Mostrando las entradas para la consulta toribio eguía ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta toribio eguía ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de febrero de 2011

El crimen de Atondo: Toribio Eguía (1)

José Gutiérrez Solana "Garrote vil" (Alba de Tormes 10.12.1897)
La historia del "crimen de Atondo" se la había oído algunas veces a mi madre. Como ella cada vez tenía más dificultades para recordar el poema, decidí en 2009 (poco antes de su muerte) grabársela y últimamente me he interesado por completar las lagunas.
Brevemente, las cosas ocurrieron asi:
Esto sucedió en Pamplona, el 15.10.1885
El 22 de noviembre de 1884 Toribio Eguía mató al cura de Atondo y a su ama de llaves. Ese mismo día fue detenido en el hotel La Perla (entonces Fonda) de Pamplona. La vista oral del juicio tuvo lugar 46 días después: los días 7 y 8 de Enero del 85 en la Audiencia Territorial de Pamplona. El lunes, día 12, fue condenado a morir por garrote. El jueves 15 octubre del 85, poco después de las 8 de la mañana fue ejecutado públicamente en la Vuelta del Castillo, al lado del portal de Taconera. Seguramente es la última ejecución pública en Pamplona. De unos 30.000 habitantes que tenía Pamplona, asistieron 10.000, con mayoría femenina.

La versión de mi madre: Ramona Belzunegui
Mi madre conoció de niña esta terrible historia. La conoce porque Casa Macaya, al estar a la entrada del pueblo, era el primer sitio donde paraban los pobres y estos solían traer algún papelito con versos o historias que ellos mismos cantaban o recitaban para conseguir una propina.
Esto es lo que me contó (dale al play, pon máximo volumen y, mientras escuchas, sigue leyendo):




El 22 de noviembre
del pasado 84,
Portal de la Taconera a finales del XIX
día de terror y espanto.
Aquí mi pluma se para
y aquí mi mente se borra.
Un cuadro tan horroroso
como hoy contempla Navarra.
Toribio Eguía el 21
en casa del cura entró,
saludándole a su tía
que amable lo recibió

El cura se va a celebrar misa y le dice a su ama que le dé de almorzar,

que, mientras esté en su casa,
de comer no ha de faltar.

Según mi madre, el ama del cura era hermana de la madre de Toribio. La tía le riñó porque era un baldragas: ver a la tía, ir a Pamplona y volver. Todo esto ocurrió en Atondo el 22.11.1884. Al volver el cura de misa se encontró a la tía muerta y también mató al cura. Cree que con cuchillo. Toribio, de Atondo va a Pamplona, a la Fonda (entonces) La Perla, llevándose el dinero.
En La Perla una muchacha (sirvienta) observó que estaba manchado de sangre y siguió espiándolo por el ojo de la cerradura. Y llamaron a la policía y lo detuvieron enseguida.
Consideraciones:
Aunque Ramona se lía un poco con la fecha del crimen, el verso lo deja bien claro: Toribio entra en casa del cura de Atondo el 21 de noviembre y comete el doble crimen el 22.
Mi madre dice que el ama era hermana de la madre de Toribio. Sin embargo, los apellidos de éste son Eguía y Esparza, mientras que el apellido del ama de llaves es Babace. Por tanto, quizás fuera tía, pero segunda o tercera, pero nunca hermana de la madre. En la prensa de la época hay un par de reseñas que afirman el parentesco. Pero en el juicio no se hace alusión a ello (cosa extraña porque constituiría un agravante).
Si el crimen y la ejecución fueron en 1884-85 y mi madre nació en 1917, habría oído la historia alrededor de 1925. Resulta, pues, muy llamativo que el "crimen de Atondo" tuviera todavía tanta repercusión 40 años después. ¿Por qué? ¿Porque el muerto era cura? En el 50 mataron con una azada al de Unciti y no tuvo ni de lejos tanta repercusión.
Mi madre intenta recitar un poema, un romance del que apenas recuerda una docena de versos. El romance tuvo que ser hecho en el 85 ("...del pasado 84..."). Comparemos el comienzo del poema (Aquí mi pluma se para y aquí mi mente se borra...) con el de la Crónica: "Tiembla nuestra mano y la pluma no sabe trazar..." dice el cronista de la ejecución. ¿Es él, o alguien que en él se inspira, quien hizo el poema que recodaba mi madre?

La versión de Pío Baroja.
Casa núm. 30 de la calle Nueva en 1971.
Pío Baroja
, nacido en San Sebastián el 28.12.1872, 
vivió en Pamplona, en la calle Nueva 30-2º, desde el 81 al 86. Su testimonio es excepcional, ya que vio con sus ojos de niño (a punto de cumplir 13 años) pasar por debajo de su casa, a las 8 de la mañana del 15.10.85, al mismísimo Toribio. Así nos lo cuenta en "Pío Baroja" [Obras completas, Vol. VII.  Biblioteca Nueva. Madrid, 1978 (fragmento)]:
    "Una de las impresiones más grandes que recibí en Pamplona fue la de ver pasar por delante de mi casa, en la calle Nueva, a un reo de muerte, a quien llevaban a ejecutar a la Vuelta del Castillo, ante un baluarte de la muralla próxima a la Puerta de la Taconera. El reo se llamaba Toribio Eguía, y había matado a un cura y a su sobrina en Aoiz. Iba el reo en un carro, vestido con una hopa amarilla con manchas rojas (con más detalle, cuenta Sánchez Ostiz, hablando de la visión de Baroja niño: "...el reo, en un carrito con una hopalanda amarilla cubierta de lenguas rojas...") y un gorro redondo en la cabeza. Marchaba abrazado por varios curas, uno de los cuales le presentaba la cruz; el carro iba entre varias filas de disciplinantes con sus cirios amarillos en la mano. Cantaban éstos responsos, mientras el verdugo caminaba a pie, detrás del carro, y tocaban a muerto las campanas de todas las iglesias de la ciudad.Luego, por la tarde, lleno de curiosidad, sabiendo que el agarrotado estaba todavía en el patíbulo, fui solo a verle, y estuve cerca contemplándole. Parecía un fantasma horroroso, vestido de negro y manchado de sangre. Tenía las alpargatas sin meter en los pies. Al volver a casa no pude dormir por la impresión, y el recuerdo me duró largo tiempo."
Recorrido de la cárcel al patíbulo. Punto rojo: casa de Baroja
Consideraciones:
El niño Pío Baroja no debió de entender bien el nombre del pueblo donde ocurrió el crimen y dice Aoiz cuando debería haber dicho Atondo. Hay unas cuantas páginas web que repiten el error de Baroja.
Lo de que el ama de llaves fuera la sobrina del cura tampoco aparece en la prensa de la época.
En cuanto al vestido del reo, nos habla de una especie de túnica amarilla y con manchas rojas (lenguas rojas) y el gorro. (Estos datos sobre su vestido los recordaremos para una futura hipótesis).
Me llama la atención que luego, a la tarde, lo vea "vestido de negro y manchado de sangre".
Los demás datos que aporta coinciden con la prensa del día.

La versión de La Perla:
Fonda La Perla en 1882. (pincha)
Esta página aporta una serie de detalles importantísimos y, en general, muy certeros. Os la ofrezco en su integridad poniendo en negrita las aportaciones más destacadas:
"Uno de los clientes más famosos que pasó por la fonda fue Toribio Eguía; en este caso el adjetivo de famoso claramente no se corresponde con el de ilustre.
Hay que remontarse al 21 de noviembre de 1884 para conocer que este individuo hizo noche en la localidad navarra de Atondo; allí el párroco, Manuel Martiarena, de 83 años, le dio cena y cobijo, seguramente conmovido por la condición de hemipléjico que presentaba el vagabundo. A la mañana siguiente, mientras el clérigo estaba en la iglesia oficiando misa, Toribio Eguía tuvo una discusión con Martina, el ama de llaves, discusión esta que se zanjó con una puñalada que acabó con la vida de la mujer. Cuando llegó el párroco y vio el cuerpo ensangrentado de la mujer acudió rápidamente a por su escopeta, pero Toribio Eguía no le dio tiempo a disparar, y le asestó varias puñaladas con resultado de muerte.
Una vez cometido el doble crimen, aprovechó el asesino para robar en la casa cogiendo monedas de oro y de plata por un valor de 690 pesetas, así como algunos pequeños objetos. De allí, tras cerrar la puerta, marchó a Pamplona.
A las seis y media de la tarde de aquél 22 de noviembre hacía Toribio Eguía su entrada en la Fonda La Perla, en donde se le dio la habitación número 31. Cenó como si nada hubiera pasado, y la propia Micaela Erro, hermana y cuñada de los fundadores del establecimiento, le ayudó a quitarse la chaqueta y el calzado; poco después declararía ella en el juicio que “le tenía compasión por verle imposibilitado, y por esta razón le ayudó”.
La sorpresa vino para Micaela cuando Toribio Eguía no tuvo mayor reparo en ponerse a contar las monedas delante de ella. Por las declaraciones que hubo durante el juicio se sabe que Toribio deshizo los paquetes de monedas, y los papeles que las envolvían los tiró debajo de la cama. Tuvo el detalle de pedir en la fonda que le lavaran la ropa, justificando las manchas de sangre como salpicaduras cuando le tocó matar un carnero. Dicen que se acostó a las ocho y media de la noche, y que además se durmió dejando encendido el quinqué.
La noticia de la muerte del párroco de Atondo y de su ama de llaves corrió como la pólvora. Y para que no hubiese ninguna duda, mientras al día siguiente Toribio Eguía salía a afeitarse la barba y a comprarse ropa nueva, Micaela Erro encontraba debajo de la cama los envoltorios de papel en los que podía leerse “Atondo - Culto y Clero” y “Manuel Martiarena”. Todas estas circunstancias hicieron que Micaela avisase rápidamente a su hermano Miguel, y que este pusiese en conocimiento del Gobernador sus sospechas.
Así pues, a las dos de la tarde, el Gobernador en persona, señor Moreno, acompañado de algunos agentes de policía, se presentó en la fonda, y en el mismo comedor procedió a la detención de Toribio Eguía, quien se limitó a pedir que le dejaran acabar de tomar el café. La policía pudo recuperar en la habitación de la fonda el dinero robado y la llave de la casa del párroco de Atondo.
A partir de aquí queda tan sólo por puntualizar que Toribio Eguía fue procesado y condenado a la horca. Era ejecutado el 14 de enero de 1885, pasando a la historia de la ciudad por el hecho de ser el último ahorcado que hubo en Pamplona."
Consideraciones:
Una pena que el relato del blog del Hotel La Perla, tan bien escrito y con tanto detalle, contenga justo en este último párrafo del apartado sobre Toribio Eguía dos errores de grueso calibre: Toribio no fue ahorcado sino que sufrió garrote vil. Y en 2ª lugar, la fecha de la ejecución fue 9 meses más tarde: el 15 de octubre de 1885.

sábado, 26 de febrero de 2011

Crimen de Atondo. Juicio y sentencia: garrote vil (2)


Plaza del Consejo: Audiencia Territorial y cárcel
Pamplona. Es el 7 de Enero de 1885. Para las 12 del mediodía, la Plazuela del Consejo y puntos cercanos a la Audiencia Territorial se encontraban abarrotados por una multitud deseosa de presenciar la vista oral de la causa seguida contra Toribio Eguía. Se habían tomado las debidas precauciones para evitar las avalanchas de la muchedumbre que pugnaba por entrar en la sala de visitas de la cárcel, en la que sólo cabía una mínima parte. Para cuando se abrió la puerta, ya estaba constituido el Tribunal, y el procesado, Toribio Eguía, se encontraba en el banquillo.

El Fiscal
Una vez que el relator, Sr. Valencia, dio lectura a los hechos, y los peritos pusieran en conocimiento del Tribunal que el párroco de Atondo, Manuel Martiarena, de 83 años, había recibido 12 puñaladas y el ama de gobierno, Martina Babace, muriera por 9 heridas de puñal, el Ministerio Fiscal propuso empezar la rueda de testigos.
Valentín Olza Erviti (sacristán de Atondo), Manuel Osácar (guarda de monte), Juan Ibero (monaguillo de Atondo), Marcelina Tortejada (aguadora de la casa), Francisco Alvizu y Francisca Aldave (vecinos de Atondo), Miguel Jaurrieta (guardia civil), Manuel Echarri (maestro de niños), D. Domingo Pérez (párroco de Aldava), D. Antonio Gortari (cirujano de Ororbia), Miguel Erro y Micaela Erro (respectivamente, dueño de la "Fonda La Perla" y hermana del anterior), D. Bruno Iñarra (presidente del Casino Eslava), el Alcaide de la cárcel y 2 presos compañeros de Eguía... todos ellos y algunos más desfilaron ante el Tribunal y el conjunto de su testimonio apuntó sin duda alguna a Toribio Eguía como autor del doble crimen y del robo.
Pero de todos estos testimonios voy a destacar el del maestro de niños Manuel Echarri. Y tengamos en cuenta que, para más inri, fue propuesto por el Ministerio Fiscal. Dice el maestro:
"que trataba amigablemente con Eguía a quien consideraba como hombre de juicio; que días antes del crimen de Atondo, le manifestó el procesado que disponía de un puñal y revólver, y que tenía formado un proyecto que esperaba había de proporcionarle unas buenas Navidades. Que entonces lo consideraba digno de su amistad, por más que le creía capaz de cometer algún robo u otro delito, no tan grave como los homicidios de Atondo".

Sirva este testimonio para demostrar, además de otras, dos cosas evidentes:
  • que el crimen, con una denuncia a tiempo, se podía haber evitado.
  • y que Eguía no debía de estar en sus cabales comentando con el maestro su proyecto.

La Defensa
Propuestos por la Defensa, tanto el Dr. Landa, como el Dr. Ubago se plantearon la gran pregunta: "¿es Eguía un malvado o un enfermo?". Y para obtener la respuesta, estos son los datos que aportaron ambos:
  • que el procesado tiene antecedentes familiares de enajenación mental.
  • que el 12.12.82 y el 02.01.83 (tres semanas después) tuvo el procesado sendos derrames cerebrales que provocaron en él, además de pérdida de conocimiento, delirio, risa sardónica (convulsión y contracción de los músculos de la cara), hemiplejia del lado derecho (Toribio arrastraba una pierna y era incapaz de coger una pelota con la mano diestra)... una lesión cerebral que afectó a su comportamiento.
  • que, debido a ello, no tiene íntegras sus facultades intelectuales, que carece de sentido moral, se ha vuelto un borracho acreditado y que no está en su sano juicio. Tiene, incluso, disminuido su propio instinto de conservación.
  • que se ha vuelto un demente homicida y que, por tanto, debe ser apartado de la sociedad.
    El mismo Gobernador Civil, Tomás Moreno, tras detenerlo en persona en la Fonda La Perla, declaró que consideraba al reo un insensato por su actitud impasible al ser arrestado ("permítame que termine el café", recordó que le dijo el detenido).
    También Santos Iribarren, profesor de la Academia preparatoria militar de Toledo contó que observó en Eguía un cambio radical. Lo consideraba en principio un hombre de bien por lo que lo recomendó al Director para el puesto de pasante, cargo que Toribio desempeñó con celo. Luego cambio por malas compañías y abuso del alcohol. Recordó también que un familiar le pidió consejo para ingresarlo en algún centro.
    Otros declararon en la misma línea: un sinfundamento, extravagante, loco, loco de remate, trastornado...
    En parecido discurso os transcribo un testimonio curiosísimo tal y como lo narra el cronista. (De paso, quizás sea un triste ejemplo de la actitud de la justicia y el periodismo de fines del XIX ante la lengua vasca):

    "Francisco Larumbe, labrador de Yabar (vascongado).
      — El Sr. Presidente: ¿Qué edad tiene V?
      Larumbe. Treinta y tr... tres años... no... cuarenta y... (el testigo se lleva la mano a la cabeza, discurre y no acierta a expresar el número de años que cuenta).
      Tendrá V. Más que veinticinco?
      Treinta y más...
      ¿Jura V decir la verdad en lo que se le pregunte?
      Jurar... no señor.
      ¿Con que no jura V por Dios etc. etc.
      Jurar... bah... jurar... algún (aquí una palabra fea) alguna vez y así".
    El Defensor considera que el testimonio es importante, pero que mejor que lo haga su mujer. Y ésta, Felipa Goicoa, cuenta que "cierto día se hospedó en su casa el procesado, el cual después de cenar tranquilamente y de rezar el rosario, prorrumpió de pronto en horribles blasfemias y cometió mil disparates y extravagancias, por lo que lo creyeron un loco rematado"
    Aquí terminó la primera jornada de la vista oral

    Dibujo de la sala del juicio. De espaladas, Rafael Escobedo escoltado por dos guardias civiles ardias-civiles-efe


    El jueves 8 de enero, también a las 12 y con una numerosísima concurrencia que "llenaba la sala y las avenidas", comenzó la segunda jornada del juicio oral.
    En primer lugar el señor escribano leyó un escrito de la Defensa en el que declaraba al procesado "exento de responsabilidad".
    Siguió a continuación la intervención del Fiscal D. Francisco Valcárcel quien, tras lamentarse por la frecuencia, en los últimos años, de crímenes "en este país que no hay recuerdo en su historia", hizo un retrato biográfico y moral de Toribio Eguía:
    • las autoridades carlistas le instruyeron un proceso por violación
    • por una nota de suspenso abandonó sus estudios
    • fue la bebida la causa de la apoplejía que le produjo la hemiplejia
    • ahora se ha convertido en un "vagamundo", alejado de su familia, que se dedica a vivir a costa del prójimo
    • Eguía no ha matado a cualquiera. Ha matado a "un ministro del Altísimo que acababa de elevar en sus manos la Hostia Sacrosanta"
    • Y al ama de gobierno, por si aún le quedaba vida y pudiera delatarle, como Eguía mismo ha confesado, le clavó el puñal en el mismo corazón.
      Y el Fiscal se hace la misma pregunta que los Doctores: "¿Es Toribio un demente o un malvado?". Y se responde a sí mismo que Eguía es un malvado, porque:
    • no se ha probado que la lesión cerebral acarree necesariamente la pérdida de la capacidad intelectual ni el libre albedrío.
    • está en su sano juicio por lo pensado por Eguía tras el crimen: pedir asesorarse de un abogado y otros datos que muestran la distinción, por parte del reo, entre el bien y el mal.
    • Los argumentos de los Doctores Landa y Ubago son "simples rigorismos de escuela". Todos los frenópatas tienden a buscar locura en cualquier individuo.
    Y entrando el Fiscal en la calificación del delito, afirma que entra en el artículo 517 con dos agravantes normales (premeditación y abuso de confianza) y una agravante especialísima: Eguía ha asesinado a un anciano de 83 años adornado con la aureola del carácter sacerdotal.
    Por todo ello el Sr. Valcárcel, "revelando la emoción que le producía el cumplimiento de su penoso deber", pide para Eguía la pena de muerte.
    En respuesta al Sr Fiscal, D. Juan Cancio Mena, Abogado Defensor, comenzó su discurso incidiendo en lo importante que era, a la hora de juzgar, dejar fuera los sentimientos y las emociones.
    Rectificó, a continuación, el retrato de Eguía que había dibujado el Fiscal:
    • Eguía es hijo de padres honradísimos, con antecedentes familiares de enajenación,
    • tras la guerra civil, buscando un título, hizo estudios de topógrafo,
    • por su buena conducta fue recomendado en la academia militar
    • pero un trastorno mental (con una lesión cerebral evidente) fue causa de un cambio de conducta.
    • todos los Peritos coinciden en que Eguía es un demente, opinión que comparten los testigos
    • rechazó la opinión del Fiscal sobre lo expresado por los Doctores ("rigorismos de escuela")
    Y terminó reconociendo que Eguía era el autor de un delito, pero que no era responsable de él por carecer de libre albedrío. Pidió, por tanto, que se le recluyera, no en castigo de su delito, sino para evitar mayores males a la sociedad.
    Eguía, dijo el Sr Mena, ha sido el autor de un crimen horrible, pero es aún más terrible el espectáculo que se ofrecería al ajusticiar a un demente que habla de su crimen con glacial indiferencia, que subirá impasible al patíbulo y que, probablemente, exhalará su último aliento prorrumpiendo en una estúpida carcajada.
    Tras extender el acta del juicio, se dio éste por terminado.

    Cuatro días después, el lunes 12 de enero, se dictó sentencia.
    De los siete "Considerandos", por lo tratado hasta ahora, nos interesa el 4º:
    "considerando que en la ejecución del delito no concurrió la circustancia eximente primera del artículo octavo alegada por la defensa, porque la locura que liberta de responsabilidad al agente es aquella que impide discernir el bien del mal, la que apaga la luz de la razón, anonadando el entendimiento, no una ligera lesión de la inteligencia..." (NOTA al final)
    VISTOS los artículos...
    FALLAMOS que debemos condenar y condenamos a Toribio Eguía Esparza... a la pena de MUERTE EN GARROTE...
    Esta sentencia fue notificada el mismo día al procesado, quien se negó a firmarla por lo que tuvieron que hacerlo dos testigos.
    Cuentan las crónicas que en el momento de la notificación de la sentencia, Eguía se encontraba tranquilo y bastante locuaz, manifestando, entre otras cosas, que no se le ocultaba que a su gran delito le correspondía un gran castigo.

    NOTA:
    Uno se horroriza de con qué alegría se administraba la pena de muerte [suerte que en este caso estamos hablando de 1885, y no de las que en la guerra de 1936-39 y posterior dictadura se dictaron con juicios sumarísimos. Y menos, de las peores penas de muerte: los viles asesinatos que llevó a cabo ETA (hablo en pasado, por mi esperanza y por mi deseo) sin siquiera un juicio sumarísimo y jaleadas por muchos que dentro de poco lo negarán] sin tener la más mínima duda, cuando el caso de Toribio Eguía dispararía hoy todas las alarmas.
    Si ya es harto discutible que "la locura que libera de responsabilidad es únicamente la que impide...la que apaga la luz de la razón.... , la que anonada el entendimiento..," que dice la terrible sentencia (la luz de la razón, del entendimiento, tiene muchos grados de intensidad), no digamos nada si hablamos de la voluntad, la afectividad, los sentimientos y los valores morales.
    Ha caído en mis manos un documento que, aunque posterior, por pocos meses, al juicio y ejecución del reo, se refiere exactamente al caso de Toribio Eguía. Se trata nada menos que de la opinión de Juan Giné y Partagás (1836-1903) que fue uno de los pioneros de la psiquiatría en España. Un alumno suyo (y luego profesor en San Sebastián) que intervino como perito en el caso del "Crimen de Atondo", Víctor Acha, seguramente horrorizado, le pide su criterio sobre este desgraciado caso. Ésta es la opinión de Juan Giné:
    «Los magistrados, con nuestro defectuoso Código en la mano, no entienden ni quieren entender de idiotismo moral. Lo sé por experiencia. Por desgracia durará aún muchos años la confusión de esos idiotas de la afectividad con los malvados; tantos, por lo menos, como se ha tardado en distinguir ante la ley a locos maniacos, melancólicos o alucinados, de los criminales responsables. Todos admiten el idiotismo general; todos concuerdan en que existen en la especie humana seres cuyo desarrollo frénico no alcanza el nivel común del desenvolvimiento de las aptitudes psíquicas; pero ¿por dónde toman la medida de los grados de este desarrollo? Unicamente ateniéndose a un orden de facultades o aptitudes : las intelectivas. ¡Como si en el ser humano no hubiese más que inteligencia! ¿Por qué se olvidan de medir los alcances de los sentimientos y afectos, así como del vigor de las voliciones? Los tribunales hacen arrancar la irresponsabilidad del idiota y del imbécil única y exclusivamente de su insuficiente inteligencia: opinan que, si éste es egoísta, cruel, lúbrico, glotón y sucio, es a causa de ser poco inteligente. En prueba de que la depresión o rebajamiento moral o afectivo es en los idiotas primitiva y no consecuencia necesaria del deficiente desarrollo de su inteligencia, se ven muchísimos idiotas que, con todo y no haber podido aprender a leer, ni a escribir, ni a hablar con mediana corrección, muéstranse afectuosos con sus parientes, tiernos y agradecidos con los que les cuidan, y perfectamente educables en cuanto atañe a la relaciones de la vida doméstica... ! Son unos benditos! Vense, en cambio, personas de talento más que mediano, puesto que, no sólo leen y escriben gramaticalmente y cuentan de conformidad con la aritmética, sino que han aprendido idiomas, saben dibujar y pintar y... hasta imitan y falsifican documentos, y, no obstante, jamás—aun a contar desde su más tierna infancia—han manifestado poseer ninguno de esos sentimientos de afecto, cariño, gratitud, amor, justicia, apego a lo bueno y repulsión por lo malo, en que se fundan los indestructibles vínculos de la familia y de la sociedad. Las cárceles y los presidios están ahitos de estos individuos; en la infancia y en la adolescencia pueblan las Casas de Reforma; cuando jóvenes, los embarcan, en la confianza de que el mar ha de mejorarlos; ya adultos, retornan al hogar y son el azote de los deudos y amigos y frecuentemente pasto del verdugo. ¡Por rara casualidad entra alguno que otro en su natural mansión: el manicomio!—Su cerebro —ya lo tengo escrito—es pasta de crimen.Definamos, pues, el idiotismo moral: un defecto ingénito del desarrollo de las facultades afectivas y particularmente de los sentimientos altruistas, con un grado más ó menos próximo al nivel normal en el desenvolvimiento de las aptitudes intelectuales.»

    domingo, 6 de marzo de 2011

    El crimen de Atondo: últimos momentos de Toribio Eguía (3)

                                                 "Garrote vil", cuadro de Casas. Ejecución de Peinador. Barcelona, 1891. 
    Juan Cancio Mena,
    defensor de Eguía
    Tras la sentencia del 12 de enero de 1885 de pena de muerte a garrote, el abogado defensor Sr. Mena fue interponiendo recursos aludiendo a las especiales circunstancias de su defendido. Pero todo fue en vano.
    Nueve meses después, el 14 de octubre de 1885, se podía leer en la prensa de Navarra (Eco de Navarra y Lau-buru) que, tras agotar todos los recursos, el abogado defensor de Eguía había enviado un telegrama la tarde del día 12 al Presidente del Consejo de Ministros para que éste interesara el ánimo del Monarca (Alfonso XII, quien murió unas semanas después) en favor de su defendido. Telegrama que, a pesar de que fue apoyado por otros del Gobernador Civil, del Sr. Obispo, y del Vicepresidente de la Diputación, antes de las 11 de la noche fue contestado con el del Sr. Cánovas en el que manifestaba que "con el mayor sentimiento no había podido aconsejar a S. M. el Rey el indulto solicitado".
    Fue el último cartucho, el último intento de detener la imparable maquinaria.
    El 15 de octubre, a las 8'30 de la mañana, Toribio Eguía era ajusticiado fuerapuertas, en la Vuelta del Castillo, al lado del Portal de Taconera.

    pincha para leer mejor
    Lo que vais a leer a continuación fue publicado el 16.10.85 en el diario de Pamplona "Lau-buru". El periodista, impactado por las escenas que, muy a su pesar, había tenido que presenciar, hace un relato excepcional de los últimos momentos de Toribio. Merece la pena seguir la narración de este cronista anónimo sin interrupciones. Símplemente he colocado unas notas para que, una vez leído, podáis completar la lectura con algunos datos del Eco de Navarra, o bien, observaciones mías. Sólo he corregido algunos errores evidentes, conservando el estilo y la grafía de la época.


    [Confesamos que, al empezar á escribir, jamas hemos experimentado una emoción semejante á la que en estos momentos embarga nuestro ánimo. Tiembla nuestra mano y la pluma no sabe trazar la exposición de los hechos y circunstancias que nos proponemos narrar, cumpliendo el deber que tenemos para con nuestros lectores.
    Triste y penosa tarea la nuestra.
    Y á la vez difícil para quien, dominado por la emoción que le causara un espectáculo que jamás hubiera presenciado, si en cierto modo no se viese precisado á ello, no puede dominar el tropel de ideas que luchan en su cerebro, ni mucho menos alejar la lúgubre imagen, que la mente guarda, del ajusticiado.
    Pero tenemos un deber y hemos de cumplirlo.

    Anteayer al oscurecer, hora á que alcanzaban las noticias que dimos en el número anterior, Toribio Eguía se hallaba, como hasta entonces, tranquilo y resignado.
    A las 8 de la noche (1) hizo testamento ante el notario D. Polonio Escolá y los Sres. D. Miguel Bissié, presbítero, y D. Ricardo Segura, médico, los cuales sirvieron de testigos.
    A las 9, poco más o menos, se le sirvió la cena; Eguía comió con apetito (2), y durante la cena, así como anteriormente, seguía recordando el crimen de Atondo -así decía él- reconociendo su gravedad y la justicia con que le había sido impuesta la terrible pena que iba á sufrir al día siguiente.
    Más tarde fue visitado por el señor gobernador civil, quien entregó al presbítero Sr. Hugalde, confesor del reo, una imagen, en tela, del Sagrado Corazón de Jesús, con una inscripción que decía: "Vénganos el tu reino", para que antes de la ejecución se la pusiera á Eguía en el pecho.

    ...le concediera una buena muerte.
    Desde entonces Eguía apenas habló con otras personas que con los sacerdotes. Su ánimo continuaba relativamente tranquilo y no cesaba de hablar de sus asuntos espirituales. Rezó el Rosario con grandísima devoción. Era el segundo que rezaba en aquel día, pues él espontáneamente había dicho después de ser puesto en capilla, que antes de morir quería rezar las tres partes del Rosario.
    Él mismo por la tarde había dicho desde la ventana de su cuarto á los presos que estaban en el patio, que rezasen el Rosario pidiendo á Dios le concediera una buena muerte.
    Esto lo hizo por indicación del canónigo don Angel Elduayen quien, al visitar al reo, fue reconocido por él, después de muchos años que no se habían visto. Eguía además rogó al señor Elduayen que en la misa que celebrara ayer rogara á Dios por él; lo que dicho señor le prometió.
    Después de rezar el Rosario, Eguía continuó hasta media noche dando muestras de arrepentimiento y dando á su confesor no pocos encargos. á eso de las doce le aconsejaron que se acostara, y como ya sabía que á las cuatro de la mañana había de oir misa y recibir el Pan de los Angeles, no cesaba de acordarse de esta hora, manifestando deseos de que llegara cuanto antes.

    Acostose (3) el reo á las doce ; pero no podía conciliar el sueño: una hora pasó recordando el crimen de Atondo (4), rezando e implorando misericordia. á la una empezó á dormitar y en un sueño ligero y no pocas veces interrumpido, no por otra cosa que por su estado intranquilo, pasó las tres horas que, según se había dispuesto, debía permanecer en cama.
    Dos hermanos de la Paz y Caridad velaron junto á él durante ese tiempo.

    A las cuatro se levantó. En la cárcel habían permanecido durante la noche los celosos sacerdotes D. Pedro Velasco y D. Zacarías Hugalde. Este celebró misa enseguida.
    El reo la oyó con gran devoción exhortado continuamente por el Sr. Velasco que le acompañaba. Llegado el momento de la Consumación el celebrante dirigió á Eguía una breve pero sentida exhortación y le administró la Sagrada Comunión, que Toribio recibió con ejemplar fervor, permaneciendo después de la misa dando gracias acompañado y aconsejado por D. Pedro Velasco.

    Pasó después el reo á su cuarto y tomó chocolate, único desayuno que había pedido.
    Poco rato después, el mismo Eguía dijo á los que le acompañaban:
    -Tengo que rezar la tercera parte del Rosario, que ayer no rezamos más que dos partes.
    Y enseguida se rezó el Rosario, en el que, como en todos sus rezos y actos piadosos, llenaba á todos de consuelo el fervor con que Toribio imploraba la protección de la Madre de Dios diciendo: "Santa María, Madre de Dios, ruega por mí pecador etc., etc., palabras estas que recitaba con devoción profunda.
    Desde que concluyó el Rosario hasta las siete y media no hizo más que encomendarse á Dios, repitiendo las jaculatorias que le inspiraban dichos sacerdotes y otros que muy temprano habían acudido para ayudar á aquellos en tan santa tarea.
    A las siete y 40 minutos Eguía pidió algo para comer -dicen que una chuleta de ternera- pero no habiendo tiempo material para prepararla y servírsela, se le sirvió pichón: comió un poco con un poquito de pan y tomó un sorbo de vino rancio.
    Se encontraba algún tanto afectado, pero contestaba con tranquilidad á las observaciones de los sacerdotes.

    Hopa con capirote
    A las ocho menos cuarto entró el verdugo á ponerle la hopa. En aquel momento su confesor dijo á Eguía:
    -En cumplimiento de su deber, el ejecutor de la justicia va á ponerte la vestidura del criminal sentenciado á muerte; pero yo voy á colocar en tu pecho la insignia del pecador arrepentido.
    Y le puso en el pecho la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que, para ese objeto, le había entregado el señor gobernador civil (5).
    Ntra. Sra. de los Dolores
    En esto llegó la hora de que el reo saliera de la Capilla para ser conducido al patíbulo.
    Dieron las ocho y Toribio Eguía salió de aquella estancia para no volver, no sin rezar con gran fervor una Salve á la preciosa imagen, que allí hay, de Ntra. Sra. de los Dolores.

    Inmensa muchedumbre llenaba las calles y pllaza inmediatas á la cárcel. Entre la multitud apiñada, lo mismo que en las ventanas y balcones, veíanse personas de todas las clases y condiciones; en la puerta de la cárcel estaba el carro que había de conducir al reo y allí había tambien una sección de Caballería.
    La expectación era profunda, cuando Eguía tomó asiento en el carro, rodeado de los sacerdotes D. Pedro Ilundain, D. Pedro Belasco, don Francisco Gonzalez, D. Zacarías Hugalde, don Miguel Bisié y D. Angel Elduayen.
    Rompió la marcha un piquete de Caballería; seguían los hermanos de la Paz y Caridad con túnicas y luces; enseguida el carro en que iba el reo, como hemos dicho, y á continuación una escolta de Caballería.

    En el nº 30 de la C/Nueva, lo vio un Pío Baroja de 13 años
    En el trayecto (6) el reo tuvo momentos en que la emoción llegó a acongojarle, pero se repuso gracias á los consuelos que le prestaban con sus prudentes reflexiones los ministros del señor.
    Desde la cárcel al patíbulo puede decirse que no quitó la vista del Crucifijo (7), al que dirigía fervorosas plegarias derramando lágrimas.
    La afluencia de gente, como hemos dicho, era inmensa; en el lugar de la ejecución alzábase el cadalso, y fuerza de infantería y caballería había formado el cuadro de antemano. Una vez en el lugar del suplicio (8), Eguía apenas pronunció otras palabras que para contestar á las preguntas del presbítero Sr. Hugalde. Este y D. Pedro Velasco subieron al tablado; los demás sacerdotes quedaron al pie. El Sr. Velasco se arrodilló tan pronto como se sentó el reo en el banquillo (9). El Sr. Hugalde sacó entonces el Crucifijo que, como ayer dijimos, le había enviado la madre de Toribio y, manifestándole esto, lo puso en sus manos, después que lo hubo besado fervorosamente.
    La Taconera y la Iglesia de San Lorenzo. Fines del XIX
    Mientras el verdugo sujetaba al reo con cuerdas y correas y le ponía la argolla, el señor Hugalde dirigía al pobre Toribio frases llenas de caridad que éste escuchó hasta su último instante.
    Uno después, el alma de Toribio Eguía comparecía en el Tribunal de la Divina Justicia.
    Dios haya usado con él de misericordia.
    En aquel instante D. Pedro Velasco rezó un responso y enseguida D. Pedro Ilundáin dirigió breves palabras á la multitud, manifestando que Toribio Eguía había muerto arrepentido y resignado, y aconsejando fuesen á oir la misa que por su alma iba á celebrarse en la parroquia de San Lorenzo.

    Portal de La Taconera, fines del XIX
    Omitamos ciertos detalles. Durante el día fueron muchísimas las personas que fueron á ver el cadáver del ajusticiado y á depositar una limosna en las bandejas que á ese objeto se habían colocado al pie del cadalso.
    A las cuatro y media de la tarde (10) acudió al lugar del suplicio el secretario de Sala de la Audiencia Sr. Barasoain para presenciar la entrega por el verdugo (11) del cadáver á la Hermandad de la Paz y Caridad que, procesionalmente y con luces, había acudido allí con el cabildo de la parroquia de San Lorenzo.
    Se rezó un responso y, mortajado el cadáver, fue puesto en un ataud y conducido al cementerio.

    Terminemos ya este triste relato.
    Pero no lo haremos sin rogar á todo el que lo lea, que rece un Padre Nuestro por el alma del desgraciado Toribio Eguía, á la cual Dios haya acogido en su seno.]

    1. A las 7 quedó entregado a los sacerdotes y pidió ser enterrado en caja. Poco después dijo: "mañana no me dolerá ni la mano ni la cabeza".
    2. Cenó berza, chirlas y chipirones. Y de postre una bizcochada.
    3. Los hermanos de la Paz y Caridad le ayudaron a acostarse: su parálisis del lado derecho se lo dificultaba.
    4. "Pobre cura, pobre ama", decía.
    5. Estampa enviada por la señora del Gobernador Civil.
    6. Atravesó el cortejo la plaza de San Francisco, calle Nueva, Taconera y la puerta de este nombre, y llegó al pie del cadalso
    7. D. Zacarías Ugalde llevaba en su mano un pequeño Cristo, que el reo besaba a menudo y que murió besándolo, procedente de su afligida madre, que lo remitió a su desgraciado hijo para que lo tuviera en trance tan terrible y volviera después a su poder como recuerdo tristísimo.
    8. El reo bajó por su pie del carro y subió al cadalso con bastante firmeza, ayudado en parte por los sacerdotes, pues sus movimientos al andar eran torpes, efecto de su enfermedad.
    9. Sentose en el banquillo, del cual volvió a levantarse para que elevaran el asiento, volviéndose a mirar con toda tranquilidad a mirar los arreglos que el ejecutor de la justicia estaba haciendo.
    10. Ocho horas después de la ejecución.
    11. El verdugo llámase Lorenzo Huerta y pertenece a la audiencia de Burgos. El aparato con el que el ejecutor de la ley ha cumplido su terrible ministerio es una modificación del antiguo, modificación hecha por Huerta y se estrenó en Vitoria en el criminal Garayo (a) Sacamantecas, después en algunos individuos de la Mano Negra y últimamente en Eguía. Lorenzo Huerta lleva ya 47 ejecuciones.