miércoles, 18 de marzo de 2026

"La razón de la fuerza", por Fernando Savater

 


El presidente americano es grosero y caprichoso, pero no ha vuelto su poder contra ningún régimen respetable
¡Ojalá hubiese una fuerza internacional tan grande como la estadounidense, capaz de llevar a cabo consensuadamente lo que Trump ha empezado a su desconsiderado modo!

La razón de la fuerza
No es la señora Úrsula von der Leyen un personaje propicio a crear escándalos. Más bien lo contrario, es de lo más previsible y tópico que puede imaginarse. Lo más excitante que le hemos visto es la cara de arrobo que ponía al mirar a nuestro Sánchez, ese bello tenebroso y ahora bastante desmejorado. Finalmente, ella también se ha dado más o menos cuenta de qué va el personaje y le ha bajado de su pedestal, pero cuando el mal ya está hecho. Como es su estilo, Sánchez ha utilizado el movimiento cesáreo de Trump contra Irán a fin de improvisar otro elemento de propaganda a su favor para cuando lleguen las elecciones generales. Ahora se presenta como el líder del pacifismo occidental, el nuevo Gandhi de la izquierda en declive, un auténtico patriota que defiende la soberanía nacional sin vasallajes al imperio según Sergio del Molino o todo un superhéroe político para la ministra de Igual Dá. ¡Qué rácano es el mundo a la hora de producir Buonarrotis o Quevedos y qué generoso en surtirnos de merluzos congelados! Pues entonces doña Úrsula ha decidido dar su do de pecho y en un discurso mucho más rico en contenido de lo habitual en ella ha proclamado que la Unión Europea no puede ser la única y última guardiana del viejo orden internacional. A la buena señora le han llovido sopapos por todas partes, como siempre que alguien en el puente de mando se atreve a decir algo que vaya más allá del dos más dos son cuatro. De modo que inmediatamente se ha corregido, donde dije no digo ni siquiera Diego, y ahora va por ahí con la cabeza cubierta de ceniza esperando que le perdonen el desliz. En eso podría recibir lecciones de su antaño admirado Sánchez, que se enmienda sin sacarla —me refiero a la pata que metió— y no se inquieta lo más mínimo por guardar las apariencias.

Bueno, señora presidenta, pues cuando soltó su exabrupto no le faltaba a usted razón en la dirección que apunta, aunque esta vez se pasó varios pueblos. La Unión Europea no puede ser la única guardiana del orden legal internacional porque ese orden consiste precisamente en una convención cuya eficacia necesita el respeto de todos los países de cierto peso de nuestra fracción del mundo. «¡Si ignoramos el orden internacional, solo queda rendirse a la fuerza!», gimen personas bienintencionadas. Pues bien, esa buena gente dice lo que sabe, pero no sabe lo que dice, como nos regañaba un cura cuando yo estaba en bachillerato. La fuerza no se opone a la ley, sino que es lo que la sostiene. Por sí sola, solo sirve para llenar las almas de impotente melancolía, y esto vale tanto para las leyes internacionales como para las nacionales. El Código de Circulación es un invento admirable e insustituible, pero no evitaría accidentes o atropellos si no estuviese apoyado por la policía de tráfico. Un semáforo en rojo debe ser respetado, pero también vigilado por guardianes dispuestos a sancionar a quien se lo salte. El orden sirve de muy poco sin las fuerzas del orden que lo hagan cumplir. Todos sabemos que es así dentro de cualquiera de nuestros países y no hay razones para suponer que será de otro modo en las relaciones internacionales. Lo malo es que a escala internacional no existen verdaderas fuerzas del orden, capaces de vigilar y, llegado el caso, penalizar a los grandes países. Por eso resulta imprescindible que las democracias occidentales se pertrechen de armamento y se unan entre sí para respaldar las normas vigentes. Resulta curioso, pero, si bien se mira, lo más parecido a ese gendarme supranacional que necesitamos ha resultado últimamente el denostado Trump. El presidente americano es grosero y caprichoso, pero no ha vuelto su poder contra ningún régimen respetable. No ha bombardeado Copenhague para hacerse con Groenlandia, por muchas bravatas que le hayamos oído. En cambio, ha secuestrado a un dictador caribeño que tiranizaba a su pueblo y ha bombardeado el país que indudablemente suponía la mayor amenaza terrorista para la paz mundial. Es cierto que lo ha hecho de modo muy poco respetuoso con quienes siempre han sido sus aliados, no ha dado explicaciones convincentes de sus actos (las que ha dado empeoran el asunto) y no parece tener un plan para remendar los desgarros que han causado sus bruscas intervenciones. Lo peor de Trump no es lo que ha empezado a hacer, sino que no parece saber ni querer rematarlo. ¡Ojalá hubiese una fuerza internacional tan grande como la estadounidense capaz de llevar a cabo consensuadamente lo que Trump ha empezado a su desconsiderado modo! Pero no nos engañemos: si el orden internacional tuviese la fuerza imprescindible para ser eficaz, su funcionamiento se parecería mucho más a lo que ha hecho Trump que a la hipocresía de Sánchez y su «No a la guerra», que en su día afortunadamente no hubieran compartido ni Churchill ni Eisenhower.

El orden internacional cuya ruptura tanto deploran las almas cándidas se basaba en dos falsedades (y por eso nunca funcionó bien): primero, que todos los países en todos los continentes sueñan con convertirse en democracias liberales, individualistas y universalistas, ideal que encabeza la Europa cristiana; segundo, que ese orden no necesita bombardeos ni alardes de fuerza, sino conferencias de paz y mucho diálogo. No se puede estar más equivocado, como vamos viendo; como debíamos ya haber visto hace mucho. Aprovechemos la ocasión para enmendarnos. Defendamos la excepcionalidad de nuestros valores, que bien lo merecen, aunque no sean universalmente compartidos ni siquiera dentro de nuestras fronteras. Seamos idealistas, pero idealistas robustos y nada melindrosos. Y ayudemos más que nunca a Ucrania porque ahí se juega la gran apuesta de la libertad occidental.

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