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domingo, 30 de septiembre de 2018

El crimen del cura de Unciti (1950)

Iglesia abandonada de Unciti. El cura fue asesinado al salir por esa puerta, tras los primeros toques para
el rosario (02.06.50). A la dcha, la parroquia en 1929
Prolegómenos
En los últimos años de vida de mi madre, cuando iba a pasar con ella la tarde de los martes, aprovechaba para sonsacarle anécdotas, recuerdos suyos... que no podían quedar en el olvido. Uno de los que más me impactó fue el caso de Toribio Eguía, quien en 1884 mató al cura de Atondo y a su ama. Su ejecución fue a garrote vil en la Vuelta del Castillo y Pío Baroja, niño, fue testigo de ella.
Y yo le reñía a mi madre: "me estás venga contar lo del crimen del estanco de la calle del Coso, el crimen del cura de Atondo... y no me cuentas nada del asesinato del cura de Unciti, bien reciente (1950) y a un kilómetro de Cemboráin, de donde sois el papá y tú". Y mi madre se hacía la loca o, quizás, no supiera (cosa extraña), pero jamás me contó nada.
Muerta ya mi madre en 2010, empecé a publicar la triste historia de Toribio y cinco años después -en 2016- me llega al blog este comentario:
Anónimo dijo...
Estupendo, Patxi, tu relato de El crimen de Atondo: Toribio Eguía".
Lamento, no obstante, que no amplíes el asunto del párroco de Unciti, Don Juan Iribarren Martínez, asesinado el viernes 2 de junio de 1950. Sólo he podido encontrar dos referencias en el Diario de Navarra. Un amigo de Aoiz recuerda algunos ecos que circularon por la zona tras el asesinato del párroco. Al parecer, ambos competían por el amor de la misma mujer, o bien el párroco desaconsejó a la chica que se casara con cierto mozo del pueblo. Éste, despechado, se vengó del presbítero quitándole la vida de un hachazo. La noticia sólo fue recogida, brevemente, por el Diario de Navarra: una esquela el domingo 4 de junio de 1950, y, un año después, un breve artículo in memoriam.
Es posible que no se quisiera publicitar un episodio tan truculento, que debió parecerles, en aquellos tiempos, escandaloso.
Antigua parroquia, cementerio y Paña Izaga
Como veis, cuando se esconde la información, se disparan los rumores; cuanto más silencio guarde la Iglesia y la prensa, más duros y retorcidos los rumores contra las víctimas [: el cura ("algo habrá hecho"), la chica ("la mala de la película")],  
Es incomprensible que nadie haya publicado nada en 68 años. Ese silencio no ha hecho sino sembrar dudas y sospechas precisamente contra las dos víctimas, Don Juan Iribarren Martínez y Mª Luisa.
Así pues, por acabar con esta larga e injusta situación, quiero agradecer a mi tía Mª Jesús (Sor Marina, en la vida religiosa) que me haya contado lo que ella conoce sobre este triste suceso.

Mª Jesús en el Congo belga
Las fuentes
En 1950, Mª Jesús, mi informante, a punto de cumplir 23 años, estaba en el noviciado de las Dominicas, en el barrio de San Juan, y el hortelano del convento (que había trabajado antes para una casa de Cemboráin y, por tanto, la conocía mucho) fue quien le dio la noticia del asesinato del cura de Unciti. Y después (en el tiempo, que no en importancia), las visitas (muy especialmente su hermana Isidra, a la que le tocó el tema bien de cerca, como veréis) le fueron aportando los detalles, el móvil del crimen...
Quiero destacar la oportunidad del testimonio de Mª Jesús (nacida en el 27) la más pequeña y única superviviente de los 15 hermanos que fueron, entre ellos, mi padre.

El relato de Mª Jesús
Mª Luisa y XX (quien luego mató al cura) eran novios. Ella era de Sengáriz y él de casa XY de Unciti (a poco más de 10 km en línea recta). Ya habían intercambiado los regalos previos a la boda, pero aún no se habían leído las amonestaciones en las respectivas parroquias, cuando la madre de él le dijo: "no te cases con ésa". Y él dejó a Maria Luisa.
Pero, al tiempo, quiso que volviera. Ella, quizás porque se sintió despreciada, ya no quería volver. Entonces él le pidió al párroco, Don Juan, que intercediera, ya que a él Mª Luisa no le hacía caso. A pesar de los intentos del cura, Mª Luisa se mantuvo firme en su negativa y a XX empezó a darle la impresión de que el cura no hacía todo lo posible.
El primer síntoma de que XX estaba perdiendo la cabeza fue que empezó a decir por Unciti que iba a matar al cura. La gente, como os podéis imaginar, no se lo tomaba en serio.
La línea roja  marca  la distancia (208 m) de la parroquia (abajo) a la 1º casa de Unciti
La parroquia de Unciti estaba entonces alejada más de 200 metros de las primeras casas del pueblo (caso -que yo sepa- poco habitual, que habrá que investigar) y era el propio cura quien daba los toques (la una, un cuarto, media y entrada) para misas, rosarios...
Se encontraba, con una cruz, donde cayó muerto Juan
El viernes, 2 de junio de ese año 50, el cura dio alguno de los primeros toques anunciando el Rosario, "pero luego no tocaba, no tocaba y el pueblo se alarmó". El cura no aparecía por ninguna parte y llamaron a la Guardia Civil.
Cuando llegó la Guardia Civil, lo encontraron muerto junto a la iglesia, semiescondido en una ezpuenda.
Nadie sabía, a ciencia cierta, qué le había podido pasar, pero XX sí. Había esperado a que el cura saliera de la iglesia, tras alguno de los primeros toques, y en el mismo atrio, por la espalda, le dio un azadazo (no hachazo) en la nuca, en sitio seguro. A continuación lo arrastró para ocultarlo en la ezpuenda. Para disimular, volvió a casa como si nada y puso la radio a tope (como queriendo decir: "a mí que me registren, que yo estaba en casa oyendo música").
La Guardia Civil, tras recabar información y recoger pruebas, enseguida detuvo a XX. Él mismo ("voy a matar al cura") ya se había delatado.
XX pasó el resto de su vida entre la cárcel y el manicomio, donde -cree mi tía Mª Jesús- murió.
Actualización 20/04/1978
Preguntando en el cementerio me dicen que falleció en Pamplona, el día 19 de abril de 1978, a los 62 años de edad. No hay lápida. Estuvo enterrado en una fosa y luego fue al osario común.
Pinchad en el enlace para ver la Venta de Óriz ("el cenáculo" de mi hermano Carlos) en la actualidad
Maria Luisa
1. Tía Isidra  2. Mª Luisa  3. Tía Felisa, dominica misionera
Imaginaos la situación en que quedaba Mª Luisa tras el asesinato. Especialmente quienes se hicieron eco de los rumores más malintencionados ("Al parecer, ambos -cura y novio- competían por el amor de la misma mujer"), la verían como "la mala de la película".
Y en ese terrible momento juega un papel fundamental otra tía mía, Isidra, amiga de Mª Luisa. [En la foto de la derecha las veis en la despedida de las 4, de pie, que se van monjas. Con el nº 3, mi tía Felisa, que murió en 1945 con 28 años. Fue sustituida en la misión por Mª Jesús, nuestra informante]
Mi tía Isidra tenía en la Venta de Óriz todo un arsenal de primos solteros (once, leo en la lápida; cada vez que, por los años 60, pasábamos con el coche por la Venta, mi hermano Carlos, con su ironía habitual, solia decir: "a la izquierda, el cenáculo").
Entre ellos, había uno, Pablo, cuya familia quería que se casara con una chica, pero a él no le llenaba. Isidra, que conocía los sentimientos de Pablo, no muchos meses después de los terribles hechos, un día le habló así: "supongo, Pablo, que en Óriz habéis oído hablar del caso del cura de Unciti. La chica, que se vio envuelta en la tragedia, es una amiga mía de Sengáriz, Mª Luisa. Imagínate en qué situación queda. Yo, que quiero lo mejor para ti, te garantizo que es buena, sacrificada, trabajadora..."
El éxito de esa relación fue total. Pablo y Mª Luisa se casaron y tuvieron un hijo, José Luis. Yo los recuerdo, cuando venían por los Jardines de la Taconera, en los años 50, como una pareja muy agradable. Una hermana mía les pone el calificativo de "buenazos" y añade un detalle que me ha dejado impresionado: Mª Luisa debía de estar bastante delicada y cuando volvían a casa (un piso sin ascensor) el bueno de Pablo se la echaba a las costillas y la subía hasta casa. Y de José Luis, el hijo, quien lo ha conocido sabe que fue una persona solidaria, un buen profesional y honrado a carta cabal.
En fin, tía Isidra, que como casamentera no tuviste precio.
Aquí descansan Maria Luisa y Pablo, su hijo José Luis y los Mendiburu Ayanz
Juan Iribarren Martínez
Gracias a la esquela y a la hemeroteca de DN, he conseguido saber era originario de Alzórriz; durante la Guerra Civil fue destinado como capellán castrense en el Tercio de San Ignacio; fue también párroco de Najurieta; El Cabildo y Arciprestazgo de Ibargoiti organizó un funeral en el Seminario de Pamplona; hubo misas de aniversario, también, en Alzórriz y Lesaca y que murió con 40 años y está enterrado en el cementerio de Unciti.

DN Hemeroteca 03/06/1951
Lápida de Juan Iribarren en el cementerio de Unciti
...Iribarren Martínez. Un año ha pasado desde aquella noche nefasta, y durante él, en nada ha disminuido el recuerdo a su pastor de almas, como a la hora en que la mano homicida causó la muerte al Sacerdote. El tiempo, factor principal, que borre las huellas de lo pasado, no puede hacer, que ese caso se olvide. y como homenaje a su memoria y recuerdo, este pueblo, ha sabido, con verdadera resignación cristiana sobrellevar tan tremenda desgracia y las consecuencias que de ella se han derivado. Ayer, festividad del Sagrado Corazón de Jesús; después del acto...

En conclusión
Cuando oía hablar del crimen del cura de Unciti, para rato sospechaba yo que mi familia, por parte de padre, hubiera jugado un papel tan importante y, sobre todo, tan positivo:
  • mi tía Mª Jesús (sor Marina) como informante, evitando rumores malintencionados
  • mi tía Isidra, ejerciendo providencialmente de 'casamentera' para Mª Luisa, evitando su estigmatización social
  • mi tío Pablo, haciéndola feliz (y subiéndola a casa a rechinchín)
  • mi primo José Luis, haciendo que sus padres, Pablo y Mª Luisa, estuvieran orgullosos de él y dándoles dos nietas.
¡Para estar muy orgulloso!
Pero me quedo con la rabia de no haber publicado esto hace unos años, cuando alguno de los afectados vivía.
Continúa en 

Crimen de Unciti, otras versiones y valoraciones

lunes, 30 de abril de 2018

Un desacertado relato de Víctor Moreno

San Lorenzo desde Descalzos
Fernando es una persona educada y que expresa con moderación sus sentimientos. Por eso, cuando me dijo que no le gustaba lo que Ramón Lapeskera (seudónimo de Víctor Moreno Bayona) había escrito sobre su bisabuelo, Serafín Urrizalqui, en "Crímenes en las calles de Pamplona", yo entendí que estaba profundamente molesto. Y no sólo él. Toda la familia -según me dice-, cuando leyó el relato, se sintió dolida.
Lo de menos es que le cambiara el apellido por 'Urricelqui'. Lo grave es que hable de Serafín -de una persona agredida con resultado de muerte- como afectado por una "monumental borrachera", cuando Urrizalqui era un hombre de gustos exquisitos y moderados que solía acudir a la taberna del señor Salamanca, en la calle de San Lorenzo, porque le gustaba jugar a bochas.
Tampoco explica por qué interviene el autor del botellazo, Pedro Zabalza,  y, además, con tanta contundencia. Nos lo cuenta el propio Fernando: "Serafín Urrizalqui Biurrun era encargado del Molino de Ciganda. Tenían un empleado, Pedro Zabalza Alcazábar, que, por el alcohol, no solía venir en condiciones de trabajar y los dueños le dijeron a Serafín que lo despidiera. Ése es el motivo del afán de venganza".
Hay otros detalles que ridiculizan el relato como que diga que discutían del big bang en 1899, cuando faltaban 30 años para que se dieran los primeros pasos de dicha teoría.
Tan ridículo como que Víctor Moreno use un seudónimo castellano -Lapeskera-, escrito con 'k', y decir que ha nacido en "Alesués-Villafranca".
De todas formas, poca confianza da alguien que dice: "...la ejecución, en la Plaza del Castillo, de Toribio Eguía, que había matado en Aoiz a un cura y su sobrina..." [Apuntes sobre la criminalidad en Navarra. 1991. Ramón Lapesquera, (entonces con 'q')], cuando ese crimen, de los más sonados de Navarra, que aparece en todas las hemerotecas, no fue en Aoiz, sino en Atondo y la ejecución de Toribio fue en la Vuelta del Castillo, fuerapuertas, lógicamente.
Volviendo a Serafín Urrizalqui, yo valoraría de él la temprana utilización (ya en 1899) del término "Pitecantropo", acuñado por el biólogo alemán Ernst Haeckel y aplicado en 1891 por el paleoantropólogo holandés Eugene Dubois, como Pithecanthropus erectus, para el Hombre de Java. Lo que demuestra que Serafín Urrizalqui era, como mínimo, 'un hombre leído'.
No diré que Serafín Urrizalqui fue un "martir de la ciencia", pero sí que murió defendiendo los postulados de la ciencia ante unos incultos (seguramente bastante borrachos) y ante alguien con sed de venganza.
Y esa víctima merece un respeto que, en el relato de Víctor Moreno, no se ve por ningún sitio. Ni siquiera en el título.

Un certero botellazo en la nuca
No tan de moda (como suicidarse en el Arga) era el uso de una botella de vino como instrumento mortífero. Pues si algo quería el pamplonés de pro, mucho más que a su mujer, era una botella de vino. Si algo veneraba era al garrafón, al porrón y al botellón. Más que por la estatua de los fueros, el símbolo por el que muchos pamploneses se mataban diariamente, era por la botella de vino. La gente desea morir como ha vivido, en Pamplona solamente los borrachos llevaban adelante este precepto clásico de Marco Aurelio o Montaigne, a quienes, dicho de paso, les encantaba empinar el codo. Beber vino, emborracharse habitualmente, constituía la manifestación cultural más entrañable de la ciudad. Pues Pamplona, más que de misica y de putica, era una ciudad de borrachos.
Así lo vivían Serafín Urricelqui y Jacinto Serdeño, quienes, el seis de septiembre de 1899, se empapaban de cultura popular en una taberna de la calle de San Lorenzo. Comenzaron debatiendo las más sonámbulas teorías relativas al universo mundo y su big bang. Urricelqui, que había leído a Darwin, afirmaba que todos los presentes eran descendientes del mono. Un gracioso dijo que así era en verdad, advirtiendo que tales simios se llamaban Adán y Eva. Urricelqui se sonrió burlonamente, porque, dada su monumental borrachera, era incapaz de hacerlo de forma inteligente. Después, llamó al orden al zumbón teológico, corrigiendo su ignorancia: «Ni Adán, ni Eva. Se llamaba Pitecantropo».
Plaza Consistorial 1900
Jacinto Serdeño, al escuchar aquel nombre, se incorporó todo lo erecto que era y gruñó: Pitecantropo será tu padre, Urricelqui.
A lo que éste replicó:
Así es, en efecto. Mi padre fue pitecantropo y el tuyo, aunque no lo sepas, también.
Serdeño replicó a su culto interlocutor que retirara lo dicho. Urricelqui tranquilo quiso explicarle por qué él era un descendiente del pitecantropo, pero no pudo. Oír de nuevo aquella palabra despertó en Serdeño tal incontinencia gestual que, cogiendo una botella del mostrador, lo desafió. El ilustrado, aunque su borrachera pugnara por desequilibrarlo, le indicó que si daba pábulo a semejante violencia, lo era porque, inapelablemente, su genotipo era de mandril integral. Fue lo último que dijo, porque Serdeño se le echó encima con fiereza. Urricelqui esquivó el arañazo. Después trató de defenderse con lo único que tenía a mano, un vaso. Pero apenas logró arañar el labio superior de su contrincante. Un amigo de Serdeño, Pedro Zabalza, con una botella, le atizó por detrás tal golpe en la nuca que Urricelqui cayó herido mortalmente (El Pensamiento Navarro. 6.9.1899). En efecto, a los dos días el homo sapiens de Urricelqui moriría en el Hospital (Idem. 9.9.1899).
Pamplona contaba entonces con 29.753 habitantes. Bueno, exactamente con 29.752 (El Eco de Navarra. 23.9.1899).

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La Pamplona del Baroja niño

Curso 1881-82. Colegio Huarte. Pío Baroja con el número 1. Increiblemente - en contraste con
la siguiete foto- todos con boina. Yo diría que la mayoría, roja
La estancia de Pío Baroja en Pamplona -desde los 9 a los 14 años- fue horrorosa: 5 años de lucha constante por la supervivencia. Encima le tocó bien de cerca la ejecución de Toribio Eguía, viejo conocido de este blog. No es de extrañar que guardara un mal recuerdo.
***
De 1881 a 1886, vivió Baroja (1872-1956) en Pamplona. No debió de pasarlo muy bien y quizá de ahí venga parte de la inquina que tenía contra el Carlismo, según señalan esos falsos tópicos que se le atribuyen sin pruebas:
"¿Pensamiento y Navarro? No me suena"
"Carlista: animal de cresta roja que habita en el monte y de vez en cuando baja a la ciudad y ataca al hombre".
Sea como fuere, la inquina hacia el carlismo es real. Mirad cómo pone a los chicos de su edad en Pamplona, atribuyendo su crueldad al ejemplo de sus padres, combatientes en las guerras carlistas.
Grupo de alumnos del Colegio Huarte hacía 1880, el señor del centro es D. Jose Mª Huarte Callis,
fundador del colegio, a la derecha D. Alberto Huarte Machín, su sobrino. (Gentileza de José Castells)
En Familia, infancia y juventud, don Pío, en magistrales pinceladas, narra cómo era la vida de los mocetes pamploneses en la penúltima decena de la pasada centuria:
Bajada Javier 2-4, "la casa del patio" 
«Nos llevaron en seguida a los chicos al colegio de Huarte*, que estaba en la Bajada de San Agustín (hoy, de Javier). Este colegio tenía un corredor muy largo a la entrada, y a la puerta, un zapatero remendón.
El primer día me pegué con otro chico a la salida de clase porque se había estado burlando de mi acento madrileño, hasta que el portero zapatero nos separó a patadas y a golpes con el tirapié. Después tuve que pegarme por el mismo motivo con otro y con otros, y adquirí fama de reñidor. Entre nosotros, los chicos, se desarrollaban una brutalidad y una violencia bárbaras.
Los de Madrid, aunque bastante brutos, no tenían comparación con los de Pamplona. Estos eran de lo más salvaje que puede uno imaginarse. Quizá ello no tenía nada de raro. La mayoría de mis compañeros eran hijos o descendientes de voluntarios de la guerra civil (3ª Guerra carlista), que tenían como norma de la vida la barbarie y la crueldad. Constantemente estaban pegándose y, sobre todo, pensando barbaridades y crueldades.
A mí, como digo, me pusieron en la alternativa, al entrar en el colegio, de pegar o de ser pegado, y pegué todo lo que pude. Yo, al principio, tenía miedo, pero luego me lanzaba. No sé si era naturalmente brutal, pero había que serlo; porque entre los chicos el que no amenazaba y se pegaba estaba fastidiado para siempre.
Ardanaz: Vª de Pamplona, 1950 (la Magdalena)
Me hincharon las narices muchas veces, pero me resistí firme, dí con todas mis fuerzas y llegué a hacerme temer. El que se entregaba estaba perdido. En aquella pequeña lucha por el prestigio había que ser bruto, jactancioso, sin compasión ni piedad.
A un condiscípulo que se achicó cayeron sobre él los demás y le amargaron la vida. Como estaba asustado, a la salida del colegio le iba a esperar una criada para acompañarle. Esto no le salvó; los demás le hacían barbaridades: le pisaban el sombrero, le orinaban en el gabán, le colgaban papeles con insultos en la espalda y le hacían mil diabluras.
Aquello era como un gallinero. El fuerte, el grande, el audaz vencía. Yo creo que nunca me puse con los fuertes contra los débiles; tenía odio a los grandes que se manifestaban déspotas y bárbaros.
Los chicos de Pamplona teníamos una mentalidad de piratas. Todo lo que fuera cortesía o suavidad se nos antojaba rebajamiento. Andar con sombrero era una vergüenza: había que ir con boina. La gorra con pompón era algo para nosotros muy humillante. Le llamábamos «tapacomún». El marchar de paseo en fila con un traje nuevo nos parecía una cosa indigna.

No teníamos confianza con los profesores y mentíamos siempre que nos preguntaban algo. Cuando alguno se consideraba ofendido contra el colegio, cogía los tinteros de cristal de la clase y los rompía en los bancos de la plaza del Castillo. Al cabo de algún tiempo los tuvieron que poner sujetos y de plomo.

En el colegio había dos pasantes que no se significaban por endulzar la vida de los chicos. El uno era un estudiante de cura llamado Valentín, simpático, pero muy aficionado a dar golpes; el otro, un viejo manco, que era temible por los atroces pellizcos que aplicaba con la única mano que tenía. Este se llamaba Pegenaute, y los chicos le decíamos Piojo Blanco».
También en ‘Silvestre Paradox’ cuenta:

«Se reunía con los chicos más granujas del pueblo; sus diversiones favoritas eran apagar faroles, envenenar lagartijas con tabaco para que tocasen el tambor; correr por entre los antiguos cañones que estaban emplazados en la muralla, en un sitio llamado el Redín, y jugar al palmo, a las chapas y al marro en la plaza del Castillo.
En verano era una delicia bañarse en el Arga, en la Peñica, lugar adonde concurrían los aprendices en el arte de la natación, o en el Recodo, punto reservado para los maestros en tan arriesgado ejercicio».
Narra también las fenomenales pedreas que se organizaban en la Vuelta del Castillo, de los petardos que tiraban en la casa de los canónigos de la catedral, de las bromas a un barbero de la Curia que le golpeaban la bacía colgada sobre la puerta, de las reuniones en una infecta taberna de la Mañueta en donde los sargentazos alternaban la lotería con las barajas y el billar, bromas en el Gayarre (entonces Principal), juegos sobre los carros de bueyes y en el árbol del Cuco situado frente a San Lorenzo, tipos populares y bromas a Gonzalón, cabo de los «Jas» (como los llamábamos en nuestra infancia). ['Ja', 'Japi'... son palabras caló que usábamos para designar al guarda de campo]


*En 1890 el Colegio Huarte se trasladó a la calle Mayor, 54

El local, así como todo el edificio, era y es propiedad de la familia Huarte, concretamente y hasta su fallecimiento, hace pocos años, de Alberto Huarte Myers, uno de los integrantes del conocido grupo de música Los Iruñako. Este edificio albergó entre 1890 y 1938 el prestigioso colegio Huarte.

La ejecución de Toribio Eguía
1890 Plazuela del Consejo, nevada
La versión de Pío Baroja.
Pío Baroja, vivió en Pamplona, en la calle Nueva 30-2º,  como hemos dicho, desde el 81 al 86. 
Su testimonio es excepcional, ya que vio con sus ojos de chaval (a punto de cumplir 13 años) pasar por debajo de su casa, antes de  las 8 de la mañana del 15.10.85, al desgraciado Toribio Eguía. 
Así nos lo cuenta en "Pío Baroja" [Obras completas, Vol. VII. Biblioteca Nueva. Madrid, 1978 (fragmento)]:

"Una de las impresiones más grandes que recibí en Pamplona fue la de ver pasar por delante de mi casa, en la calle Nueva, a un reo de muerte, a quien llevaban a ejecutar a la Vuelta del Castillo, ante un baluarte de la muralla próxima a la Puerta de la Taconera. El reo se llamaba Toribio Eguía, y había matado a un cura y a su sobrina en Aoiz. 
Recorrido cárcel-patíbulo. Punto rojo: casa  Baroja 
Iba el reo en un carro, vestido con una hopa amarilla con manchas rojas y un gorro redondo en la cabeza. Marchaba abrazado por varios curas, uno de los cuales le presentaba la cruz; el carro iba entre varias filas de disciplinantes con sus cirios amarillos en la mano. Cantaban éstos responsos, mientras el verdugo caminaba a pie, detrás del carro, y tocaban a muerto las campanas de todas las iglesias de la ciudad. Luego, por la tarde, lleno de curiosidad, sabiendo que el agarrotado estaba todavía en el patíbulo, fui solo a verle, y estuve cerca contemplándole. Parecía un fantasma horroroso, vestido de negro y manchado de sangre. Tenía las alpargatas sin meter en los pies. 
Al volver a casa no pude dormir por la impresión, y el recuerdo me duró largo tiempo." 

Tenía entonces Pamplona menos de treinta mil habitantes y fueron unos diez mil a ver en directo la ejecución. Me extraña que Baroja no hubiera ido. Supongo que habrían dado fiesta en los colegios. Pero no aguantó el morbo y, en soledad, fue a ver a Toribio. Una temeridad.

Consideraciones:
El chaval, Pío Baroja, no debió de entender bien el nombre del pueblo donde ocurrió el crimen y dice Aoiz cuando debería haber dicho Atondo. Hay unas cuantas páginas web que repiten el error de Baroja.
Lo de que el ama de llaves fuera la sobrina del cura tampoco aparece en la prensa de la época.
En cuanto al vestido del reo, nos habla de una especie de túnica amarilla y con manchas rojas (lenguas rojas) y el gorro. 
Me llama la atención que luego, a la tarde, lo vea "vestido de negro y manchado de sangre".
Los demás datos que aporta coinciden con la prensa del día.

Conclusión
Después de todo lo que hemos leído, no es de extrañar que Pío Baroja no guardara muy buen recuerdo de su estancia en nuestra ciudad.

martes, 20 de junio de 2017

La Remigia, por Baroga y Pérez Ollo

Recreación sobre fotografía de 1890 de la colección Arazuri. J.J.Lorza
Actualización 28.12.17 Día de los Inocentes
Leía en la prensa lo que parece ser una tomadura de pelo:

Memorias USB disponibles de forma gratuita
Coincidiendo con las fechas navideñas y bajo el lema “Regala memoria – Memoria oparitu”, el Ayuntamiento de Pamplona ha elaborado unas memorias USB en las que se incluyen tanto los dos primeros documentales de ‘Píldoras de vida’ dedicados a Remigia Echarren y Rita Aguinaga como un spot de presentación del grupo ‘Nombrar Mujeres en Pamplona’. Esos USB estarán disponibles de forma gratuita en el área de Igualdad y LGTBQI (4ª planta de la Casa Consistorial), en Ematic (Compañía, 29), en Harrotu (San Gregorio, 28) y en Zentro (Calle Mayor, 2). Además, se repartirán entre colectivos y entidades sociales. Está previsto realizar diferentes presentaciones y actividades a lo largo de 2018, una vez que ‘Píldoras de vida’ vaya sumando piezas audiovisuales. 

Regalar en el desierto frasquitos de arena
¿Quién se beneficia?
Porque tomadura de pelo es regalar unas memorias USB que valen su dinero, pero como es dinero público, pues se despilfarra.
Tomadura de pelo es tener que ir a buscarlas a esos locales, en vez de ponerlas a disposición de todo el mundo a través de YouTube, Vimeo...
Tomadura de pelo es tener que esperar a que Geroa Bai (os suena, ¿no?) tenga la amabilidad -desinteresada (ver -una vez terminado- qué otros vídeos aparecen), por supuesto- de subirlas a YouTube, con lo cual queda claro que los dos puntos anteriores son un despilfarro y una pérdida de tiempo.


***
"Asimismo, recuerdo a una visitante (del Café Suizo) de todos los días, la famosísima Remigia Echarren, quien, de joven, en plena posesión de su belleza, llegó a ser la artista de circo más cotizada de Europa. Era la “Reina de la maroma”, la mejor funámbula de todos los tiempos. Ahora, vieja, arrugada, con una peluca estropajosa, y habiendo dilapidado una fortuna, se dedica a la venta ambulante de lotería.
Si, conozco esa historia —interrumpo a Mario (empleado del Café Suizo)— y algún día le dedicaré un trabajo especial" (José María Baroga).

Al final, no sé si Baroga hizo algún monográfico para Remigia. Quien sí lo hizo -y con su habitual rigor- fue Fernando Pérez Ollo. Con él concerté en 2011 una cita -a través de Javier L. de Munáin, el del Parnasillo- para rematar algunos flecos sobre el Crimen de Atondo, por el que sufrió garrote vil Toribio Eguía.

Esa cita quedó pendiente para la eternidad.

Remigia Echarren Aranguren,                                                 por Fernando Pérez Ollo

("Mujeres que la historia no nombró")
Pamplona, 11 de abril de 1853 ~ Pamplona, 9 de enero de 1921
Funambulista. Su fama, hasta tiempos recientes, ha pasado de padres a hijos, víctima de las deformaciones que inflige la tradición oral. “La Remigia ha sido un confuso personaje pamplonés, más citado que conocido, cuyos grandes trazos aparecen en escritores costumbristas, amigos de la anécdota y mucho menos de los archivos, salvo raras excepciones, más raras de lo que se dice y escribe como verdad de la buena. Doña Remigia, a la que nunca se le ha reconocido tratamiento de señora y otorgárselo parece cosa de guasa, no ha merecido ningún estudio, ni serio ni ful, de las plumas dedicadas a las glorias locales. Citas, tópicos y alguna que otra lección moralizante, todo, material que rueda de unos autores a otros, sí, pero lo que se dice estudio, no.
Fue la tercera de los cuatro hijos habidos en el matrimonio formado por Venancio Echarren Jiménez, pamplonés, y Manuela Aranguren Elizalde, de Esquíroz, vecina de la ciudad desde los diez años. Los abuelos eran todos de la Cuenca. Los paternos, Francisco y Joaquina, de Eguíllor y Pamplona; los maternos, José y Gregoria, de Esquíroz y Cizur Menor.
San Juan Bautista o Jesús y María (hoy albergue peregrinos)
Nuestro personaje nació a las nueve de la noche y la bautizaron al día siguiente en la parroquia de San Juan Bautista. No sabemos en qué calle vio la luz, pero es indudable que pertenecía a la ciudad de la Navarrería. Le pusieron el doble nombre de Leona Remigia. El primero, por san León Magno, Papa, cuya fiesta correspondía al día natal de la bautizada, el segundo, por la madrina, Remigia Artajo, natural de Úriz (Arce) y residente en Pamplona, según la partida bautismal. Lo cierto es que esta madrina no aparece bautizada en Úriz. El registro municipal de nacidos, confeccionado a partir de los informes parroquiales, equivoca el nombre de la niña. Dice que se llamaba Leona Benigna. Por fortuna para ella, en sus tiempos no necesitaban nunca un certificado de nacimiento.
Remigia, tercera hija de la casa, fue en realidad la segunda, porque la anterior, Joaquina, apenas vivió una semana de enero de 1851. La mayor se llamó Hermenegilda Gregoria (1848-1928). El cuarto, Francisco Miguel (1855-1889).
El padre murió fuera de Pamplona y la madre contrajo nuevas nupcias con Manuel Zabalza Goldaracena, labrador jornalero diez años más joven que ella, natural de Artica y establecido en Pamplona en 1860. El matrimonio y los tres hijos de ella vivieron en la calle Pellejerías, hoy Jarauta, 12, 4º.
Luego se abre un período oscuro, durante el que Remigia debió de aprender y practicar la técnica de andar por una maroma. La encontramos en Pamplona en 1882 y, ya como una figura festiva y popular en 1883, cuando cruzó el Arga, por “Las cadenas”. Ya trabajaba con el nombre artístico de Mademoiselle Agustini.
En 1882, el 12 de julio, miércoles, actuó en la plaza de toros, con la compañía de acróbatas y gimnastas “Teresy y Velázquez”, “llamando particularmente la atención del público los notables trabajos de la percha fija y los de cuerda tirante en la que la funámbula señorita Agustini, émula de Blondin, demostró gran arrojo y mucho aplomo. Según parece, esta notable artista es natural de esta ciudad y su verdadero nombre Remigia Echarren, así lo dicen los carteles. Sentimos que lo desabrido de la tarde no llevase mayor concurrencia a la plaza”, decía el “Lau buru” seis días después. Repitió la actuación cuatro veces, los días 16, 23, 25 y 30. Otro periódico, “El Eco de Navarra”, anunciaba la función, cuya entrada costaba 2 reales vellón, y calificaba a la atracción como “funámbula sin rival”. El director de este periódico, Nicanor Espoz Redín (1836-1911), bajo su seudónimo habitual, “José”, escribía el día 25: “Hay en la compañía un chico que se retuerce como una tohalla (sic) mojada. Esto es admirable, muy admirable, pero en la compañía hay otra cosa más admirable todavía. Una mademoiselle que no solamente no es francesa, sino que es nacida en Pamplona y se llama Echarren.
Y como si esto no fuera bastante, es digna rival de Blondin, el que pasó de píe sobre una cuerda las cataratas del Niágara. La mademoiselle Echarren, que si las crónicas no mienten, hace algunos años vivió en la calle de los Descalzos, es una artista consumada; atraviesa la plaza a una altura prodigiosa y los espectadores le aplauden con verdadero entusiasmo. No bastaba que Navarra produjera músicos notables (aquellos sanfermines vinieron Sarasate, Gayarre, Arrieta, Guelbenzu, amén de otras celebridades), era preciso que diera volatineros sobresalientes. Id a ver esta tarde a Remigia Echarren y os convenceréis de que es verdad cuanto os digo. Vamos, hombre, si no puedo convencerme ni aun viéndolo, que haya pamplonesas que manejen el balancín y sepan hacer equilibrio y bailar en la maroma”. Aquel día cruzó la maroma en medio de fuegos artificiales. Por las liquidaciones de taquilla, sabemos que la asistencia más floja fue la del día 23, espectáculo a beneficio de la funambulista.
(pincha para leer mejor)
El año siguiente, 1883, vino con la compañía de Manuel Carral, que en marzo pidió la plaza de toros para sus actuaciones a partir del 24 de mayo, día de Corpus Christi. Pero el debut de las cinco funciones se anunció para después de la última corrida de sanfermines. Lo cierto es que Remigia cruzó el río el día 9, como número de fiestas, a las siete menos cuarto de la tarde, informaba “Lau buru”, “en la parte del río contigua a la fábrica de Pinaquy. Un cuarto de hora antes, nuestra distinguida paisana se dirigía a aquel punto en carretela descubierta y precedida de la banda de música de la Casa de Misericordia. Al mismo tiempo salían por la puerta de la Tejería millares de personas que fueron colocándose en las inmediaciones del río, de suerte que la pequeña explanada de la orilla izquierda del Arga y la Ripa llamada de Beloso ofrecían un aspecto verdaderamente animado. 
La funámbula se dispuso a empezar la travesía; el público guardó silencio unos momentos y a los tres minutos Agustini llegaba con toda serenidad al lado opuesto del río sobre el cual se había tendido la maroma a unos diez metros de altura. La equilibrista colocó los pies en unos canastillos y una vez sujeto convenientemente este calzado, cruzó aquélla el río con verdadera serenidad, llegando cuatro minutos después al término de su arriesgado viaje. Descansó breves instantes y enseguida recorrió otra vez la maroma con los ojos vendados y cubierta, de medio cuerpo para arriba, con un saco de tela gruesa. El público aplaudió con entusiasmo a la funámbula, la cual dio fin a su ejercicio cruzando de nuevo el río, pero esta vez ejecutando movimientos peligrosos y adoptando posturas difíciles”. El Ayuntamiento le libró 500 pesetas. Luego ella solicitó el coso para el mes de agosto. Se despidió el 26 de ese mes. La hoja de propaganda decía: “Hasta la vuelta”.
Volvió al año siguiente, 1884, casada. El 15 de enero de 1884, en Alagón, contrajo matrimonio con Venancio Urdiáin Andía, que la prensa llama joven pamplonés. Era joven. Tenía 19 años. Pamplonés, lo que puede ser quien viene al mundo en Montevideo y llega a la capital navarra con dos años de edad. El padre, comerciante, era de Arazuri, y la madre, tolosarra. Parece que fue un matrimonio peculiar. Ella firmaba Remigia Echarren de Urdiáin, pero él aparece en 1885, con su madre ya viuda, como vecino soltero y estudiante, en la calle Mayor.
En 1884 no cruzó el Arga, sino la Plaza del Castillo, además de los espectáculos en la plaza de toros. La compañía de Carral permaneció en Pamplona dos meses. El 31 de agosto, a beneficio de la Agustini, ésta, según “El Eco de Navarra”, “cuando estaba en la maroma, ceñida de coraza y casco, disparó voladores, resultado una fantástica combinación, en la que aparecía la funámbula entre una lluvia de fuego”. Ese año debutó Nicolás Echarren. Baroja recuerda en sus memorias aquellos espectáculos y que “la gente cantaba, con una música un poco ratonera, una canción en donde se decía: Yo no quiero a la Remigia, / ni tampoco a Nicolás....”
La compañía, después de Pamplona, visitaba durante el otoño los pueblos de la Ribera y de Aragón, según testimonia la prensa de la época.
La carrera de Echarren sufrió un quiebro fatal cuando el 5 de octubre de 1892 la funámbula, que hacía ejercicios en una silla a quince metros de altura, cayó al vacío. Conviene recordar que ya había cumplido 39 años.
Aun así, actuó en Pamplona en agosto de 1904, con la compañía de siempre. La propaganda habla de “la intrépida y valiente artista pamplonesa Remigia Echarren”.
[hemeroteca DN 07/08/1904 (tiene Remigia 50 años) Esta tarde á las cuatro y media hará su debut en la plaza de toros de esta capital, la compañía acrobática dirigida por D. Manuel Carral, en la que figura la Remigia Echarren. El programa es variado y el precio del tendido económico, pues, solo cuesta la entrada cuarenta céntimos de peseta.]
Luego se retiró a Pamplona, a vivir con su hermana Hermenegilda, en Jarauta. Los años de fama y aplausos no le garantizaron una vejez confortable. De exigir carretela descubierta y banda de música pasó a una vida oscura. En los padrones declara su estado de casada, pero el consorte no aparece. Murió de miocarditis crónica, en el piso segundo de la casa número 3 de la Cuesta del Palacio. La partida parroquial de defunción consigna que su marido era Venancio Urdiáin. Ignacio Baleztena la recordaba en los años finales como vendedora de lotería, “estrepitosamente teñida de rubio” y casada con un tal Ciordia, sujeto de vida irregular, aunque divertida. Hermenegilda falleció siete años más tarde, de bronconeumonía.
Fernando Pérez Ollo, Periodista y Escritor
BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:
• Archivo parroquial de San Juan Bautista de Pamplona, Libro de bautizados, nº 15, fol. 75, nº 71  Libro de difuntos, nº 9, fol. 43, nº 4.
• Archivo Municipal de Pamplona. Estadística. Padrones, años 1865, 1885, 1915, 1920.
• “Lau buru” y “El Eco de Navarra”, números citados al día.
• Premín de Iruña (Ignacio Baleztena), Iruñerías (VII), Temas de Cultura Popular, 313, pp. 30-31.

Si quieres completar esta entrada:
Gentileza de Javier Azqueta


viernes, 11 de marzo de 2011

Crimen de Atondo: anecdotario. Toribio, saca la lengua (y 4)

Postal articulada
Anecdotario:
1. Se quedaba muy corta la tirada de la  prensa de Pamplona.
Para que se vea cuánta era la curiosidad del público por conocer los detalles del proceso contra Toribio Eguía por el crimen de Atondo, extraigo esta nota del Lau-buru (periódico de Pamplona) del 14.01.85: 
"... diremos que ayer, en cuyo número publicamos la sentencia, lo mismo que los días que publicamos la vista en juicio oral, se han agotado las tiradas de nuestro periódico antes del mediodía. Nuestro agradecimiento al Presidente de la Audiencia, cuyas atenciones hacia la prensa nos han facilitado la tarea, de otro modo irrealizable, de satisfacer la curiosidad del público".
2. Reacciones de Toribio Eguía.
Ya vimos su reacción cuando el verdugo le hizo levantarse del asiento para ajustarlo mejor: se quedó mirando impasible los arreglos que aquel realizaba. 
Veamos ahora otras reacciones y frases que muestran a las claras el estado mental de Toribio:
Lau-buru del 26.11.84. Gacetillas: 
"Conducido Eguía al lugar del suceso, contempló impasible los cadáveres de las victimas... También ha empezado a decirse que éste padece alguna enajenación mental"
La Vanguardia 19.10.85:
Antes de oir la notificación de la sentencia exclamó:«Prefiero morir en el patíbulo á morir en presidio, pues que de este modo Dios misericordioso me perdonará mi horrendo crimen.».
Oyó la lectura de la sentencia prestando gran atención, pero sin inmutarse en lo más mínimo. El escribano le manifestó que había sido denegado el indulto. Cuando le preguntó si quería firmar la sentencia, se limitó á contestar:«¿Y para qué? Lo que deseaba era ver la firma de Alfonso (se refiere al Rey Alfonso XII)».
A eso de las cuatro de la tarde uno de los hermanos de la Paz y Caridad le preguntó:
—¿Qué haces, Toribio?
—Engordar para morir—contestó el reo.
Y terminaba La Vanguardia:
La angustiada madre del reo había salido el día anterior con dirección al Santuario de Loyola, por consejo de las personas que quisieron apartarla del terrible espectáculo.
3. El verdugo: Lorenzo Huerta
Cuenta un Pío Baroja de casi 13 años: 
"Detrás del carro (en el que llevaban a Toribio al patíbulo) marchaba el verdugo a pie, braceando"
Y Miguel Sanchez Ostiz siguiendo los recuerdos de Baroja:
"y a la del verdugo que explicaba tranquilamente al público asistente detalles de la faena"
Decíamos en la entrada anterior:
"El verdugo llámase Lorenzo Huerta y pertenece a la audiencia de Burgos. El aparato con el que el ejecutor de la ley ha cumplido su terrible ministerio es una modificación del antiguo, modificación hecha por Huerta y se estrenó en Vitoria en el criminal Garayo (a) Sacamantecas, después en algunos individuos de la Mano Negra y últimamente en Eguía. Lorenzo Huerta lleva ya 47 ejecuciones".
Pues bien, seis años después (10.12.1891) lo encontramos en Olmedo (Valladolid). Es un verdugo veterano: 56 años y más de 80 ejecuciones. Tiene que ajusticiar a dos amantes por el asesinato del marido de ella (crimen que inspiró para hacer una novela a Emilia Pardo Bazán). No le tiembla el pulso a Lorenzo Huerta, maestro del garrote vil. Victoriana muere al instante. Pero Gumersindo no para de gritar. Aprieta el verdugo, destapa su cabeza y el reo sigue moviendo labios y ojos. Vuelta al garrote y Gumersindo aún con pulso. ¡Terrible final! Los 8.000 espectadores apenas lo pueden soportar.

4. El opulento banquero
Pero las noticias sobre el crimen de Atondo dieron también pie a meterse con los relatos de periódicos de la competencia, críticas no exentas de humor como esta de La vanguardia de Barcelona del 18.10.85 (3 días después de la ejecución), hacia La Correspondencia de España:
Cosas de La Correspondencia:
«Ha sido ejecutado en Pamplona el reo Toribio Eguía.
Entre las varias gestiones que se han practicado en solicitud del indulto, ha sido muy
valiosa la del opulento banquero señor marqués de Campo.»
¿Muy valiosa?—pregunta un colega.
Pues no se ha conocido.
Si acierta á serlo un poco menos, ¿qué hubieran hecho con el infeliz Eguía?
5. ¡Toribio, saca la lengua!

Ramona Belzunegui



Como habéis podido escuchar, mi madre (Ramona Belzunegui) no se atreve a relacionar la expresión "Toribio, saca la lengua" con la ejecución de Toribio Eguía. Yo, sin embargo, siempre he sospechado que tenía relación, aunque hasta ahora no he podido demostrarla. Pero tenía bastantes datos que apuntaban en esa dirección:
  • En el ABC del 30.03.1907 hay un artículo en el que el autor se queja de que cada día se repite un millón de veces esa gracia de “Toribio, saca la lengua” por la Puerta del Sol o calle de Sevilla por más de un centenar de jóvenes que anuncian una mercancía: unas cabecitas de caucho, toscamente fabricadas, que, al ser presionadas, sacan efectivamente la lengua. Y añade que esa expresión no es ni siquiera madrileña, sino que la puso en circulación el primer vendedor, forastero, de esas cabezas. (Nota: ver Actualización, al final de este apartado 5)
  • Consuelo Vello “La Fornarina” (1884.1915)
    De la calle la expresión pasó al teatro, o mejor, a la revista: Uno de los números más famosos de las cupletistas de su tiempo fue «Toribio, saca la lengua». La cantante utilizaba una pelota dibujada con rasgos humanos que, al presionarla, sacaba una gran lengua roja. Las connotaciones eróticas de la acción propiciaban la excitación del público.
  • En Campezo (Álava), el martes de carnaval, en los primeros años del siglo XX, los mozos exhibían un muñeco relleno de paja y vestido de hombre, al que llamaban Toribio. En un pie calzaba zapato y en el otro alpargata (¿referencias a Baroja? : “Tenía las alpargatas sin meter en los pies”). Y le gritaban: “¡Toribio, saca la lengua!”. Y quienes paseaban al muñeco (“cachirulos”) respondían por él “¡No quiero, que la tengo negra!”. Ya en la plaza, lo colocaban sobre el abrevadero y, después de oir la sentencia, ahogaban a Toribio. Tras lo cual se ponían, como en Lanz (Navarra), a bailar.

  • O este testimonio, bastante posterior, de Patxi Oroz: [De esas lecturas sólo recuerdo de mi niñez, además de noticias futbolísticas sobre Zarra, Basora, Gainza, alguna información «política» relacionada con la Segunda Guerra Mundial. Junto a nuestra casa (en Beriáin, Navarra) vivía con su numerosa familia el señor P. A., un labrador cuya hacienda era suficiente para mantener dos yuntas de bueyes, conocido por su brío y genio. Solía contar historias, y a los niños nos gustaba escucharle junto al fogón en las tardes de invierno, asando castañas, aunque a veces nos quitaba el sueño con alguna historia horripilante, como la de un ahorcado –que no sé si tendría algo que ver con una del mismo tema que cuenta, si no me equivoco, Pío Baroja– en la que el narrador intercalaba, con la gesticulación correspondiente, a fuer de estribillo, y con voz de ultratumba, «Toribio saca la lengua, Toribio la va a sacar». Y para terminar: «Toribio ya la sacó»].
Así pues, hasta este momento todo eran hipótesis que apuntaban en la misma dirección. Pero hoy (11.03.11), he tenido la suerte de confirmarlas. Mi fuente (¡gracias, Javier!) es Fernando Pérez Ollo [actualización 19.10.2011: ¡Descansa en paz, Fernando!] quien me ha contado diversos detalles sobre su visita a Atondo en 1996. Allí le enseñaron el escaño, aún manchado de sangre, en el que estuvieron sentados Toribio y el ama; y le aseguraron que vecinos de Atondo, indignados por tan horrible crimen, estuvieron en primera fila durante la ejecución mofándose de Eguía y gritándole el, luego famoso, “¡Toribio, saca la lengua!”.
  • Como hemos visto en la entrada anterior, el cronista del Lau-buru no cuenta nada de ello, pero sí dice una frase muy significativa: “Omitamos ciertos detalles”, frase que da pie a sospechar que sucedieron cosas que no quiso narrar.
  • Actualización 23.11.13: Me comunica Javier Barreiro, abundando en lo que digo en el primer punto de este mismo apartado 5, que, independientemente de que los vecinos de Atondo le gritaran al reo eso de “¡Toribio, saca la lengua!”, cuando realmente se hizo famoso el dicho fue en 1907 (25 años después de la ejecución de Toribio) cuando se voceaban por Madrid esas cabecitas de caucho que sacaban la lengua. Y añade que el que inventó el artilugio y el primero en vocearlo fue ¡Toribio Casas! quien bautizó al muñeco con su propio nombre. A mí, personalmente, me convence la opinión de Javier, a quien agradezco los datos que me ha aportado.
6.Últimas ejecuciones
Las últimas ejecuciones por el sistema del garrote vil en España  tuvieron lugar el 2 de marzo de 1974. La sufrieron el anarquista catalán Salvador Puig Antich, en la Cárcel Modelo de Barcelona, y el delincuente común Heinz Ches de origen pretendidamente polaco -en realidad, era alemán y se llamaba Georg Michael Welzel en la de Tarragona.