salto de mata, tenía, como todos los artistas renombrados, su número cumbre, que yo llegué a admirar en más de una ocasión. Cesaba de piporrear la murga, redoblaba un momento el tambor para así aumentar la emoción del público inocente... Frotaba Campiñarri las suelas de sus alpargatas con honores de zapatillas en una cajita llena de polvo de yeso... Se escupía las manos (nunca llegué a averiguar para qué realizaban esta porquería)... daba unos pasicos atrás para tomar vuelo... ¡Aupa! arreaba a correr, como en los tiempos en que le perseguían los ministros por mangar sardinas de cubo en las tiendicas de la Mañueta... y ¡pataplún!, dando un formidable doble salto mortal, pasaba por encima de todos los individuos de la compañía espontáneos (vecinos todos estos de la calle de la Merced) que gustasen bajar al ruedo, puestos en fila y en cucurubicas y unos detrás de otros, como los mocés al jugar al Munquica-Muncayo.
Una vez que me hallaba yo presente, no sé por qué pleitos decían, dejaron de bajar al ruedo los consabidos espontáneos y hubo que sustituirlos con sillas de cocina intercaladas en la fila humana, o lo que fuera, de la Compañía. Campiñarri midió mal la distancia, y vino a caer de costillas sobre el respaldo de las dos últimas sillas...¡plas!, se oyó un escalofriante estrépito de crujir de huesos y rechinar de dientes, seguido de los aplausos y carcajadas de los espontáneos huelguistas (odios de tribu) -continúa escribiendo Baleztena-. Cuando todos creían a Campiñarri con el triste rictus de la muerte, en su lívida faz, esperando las mulicas de Poyales que le trasladasen arrastrando hasta Berichitos, le vimos con sorpresa levantarse, dando a la espalda esos clásicos molinetes de los que se sienten atacados de voraces trimotores. ¡Las que se habían hecho serrín eran las sillas!
Se fue donde la valla, se refrotó las espaldas contra ella, tomó vuelo... y -¡alza «pa» arriba!- se repitió el salto, pasando dos metros, lo menos, más allá de la última silla».
Momento en que el falso Blondin pasa la maroma en las fiestas de 1916. Aquel espectáculo, el último que se celebró en los Sanfermines, no gustó al respetable. La Comisión de Fiestas del Ayuntamiento fue muy criticada, por considerarlo un festejo pueblerino e indigno de nuestra ciudad
Blondín en la Plaza del Castillo
En las fiestas de 1916 pasó la maroma en la Plaza del Castillo Mr. Arsens Blondín, conocido en los medios circenses por haber atravesado en 1882 el Sena a gran altura. En realidad el funámbulo que actuó aquel día 12 de julio no era el auténtico Blondín, el verdadero se llamó Jean Frangois Gravelet, nacido en 1834 y muerto en 1897, fue el funámbulo más célebre que ha existido, siendo su hazaña más famosa la de atravesar sobre un cable las cataratas del Niágara en 1858.
Aquel festejo sanferminero tuvo lugar a las cuatro de la tarde, instalándose la maroma -de unos 40 metros de longitud- a unos 10 metros de altura. La hazaña consistió en hacer el recorrido de ida y vuelta una sola vez. Unos pocos aplausos del numeroso público que contemplaba la «arriesgada» demostración -¡otra cosica era nuestra Remigia!- y 600 pesetas que el Ayuntamiento restó de las arcas de la Ciudad como gastos generales.
Así terminaron las actuaciones de los funámbulos durante los Sanfermines.

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