martes, 14 de julio de 2026

La imagen de Pamplona en San Fermín

¿Quién cuida la estética y la imagen de los Sanfermines?
Un tema que quizá merezca una reflexión. No pretende buscar culpables, sino abrir un debate sobre un aspecto que pasa desapercibido para muchos pamploneses, pero que millones de personas contemplan cada mes de julio:

Los Sanfermines son, probablemente, la fiesta española más fotografiada y retransmitida internacionalmente. Cada día, las imágenes de Pamplona recorren televisiones de todo el mundo, periódicos, agencias de noticias y redes sociales. Sin embargo, da la sensación de que la estética institucional de la ciudad no recibe el cuidado que merece.

La plaza de toros: el gran escaparate mundial
La Plaza de Toros es uno de los escenarios más reconocibles de las fiestas. Durante nueve tardes es observada por cientos de miles de espectadores y por millones de telespectadores.
Sin embargo, basta detenerse unos segundos para apreciar detalles que desmerecen el conjunto.
Las banderas de gala de los balcones de andanada presentan diferentes tonalidades, algunas están claramente descoloridas por el paso del tiempo, otras aparecen remendadas, varias apenas conservan visible el escudo bordado de Navarra o de Pamplona y otras han sido sustituidas por telas de un verde intenso, de aspecto plástico, que rompen completamente la armonía estética de la plaza.
Algo parecido ocurre con el palco presidencial. Conviven numerosos reposteros confeccionados en épocas distintas, con tejidos, tamaños y tonalidades completamente diferentes. El repostero con el escudo de Pamplona ha perdido prácticamente toda la viveza del bordado y el correspondiente al escudo de España, pese a ser el más digno, resulta sorprendentemente pequeño para la importancia institucional que representa, quedando claramente sobrepuesto sobre otro diferente correspondiente a la casa misericordia.
Y hay un detalle que llama especialmente la atención: en la Plaza de Toros, al contrario que en el resto de cosos taurinos, no ondea ni se vislumbra ninguna bandera oficial de España, a pesar de ser uno de los escenarios más representativos de las fiestas y de retransmisión internacional, símbolo de identidad de la cultura taurina.
No se trata de una cuestión ideológica, sino de imagen institucional y protocolo.

Los únicos impecables: los timbaleros
Si hay un elemento que mantiene intacta su dignidad estética son los timbaleros.
Su indumentaria sigue siendo ejemplar y representan una de las estampas más elegantes de la corrida, al igual que los reposteros bordados que engalanan sus timbales con los escudos coronados de Navarra y de Pamplona, aunque,, paradójicamente, apenas pueden escucharse.
Entre el ruido constante de las peñas y el ambiente del tendido, los toques que anuncian los cambios de tercio pasan prácticamente inadvertidos.
Quizá haya llegado el momento también de plantearse algo muy sencillo: instalar un sistema de microfonía ambiental suspendida que permita que sus toques se escuchen por la megafonía de la plaza.
Sería una forma de poner en valor una tradición centenaria que hoy queda prácticamente anulada por el ruido y del que la mayoría de los asistentes a las corridas no perciben el sonido de los cambios de tercio.
Lo mismo ocurre con la Pamplonesa, cuyas piezas y pasodobles son prácticamente imperceptibles durante las corridas, lo cual invisibiliza su gran labor.

La Casa Consistorial tampoco escapa al paso del tiempo
La fachada del Ayuntamiento constituye la imagen oficial de Pamplona.
Es el escenario del Chupinazo, de miles de fotografías y de la retransmisión televisiva más importante del año.
Sin embargo, los antiguos pendones y reposteros llevan décadas soportando el sol, la lluvia y el paso del tiempo.
Los colores han perdido intensidad y algunos tejidos muestran claramente su envejecimiento, especialmente los pendones medievales representativos de las banderas institucionales que la ley obliga a ondear en la fachada principal, las cuales están descoloridas y con escudos remendados, tras más de varias décadas ondeando durante los sanfermines.
Si cualquier edificio histórico restaura periódicamente sus elementos ornamentales, ¿por qué no sucede lo mismo con unos textiles que constituyen parte esencial de la imagen institucional de la ciudad?

¿Dónde quedaron las luces de San Fermín?
Las fotografías antiguas y bien recientes recuerdan otra imagen muy distinta.
Durante años, la Plaza del Castillo lucía una espectacular pérgola luminosa que partía desde el kiosco, y otras calles emblemáticas, como el Paseo de Sarasate, también contaban con iluminación festiva. También la plaza del Ayuntamiento y su fachada principal.
Aquellas estructuras daban personalidad propia a las noches sanfermineras y convertían el centro en un auténtico recinto festivo.
Hoy apenas permanecen algunos elementos testimoniales, como los conocidos “sanferminicos” y los “pañuelicos” luminosos, desaparecidos del entorno urbano y desplazados incluso de su ubicación tradicional.
Mientras muchas ciudades andaluzas cuidan cada detalle de la iluminación de sus grandes ferias —Sevilla, Granada, Málaga, Córdoba, Jerez o El Puerto de Santa María son buenos ejemplos, o Bilbao sin irnos más lejos— Pamplona parece haber ido renunciando poco a poco a esa dimensión estética. A caso habría que preguntarse porque algunos de ellos han acabado en la torre De la Iglesia de San Lorenzo… ¿Era la excusa para quitárselos el Ayuntamiento del medio?

Una cuestión de imagen, no de nostalgia
El Paseo Valencia en 1887, hace 150 años, 39 antes de que Fiesta internacionalizara los SF
No se trata de gastar sin medida ni de convertir San Fermín en una feria andaluza. Se trata de cuidar estos detalles:
  • Renovar banderas y reposteros cuando sea necesario.
  • Unificar criterios estéticos.
  • Restaurar elementos textiles deteriorados.
  • Reforzar la iluminación ornamental.
  • Dar protagonismo sonoro a la música festiva.
  • Y asumir que la imagen de Pamplona durante San Fermín constituye una auténtica marca internacional.
Porque quizá la pregunta no sea quién debe hacerlo, sino por qué nadie parece haberse planteado que la estética también forma parte del patrimonio de la fiesta.
Los Sanfermines son una de las grandes cartas de presentación de España (disculpe, señor Pradales) ante el mundo. Precisamente por eso, cuidar su imagen no debería considerarse un lujo, sino una obligación hacia una tradición que merece mostrarse con toda la dignidad, elegancia y belleza de las que seamos capaces.
A mí personalmente cada año me da más pena ver que la estética de la ciudad no progresa…
Richard García Palacios

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