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viernes, 18 de febrero de 2011

El crimen de Atondo: Toribio Eguía (1)

José Gutiérrez Solana "Garrote vil" (Alba de Tormes 10.12.1897)
La historia del "crimen de Atondo" se la había oído algunas veces a mi madre. Como ella cada vez tenía más dificultades para recordar el poema, decidí en 2009 (poco antes de su muerte) grabársela y últimamente me he interesado por completar las lagunas.
Brevemente, las cosas ocurrieron asi:
Esto sucedió en Pamplona, el 15.10.1885
El 22 de noviembre de 1884 Toribio Eguía mató al cura de Atondo y a su ama de llaves. Ese mismo día fue detenido en el hotel La Perla (entonces Fonda) de Pamplona. La vista oral del juicio tuvo lugar 46 días después: los días 7 y 8 de Enero del 85 en la Audiencia Territorial de Pamplona. El lunes, día 12, fue condenado a morir por garrote. El jueves 15 octubre del 85, poco después de las 8 de la mañana fue ejecutado públicamente en la Vuelta del Castillo, al lado del portal de Taconera. Seguramente es la última ejecución pública en Pamplona. De unos 30.000 habitantes que tenía Pamplona, asistieron 10.000, con mayoría femenina.

La versión de mi madre: Ramona Belzunegui
Mi madre conoció de niña esta terrible historia. La conoce porque Casa Macaya, al estar a la entrada del pueblo, era el primer sitio donde paraban los pobres y estos solían traer algún papelito con versos o historias que ellos mismos cantaban o recitaban para conseguir una propina.
Esto es lo que me contó (dale al play, pon máximo volumen y, mientras escuchas, sigue leyendo):




El 22 de noviembre
del pasado 84,
Portal de la Taconera a finales del XIX
día de terror y espanto.
Aquí mi pluma se para
y aquí mi mente se borra.
Un cuadro tan horroroso
como hoy contempla Navarra.
Toribio Eguía el 21
en casa del cura entró,
saludándole a su tía
que amable lo recibió

El cura se va a celebrar misa y le dice a su ama que le dé de almorzar,

que, mientras esté en su casa,
de comer no ha de faltar.

Según mi madre, el ama del cura era hermana de la madre de Toribio. La tía le riñó porque era un baldragas: ver a la tía, ir a Pamplona y volver. Todo esto ocurrió en Atondo el 22.11.1884. Al volver el cura de misa se encontró a la tía muerta y también mató al cura. Cree que con cuchillo. Toribio, de Atondo va a Pamplona, a la Fonda (entonces) La Perla, llevándose el dinero.
En La Perla una muchacha (sirvienta) observó que estaba manchado de sangre y siguió espiándolo por el ojo de la cerradura. Y llamaron a la policía y lo detuvieron enseguida.
Consideraciones:
Aunque Ramona se lía un poco con la fecha del crimen, el verso lo deja bien claro: Toribio entra en casa del cura de Atondo el 21 de noviembre y comete el doble crimen el 22.
Mi madre dice que el ama era hermana de la madre de Toribio. Sin embargo, los apellidos de éste son Eguía y Esparza, mientras que el apellido del ama de llaves es Babace. Por tanto, quizás fuera tía, pero segunda o tercera, pero nunca hermana de la madre. En la prensa de la época hay un par de reseñas que afirman el parentesco. Pero en el juicio no se hace alusión a ello (cosa extraña porque constituiría un agravante).
Si el crimen y la ejecución fueron en 1884-85 y mi madre nació en 1917, habría oído la historia alrededor de 1925. Resulta, pues, muy llamativo que el "crimen de Atondo" tuviera todavía tanta repercusión 40 años después. ¿Por qué? ¿Porque el muerto era cura? En el 50 mataron con una azada al de Unciti y no tuvo ni de lejos tanta repercusión.
Mi madre intenta recitar un poema, un romance del que apenas recuerda una docena de versos. El romance tuvo que ser hecho en el 85 ("...del pasado 84..."). Comparemos el comienzo del poema (Aquí mi pluma se para y aquí mi mente se borra...) con el de la Crónica: "Tiembla nuestra mano y la pluma no sabe trazar..." dice el cronista de la ejecución. ¿Es él, o alguien que en él se inspira, quien hizo el poema que recodaba mi madre?

La versión de Pío Baroja.
Casa núm. 30 de la calle Nueva en 1971.
Pío Baroja
, nacido en San Sebastián el 28.12.1872, 
vivió en Pamplona, en la calle Nueva 30-2º, desde el 81 al 86. Su testimonio es excepcional, ya que vio con sus ojos de niño (a punto de cumplir 13 años) pasar por debajo de su casa, a las 8 de la mañana del 15.10.85, al mismísimo Toribio. Así nos lo cuenta en "Pío Baroja" [Obras completas, Vol. VII.  Biblioteca Nueva. Madrid, 1978 (fragmento)]:
    "Una de las impresiones más grandes que recibí en Pamplona fue la de ver pasar por delante de mi casa, en la calle Nueva, a un reo de muerte, a quien llevaban a ejecutar a la Vuelta del Castillo, ante un baluarte de la muralla próxima a la Puerta de la Taconera. El reo se llamaba Toribio Eguía, y había matado a un cura y a su sobrina en Aoiz. Iba el reo en un carro, vestido con una hopa amarilla con manchas rojas (con más detalle, cuenta Sánchez Ostiz, hablando de la visión de Baroja niño: "...el reo, en un carrito con una hopalanda amarilla cubierta de lenguas rojas...") y un gorro redondo en la cabeza. Marchaba abrazado por varios curas, uno de los cuales le presentaba la cruz; el carro iba entre varias filas de disciplinantes con sus cirios amarillos en la mano. Cantaban éstos responsos, mientras el verdugo caminaba a pie, detrás del carro, y tocaban a muerto las campanas de todas las iglesias de la ciudad.Luego, por la tarde, lleno de curiosidad, sabiendo que el agarrotado estaba todavía en el patíbulo, fui solo a verle, y estuve cerca contemplándole. Parecía un fantasma horroroso, vestido de negro y manchado de sangre. Tenía las alpargatas sin meter en los pies. Al volver a casa no pude dormir por la impresión, y el recuerdo me duró largo tiempo."
Recorrido de la cárcel al patíbulo. Punto rojo: casa de Baroja
Consideraciones:
El niño Pío Baroja no debió de entender bien el nombre del pueblo donde ocurrió el crimen y dice Aoiz cuando debería haber dicho Atondo. Hay unas cuantas páginas web que repiten el error de Baroja.
Lo de que el ama de llaves fuera la sobrina del cura tampoco aparece en la prensa de la época.
En cuanto al vestido del reo, nos habla de una especie de túnica amarilla y con manchas rojas (lenguas rojas) y el gorro. (Estos datos sobre su vestido los recordaremos para una futura hipótesis).
Me llama la atención que luego, a la tarde, lo vea "vestido de negro y manchado de sangre".
Los demás datos que aporta coinciden con la prensa del día.

La versión de La Perla:
Fonda La Perla en 1882. (pincha)
Esta página aporta una serie de detalles importantísimos y, en general, muy certeros. Os la ofrezco en su integridad poniendo en negrita las aportaciones más destacadas:
"Uno de los clientes más famosos que pasó por la fonda fue Toribio Eguía; en este caso el adjetivo de famoso claramente no se corresponde con el de ilustre.
Hay que remontarse al 21 de noviembre de 1884 para conocer que este individuo hizo noche en la localidad navarra de Atondo; allí el párroco, Manuel Martiarena, de 83 años, le dio cena y cobijo, seguramente conmovido por la condición de hemipléjico que presentaba el vagabundo. A la mañana siguiente, mientras el clérigo estaba en la iglesia oficiando misa, Toribio Eguía tuvo una discusión con Martina, el ama de llaves, discusión esta que se zanjó con una puñalada que acabó con la vida de la mujer. Cuando llegó el párroco y vio el cuerpo ensangrentado de la mujer acudió rápidamente a por su escopeta, pero Toribio Eguía no le dio tiempo a disparar, y le asestó varias puñaladas con resultado de muerte.
Una vez cometido el doble crimen, aprovechó el asesino para robar en la casa cogiendo monedas de oro y de plata por un valor de 690 pesetas, así como algunos pequeños objetos. De allí, tras cerrar la puerta, marchó a Pamplona.
A las seis y media de la tarde de aquél 22 de noviembre hacía Toribio Eguía su entrada en la Fonda La Perla, en donde se le dio la habitación número 31. Cenó como si nada hubiera pasado, y la propia Micaela Erro, hermana y cuñada de los fundadores del establecimiento, le ayudó a quitarse la chaqueta y el calzado; poco después declararía ella en el juicio que “le tenía compasión por verle imposibilitado, y por esta razón le ayudó”.
La sorpresa vino para Micaela cuando Toribio Eguía no tuvo mayor reparo en ponerse a contar las monedas delante de ella. Por las declaraciones que hubo durante el juicio se sabe que Toribio deshizo los paquetes de monedas, y los papeles que las envolvían los tiró debajo de la cama. Tuvo el detalle de pedir en la fonda que le lavaran la ropa, justificando las manchas de sangre como salpicaduras cuando le tocó matar un carnero. Dicen que se acostó a las ocho y media de la noche, y que además se durmió dejando encendido el quinqué.
La noticia de la muerte del párroco de Atondo y de su ama de llaves corrió como la pólvora. Y para que no hubiese ninguna duda, mientras al día siguiente Toribio Eguía salía a afeitarse la barba y a comprarse ropa nueva, Micaela Erro encontraba debajo de la cama los envoltorios de papel en los que podía leerse “Atondo - Culto y Clero” y “Manuel Martiarena”. Todas estas circunstancias hicieron que Micaela avisase rápidamente a su hermano Miguel, y que este pusiese en conocimiento del Gobernador sus sospechas.
Así pues, a las dos de la tarde, el Gobernador en persona, señor Moreno, acompañado de algunos agentes de policía, se presentó en la fonda, y en el mismo comedor procedió a la detención de Toribio Eguía, quien se limitó a pedir que le dejaran acabar de tomar el café. La policía pudo recuperar en la habitación de la fonda el dinero robado y la llave de la casa del párroco de Atondo.
A partir de aquí queda tan sólo por puntualizar que Toribio Eguía fue procesado y condenado a la horca. Era ejecutado el 14 de enero de 1885, pasando a la historia de la ciudad por el hecho de ser el último ahorcado que hubo en Pamplona."
Consideraciones:
Una pena que el relato del blog del Hotel La Perla, tan bien escrito y con tanto detalle, contenga justo en este último párrafo del apartado sobre Toribio Eguía dos errores de grueso calibre: Toribio no fue ahorcado sino que sufrió garrote vil. Y en 2ª lugar, la fecha de la ejecución fue 9 meses más tarde: el 15 de octubre de 1885.

sábado, 26 de febrero de 2011

Crimen de Atondo. Juicio y sentencia: garrote vil (2)


Plaza del Consejo: Audiencia Territorial y cárcel
Pamplona. Es el 7 de Enero de 1885. Para las 12 del mediodía, la Plazuela del Consejo y puntos cercanos a la Audiencia Territorial se encontraban abarrotados por una multitud deseosa de presenciar la vista oral de la causa seguida contra Toribio Eguía. Se habían tomado las debidas precauciones para evitar las avalanchas de la muchedumbre que pugnaba por entrar en la sala de visitas de la cárcel, en la que sólo cabía una mínima parte. Para cuando se abrió la puerta, ya estaba constituido el Tribunal, y el procesado, Toribio Eguía, se encontraba en el banquillo.

El Fiscal
Una vez que el relator, Sr. Valencia, dio lectura a los hechos, y los peritos pusieran en conocimiento del Tribunal que el párroco de Atondo, Manuel Martiarena, de 83 años, había recibido 12 puñaladas y el ama de gobierno, Martina Babace, muriera por 9 heridas de puñal, el Ministerio Fiscal propuso empezar la rueda de testigos.
Valentín Olza Erviti (sacristán de Atondo), Manuel Osácar (guarda de monte), Juan Ibero (monaguillo de Atondo), Marcelina Tortejada (aguadora de la casa), Francisco Alvizu y Francisca Aldave (vecinos de Atondo), Miguel Jaurrieta (guardia civil), Manuel Echarri (maestro de niños), D. Domingo Pérez (párroco de Aldava), D. Antonio Gortari (cirujano de Ororbia), Miguel Erro y Micaela Erro (respectivamente, dueño de la "Fonda La Perla" y hermana del anterior), D. Bruno Iñarra (presidente del Casino Eslava), el Alcaide de la cárcel y 2 presos compañeros de Eguía... todos ellos y algunos más desfilaron ante el Tribunal y el conjunto de su testimonio apuntó sin duda alguna a Toribio Eguía como autor del doble crimen y del robo.
Pero de todos estos testimonios voy a destacar el del maestro de niños Manuel Echarri. Y tengamos en cuenta que, para más inri, fue propuesto por el Ministerio Fiscal. Dice el maestro:
"que trataba amigablemente con Eguía a quien consideraba como hombre de juicio; que días antes del crimen de Atondo, le manifestó el procesado que disponía de un puñal y revólver, y que tenía formado un proyecto que esperaba había de proporcionarle unas buenas Navidades. Que entonces lo consideraba digno de su amistad, por más que le creía capaz de cometer algún robo u otro delito, no tan grave como los homicidios de Atondo".

Sirva este testimonio para demostrar, además de otras, dos cosas evidentes:
  • que el crimen, con una denuncia a tiempo, se podía haber evitado.
  • y que Eguía no debía de estar en sus cabales comentando con el maestro su proyecto.

La Defensa
Propuestos por la Defensa, tanto el Dr. Landa, como el Dr. Ubago se plantearon la gran pregunta: "¿es Eguía un malvado o un enfermo?". Y para obtener la respuesta, estos son los datos que aportaron ambos:
  • que el procesado tiene antecedentes familiares de enajenación mental.
  • que el 12.12.82 y el 02.01.83 (tres semanas después) tuvo el procesado sendos derrames cerebrales que provocaron en él, además de pérdida de conocimiento, delirio, risa sardónica (convulsión y contracción de los músculos de la cara), hemiplejia del lado derecho (Toribio arrastraba una pierna y era incapaz de coger una pelota con la mano diestra)... una lesión cerebral que afectó a su comportamiento.
  • que, debido a ello, no tiene íntegras sus facultades intelectuales, que carece de sentido moral, se ha vuelto un borracho acreditado y que no está en su sano juicio. Tiene, incluso, disminuido su propio instinto de conservación.
  • que se ha vuelto un demente homicida y que, por tanto, debe ser apartado de la sociedad.
    El mismo Gobernador Civil, Tomás Moreno, tras detenerlo en persona en la Fonda La Perla, declaró que consideraba al reo un insensato por su actitud impasible al ser arrestado ("permítame que termine el café", recordó que le dijo el detenido).
    También Santos Iribarren, profesor de la Academia preparatoria militar de Toledo contó que observó en Eguía un cambio radical. Lo consideraba en principio un hombre de bien por lo que lo recomendó al Director para el puesto de pasante, cargo que Toribio desempeñó con celo. Luego cambio por malas compañías y abuso del alcohol. Recordó también que un familiar le pidió consejo para ingresarlo en algún centro.
    Otros declararon en la misma línea: un sinfundamento, extravagante, loco, loco de remate, trastornado...
    En parecido discurso os transcribo un testimonio curiosísimo tal y como lo narra el cronista. (De paso, quizás sea un triste ejemplo de la actitud de la justicia y el periodismo de fines del XIX ante la lengua vasca):

    "Francisco Larumbe, labrador de Yabar (vascongado).
      — El Sr. Presidente: ¿Qué edad tiene V?
      — Larumbe. Treinta y tr... tres años... no... cuarenta y... (el testigo se lleva la mano a la cabeza, discurre y no acierta a expresar el número de años que cuenta).
      — Tendrá V. Más que veinticinco?
      — Treinta y más...
      — ¿Jura V decir la verdad en lo que se le pregunte?
      — Jurar... no señor.
      — ¿Con que no jura V por Dios etc. etc.
      — Jurar... bah... jurar... algún (aquí una palabra fea) alguna vez y así".
    El Defensor considera que el testimonio es importante, pero que mejor que lo haga su mujer. Y ésta, Felipa Goicoa, cuenta que "cierto día se hospedó en su casa el procesado, el cual después de cenar tranquilamente y de rezar el rosario, prorrumpió de pronto en horribles blasfemias y cometió mil disparates y extravagancias, por lo que lo creyeron un loco rematado"
    Aquí terminó la primera jornada de la vista oral

    Dibujo de la sala del juicio. De espaladas, Rafael Escobedo escoltado por dos guardias civiles ardias-civiles-efe


    El jueves 8 de enero, también a las 12 y con una numerosísima concurrencia que "llenaba la sala y las avenidas", comenzó la segunda jornada del juicio oral.
    En primer lugar el señor escribano leyó un escrito de la Defensa en el que declaraba al procesado "exento de responsabilidad".
    Siguió a continuación la intervención del Fiscal D. Francisco Valcárcel quien, tras lamentarse por la frecuencia, en los últimos años, de crímenes "en este país que no hay recuerdo en su historia", hizo un retrato biográfico y moral de Toribio Eguía:
    • las autoridades carlistas le instruyeron un proceso por violación
    • por una nota de suspenso abandonó sus estudios
    • fue la bebida la causa de la apoplejía que le produjo la hemiplejia
    • ahora se ha convertido en un "vagamundo", alejado de su familia, que se dedica a vivir a costa del prójimo
    • Eguía no ha matado a cualquiera. Ha matado a "un ministro del Altísimo que acababa de elevar en sus manos la Hostia Sacrosanta"
    • Y al ama de gobierno, por si aún le quedaba vida y pudiera delatarle, como Eguía mismo ha confesado, le clavó el puñal en el mismo corazón.
      Y el Fiscal se hace la misma pregunta que los Doctores: "¿Es Toribio un demente o un malvado?". Y se responde a sí mismo que Eguía es un malvado, porque:
    • no se ha probado que la lesión cerebral acarree necesariamente la pérdida de la capacidad intelectual ni el libre albedrío.
    • está en su sano juicio por lo pensado por Eguía tras el crimen: pedir asesorarse de un abogado y otros datos que muestran la distinción, por parte del reo, entre el bien y el mal.
    • Los argumentos de los Doctores Landa y Ubago son "simples rigorismos de escuela". Todos los frenópatas tienden a buscar locura en cualquier individuo.
    Y entrando el Fiscal en la calificación del delito, afirma que entra en el artículo 517 con dos agravantes normales (premeditación y abuso de confianza) y una agravante especialísima: Eguía ha asesinado a un anciano de 83 años adornado con la aureola del carácter sacerdotal.
    Por todo ello el Sr. Valcárcel, "revelando la emoción que le producía el cumplimiento de su penoso deber", pide para Eguía la pena de muerte.
    En respuesta al Sr Fiscal, D. Juan Cancio Mena, Abogado Defensor, comenzó su discurso incidiendo en lo importante que era, a la hora de juzgar, dejar fuera los sentimientos y las emociones.
    Rectificó, a continuación, el retrato de Eguía que había dibujado el Fiscal:
    • Eguía es hijo de padres honradísimos, con antecedentes familiares de enajenación,
    • tras la guerra civil, buscando un título, hizo estudios de topógrafo,
    • por su buena conducta fue recomendado en la academia militar
    • pero un trastorno mental (con una lesión cerebral evidente) fue causa de un cambio de conducta.
    • todos los Peritos coinciden en que Eguía es un demente, opinión que comparten los testigos
    • rechazó la opinión del Fiscal sobre lo expresado por los Doctores ("rigorismos de escuela")
    Y terminó reconociendo que Eguía era el autor de un delito, pero que no era responsable de él por carecer de libre albedrío. Pidió, por tanto, que se le recluyera, no en castigo de su delito, sino para evitar mayores males a la sociedad.
    Eguía, dijo el Sr Mena, ha sido el autor de un crimen horrible, pero es aún más terrible el espectáculo que se ofrecería al ajusticiar a un demente que habla de su crimen con glacial indiferencia, que subirá impasible al patíbulo y que, probablemente, exhalará su último aliento prorrumpiendo en una estúpida carcajada.
    Tras extender el acta del juicio, se dio éste por terminado.

    Cuatro días después, el lunes 12 de enero, se dictó sentencia.
    De los siete "Considerandos", por lo tratado hasta ahora, nos interesa el 4º:
    "considerando que en la ejecución del delito no concurrió la circustancia eximente primera del artículo octavo alegada por la defensa, porque la locura que liberta de responsabilidad al agente es aquella que impide discernir el bien del mal, la que apaga la luz de la razón, anonadando el entendimiento, no una ligera lesión de la inteligencia..." (NOTA al final)
    VISTOS los artículos...
    FALLAMOS que debemos condenar y condenamos a Toribio Eguía Esparza... a la pena de MUERTE EN GARROTE...
    Esta sentencia fue notificada el mismo día al procesado, quien se negó a firmarla por lo que tuvieron que hacerlo dos testigos.
    Cuentan las crónicas que en el momento de la notificación de la sentencia, Eguía se encontraba tranquilo y bastante locuaz, manifestando, entre otras cosas, que no se le ocultaba que a su gran delito le correspondía un gran castigo.

    NOTA:
    Uno se horroriza de con qué alegría se administraba la pena de muerte [suerte que en este caso estamos hablando de 1885, y no de las que en la guerra de 1936-39 y posterior dictadura se dictaron con juicios sumarísimos. Y menos, de las peores penas de muerte: los viles asesinatos que llevó a cabo ETA (hablo en pasado, por mi esperanza y por mi deseo) sin siquiera un juicio sumarísimo y jaleadas por muchos que dentro de poco lo negarán] sin tener la más mínima duda, cuando el caso de Toribio Eguía dispararía hoy todas las alarmas.
    Si ya es harto discutible que "la locura que libera de responsabilidad es únicamente la que impide...la que apaga la luz de la razón.... , la que anonada el entendimiento..," que dice la terrible sentencia (la luz de la razón, del entendimiento, tiene muchos grados de intensidad), no digamos nada si hablamos de la voluntad, la afectividad, los sentimientos y los valores morales.
    Ha caído en mis manos un documento que, aunque posterior, por pocos meses, al juicio y ejecución del reo, se refiere exactamente al caso de Toribio Eguía. Se trata nada menos que de la opinión de Juan Giné y Partagás (1836-1903) que fue uno de los pioneros de la psiquiatría en España. Un alumno suyo (y luego profesor en San Sebastián) que intervino como perito en el caso del "Crimen de Atondo", Víctor Acha, seguramente horrorizado, le pide su criterio sobre este desgraciado caso. Ésta es la opinión de Juan Giné:
    «Los magistrados, con nuestro defectuoso Código en la mano, no entienden ni quieren entender de idiotismo moral. Lo sé por experiencia. Por desgracia durará aún muchos años la confusión de esos idiotas de la afectividad con los malvados; tantos, por lo menos, como se ha tardado en distinguir ante la ley a locos maniacos, melancólicos o alucinados, de los criminales responsables. Todos admiten el idiotismo general; todos concuerdan en que existen en la especie humana seres cuyo desarrollo frénico no alcanza el nivel común del desenvolvimiento de las aptitudes psíquicas; pero ¿por dónde toman la medida de los grados de este desarrollo? Unicamente ateniéndose a un orden de facultades o aptitudes : las intelectivas. ¡Como si en el ser humano no hubiese más que inteligencia! ¿Por qué se olvidan de medir los alcances de los sentimientos y afectos, así como del vigor de las voliciones? Los tribunales hacen arrancar la irresponsabilidad del idiota y del imbécil única y exclusivamente de su insuficiente inteligencia: opinan que, si éste es egoísta, cruel, lúbrico, glotón y sucio, es a causa de ser poco inteligente. En prueba de que la depresión o rebajamiento moral o afectivo es en los idiotas primitiva y no consecuencia necesaria del deficiente desarrollo de su inteligencia, se ven muchísimos idiotas que, con todo y no haber podido aprender a leer, ni a escribir, ni a hablar con mediana corrección, muéstranse afectuosos con sus parientes, tiernos y agradecidos con los que les cuidan, y perfectamente educables en cuanto atañe a la relaciones de la vida doméstica... ! Son unos benditos! Vense, en cambio, personas de talento más que mediano, puesto que, no sólo leen y escriben gramaticalmente y cuentan de conformidad con la aritmética, sino que han aprendido idiomas, saben dibujar y pintar y... hasta imitan y falsifican documentos, y, no obstante, jamás—aun a contar desde su más tierna infancia—han manifestado poseer ninguno de esos sentimientos de afecto, cariño, gratitud, amor, justicia, apego a lo bueno y repulsión por lo malo, en que se fundan los indestructibles vínculos de la familia y de la sociedad. Las cárceles y los presidios están ahitos de estos individuos; en la infancia y en la adolescencia pueblan las Casas de Reforma; cuando jóvenes, los embarcan, en la confianza de que el mar ha de mejorarlos; ya adultos, retornan al hogar y son el azote de los deudos y amigos y frecuentemente pasto del verdugo. ¡Por rara casualidad entra alguno que otro en su natural mansión: el manicomio!—Su cerebro —ya lo tengo escrito—es pasta de crimen.Definamos, pues, el idiotismo moral: un defecto ingénito del desarrollo de las facultades afectivas y particularmente de los sentimientos altruistas, con un grado más ó menos próximo al nivel normal en el desenvolvimiento de las aptitudes intelectuales.»

    viernes, 11 de marzo de 2011

    Crimen de Atondo: anecdotario. Toribio, saca la lengua (y 4)

    Postal articulada
    Anecdotario:
    1. Se quedaba muy corta la tirada de la  prensa de Pamplona.
    Para que se vea cuánta era la curiosidad del público por conocer los detalles del proceso contra Toribio Eguía por el crimen de Atondo, extraigo esta nota del Lau-buru (periódico de Pamplona) del 14.01.85: 
    "... diremos que ayer, en cuyo número publicamos la sentencia, lo mismo que los días que publicamos la vista en juicio oral, se han agotado las tiradas de nuestro periódico antes del mediodía. Nuestro agradecimiento al Presidente de la Audiencia, cuyas atenciones hacia la prensa nos han facilitado la tarea, de otro modo irrealizable, de satisfacer la curiosidad del público".
    2. Reacciones de Toribio Eguía.
    Ya vimos su reacción cuando el verdugo le hizo levantarse del asiento para ajustarlo mejor: se quedó mirando impasible los arreglos que aquel realizaba. 
    Veamos ahora otras reacciones y frases que muestran a las claras el estado mental de Toribio:
    Lau-buru del 26.11.84. Gacetillas: 
    "Conducido Eguía al lugar del suceso, contempló impasible los cadáveres de las victimas... También ha empezado a decirse que éste padece alguna enajenación mental"
    La Vanguardia 19.10.85:
    Antes de oir la notificación de la sentencia exclamó:«Prefiero morir en el patíbulo á morir en presidio, pues que de este modo Dios misericordioso me perdonará mi horrendo crimen.».
    Oyó la lectura de la sentencia prestando gran atención, pero sin inmutarse en lo más mínimo. El escribano le manifestó que había sido denegado el indulto. Cuando le preguntó si quería firmar la sentencia, se limitó á contestar:«¿Y para qué? Lo que deseaba era ver la firma de Alfonso (se refiere al Rey Alfonso XII)».
    A eso de las cuatro de la tarde uno de los hermanos de la Paz y Caridad le preguntó:
    —¿Qué haces, Toribio?
    —Engordar para morir—contestó el reo.
    Y terminaba La Vanguardia:
    La angustiada madre del reo había salido el día anterior con dirección al Santuario de Loyola, por consejo de las personas que quisieron apartarla del terrible espectáculo.
    3. El verdugo: Lorenzo Huerta
    Cuenta un Pío Baroja de casi 13 años: 
    "Detrás del carro (en el que llevaban a Toribio al patíbulo) marchaba el verdugo a pie, braceando"
    Y Miguel Sanchez Ostiz siguiendo los recuerdos de Baroja:
    "y a la del verdugo que explicaba tranquilamente al público asistente detalles de la faena"
    Decíamos en la entrada anterior:
    "El verdugo llámase Lorenzo Huerta y pertenece a la audiencia de Burgos. El aparato con el que el ejecutor de la ley ha cumplido su terrible ministerio es una modificación del antiguo, modificación hecha por Huerta y se estrenó en Vitoria en el criminal Garayo (a) Sacamantecas, después en algunos individuos de la Mano Negra y últimamente en Eguía. Lorenzo Huerta lleva ya 47 ejecuciones".
    Pues bien, seis años después (10.12.1891) lo encontramos en Olmedo (Valladolid). Es un verdugo veterano: 56 años y más de 80 ejecuciones. Tiene que ajusticiar a dos amantes por el asesinato del marido de ella (crimen que inspiró para hacer una novela a Emilia Pardo Bazán). No le tiembla el pulso a Lorenzo Huerta, maestro del garrote vil. Victoriana muere al instante. Pero Gumersindo no para de gritar. Aprieta el verdugo, destapa su cabeza y el reo sigue moviendo labios y ojos. Vuelta al garrote y Gumersindo aún con pulso. ¡Terrible final! Los 8.000 espectadores apenas lo pueden soportar.

    4. El opulento banquero
    Pero las noticias sobre el crimen de Atondo dieron también pie a meterse con los relatos de periódicos de la competencia, críticas no exentas de humor como esta de La vanguardia de Barcelona del 18.10.85 (3 días después de la ejecución), hacia La Correspondencia de España:
    Cosas de La Correspondencia:
    «Ha sido ejecutado en Pamplona el reo Toribio Eguía.
    Entre las varias gestiones que se han practicado en solicitud del indulto, ha sido muy
    valiosa la del opulento banquero señor marqués de Campo.»
    ¿Muy valiosa?—pregunta un colega.
    Pues no se ha conocido.
    Si acierta á serlo un poco menos, ¿qué hubieran hecho con el infeliz Eguía?
    5. ¡Toribio, saca la lengua!

    Ramona Belzunegui



    Como habéis podido escuchar, mi madre (Ramona Belzunegui) no se atreve a relacionar la expresión "Toribio, saca la lengua" con la ejecución de Toribio Eguía. Yo, sin embargo, siempre he sospechado que tenía relación, aunque hasta ahora no he podido demostrarla. Pero tenía bastantes datos que apuntaban en esa dirección:
    • En el ABC del 30.03.1907 hay un artículo en el que el autor se queja de que cada día se repite un millón de veces esa gracia de “Toribio, saca la lengua” por la Puerta del Sol o calle de Sevilla por más de un centenar de jóvenes que anuncian una mercancía: unas cabecitas de caucho, toscamente fabricadas, que, al ser presionadas, sacan efectivamente la lengua. Y añade que esa expresión no es ni siquiera madrileña, sino que la puso en circulación el primer vendedor, forastero, de esas cabezas. (Nota: ver Actualización, al final de este apartado 5)
    • Consuelo Vello “La Fornarina” (1884.1915)
      De la calle la expresión pasó al teatro, o mejor, a la revista: Uno de los números más famosos de las cupletistas de su tiempo fue «Toribio, saca la lengua». La cantante utilizaba una pelota dibujada con rasgos humanos que, al presionarla, sacaba una gran lengua roja. Las connotaciones eróticas de la acción propiciaban la excitación del público.
    • En Campezo (Álava), el martes de carnaval, en los primeros años del siglo XX, los mozos exhibían un muñeco relleno de paja y vestido de hombre, al que llamaban Toribio. En un pie calzaba zapato y en el otro alpargata (¿referencias a Baroja? : “Tenía las alpargatas sin meter en los pies”). Y le gritaban: “¡Toribio, saca la lengua!”. Y quienes paseaban al muñeco (“cachirulos”) respondían por él “¡No quiero, que la tengo negra!”. Ya en la plaza, lo colocaban sobre el abrevadero y, después de oir la sentencia, ahogaban a Toribio. Tras lo cual se ponían, como en Lanz (Navarra), a bailar.

    • O este testimonio, bastante posterior, de Patxi Oroz: [De esas lecturas sólo recuerdo de mi niñez, además de noticias futbolísticas sobre Zarra, Basora, Gainza, alguna información «política» relacionada con la Segunda Guerra Mundial. Junto a nuestra casa (en Beriáin, Navarra) vivía con su numerosa familia el señor P. A., un labrador cuya hacienda era suficiente para mantener dos yuntas de bueyes, conocido por su brío y genio. Solía contar historias, y a los niños nos gustaba escucharle junto al fogón en las tardes de invierno, asando castañas, aunque a veces nos quitaba el sueño con alguna historia horripilante, como la de un ahorcado –que no sé si tendría algo que ver con una del mismo tema que cuenta, si no me equivoco, Pío Baroja– en la que el narrador intercalaba, con la gesticulación correspondiente, a fuer de estribillo, y con voz de ultratumba, «Toribio saca la lengua, Toribio la va a sacar». Y para terminar: «Toribio ya la sacó»].
    Así pues, hasta este momento todo eran hipótesis que apuntaban en la misma dirección. Pero hoy (11.03.11), he tenido la suerte de confirmarlas. Mi fuente (¡gracias, Javier!) es Fernando Pérez Ollo [actualización 19.10.2011: ¡Descansa en paz, Fernando!] quien me ha contado diversos detalles sobre su visita a Atondo en 1996. Allí le enseñaron el escaño, aún manchado de sangre, en el que estuvieron sentados Toribio y el ama; y le aseguraron que vecinos de Atondo, indignados por tan horrible crimen, estuvieron en primera fila durante la ejecución mofándose de Eguía y gritándole el, luego famoso, “¡Toribio, saca la lengua!”.
    • Como hemos visto en la entrada anterior, el cronista del Lau-buru no cuenta nada de ello, pero sí dice una frase muy significativa: “Omitamos ciertos detalles”, frase que da pie a sospechar que sucedieron cosas que no quiso narrar.
    • Actualización 23.11.13: Me comunica Javier Barreiro, abundando en lo que digo en el primer punto de este mismo apartado 5, que, independientemente de que los vecinos de Atondo le gritaran al reo eso de “¡Toribio, saca la lengua!”, cuando realmente se hizo famoso el dicho fue en 1907 (25 años después de la ejecución de Toribio) cuando se voceaban por Madrid esas cabecitas de caucho que sacaban la lengua. Y añade que el que inventó el artilugio y el primero en vocearlo fue ¡Toribio Casas! quien bautizó al muñeco con su propio nombre. A mí, personalmente, me convence la opinión de Javier, a quien agradezco los datos que me ha aportado.
    6.Últimas ejecuciones
    Las últimas ejecuciones por el sistema del garrote vil en España  tuvieron lugar el 2 de marzo de 1974. La sufrieron el anarquista catalán Salvador Puig Antich, en la Cárcel Modelo de Barcelona, y el delincuente común Heinz Ches de origen pretendidamente polaco -en realidad, era alemán y se llamaba Georg Michael Welzel en la de Tarragona.

    domingo, 30 de septiembre de 2018

    El crimen del cura de Unciti (1950)

    Iglesia abandonada de Unciti. El cura fue asesinado al salir por esa puerta, tras los primeros toques para
    el rosario (02.06.50). A la dcha, la parroquia en 1929
    Prolegómenos
    En los últimos años de vida de mi madre, cuando iba a pasar con ella la tarde de los martes, aprovechaba para sonsacarle anécdotas, recuerdos suyos... que no podían quedar en el olvido. Uno de los que más me impactó fue el caso de Toribio Eguía, quien en 1884 mató al cura de Atondo y a su ama. Su ejecución fue a garrote vil en la Vuelta del Castillo y Pío Baroja, niño, fue testigo de ella.
    Y yo le reñía a mi madre: "me estás venga contar lo del crimen del estanco de la calle del Coso, el crimen del cura de Atondo... y no me cuentas nada del asesinato del cura de Unciti, bien reciente (1950) y a un kilómetro de Cemboráin, de donde sois el papá y tú". Y mi madre se hacía la loca o, quizás, no supiera (cosa extraña), pero jamás me contó nada.
    Muerta ya mi madre en 2010, empecé a publicar la triste historia de Toribio y cinco años después -en 2016- me llega al blog este comentario:
    Anónimo dijo...
    Estupendo, Patxi, tu relato de El crimen de Atondo: Toribio Eguía".
    Lamento, no obstante, que no amplíes el asunto del párroco de Unciti, Don Juan Iribarren Martínez, asesinado el viernes 2 de junio de 1950. Sólo he podido encontrar dos referencias en el Diario de Navarra. Un amigo de Aoiz recuerda algunos ecos que circularon por la zona tras el asesinato del párroco. Al parecer, ambos competían por el amor de la misma mujer, o bien el párroco desaconsejó a la chica que se casara con cierto mozo del pueblo. Éste, despechado, se vengó del presbítero quitándole la vida de un hachazo. La noticia sólo fue recogida, brevemente, por el Diario de Navarra: una esquela el domingo 4 de junio de 1950, y, un año después, un breve artículo in memoriam.
    Es posible que no se quisiera publicitar un episodio tan truculento, que debió parecerles, en aquellos tiempos, escandaloso.
    Antigua parroquia, cementerio y Paña Izaga
    Como veis, cuando se esconde la información, se disparan los rumores; cuanto más silencio guarde la Iglesia y la prensa, más duros y retorcidos los rumores contra las víctimas [: el cura ("algo habrá hecho"), la chica ("la mala de la película")],  
    Es incomprensible que nadie haya publicado nada en 68 años. Ese silencio no ha hecho sino sembrar dudas y sospechas precisamente contra las dos víctimas, Don Juan Iribarren Martínez y Mª Luisa.
    Así pues, por acabar con esta larga e injusta situación, quiero agradecer a mi tía Mª Jesús (Sor Marina, en la vida religiosa) que me haya contado lo que ella conoce sobre este triste suceso.

    Mª Jesús en el Congo belga
    Las fuentes
    En 1950, Mª Jesús, mi informante, a punto de cumplir 23 años, estaba en el noviciado de las Dominicas, en el barrio de San Juan, y el hortelano del convento (que había trabajado antes para una casa de Cemboráin y, por tanto, la conocía mucho) fue quien le dio la noticia del asesinato del cura de Unciti. Y después (en el tiempo, que no en importancia), las visitas (muy especialmente su hermana Isidra, a la que le tocó el tema bien de cerca, como veréis) le fueron aportando los detalles, el móvil del crimen...
    Quiero destacar la oportunidad del testimonio de Mª Jesús (nacida en el 27) la más pequeña y única superviviente de los 15 hermanos que fueron, entre ellos, mi padre.

    El relato de Mª Jesús
    Mª Luisa y XX (quien luego mató al cura) eran novios. Ella era de Sengáriz y él de casa XY de Unciti (a poco más de 10 km en línea recta). Ya habían intercambiado los regalos previos a la boda, pero aún no se habían leído las amonestaciones en las respectivas parroquias, cuando la madre de él le dijo: "no te cases con ésa". Y él dejó a Maria Luisa.
    Pero, al tiempo, quiso que volviera. Ella, quizás porque se sintió despreciada, ya no quería volver. Entonces él le pidió al párroco, Don Juan, que intercediera, ya que a él Mª Luisa no le hacía caso. A pesar de los intentos del cura, Mª Luisa se mantuvo firme en su negativa y a XX empezó a darle la impresión de que el cura no hacía todo lo posible.
    El primer síntoma de que XX estaba perdiendo la cabeza fue que empezó a decir por Unciti que iba a matar al cura. La gente, como os podéis imaginar, no se lo tomaba en serio.
    La línea roja  marca  la distancia (208 m) de la parroquia (abajo) a la 1º casa de Unciti
    La parroquia de Unciti estaba entonces alejada más de 200 metros de las primeras casas del pueblo (caso -que yo sepa- poco habitual, que habrá que investigar) y era el propio cura quien daba los toques (la una, un cuarto, media y entrada) para misas, rosarios...
    Se encontraba, con una cruz, donde cayó muerto Juan
    El viernes, 2 de junio de ese año 50, el cura dio alguno de los primeros toques anunciando el Rosario, "pero luego no tocaba, no tocaba y el pueblo se alarmó". El cura no aparecía por ninguna parte y llamaron a la Guardia Civil.
    Cuando llegó la Guardia Civil, lo encontraron muerto junto a la iglesia, semiescondido en una ezpuenda.
    Nadie sabía, a ciencia cierta, qué le había podido pasar, pero XX sí. Había esperado a que el cura saliera de la iglesia, tras alguno de los primeros toques, y en el mismo atrio, por la espalda, le dio un azadazo (no hachazo) en la nuca, en sitio seguro. A continuación lo arrastró para ocultarlo en la ezpuenda. Para disimular, volvió a casa como si nada y puso la radio a tope (como queriendo decir: "a mí que me registren, que yo estaba en casa oyendo música").
    La Guardia Civil, tras recabar información y recoger pruebas, enseguida detuvo a XX. Él mismo ("voy a matar al cura") ya se había delatado.
    XX pasó el resto de su vida entre la cárcel y el manicomio, donde -cree mi tía Mª Jesús- murió.
    Actualización 20/04/1978
    Preguntando en el cementerio me dicen que falleció en Pamplona, el día 19 de abril de 1978, a los 62 años de edad. No hay lápida. Estuvo enterrado en una fosa y luego fue al osario común.
    Pinchad en el enlace para ver la Venta de Óriz ("el cenáculo" de mi hermano Carlos) en la actualidad
    Maria Luisa
    1. Tía Isidra  2. Mª Luisa  3. Tía Felisa, dominica misionera
    Imaginaos la situación en que quedaba Mª Luisa tras el asesinato. Especialmente quienes se hicieron eco de los rumores más malintencionados ("Al parecer, ambos -cura y novio- competían por el amor de la misma mujer"), la verían como "la mala de la película".
    Y en ese terrible momento juega un papel fundamental otra tía mía, Isidra, amiga de Mª Luisa. [En la foto de la derecha las veis en la despedida de las 4, de pie, que se van monjas. Con el nº 3, mi tía Felisa, que murió en 1945 con 28 años. Fue sustituida en la misión por Mª Jesús, nuestra informante]
    Mi tía Isidra tenía en la Venta de Óriz todo un arsenal de primos solteros (once, leo en la lápida; cada vez que, por los años 60, pasábamos con el coche por la Venta, mi hermano Carlos, con su ironía habitual, solia decir: "a la izquierda, el cenáculo").
    Entre ellos, había uno, Pablo, cuya familia quería que se casara con una chica, pero a él no le llenaba. Isidra, que conocía los sentimientos de Pablo, no muchos meses después de los terribles hechos, un día le habló así: "supongo, Pablo, que en Óriz habéis oído hablar del caso del cura de Unciti. La chica, que se vio envuelta en la tragedia, es una amiga mía de Sengáriz, Mª Luisa. Imagínate en qué situación queda. Yo, que quiero lo mejor para ti, te garantizo que es buena, sacrificada, trabajadora..."
    El éxito de esa relación fue total. Pablo y Mª Luisa se casaron y tuvieron un hijo, José Luis. Yo los recuerdo, cuando venían por los Jardines de la Taconera, en los años 50, como una pareja muy agradable. Una hermana mía les pone el calificativo de "buenazos" y añade un detalle que me ha dejado impresionado: Mª Luisa debía de estar bastante delicada y cuando volvían a casa (un piso sin ascensor) el bueno de Pablo se la echaba a las costillas y la subía hasta casa. Y de José Luis, el hijo, quien lo ha conocido sabe que fue una persona solidaria, un buen profesional y honrado a carta cabal.
    En fin, tía Isidra, que como casamentera no tuviste precio.
    Aquí descansan Maria Luisa y Pablo, su hijo José Luis y los Mendiburu Ayanz
    Juan Iribarren Martínez
    Gracias a la esquela y a la hemeroteca de DN, he conseguido saber era originario de Alzórriz; durante la Guerra Civil fue destinado como capellán castrense en el Tercio de San Ignacio; fue también párroco de Najurieta; El Cabildo y Arciprestazgo de Ibargoiti organizó un funeral en el Seminario de Pamplona; hubo misas de aniversario, también, en Alzórriz y Lesaca y que murió con 40 años y está enterrado en el cementerio de Unciti.

    DN Hemeroteca 03/06/1951
    Lápida de Juan Iribarren en el cementerio de Unciti
    ...Iribarren Martínez. Un año ha pasado desde aquella noche nefasta, y durante él, en nada ha disminuido el recuerdo a su pastor de almas, como a la hora en que la mano homicida causó la muerte al Sacerdote. El tiempo, factor principal, que borre las huellas de lo pasado, no puede hacer, que ese caso se olvide. y como homenaje a su memoria y recuerdo, este pueblo, ha sabido, con verdadera resignación cristiana sobrellevar tan tremenda desgracia y las consecuencias que de ella se han derivado. Ayer, festividad del Sagrado Corazón de Jesús; después del acto...

    En conclusión
    Cuando oía hablar del crimen del cura de Unciti, para rato sospechaba yo que mi familia, por parte de padre, hubiera jugado un papel tan importante y, sobre todo, tan positivo:
    • mi tía Mª Jesús (sor Marina) como informante, evitando rumores malintencionados
    • mi tía Isidra, ejerciendo providencialmente de 'casamentera' para Mª Luisa, evitando su estigmatización social
    • mi tío Pablo, haciéndola feliz (y subiéndola a casa a rechinchín)
    • mi primo José Luis, haciendo que sus padres, Pablo y Mª Luisa, estuvieran orgullosos de él y dándoles dos nietas.
    ¡Para estar muy orgulloso!
    Pero me quedo con la rabia de no haber publicado esto hace unos años, cuando alguno de los afectados vivía.
    Continúa en 

    Crimen de Unciti, otras versiones y valoraciones