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miércoles, 3 de julio de 2019

José "El Castañuelas", por A. Aristu


Muchos, nada más ver la foto, habréis caído en la cuenta. El relato que hace de él Alfredo Aristu es sencillamente soberbio. Un retrato de un artista de la calle digno de figurar en la "Antología de tipos entrañables de Navarra". Mil gracias, Alfredo

José "El Castañuelas"
A finales del siglo XX, en la Bajada de Labrit, en la Plaza del Castillo o en el Paseo de Valencia, un bailarín hacía de las suyas y bajo sus pies el pavimento vibraba. Con su poder de convocatoria y seducción, enamoraba a primera vista. 
Se trataba de un tipo muy flamenco y embaucador. Gozaba de mucho prestigio social y predicamento. Poseía una personalidad arrebatadora y la capacidad de hechizar con sus dotes de saltimbanqui. Siempre estaba más contento que unas castañuelas y dispuesto a dar la nota.
Llevaba consigo la picardía de los juglares, y por equipaje un par de castañuelas, un radiocassete y un frasco de colonia. 
Enseguida de ajustarse las castañuelas y encender el aparato, el público le hacía sitio y él respondía con una reverencia. De forma progresiva, se volvía loco, atolondrado, pero sin perder la compostura ni el compás. Por su manera de desenvolverse, provocaba el desconcierto, la admiración y el asombro. Su temperamento fogoso despertaba la simpatía, el afecto, y a nadie dejaba indiferente. 
Como un poseso, agitaba el cuerpo de pies a cabeza y transmitía sensualidad. Se dejaba llevar por las emociones y seguirle los pasos era de locos. Con su maestría innata, dominaba desde la postura corporal, la musicalidad, la fuerza y la velocidad. A su alrededor, recreaba una obra atrayente y trascendía del ámbito escénico al ambiente popular. 
En trance, solo tenía tiempo para cambiar las pilas al radiocassete y, de inmediato, volver a las andadas. Con tanto ajetreo, el sudor afloraba a raudales en su cuerpo y hacía estragos, pero era inmune al agotamiento y se mantenía pletórico hasta el final. Y con tanto giro, brío y salero, no era de extrañar que algunos de los espectadores de las primeras filas se vieran salpicados.
Dos horas después de recoger los bártulos, aún se notaba su presencia en el aire. Dejaba tras de sí el embrujo de sus modales y el aroma del pachulí con que se embadurnaba los rizos de su cabellera larga y de color azabache. 
(...)
Él, gitano de estirpe, nació en Olite y después se convirtió en nómada, campesino errante y bailarín de raza. Recorría la geografía de Navarra a lomos de un carromato y en el remolque viajaba su prole. En muchos pueblos encontraba hospedaje y hospitalidad. A ratos arreglaba paraguas, sillas, etc, y en temporada recolectaba patatas, setas, caracoles… Pero, sobre todo, se dedicaba a cultivar su pasión por el baile y lo remataba con la planta, la punta y el tacón. 
Solo se parecía a sí mismo y era José Antimasberes Echeverría, ‘El Castañuelas, El Brillantinas o El gitanico de Añorbe’. 
Un tipo que tenía el encanto de los personajes de fábula y duende.
ALFREDO ARISTU HERNÁNDEZ

José murió a los 62 años, un 15 de abril de 1994. Un accidente de bicicleta.
Desgraciadamente, no se conoce una grabación de su arte. Si alguien la tuviera... 
patximendiburu@gmail.com

1 comentario:

Unknown dijo...

Andaba mogollon por Aoiz