sábado, 18 de abril de 2026

Ajusticiados en la Plaza del Castillo

Fotografía de los esqueletos tal y como aparecieron. DDN
Historia
Pompelo les ajustició con misterio: La Plaza del Castillo ocultaba cinco cadáveres que esconden una incógnita
El análisis de los huesos demostró que eran varones, que superaban los 1,70 metros de altura (uno medía más de 1,80), que sufrían artrosis, dolencia frecuente entre quienes estaban sometidos a actividad forzosa, además de sarro o periodontitis
Reportaje con María Carcía - Barberena sobre unos ajusticiamientos que hubo en la Plaza del Castillo en tiempos de Roma
María García-Barberena, fotografiada más o menos encima de donde aparecieron los esqueletos Irati Aizpurua
Jesús Rubio DN 05/04/2026
Probablemente nunca sepamos quiénes fueron, qué les pasó y por qué les mataron. Les asesinaron, claro. Sus esqueletos aparecieron con las manos atadas, arrojados a un agujero sin cuidado alguno. Quizá les ajusticiaron obedeciendo la sentencia de un juez, pero algunos detalles no cuadran en esa explicación. Quizá fue una venganza mafiosa, en un arrabal de las afueras de la ciudad. Quizá eran cinco personas incómodas para el poder y queridas para el pueblo, y se los quitaron de en medio a escondidas. Todo pudo ocurrir. Nada es seguro. Solo que sucedió en Pompelo, la Pamplona romana, en el siglo III d.C., o a primeros del IV. Y que los cinco ajusticiados aparecieron bajo lo que hoy es la Plaza del Castillo.
Los arqueólogos y los historiadores llevan ya muchos años con ese enigma rondándoles las cabezas. Al fin y al cabo, los cadáveres se encontraron en marzo de 2002, durante las excavaciones con motivo de la construcción del aparcamiento de la plaza. Les habían enterrado en una fosa pequeña, acumulados unos encima de los otros de cualquier manera, cuatro en una misma orientación, el quinto cruzado sobre ellos. “Esa singular distribución se encontraba directamente relacionada con la naturaleza de la sepultura, una fosa común en la que fueron arrojados los cuerpos de cinco ajusticiados”, escribieron ya en 2010 los historiadores José Antonio Faro y María García-Barberena en un artículo en la revista Cuadernos de Arqueología de la Universidad de Navarra. Por lógica, no fueron amortajados, tampoco hubo ajuar que les acompañara en la muerte. En uno de ellos se comprobó que le habían atado las manos a la espalda, y es verosímil que también las piernas. Resulta plausible que los otros cuatro llegaran de igual manera a su muerte, aunque las evidencias no resultan tan claras.
El análisis de los huesos demostró que eran varones, que superaban los 1,70 metros de altura (uno medía más de 1,80), que sufrían artrosis, dolencia frecuente entre quienes estaban sometidos a actividad forzosa, además de sarro o periodontitis. Uno, el último al que arrojaron a la fosa, estaba enfermo de lepra. Sin embargo, en esos esqueletos no se pudo descubrir el menor signo de violencia. Nada de cortes, de cercenamientos. Y aquí se desata el misterio.
El muro que parece atravesarles es una construcción muy posterior DDN
Porque en Roma la pena de muerte no solo se aplicaba con frecuencia, sino que también con una crueldad a veces inusitada. El catálogo de tormentos y muertes de los romanos amargaría el desayuno de más de un lector. “Responden a rituales, tratan de exorcizar. Tenía un significado de expiación, y el objetivo de mantener tranquila a la ciudadanía y no enfadar a los dioses”, abunda García-Barberena. Es más, en muchas ocasiones, tras matar al condenado se mutilaba el cadáver para que no llegara al mundo de los muertos.
Penas violentas dejan siempre huellas en los huesos. Y los cinco de la Plaza del Castillo no las tenían. ¿Cómo les mataron entonces? ¿Envenenados? No cuadra con que les llevara a morir todos a la vez. Además, esa muerte se reservaba a privilegiados, y no parece que estos cinco, que acabaron en una fosa común, lo fueran. ¿Ahorcados? Las creencias romanas lo descartan. No solo porque deshonraba al muerto, sino porque creían que la horca cerraba el paso al último aliento, donde residía el espíritu, y este podía convertirse en lémur, un alma maligna que molesta a los vivos. ¿Estrangulados? Pasa algo parecido que con la horca. ¿Degollados sin tocar hueso? ¿Desangrados?
JUNTO AL MERCADO
Las cuerdas que les ataban, habituales en las ejecuciones, remiten a una pena de muerte. Sin embargo, en la cultura romana los ajusticiamientos se celebraban de forma pública. “Su función era ejemplarizante”, señala la historiadora. “Las evidencias arqueológicas permiten intuir una muerte rápida, discreta, por tanto sin espectáculo ni público”, apunta sin embargo el artículo. La fosa donde cayeron los cinco no estaba en una plaza a la que acudiera el gentío, sino en un rincón oscuro de la ciudad. No se encontraba lejos el mercado artesano, pero ya se trataba de la periferia de la ciudad romana, un sitio apartado en la trasera de unos baños. Un paraje oculto para cinco muertes que querían ocultarse.
¿Fue un romano que mandó matar a esclavos díscolos? Improbable. Tiempo atrás, el emperador Adriano había prohibido esa suerte de justicia privada. El ciudadano debía acudir a un magistrado, aunque este seguramente les condenara a la misma suerte.
En su artículo, José Antonio Faro y María García-Barberena lanzan dos hipótesis que podrían cuadrar. Una, que no existió ajusticiamiento ninguno, sino un ajuste de cuentas al margen de la ley. Las mafias existen desde mucho antes que El padrino y sus métodos resultaban igual de expeditivos. 
La otra suposición remite a los mártires, nada menos. Se sabe que en el norte de África, en aquellos siglos, los jueces condenaban a los cristianos a muertes discretas, porque de otra manera se producían desórdenes públicos. “Quizá la causa de estos cinco hombres era más justa a ojos del pueblo de lo que a los magistrados que dictaron sentencia les hubiera gustado”, dice el artículo. “Quizá eran personajes significados de uno u otro modo en la sociedad de la época, a los que la plebe profesaba simpatía. Quizá resultaba más sensato sacarles de la cárcel de noche, darles muerte y enterrarlos en un callejón”.
Pudieron ser condenados a muerte y arrojados a una fosa común en el siglo III d. C., pero la ausencia de señales de violencia abre paso a otras hipótesis

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