viernes, 20 de marzo de 2020

La Plaza de los Ajos (J.J. Arazuri)

Vemos la plaza de los ajos hace medio siglo, cuando el mercado era boyante. En la foto se aprecia, primer lugar, al perrero municipal con el bastón-lazo con el que cazaba impunemente a los chuchos. Eran tiempos en que el perrero vestía con uniforme (Foto Julio Cía)

Esta entrada está completada y actualizada en Adiós a la Plaza de los Ajos (act.)
Mercado de ajos
Pocos días después de la subasta de las barracas tiene lugar en la Casa de Misericordia la de las casetas para la venta de ajos.
Año 1965. Eran tiempos en que la plaza de las Recoletas se llenaba de horcas de ajos
Una de las cosas más típicas de los Sanfermines es el mercado de ajos en la plaza de las Recoletas. Tanto nombre y tradición ha adquirido este mercadillo, que el título de la plaza ha sido y es con frecuencia, sobre todo por las Fiestas, sustituido por el de «plaza de los ajos».
Año 1981. Conforme va disminuyendo el mercado de los ajos se incrementa la venta,
en la plaza de las Recoletas, de objetos exóticos, cassettes, discos, trabajos
en piel y piezas de arte africano. (Foto José Luis Nobel).
En el siglo pasado (XIX) este mercado carecía de la importancia que alcanzó en el presente. En 1887, como ejemplo, en fiestas sólo se instalaron dos casetas en el entonces Paseo de Valencia para la venta de ajos y cerámica de Lumbier.
Cuatro que han venido a pasar un día en los Sanfermines. (Foto José Luis Nobel)
Es curioso que el ajo, liliácea originaria de las estepas del Asia Central, el más importante remedio-condimento, haya adquirido en nuestra Ribera -siendo los más famosos los de Falces y Corella- una categoría y una clase apreciadísima. 
Año 1968. Bonita perspectiva de las casetas de venta de ajos. (Foto Zubieta y Retegui)
No saben nuestros riberos que los bulbos que cultivan tan afanosamente, fueron citados y estudiados por los naturalistas y médicos de la antigüedad, y que los hebreos del Exodo lamentaron profundamente abandonar el ajo como uno de los más preciados bienes que dejaron en Egipto, y desconocen también que en la última Guerra Mundial los soldados rusos llevaban en las mochilas ajos para aplicarlos machacados en las heridas por su acción antibiótica a distancia.
Souvenir sanferminero (Fotos José Luis Nobel)
En el presente siglo la venta de horcas de ajos fue adquiriendo, poco a poco, tal incremento, que posiblemente sea el recuerdo que con más frecuencia se llevan los forasteros de nuestra ciudad. Ante aquella demanda del producto y de los vendedores, la Meca se vio obligada a ampliar el número de casetas, que llegaron a alcanzar hasta más de cuarenta, si bien hemos de reconocer que también se instalaban los alfareros de Villava que, para promocionar sus mercancías, enseñaban a beber en rallo o botijo a toda persona que se acercaba al chamizo de venta, en donde se podían comprar también huchas, pucheros y cazuelas de barro.
Souvenir sanferminero (Fotos José Luis Nobel)
En estos últimos años las casetas de ajos han disminuido hasta ocho, pero el espacio de la plaza que queda libre se ve ocupada por un nuevo mercadillo de cassettes, baratijas exóticas, repujados y trabajos africanos.
Todos saben que el ajo es imprescindible para condimentar ciertos platos, pero pocos 
son capaces de hacer con él una artística fotografía como ésta de Pío Guerendiáin

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