"El tiempo corre en nuestra contra. Se contará otra historia, la contarán otros. ¿Quién hablará de Gregorio Ordóñez cuando hayamos muerto? ¿Dónde está tu libertad, Euskadi? ¿Dónde tu justicia, España?"
La política y la crueldad
Ana Iríbar el Mundo 27 abril 2026
Es difícil entender el trasfondo de crueldad intencionada que se esconde detrás de muchas decisiones políticas, especialmente cuando estas se resuelven en el marco de la democracia; tan difícil, como para el hombre del medievo entender que la tierra gira alrededor del sol, que es redonda y azul, una gota perdida entre millones de galaxias. Pero la crueldad, como bien nos explica José Ovejero en su Ética de la crueldad que inspira estas líneas, contamina no solo paisajes, personajes y acción en el cine, en el arte, en la literatura; también está presente en la acción política, en el poder, en palabras del filósofo.
El primer síntoma de la crueldad institucionalizada lo padecieron las víctimas del terrorismo de ETA en Euskadi. Con el silencio de sus vecinos y la desafección de las instituciones; incluso antes de serlo, en las pintadas en las calles, en el portal de su casa, su rostro en la diana de la condena a muerte en los carteles de la parte vieja donostiarra. Hoy está presente en el muro del socialismo gobernante, en la execrable línea divisoria que establece el nacionalismo entre quienes son nacionalistas y quienes no lo somos. Bajo el roble del sempiterno conflicto vasco que justificaba cada asesinato y que domina los diseños curriculares que dicta el Gobierno Vasco para cada nueva generación de maestros. El recurrente tema del conflicto vasco sigue siendo la trampa con la que el nacionalismo más radical y la izquierda más nacionalista atraen a los más jóvenes a su tela de araña. El conflicto con el Estado Español es además la herramienta que sostiene la red del patriotismo vasco, recientemente exaltado en Bilbao y Pamplona. En el colmo del cinismo, el secretario general de Sortu promete en el día de la patria vasca, «dar a la gente un trocito de seguridad que le permita ser más feliz», en su particular república vasca. No sé qué felicidad ni qué zulo nos espera a quienes ni compartimos su ideología feroz, ni defendemos su república independiente; a los que somos, incluso, constitucionalistas y votamos al Partido Popular para más inri. Viniendo de alguien como Otegi, que militó en las filas de la organización terrorista ETA, esa promesa de «seguridad» es inquietante. Resulta desconcertante ver cómo siguen alimentándose del conflicto, no como un problema a resolver, sino como la solución que blanquea los medios criminales que utilizaron para mantener vivo su proyecto político y ocupar el poder. Las 853 víctimas de ETA ya han sido reducidas a simples daños colaterales del conflicto, arrinconadas, denostadas.
No es fácil descubrir la verdad que se esconde tras el escenario tramposo de la política actual. Llamar a las cosas por su nombre le costó la vida a Gregorio Ordóñez. Cuando Gregorio irrumpe en la política encabezando la lista de Alianza Popular en las municipales del 83, el País Vasco es un páramo ideológico gobernado por el nacionalismo y dominado por el terror de ETA. Lo hace para increparnos, sin contemplaciones, como un espejo molesto que refleja nuestra falta de empatía con las víctimas, nuestro miedo, nuestro silencio, nuestra voluntaria renuncia a significarnos públicamente contra ETA, y para devolvernos la dignidad. ETA no perdonará ni su fuerza imparable, ni su contagioso coraje público, ni sus éxitos electorales y cumplirá su amenaza de muerte doce años después.
Ya ha transcurrido más de una década desde que ETA anunciara el «final de la violencia armada» y el Lehendakari Urkullu sentenciara «es el momento de pasar página». En el País Vasco y en el resto de España se abona con indeseable crueldad el jardín de la democracia con el olvido, con el miedo, con el blanqueamiento de ETA. No se exige a los etarras su colaboración con la justicia para esclarecer sus crímenes, pero sí se nos reclama a sus víctimas que perdonemos, la reconciliación con el asesino de nuestro padre, hermano, hijo, marido. A mí me sucedió la noche del 24 de enero de 1995, acabábamos de enterrar a Gregorio Ordóñez. Un periodista me formuló ambas preguntas: ¿perdona?, ¿olvida? Yo ni he olvidado ni he perdonado. Quien sí lo hace por todas nosotras es el departamento de justicia del Gobierno Vasco. Incluso se vanaglorian de la diligencia con la que aplican en el 100.2 para excarcelar a los etarras que lo solicitan. Es la ley, me cuentan. Es la negociación, pienso. Los socialistas de la ejecutiva vasca de justicia se saltan las Juntas de Tratamiento Penitenciario y al mismísimo Juez de Vigilancia Penitenciaria. A ellos les basta una simple carta manuscrita que los terroristas escriben al dictado; yo me tuve que conformar con un casquillo de nueve milímetros Parabellum. ¿Quién vela hoy para que los terroristas cumplan íntegramente sus penas?
Hubo un tiempo en el que los éxitos policiales, el activismo social de Gesto por la Paz y la unión de los demócratas que defendía Gregorio Ordóñez, nos hicieron acariciar la idea de la derrota de ETA. El gobierno de José María Aznar trabajó con firmeza para alcanzarla. Gregorio no pudo ver el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo, ni la Ley de Partidos Políticos y la consiguiente ilegalización de Herri Batasuna, ni la movilización constitucionalista al grito del «¡Basta Ya!» No fueron años fáciles. Más de cuarenta mil personas vivieron con escolta por enfrentarse al terror de ETA en Euskadi, la banda de la crueldad llamaba a socializar el sufrimiento de los constitucionalistas. Renunció a las armas en el año 2011, pero no a su proyecto político.
![]() |
| Pedro Sánchez abre las puertas de Moncloa a Bildu mientras sigue vetando a Vox |
![]() |
| Los restos de M.A. Blanco, en Faramontaos (Orense) |
Ana Iríbar es viuda de Gregorio Ordóñez.






No hay comentarios:
Publicar un comentario