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domingo, 26 de noviembre de 2017

Hoy, cita con Carmen Imaz


José Ignacio Palacios nos relata  el asesinato de Joaquín Ímaz, cómo era la situación de España y Navarra cuando lo mataron y una experiencia muy personal: su enfrentamiento con el fotógrafo del Egin, José Zaldua.
Os recuerdo que hoy domingo 26, a las 7 de la tarde, en el aparcamiento de la Plaza de Toros, podremos saludar a Carmen Imaz, la hija de Joaquín, a quien asesinó ETA allí mismo, hace, hoy exactamente, 40 años. Nos vemos allí.

El primer asesinato de ETA en Navarra                               por José Ignacio Palacios
Después de jugar unas partidas de cartas con sus amigos, el pamplonés Joaquín Imaz, comandante de Infantería y jefe de la Policía Armada en Navarra, caminó hacia su coche, que estaba aparcado cerca de la plaza de toros de Pamplona. 
Junto a su coche fue asesinado de nueve tiros. Eran las 22,15 horas del sábado 26 de noviembre de 1977. Imaz, que dejó viuda y una hija de 7 años, abrió así la larga lista de víctimas mortales de ETA en Navarra a la que, hasta mayo de 2003, se incorporarían otras 41 más.
Imaz cayó tan sólo unos días después de que se aprobara la segunda amnistía en menos de quince meses con las que, como diría el presidente Adolfo Suárez, “se iba a lograr un compromiso histórico, un pacto de Vergara, una solución política que iba a detener el río de sangre”. No fue así y esas amnistías tan sólo sirvieron para borrar la huella de los crímenes y para que ETA siguiera matando.
Paradójicamente, entre 1968 y 1975, con Franco vivo, ETA cometió 45 asesinatos, mientras que en los siete años siguientes - 1976 a 1982-, mató a 330; una media de 47 al año, a las que habría que añadir los heridos, los mutilados, los extorsionados y los que, para no caer abatidos de un balazo en cualquier rincón de su tierra, tuvieron que exiliarse del País Vasco o de Navarra. Sí, ésta fue la respuesta que ETA dio al hecho de que se aprobara la Constitución, se le concediera al País Vasco el Estatuto de autonomía, empezaran a funcionar el Parlamento y el Gobierno Vasco y se aprobaran los conciertos económicos, con lo que Guipúzcoa y Vizcaya dejaron de ser “provincias traidoras” para convertirse en la Comunidad con el mayor nivel de autonomía política de Europa.
Josetxo Zaldua es ahora editor 
jefe de este diario mexicano
Cuando Imaz fue asesinado, para una parte importante de la sociedad y de las fuerzas políticas ETA y el nacionalismo radical seguían manteniendo ese halo romántico de haber combatido contra Franco, por eso sus crímenes se justificaban con la terrible frase de “algo habrá hecho”. Entonces, los funerales de las víctimas eran casi clandestinos y a ellos no acudía ningún miembro del Gobierno, como sucedió con el de Imaz, celebrado un lunes a las once de la mañana, para impedir que acudieran los que estaban trabajando y los estudiantes. Y pocos eran los que se manifestaban contra ETA. Así, después del funeral de Imaz, unos pocos cientos de personas lo hicimos por las calles de Pamplona mientras que el fotógrafo del periódico EGIN, José Zaldúa Lasa, no paraba de hacernos fotos. Me encaré con él diciéndole: “Qué, ¿todavía no nos has fichado a todos?”. Me respondió: “No es para eso”. A lo que le contesté: “¡Largo de aquí!”. Un mes y medio después, el 6 de enero, huiría a Francia al ser descubierto colocando 16 kilos de goma 2 en las inmediaciones del cuartel de la Policía Armada.
[Nota de Desolvidar: os aconsejo vivamente que echéis una ojeada a esta entrevista que le hacen a Josetxo Zaldua muy recientemente, en enero de 2017, en la que habla de su paso por ETA]
Cuando Imaz fue asesinado, el presidente Suárez negociaba en secreto con el PNV la incorporación de Navarra a Euzkadi. Por eso, unos días después, el 3 de diciembre, los navarros llenamos las calles de Pamplona con el lema de “Navarra si, Euzkadi no”, en una manifestación en la que la UCD de Navarra ni estuvo ni se le esperaba. Tampoco estuvieron los socialistas navarros que estaban integrados en el Parttido Socialista de Euzkadi, concurrían de la mano del PNV a las elecciones y en su sede de la Plaza del Castillo ondeaba la ikurriña.
Cuando Imaz fue asesinado, los familiares de las víctimas, además del dolor por su pérdida, se encontraban con el vacío de la sociedad. Esto le sucedió a su propia familia. Muchos conocidos se cruzaban de acera para que no les relacionaran con ellos. A su viuda no le atendían en los comercios. Su hija no pudo hacer la comunión en el colegio con sus compañeras, y sus amigas no querían ir con ella porque sus papás no les dejaban, ya que tenían miedo. Sí, como a muchas otras familias, el mundo se les rompió y tuvieron que intentar rehacerlo fuera de su tierra.
Desde la muerte de Imaz las cosas siguieron igual durante muchos años, hasta que aparecieron las asociaciones y los movimientos ciudadanos que tanto bien han hecho a las víctimas del terrorismo y que sirvieron para defenderlas y para ir poniéndolas, poco a poco, en el lugar que les correspondía. Pero, desde su asesinato, ETA ha matado a 800 personas, ha herido a más de 2.500, miles son las que han tenido que llevar escolta y unas 10.000 han sido las extorsionadas. Por eso, ahora, cuando se cumple el 40 aniversario de su muerte, conviene que los que lo vivimos lo recordemos y que las nuevas generaciones conozcan lo que sucedió en este país no hace tantos años.
José Ignacio Palacios Zuasti es ex concejal de Pamplona y ex parlamentario foral (UPN-PP) 

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