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sábado, 9 de septiembre de 2017

Iriberri: Los cordeleros (1): Ángel Elizari

Cordeleros en el año 1902 trabajando en el foso del Portal de San Nicolás, aproximadamente al lado de lo que hoy es el Cine Carlos III. A comienzos de siglo había 50 ruedas y allí estuvieron hasta que en 1917 comienza el derribo de las murallas. La foto corresponde a la tercera edición de «Pamplona antaño», de J. J. Arazuri.
Hoy me siento muy orgulloso de presentaros este trabajo que Iriberri publicó en DN, en abril de 1984. Un retrato de la Pamplona que les tocó vivir a los Elizari, los últimos cordeleros de Pamplona. Y es que, además de las bellísimas descripciones que hace de la ciudad, José Miguel aporta un montón de datos sobre los cordeleros y, en concreto, sobre los Elizari que nos van a sorprender. Es la primera de tres entregas que iré publicando. 
No vendrá mal que complementéis esta entrada con las imágenes del álbum dedicado a los cordeleros de Pamplona

Pamplona 84 La ciudad, de ayer a hoy
Los cordeleros (I),                                                              por José Miguel IRIBERRI
20.02.16
El gremio se dispersa tras el derribo de las murallas
Dos de abril de 1910 en Pamplona. Es madrugada. La ciudad -de 29.000 habitantes- comienza a despertarse entre las murallas que aprietan su trama urbanística medieval. Suenan las campanas de San Cernin, San Lorenzo, San Nicolás, San Agustín, despertando al pueblo y llamando a misa a los más devotos. Es Primavera y retoñan los chopos de la Magdalena por donde el Arga discurre limpio y truchero hacia la playa de Caparroso y el Molino de Ciganda. Está limpio el cielo y se divisa en la cumbre de San Cristóbal el fuerte. Por la Ciudadela la tropa limpia el armamento y marca el paso.
Salida de Pamplona de la diligencia
de Panticosa. Año 1903. AMP
Pronto cruzará la puerta de San Nicolás la diligencia de Panticosa tirada por cuatro caballos.
Pasadas las cinco de la mañana un joven emprendedor cierra la puerta de su casa en el número 12 de la calle Curia. Se llama Ángel Elizari Egüés y tiene 20 años de edad. Nació en Añorbe en 1890 y dejó el pueblo con sus padres cuando el mal de la vid arrasó las viñas. El futuro estaba en la capital, en Pamplona, y a Pamplona se vinieron con las camas, las mantas y los ahorros. Eso era con el cambio de siglo. Ahora estaban ya instalados y para el joven Elizari Pamplona era su pueblo y Añorbe un recuerdo confuso.
Cordeleros Portal de San Nicolás,
Baluarte la Reina 1915 ca
Camina ligero. Lleva al hombro una carga de cáñamo. Saluda al paso por la calle. Cruza la Plaza del Castillo y enfila el Portal de San Nicolás. Allí, en el foso, trabaja para otro, de cordelero. Lo hace bien, con dureza, de sol a sol y casi sin descanso. Pronto trabajará él con su rueda y sus forjeles propios y podrá casarse con una moza de la Valdorba, guapa y limpia, Angela Armendáriz (Zuazu), con la que tendrá ocho hijos a los que no les faltará un plato en la mesa y un ejemplo de responsabilidad y reciedumbre.
- ¡Venga, a la rueda! Mira los forjeles, que el tercero anda torcido. Saca las tablas de los puentes...
Veintitantas ruedas de cordeleros empiezan a dar vueltas rutinariamente al pie del portal de San Nicolás mientras la vida discurre por encima, en el camino que se pierde por el Mochuelo y Cordovilla hacia las tierras bajas del Sur. Desde el puesto de guardia los centinelas se asoman al foso para entretener la vista.
Tras del derribo de las murallas, unos cordeleros se han ido a terrenos cercanos al cementerio. 
Otros a la carretera de Estella (hoy Pío XII). Y algunos más, entre ellos la familia Elizari, al Redin 
y las traseras de la Catedral. donde fue sacada esta fotografía hacia 1943 [corregido: es de 1937: Juan (16 años, Blanca Esther, Ángel (padre) y Martín]. En primer plano, Juan Ángel 
Elizari, el último cordelero. Entonces tenía 16 años y dejó las cuerdas en el Redín, en 1968. 
El gremio de los Cordeleros, antes unidos a los basteros (el que hace bastes, albardas, alforjas), cofrades de San Bernardo en el convento de San Agustín, habían encontrado en los fosos del Portal de San Nicolás un lugar adecuado para el trabajo. Estaban resguardados del Cierzo, cerca de casa y encontraban en los vanos del puente un refugio para la lluvia y un almacén para las herramientas. El Ramo de Guerra les cobraba muy poco por la ocupación del terreno. Ángel Elizari Egüés repasaba la rueda y los forjeles, se ataba el cáñamo deshilado a la cintura y echaba andar, de espaldas, soltando el hilo de sus diestras manos. Aquel chaval era listo como él sólo. Otros podían trabajar tanto como el. Pero ninguno más. Las 24 horas del día las distribuía así cuando la luz alargaba de cara al verano: 18 para hacer cuerdas y 6 para dormir. Tenía prisa por comprar su propia herramienta, la rueda, los forjeles, las tablas, y contratar directamente los pedidos con las casas de Larumbe, Aramburu, Garatea, suministradores del cáñamo y vendedoras de las cuerdas. No podía detenerse. Antes de morir en 1948, a los 58 años de edad, tenía que cambiarse a una casa más grande, primero en el Carmen y luego en Jarauta, buscando espacio para sus ocho hijos.
Camino de ronda de la muralla, junto al
baluarte de Labrit, 1919 / A. Gª Deán
José Joaquín Arazuri da noticia del trabajo de 50 maestros cordeleros en los fosos de San Nicolás, aproximadamente donde hoy confluyen las calles de Cortes de Navarra y San Ignacio, al lado del portal de San Nicolás, cuyo arco se conserva reconstruido en la Taconera, en la calle del Bosquecillo. Juan Ángel Elizari Armendáriz, hijo del cordelero de Añorbe, segundo de los 8 hijos, le tiene oído a su padre que se juntaban 20 en el foso. Cuando el siglo cumplía su primer cuarto, el oficio anunciaba un declive que tocaría fondo en los años sesenta, cuando Juan Ángel Elizari dejó de trabajar diariamente en el Redín. Los agricultores se iniciaron en el arte de las cuerdas y llegaron a Navarra cordeleros gallegos y alaveses, competidores de los pamploneses para labores de peor estilo.
Cordeleros en el Redín.
El botijo bien cerca (pincha)
La comida de alubias con chorizo y tocino, un trago largo de la bota. dos palabras bajo el puente y a seguir trabajando hasta la puesta del sol. Así vivieron los cordeleros de los fosos hasta que, en 1917, la ciudad rompe sus murallas desde el mal convencimiento de que la apertura al progreso pasaba inexorablemente por la demolición de las piedras que la encorsetaban.
La ciudad sigue necesitando cuerdas para botas, alpargatas, persianas, tendederos, guarnicioneros y hasta para atar los billetes, más adelante. Y sogas para el campo y las galeras. Los cordeleros se dispersan. Unos se van cerca del Cementerio, a trabajar para la tienda de Aramburu, en la calle Zapatería, que vendía mucho. Otros, trabajando para Lampreabe, seguirán el oficio en terrenos cercanos a la fábrica de la carretera de Estella, hoy Avenida de Pío XII. Las ruinas cayeron hace pocas semanas junto al cruce de Sancho el Fuerte. Y otro grupo, con la familia Elizari, se queda dentro, fíeles a la muralla, dándole a la rueda sobre las fortificaciones, donde hoy se levanta el frontón Labrit y, luego, detrás de la Catedral.
Es una segunda etapa de la historia que contaremos el próximo lunes siguiendo la «saga» de los Elizari. 
José Miguel IRIBERRI
Continúa en Iriberri: Los cordeleros (2) Juanito Elizari

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