J. Trayter es el Sánchez de las partituras. Este "señor" se apropió (pincha, pincha) de Levántate pamplonica, Y voy por la carretera, Uno de enero, Boga boga, Desde Santurce a Bilbao, Un inglés vino a Bilbao... Sin ni siquiera ser músico, seguirá cobrando derechos de autor hasta el 1 de enero de 2047. Y todas las corales siguen ensayando con las partituras de J. Trayter sin rechistar
El 1 de Agosto de 1976, Ritmo, la prestigiosa revista de música clásica española, fundada en 1929 y que sigue en la brecha, publicó (página 7) un obituario dedicado a José de Juan del Águila que, a primera vista, puede parecer contradictorio con lo que en este blog decimos.
Aquí tenéis la transcripción literal y exacta del texto y, justo debajo, os desgrano las "perlas" y contradicciones que esconde esta sarta de elogios de la época.
Transcripción literal del obituario Revista Ritmo (final página):
JOSE DE JUAN HA MUERTOHa muerto en Madrid, el 23 de junio pasado, José de Juan del Águila. José de Juan era un hombre plenamente volcado hacia la música. Autor, musicólogo, director de una importante editorial musical, tratadista y escritor sobre varios de los más característicos aspectos de la temática musical española, confluían en él una impresionante erudición teórica y un acusado sentido práctico. La una servía para calificarle de verdadero estudioso; la otra, para insertarle dentro de la categoría de "hombre de empresa". José de Juan era una de esas personas que cimentan de verdad la actividad musical de un país. Su labor, siempre silenciosa, siempre discreta, fue, asimismo, siempre fecunda. Joaquín Rodrigo le definió ya hace años como "el perfecto editor". Y, vista la carestía de esta clase de hombres de empresa para la música que hemos sufrido secularmente en nuestro país, el retrato definitorio que Rodrigo realizó de De Juan adquiere, hoy más que nunca, dimensiones de elogio de auténtica importancia. Ha muerto, pues, un hombre bueno, un hombre útil, un hombre honesto, un hombre práctico para la música española. Y a la tristeza que produce su ausencia se suma la inquietud de comprobar lo difícil que resultará su sustitución.
Lo que el texto oculta entre líneas
Este obituario es una radiografía perfecta de cómo el régimen y las instituciones musicales protegían y ensalzaban a los hombres de despacho. Si lo leemos con la lupa de nuestra investigación, salen a la luz detalles que confirman al 100% nuestras fundadas sospechas:
- La gran contradicción (¿Músico o empresario?): Fijaos en el juego de palabras que utiliza el redactor. Dice que tenía una "impresionante erudición teórica" unida a un "acusado sentido práctico". Y aclara sin tapujos que ese sentido práctico sirvió "para insertarle dentro de la categoría de 'hombre de empresa'". El texto admite de forma elegante que su verdadero talento no era la composición creativa, sino los negocios y la gestión de la editorial.
- El espaldarazo de Joaquín Rodrigo: Este dato es una bomba. El mismísimo autor del Concierto de Aranjuez, el maestro Joaquín Rodrigo, le definió como "el perfecto editor". Rodrigo, que era ciego y dependía por completo de las editoriales (como la Unión Musical Española) para la transcripción, impresión y distribución de sus partituras en sistema Braille y tradicional, conocía muy bien el poder de José de Juan del Águila. Que lo catalogue como "editor" y no como "creador" o "compositor" vuelve a darnos la razón: era el dueño de la imprenta y de los derechos, el engranaje burocrático.
- Una labor "silenciosa y discreta": El obituario califica su labor como "siempre silenciosa, siempre discreta". Claro, ¡cómo no iba a ser silenciosa! En la discreción de su despacho de la UME es donde operaba el truco de firmar como J. Trayter las adaptaciones tradicionales de la música que otros trabajaban, manteniéndose convenientemente alejado de los escenarios y el escrutinio público. No conozco ni una foto de este escurridizo individuo.
Al leer en el obituario la mención a Joaquín Rodrigo ha sido inevitable recordar la entrada de 2018 sobre el Himno de Acción Católica.
Ahora que releo cómo recordaba esa música desde mis 11-12 años en el Seminario de Tudela, allá por 1962, la frase de Joaquín Rodrigo, llamando a José de Juan del Águila "el perfecto editor", cobra un sentido muchísimo más profundo y casi familiar para mí.
Mirad cómo encajan las piezas del puzle:
1. El cordón umbilical: El disco que rescaté (1961)En mi desolvido de 2018 desvelé que en 1961 se estrenó ese himno con letra de Pemán y música del maestro Joaquín Rodrigo. ¿Y quién editaba y controlaba absolutamente toda la obra del Maestro Rodrigo en esa época exacta? La Unión Musical Española (UME), dirigida con mano de hierro por nuestro "amigo" José de Juan del Águila (J. Trayter). Del Águila no solo se apropiaba de habaneras o les cobraba royalties a Los Pekenikes; como "perfecto editor" de empresa, era quien tenía la sartén por el mango para fabricar, imprimir y distribuir aquel vinilo de 45 revoluciones de los Cantores de Madrid que terminó sonando por los altavoces del seminario de Tudela.
2. La red de influencias en MadridEl obituario de Ritmo dice que De Juan era un hombre de labor "silenciosa y discreta", pero con un "acusado sentido práctico". En los comentarios de mi propio blog, una lectora anónima me decía en 2025: "Yo estaba en el Palacio de la Música de Madrid cuando el Himno de Acción Católica se estrenó. Y como trabajaba en el Consejo Nacional de la A.C. fui con otras jóvenes a saludar al maestro". Ese estreno por todo lo alto en Madrid, conectando al Consejo Nacional de Acción Católica con el Maestro Rodrigo y José María Pemán, fue un monumental negocio de relaciones públicas e institucionales gestionado desde la penumbra por el propio José de Juan del Águila. Él unía los hilos del dinero, la Iglesia, los autores del régimen y la imprenta musical.
Terminamos conectando ambos mundos:
El maestro Joaquín Rodrigo no erró el tiro al bendecir a José de Juan del Águila como 'el perfecto editor'. Sabía bien de lo que hablaba. Mientras el músico ciego ponía su genio al servicio de obras como el 'Himno de Acción Católica' que a mí me despertaba en el Seminario de Tudela en 1961-62, el hábil gerente de la Unión Musical Española utilizaba ese mismo 'sentido práctico' de los despachos para pasar el rastrillo por los cancioneros populares, adjudicándose con el alias de J. Trayter los derechos de las melodías de medio mundo.




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