De camino a Vistabella suelo pasar a menudo por la Plaza del Juez Elío. No sabía que su hija tenía también una calle en la Magdalena y a su nombre la Biblioteca Pública de Barañáin. Quizás sea el único caso en Pamplona en que padre e hija tengan calles a su nombre
María Luisa Elío: la pamplonesa universal que habitó el exilio
El pasado 17 de agosto de 2026 se cumplió el centenario del nacimiento de María Luisa Elío Bernal, una de las mentes más brillantes, y a menudo olvidadas, de nuestra cultura. Escritora, actriz y cineasta, su vida estuvo marcada por el desgarro del exilio y la búsqueda constante de los paraísos perdidos de su infancia. Ante las conmemoraciones institucionales previstas por el Instituto Navarro de la Memoria y el Ayuntamiento de Pamplona, es el momento idóneo para rescatar la memoria de esta pamplonesa universal.
Infancia rota en el Segundo Ensanche
María Luisa nació en la emblemática casa Martinicorena, situada entre las calles Bergamín y Arrieta. Aquel edificio era conocido entonces como «la última casa de Pamplona». Hija del juez Luis Elío y de Carmen Bernal, sus primeros años transcurrieron entre las aulas de las Ursulinas y el colegio de María Auxiliadora, donde adquirió un sólido dominio del francés. Sin embargo, su verdadera pasión temprana fue el teatro, llegando a subirse al escenario del Teatro Gayarre en funciones infantiles.
Toda aquella paz se truncó con el estallido de la Guerra Civil. Como ella misma escribiría, la contienda «llegó por los tejados». Tras la detención de su padre, comenzó un doloroso periplo de huida para María Luisa, sus hermanas y su madre. Con apenas diez años, sufrió la reclusión de tres meses en Elizondo, convirtiéndose en una de las cautivas más jóvenes del conflicto. Después vendría una caótica huida por San Sebastián, Irún, Valencia y Barcelona bajo los bombardeos, hasta cruzar la frontera francesa por Le Perthus.
El remanso de paz en Quincy y el viaje a México
A treinta kilómetros de París, en la localidad de Quincy, María Luisa encontró un oasis de sosiego entre los doce y los catorce años. Estudió en el internado del Château Leroy, un centro gestionado por el conde Hubert Georges Edouard de Monbrison y su esposa Irina Pawlowna Paley. Los archivos digitales conservan hoy imágenes de aquel grupo de niñas refugiadas rusas, alemanas y vascas compartiendo estudios, deportes y danzas tradicionales. Fue el rincón donde logró ser feliz entre los escombros de dos guerras.
El 12 de febrero de 1940, la familia —ya reunida— zarpó desde Le Havre a bordo del buque De Grasse rumbo a Nueva York. Tras superar la cuarentena en Ellis Island y pasar unos días amparados por familiares, partieron hacia su destino definitivo: México, un país que abrió sus brazos generosamente a la intelectualidad republicana.
Efervescencia cultural y el influjo de García Márquez
A pesar de la amargura por la separación de sus padres, el México del exilio ofreció a María Luisa un entorno artístico deslumbrante. Se formó en teatro con figuras como Marga Donato y Seki Sano, e integró una tertulia irrepetible junto a Octavio Paz, Carlos Fuentes, Leonora Carrington, Juan Rulfo y su esposo, Jomí García-Ascot.
En 1959 se trasladó con García-Ascot a la Cuba de la naciente Revolución. En La Habana escribió guiones y colaboró estrechamente en la fundación del Instituto de Cine Cubano (ICAIC). Sin embargo, la estampa de los guerrilleros moviéndose por las azoteas habaneras le reavivó el trauma de Pamplona. Fue el escritor Alejo Carpentier quien, al descubrir los textos y cartas íntimas que María Luisa guardaba en el hotel, la instó de forma categórica a darles forma: «María Luisa, esto tienes que culminarlo».
De regreso en México, aquel impulso se transformó en la película En el balcón vacío (1962), una auténtica proeza cinematográfica escrita por ella y rodada de forma independiente por exiliados republicanos. Fue en esa época cuando estrechó lazos con Gabriel García Márquez, siendo testigo directo de la gestación de Cien años de soledad. El Nobel colombiano, fascinado por la sensibilidad de la pareja, les acabó dedicando su obra cumbre.
El doloroso retorno al «balcón vacío»
La melancolía del destierro empujó a María Luisa a intentar el regreso a Pamplona cuando su hijo tenía seis años. Pese a la hospitalidad de la familia Torres, la experiencia fue devastadora: su hogar de la infancia estaba ocupado por extraños y ni siquiera pudo asomarse a contemplar su viejo balcón. Peor aún, nadie la reconoció al caminar por las calles de su propia ciudad.
De vuelta en México, canalizó aquel dolor en una producción literaria descarnada y profundamente autobiográfica: Tiempo de llorar, Voz de nadie o Cuaderno de apuntes en carne viva. Estas obras se alzan hoy como piezas maestras de la literatura del retorno y la narrativa del exilio en primera persona. Además de su labor creadora, destacó como una brillante gestora cultural en la Fundación Televisa y en el Instituto de Bellas Artes.
Navarra ha comenzado a saldar su deuda histórica dedicándole una calle en la Magdalena y dando su nombre a la biblioteca de Barañáin. Sin embargo, su centenario nos exige ir más allá: leer su obra, comprender sus claroscuros y aplaudir, por fin, la verdad de una navarra valiente, generosa y universal.
El juez Luis Elío





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