DESDE SAN SEBASTIAN. PRELUDIO
Ante el fondo escenográfico de Santa Clara y Urgull, San Sebastián descorre lentamente las finas hojuelas de su telón de brumas. Se alza la cortina para el gran espectáculo luminoso y sensual del veraneo. Y Donostia, ebria de luz, se despereza como una «girl» bonita entre los espejos radiantes de sus playas y las frías amatistas de sus cumbres.
Como todos los años por esta época, su amante —el veraneante— va a llegar. Y esperándole, Donostia —esta hembra de lujo que salió un poco libre y coqueta entre sus hermanas, las austeras y castas hilanderas de Tolosa, de Rentería, de Azcoitia— se perfuma la carne pálida y viciosa de sus avenidas y la axila frondosa de sus «squares», con el refrescante pulverizador de las regaderas municipales.
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El veraneante llega. Viene de Pamplona, de vitorear a Cagancho en las fiestas jocundas de San Fermín; de saturarse de olor a churros y a chilindrón; de beber los agrios zumos de los chacolíes euskaldunas o los aromáticos caldos de Murchante y de Olite; de romantizar con una niña cursi, de grandes ojeras apasionadas de libertina mística, en los salones rococó del Casino o en las alamedas sentimentales de la Taconera; o de soñar, a solas, bajo los Cristos cárdenos de las hornacinas, en el viejo claustro de la Catedral, o en el lírico baluarte del Redín, junto a la casa de Zumalacárregui o a la calle de la Merced, refugio de rameras y gitanillas greñudas de estampa cervantina...
O viene del balneario: de Alzola, de Cestona, de Ormáiztegui. De pasear sus nostalgias de artrítico bajo los plátanos enfermos del rústico bulevar, a la orilla del río, en que las ranas, de noche, envenenadas de ácido úrico, tejen un canto monocorde y triste; de comentar con el cura del pueblo, entre el manantial y el urinario, la posible brillantez de la novena del Carmen; de jugar al julepe con las altas damas gotosas de Bilbao, que evocan en esta soledad y en esta monotonía la elegancia suntuosa de las fiestas del Club Marítimo y del Carlton, o sencillamente de entretenerse en leer los diarios de la capital, en pescar anguilas inverosímiles, o en investigar, psicológicamente, cuál es la verdadera aportación recíproca de cada uno de los dos aguistas pederastas de la habitación contigua.
¿Hay gente? ¿Habrá gente este verano en esta perla blanca del mar que los antiguos llamaron tenebroso y que hoy se embriaga de sol y de azul?... No lo sé. No lo sé, ni me importa. Quizá más adelante comentemos las interioridades del turismo veraniego en su aspecto industrial y reflejemos las inquietudes pecuniarias del hotelero y la patrona de casa de huéspedes, que creen que en el mundo no hay más que ellos, y quisieran que las fábricas y los talleres de las márgenes del Oria parasen todo el verano para que los vagones del tranvía de Tolosa, que vienen de Pasajes cargados de algodón y parafinas y yutes de Bengala, no tuvieran que atravesar —evocadores del trabajo— las avenidas y bulevares que pisan las cocotas y los «niños bien» a la hora del baño y del «gin-flip»...
Hoy eso no nos interesa. Limitémonos a recoger, de una manera fugaz y caprichosa, el encanto colorista de este instante primero de la «saison». Transmitamos al lector lejano, en una cuartilla breve y ligera como un tul de Worth impregnado de esencias de Guerlain, la emoción de estos días primeros de la Concha, con su paseo multicolor, en el que florecen los nuevos «guayabos» de la temporada, depilados, rapados, andróginos deportivos recién liberados del «Sacré-cœur», bajo los tamarindos que van de Alderdi-Eder al palacio de Miramar. Imitemos el sonido amable de los equipajes que, abarrotados de «smockings», pyjamas y toaletas impalpables, saltan impacientes entre correas a la popa del Rolls que acaba de llegar. Aspiremos el aroma de las mixturas exóticas que concentra el barman en sus cocteleras niqueladas, esperando, blanco como un comodoro de club de regatas, a la rica clientela de sus taburetes y de su mostrador adornado con pequeñas banderolas náuticas. Basamos, en fin, el ritmo fácil y alegre de este preludio del verano elegante.
Y nada más.
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En el paseo, entre las miradas serenas, siempre un poco brumosas, como empañadas de noroeste, de la mujer de aquí, ha fulgurado esta noche la mirada intensa y honda de unos ojos de endrina, luminosos, inmensos, ojos de drama y de petenera, borrachos de sol, de lujuria y de viento del Sur.
Ojos de la primera veraneante, que pegan fuego a la pira sensual del verano y llenan de languideces y efluvios tropicales, y esencias capitosas, y amor de palmeras meridionales, nuestras almas rígidas y graves de pinos del Norte...
EL DÍA DE LAS REGATAS (1943)
1879 fue el Acta de Nacimiento y la Primera Edición de la Bandera de la Concha, con una continuidad casi anual.
Donde hay desafío, hay rivalidad, se hacen apuestas, se celebra la victoria y se crean mitos.
Las regatas, que se celebran los dos primeros domingos de septiembre, constituyen uno de los platos fuertes de las fiestas donostiarras.
Un retrato costumbrista de un día de regatas de 1943 en San Sebastián, con desafíos, rivalidad, apuestas, celebración de la victoria, épica y mitos. La música de Guridi, la letra de Arozamena y la vibrante interpretación de los Bocheros nos llenarán de nostalgia.


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