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sábado, 26 de febrero de 2011

Crimen de Atondo. Juicio y sentencia: garrote vil (2)


Plaza del Consejo: Audiencia Territorial y cárcel
Pamplona. Es el 7 de Enero de 1885. Para las 12 del mediodía, la Plazuela del Consejo y puntos cercanos a la Audiencia Territorial se encontraban abarrotados por una multitud deseosa de presenciar la vista oral de la causa seguida contra Toribio Eguía. Se habían tomado las debidas precauciones para evitar las avalanchas de la muchedumbre que pugnaba por entrar en la sala de visitas de la cárcel, en la que sólo cabía una mínima parte. Para cuando se abrió la puerta, ya estaba constituido el Tribunal, y el procesado, Toribio Eguía, se encontraba en el banquillo.

El Fiscal
Una vez que el relator, Sr. Valencia, dio lectura a los hechos, y los peritos pusieran en conocimiento del Tribunal que el párroco de Atondo, Manuel Martiarena, de 83 años, había recibido 12 puñaladas y el ama de gobierno, Martina Babace, muriera por 9 heridas de puñal, el Ministerio Fiscal propuso empezar la rueda de testigos.
Valentín Olza Erviti (sacristán de Atondo), Manuel Osácar (guarda de monte), Juan Ibero (monaguillo de Atondo), Marcelina Tortejada (aguadora de la casa), Francisco Alvizu y Francisca Aldave (vecinos de Atondo), Miguel Jaurrieta (guardia civil), Manuel Echarri (maestro de niños), D. Domingo Pérez (párroco de Aldava), D. Antonio Gortari (cirujano de Ororbia), Miguel Erro y Micaela Erro (respectivamente, dueño de la "Fonda La Perla" y hermana del anterior), D. Bruno Iñarra (presidente del Casino Eslava), el Alcaide de la cárcel y 2 presos compañeros de Eguía... todos ellos y algunos más desfilaron ante el Tribunal y el conjunto de su testimonio apuntó sin duda alguna a Toribio Eguía como autor del doble crimen y del robo.
Pero de todos estos testimonios voy a destacar el del maestro de niños Manuel Echarri. Y tengamos en cuenta que, para más inri, fue propuesto por el Ministerio Fiscal. Dice el maestro:
"que trataba amigablemente con Eguía a quien consideraba como hombre de juicio; que días antes del crimen de Atondo, le manifestó el procesado que disponía de un puñal y revólver, y que tenía formado un proyecto que esperaba había de proporcionarle unas buenas Navidades. Que entonces lo consideraba digno de su amistad, por más que le creía capaz de cometer algún robo u otro delito, no tan grave como los homicidios de Atondo".

Sirva este testimonio para demostrar, además de otras, dos cosas evidentes:
  • que el crimen, con una denuncia a tiempo, se podía haber evitado.
  • y que Eguía no debía de estar en sus cabales comentando con el maestro su proyecto.

La Defensa
Propuestos por la Defensa, tanto el Dr. Landa, como el Dr. Ubago se plantearon la gran pregunta: "¿es Eguía un malvado o un enfermo?". Y para obtener la respuesta, estos son los datos que aportaron ambos:
  • que el procesado tiene antecedentes familiares de enajenación mental.
  • que el 12.12.82 y el 02.01.83 (tres semanas después) tuvo el procesado sendos derrames cerebrales que provocaron en él, además de pérdida de conocimiento, delirio, risa sardónica (convulsión y contracción de los músculos de la cara), hemiplejia del lado derecho (Toribio arrastraba una pierna y era incapaz de coger una pelota con la mano diestra)... una lesión cerebral que afectó a su comportamiento.
  • que, debido a ello, no tiene íntegras sus facultades intelectuales, que carece de sentido moral, se ha vuelto un borracho acreditado y que no está en su sano juicio. Tiene, incluso, disminuido su propio instinto de conservación.
  • que se ha vuelto un demente homicida y que, por tanto, debe ser apartado de la sociedad.
    El mismo Gobernador Civil, Tomás Moreno, tras detenerlo en persona en la Fonda La Perla, declaró que consideraba al reo un insensato por su actitud impasible al ser arrestado ("permítame que termine el café", recordó que le dijo el detenido).
    También Santos Iribarren, profesor de la Academia preparatoria militar de Toledo contó que observó en Eguía un cambio radical. Lo consideraba en principio un hombre de bien por lo que lo recomendó al Director para el puesto de pasante, cargo que Toribio desempeñó con celo. Luego cambio por malas compañías y abuso del alcohol. Recordó también que un familiar le pidió consejo para ingresarlo en algún centro.
    Otros declararon en la misma línea: un sinfundamento, extravagante, loco, loco de remate, trastornado...
    En parecido discurso os transcribo un testimonio curiosísimo tal y como lo narra el cronista. (De paso, quizás sea un triste ejemplo de la actitud de la justicia y el periodismo de fines del XIX ante la lengua vasca):

    "Francisco Larumbe, labrador de Yabar (vascongado).
      — El Sr. Presidente: ¿Qué edad tiene V?
      Larumbe. Treinta y tr... tres años... no... cuarenta y... (el testigo se lleva la mano a la cabeza, discurre y no acierta a expresar el número de años que cuenta).
      Tendrá V. Más que veinticinco?
      Treinta y más...
      ¿Jura V decir la verdad en lo que se le pregunte?
      Jurar... no señor.
      ¿Con que no jura V por Dios etc. etc.
      Jurar... bah... jurar... algún (aquí una palabra fea) alguna vez y así".
    El Defensor considera que el testimonio es importante, pero que mejor que lo haga su mujer. Y ésta, Felipa Goicoa, cuenta que "cierto día se hospedó en su casa el procesado, el cual después de cenar tranquilamente y de rezar el rosario, prorrumpió de pronto en horribles blasfemias y cometió mil disparates y extravagancias, por lo que lo creyeron un loco rematado"
    Aquí terminó la primera jornada de la vista oral

    Dibujo de la sala del juicio. De espaladas, Rafael Escobedo escoltado por dos guardias civiles ardias-civiles-efe


    El jueves 8 de enero, también a las 12 y con una numerosísima concurrencia que "llenaba la sala y las avenidas", comenzó la segunda jornada del juicio oral.
    En primer lugar el señor escribano leyó un escrito de la Defensa en el que declaraba al procesado "exento de responsabilidad".
    Siguió a continuación la intervención del Fiscal D. Francisco Valcárcel quien, tras lamentarse por la frecuencia, en los últimos años, de crímenes "en este país que no hay recuerdo en su historia", hizo un retrato biográfico y moral de Toribio Eguía:
    • las autoridades carlistas le instruyeron un proceso por violación
    • por una nota de suspenso abandonó sus estudios
    • fue la bebida la causa de la apoplejía que le produjo la hemiplejia
    • ahora se ha convertido en un "vagamundo", alejado de su familia, que se dedica a vivir a costa del prójimo
    • Eguía no ha matado a cualquiera. Ha matado a "un ministro del Altísimo que acababa de elevar en sus manos la Hostia Sacrosanta"
    • Y al ama de gobierno, por si aún le quedaba vida y pudiera delatarle, como Eguía mismo ha confesado, le clavó el puñal en el mismo corazón.
      Y el Fiscal se hace la misma pregunta que los Doctores: "¿Es Toribio un demente o un malvado?". Y se responde a sí mismo que Eguía es un malvado, porque:
    • no se ha probado que la lesión cerebral acarree necesariamente la pérdida de la capacidad intelectual ni el libre albedrío.
    • está en su sano juicio por lo pensado por Eguía tras el crimen: pedir asesorarse de un abogado y otros datos que muestran la distinción, por parte del reo, entre el bien y el mal.
    • Los argumentos de los Doctores Landa y Ubago son "simples rigorismos de escuela". Todos los frenópatas tienden a buscar locura en cualquier individuo.
    Y entrando el Fiscal en la calificación del delito, afirma que entra en el artículo 517 con dos agravantes normales (premeditación y abuso de confianza) y una agravante especialísima: Eguía ha asesinado a un anciano de 83 años adornado con la aureola del carácter sacerdotal.
    Por todo ello el Sr. Valcárcel, "revelando la emoción que le producía el cumplimiento de su penoso deber", pide para Eguía la pena de muerte.
    En respuesta al Sr Fiscal, D. Juan Cancio Mena, Abogado Defensor, comenzó su discurso incidiendo en lo importante que era, a la hora de juzgar, dejar fuera los sentimientos y las emociones.
    Rectificó, a continuación, el retrato de Eguía que había dibujado el Fiscal:
    • Eguía es hijo de padres honradísimos, con antecedentes familiares de enajenación,
    • tras la guerra civil, buscando un título, hizo estudios de topógrafo,
    • por su buena conducta fue recomendado en la academia militar
    • pero un trastorno mental (con una lesión cerebral evidente) fue causa de un cambio de conducta.
    • todos los Peritos coinciden en que Eguía es un demente, opinión que comparten los testigos
    • rechazó la opinión del Fiscal sobre lo expresado por los Doctores ("rigorismos de escuela")
    Y terminó reconociendo que Eguía era el autor de un delito, pero que no era responsable de él por carecer de libre albedrío. Pidió, por tanto, que se le recluyera, no en castigo de su delito, sino para evitar mayores males a la sociedad.
    Eguía, dijo el Sr Mena, ha sido el autor de un crimen horrible, pero es aún más terrible el espectáculo que se ofrecería al ajusticiar a un demente que habla de su crimen con glacial indiferencia, que subirá impasible al patíbulo y que, probablemente, exhalará su último aliento prorrumpiendo en una estúpida carcajada.
    Tras extender el acta del juicio, se dio éste por terminado.

    Cuatro días después, el lunes 12 de enero, se dictó sentencia.
    De los siete "Considerandos", por lo tratado hasta ahora, nos interesa el 4º:
    "considerando que en la ejecución del delito no concurrió la circustancia eximente primera del artículo octavo alegada por la defensa, porque la locura que liberta de responsabilidad al agente es aquella que impide discernir el bien del mal, la que apaga la luz de la razón, anonadando el entendimiento, no una ligera lesión de la inteligencia..." (NOTA al final)
    VISTOS los artículos...
    FALLAMOS que debemos condenar y condenamos a Toribio Eguía Esparza... a la pena de MUERTE EN GARROTE...
    Esta sentencia fue notificada el mismo día al procesado, quien se negó a firmarla por lo que tuvieron que hacerlo dos testigos.
    Cuentan las crónicas que en el momento de la notificación de la sentencia, Eguía se encontraba tranquilo y bastante locuaz, manifestando, entre otras cosas, que no se le ocultaba que a su gran delito le correspondía un gran castigo.

    NOTA:
    Uno se horroriza de con qué alegría se administraba la pena de muerte [suerte que en este caso estamos hablando de 1885, y no de las que en la guerra de 1936-39 y posterior dictadura se dictaron con juicios sumarísimos. Y menos, de las peores penas de muerte: los viles asesinatos que llevó a cabo ETA (hablo en pasado, por mi esperanza y por mi deseo) sin siquiera un juicio sumarísimo y jaleadas por muchos que dentro de poco lo negarán] sin tener la más mínima duda, cuando el caso de Toribio Eguía dispararía hoy todas las alarmas.
    Si ya es harto discutible que "la locura que libera de responsabilidad es únicamente la que impide...la que apaga la luz de la razón.... , la que anonada el entendimiento..," que dice la terrible sentencia (la luz de la razón, del entendimiento, tiene muchos grados de intensidad), no digamos nada si hablamos de la voluntad, la afectividad, los sentimientos y los valores morales.
    Ha caído en mis manos un documento que, aunque posterior, por pocos meses, al juicio y ejecución del reo, se refiere exactamente al caso de Toribio Eguía. Se trata nada menos que de la opinión de Juan Giné y Partagás (1836-1903) que fue uno de los pioneros de la psiquiatría en España. Un alumno suyo (y luego profesor en San Sebastián) que intervino como perito en el caso del "Crimen de Atondo", Víctor Acha, seguramente horrorizado, le pide su criterio sobre este desgraciado caso. Ésta es la opinión de Juan Giné:
    «Los magistrados, con nuestro defectuoso Código en la mano, no entienden ni quieren entender de idiotismo moral. Lo sé por experiencia. Por desgracia durará aún muchos años la confusión de esos idiotas de la afectividad con los malvados; tantos, por lo menos, como se ha tardado en distinguir ante la ley a locos maniacos, melancólicos o alucinados, de los criminales responsables. Todos admiten el idiotismo general; todos concuerdan en que existen en la especie humana seres cuyo desarrollo frénico no alcanza el nivel común del desenvolvimiento de las aptitudes psíquicas; pero ¿por dónde toman la medida de los grados de este desarrollo? Unicamente ateniéndose a un orden de facultades o aptitudes : las intelectivas. ¡Como si en el ser humano no hubiese más que inteligencia! ¿Por qué se olvidan de medir los alcances de los sentimientos y afectos, así como del vigor de las voliciones? Los tribunales hacen arrancar la irresponsabilidad del idiota y del imbécil única y exclusivamente de su insuficiente inteligencia: opinan que, si éste es egoísta, cruel, lúbrico, glotón y sucio, es a causa de ser poco inteligente. En prueba de que la depresión o rebajamiento moral o afectivo es en los idiotas primitiva y no consecuencia necesaria del deficiente desarrollo de su inteligencia, se ven muchísimos idiotas que, con todo y no haber podido aprender a leer, ni a escribir, ni a hablar con mediana corrección, muéstranse afectuosos con sus parientes, tiernos y agradecidos con los que les cuidan, y perfectamente educables en cuanto atañe a la relaciones de la vida doméstica... ! Son unos benditos! Vense, en cambio, personas de talento más que mediano, puesto que, no sólo leen y escriben gramaticalmente y cuentan de conformidad con la aritmética, sino que han aprendido idiomas, saben dibujar y pintar y... hasta imitan y falsifican documentos, y, no obstante, jamás—aun a contar desde su más tierna infancia—han manifestado poseer ninguno de esos sentimientos de afecto, cariño, gratitud, amor, justicia, apego a lo bueno y repulsión por lo malo, en que se fundan los indestructibles vínculos de la familia y de la sociedad. Las cárceles y los presidios están ahitos de estos individuos; en la infancia y en la adolescencia pueblan las Casas de Reforma; cuando jóvenes, los embarcan, en la confianza de que el mar ha de mejorarlos; ya adultos, retornan al hogar y son el azote de los deudos y amigos y frecuentemente pasto del verdugo. ¡Por rara casualidad entra alguno que otro en su natural mansión: el manicomio!—Su cerebro —ya lo tengo escrito—es pasta de crimen.Definamos, pues, el idiotismo moral: un defecto ingénito del desarrollo de las facultades afectivas y particularmente de los sentimientos altruistas, con un grado más ó menos próximo al nivel normal en el desenvolvimiento de las aptitudes intelectuales.»

    3 comentarios:

    Anónimo dijo...

    Espero la tercera hornada. Te congratulo por tenernos a todos en vilo. Por lo menos a mi. Un abrazo. Narciso

    Anónimo dijo...

    Qué tal va tu pie?Me está encantando lo del crimen de Atondo.Parece una novela por entregas.Lo sorprendente del caso es que,siendo todos los dictamenes periciales exculpatorios, el Tribunal lo hubiese condenado y más a pena de muerte.Al menos en estos dos aspectos ha mejorado la justicia en España.La de ETA no tiene nada que mejorar pues ni siquiera hay juicios sumarísimos.Un saludo y menos mal que el blog no se hace con el pie.
    Ramón

    desolvidar dijo...

    Gracias, Narciso y Ramón por vuestro interés. A mí también me enganchó en su día (desde que me la contó mi madre, Ramona). Lo que no me esperaba es que me saliera tan larga. Ahora hago de momento un inciso y os invito al carnaval de Lanz, que se nos echa encima. Fíjate, Ramón, cómo bailan los ancianos de la tribu.
    Patxi