El músico Pedro Iturralde viaja por sus recuerdos hasta la Navarra de su infancia, a orillas del río Arga, y a los valles de su juventud.
Texto: Pedro Iturralde. Fotos: Koldo Badillo
Aquí descubrí mi amor por la música |
Vergalijo (magnífica entrada en Wikipedia) era un barrio perteneciente a Miranda de Arga, que el hacendista Felipe Modet proyectó en 1909 como una explotación agrícola modelo, con escuela, iglesia, alumbrado eléctrico, una maquinaria modernísima y unas treinta familias, que al paso de los años acabaron emigrando a Miranda.
En este entorno idílico, vivía mi familia.
Como el molino no tenía mucho trabajo (ya había empezado la implantación de fábricas de harinas por cilindros), mi padre tocaba el clarinete durante el día, y todas las noches, después de cenar, en el impresionante silencio de un despoblado, mi madre, mi hermana Palmira y yo nos deleitábamos con su repertorio de polkas, mazurcas, habaneras, jotas y valses para guitarra.
La iglesia del poblado de Vergalijo |
Recuerdo el molino, la presa, el perro, la bicicleta, el teléfono de manivela, a mi madre lavando en el río y cantando, las tejas verdes de la iglesia y sobre todo, la habitación donde mi padre guardaba el clarinete, el laud, el requinto y la guitarra.
Cuando tenía cuatro años, a mi padre le trasladaron a nuestro pueblo natal: Falces (unos dos mil habitantes), como jefe de la fábrica de harinas situada a un kilómetro del pueblo. Aunque seguíamos viviendo en el campo, la mudanza fue traumática. El trabajo de mi padre era más duro, y tenía menos tiempo para nosotros.
Empecé a ir a la escuela (yo, que estaba acostumbrado a tener mis propios juegos con la naturaleza) y enfermé de bronconeumonía por la tristeza. Como el colegio estaba a dos kilómetros del molino, tenía que hacer cuatro kilómetros diarios para ir y volver. Recién cumplidos los siete años, estalló la guerra civil y los aviones me pasaban por encima cuando iba de mi casa a la escuela. Recuerdo cómo el zumbido enturbiaba esa paz rural y yo salía corriendo asustado sin saber donde cobijarme.
Con 9 años, y en el molino, mi padre me puso un saxofón y me dio mi 1ª clase |
Me encantaba acompañarle, tanto que sentí que poco a poco me estaba enamorando de la música. Fue una pasión que llevaba dormida desde mi infancia. Empecé a estudiar los métodos de solfeo de Don Hilarión Eslava y comenzó así una aventura emocionante que tuvo su momento máximo cuando, con nueve años y en el molino, mi padre me colocó un saxofón y me dio mi primera clase.
Con la práctica de los estudios, curé mis bronquios, mejoró mi sistema nervioso y amplié mi capacidad torácica. A mi padre le gustaba la música como afición, pero no como profesión. Yo pensaba todo lo contrario.
En poco tiempo, pasé a formar parte de su grupo como saxofonista y clarinetista, actuando en mi pueblo, Falces, todos los domingos y festivos.
Cuando tenía doce años nacieron mis hermanos Javier y Manuel. Yo seguía actuando por las fiestas de los pueblos de la Ribera navarra, y en los Sanfermines, en Pamplona, para la Peña La Jarana. Las gentes me conocían como el ‘chaval de Falces’ o ‘el chico del molinero’.
Trabajábamos duro: en algunos pueblos tocábamos diana, concierto y baile. Pero mereció la pena. Recorriendo esos impresionantes parajes con mi música descubrí el lado más amable de la posguerra. Comprobé cómo las gentes de los pueblos, cansadas de tanto sufrimiento, recibían a la orquestina con los brazos abiertos. Recuerdo que éramos nueve y Juanito Esparza, el jefe del grupo, era de Carcastillo, donde tenía un taxi. En la época era insólito que un grupo de músicos recorriera la geografía foral para amenizar las fiestas en un Plymouth, una preciosidad de coche americano.
Garralda |
Regresé a Navarra y monté mi propio grupo. Entre 1942 y 1947, recorrí los asombrosos valles del norte de Navarra, especialmente el de Baztán, de Roncal y el de Salazar. A veces, nos alojábamos en casas particulares que los paisanos generosamente nos dejaban. Eran los pioneros del turismo rural, tan de moda ahora por la zona.
Mi andadura profesional me alejó de Navarra. En 1947, el cantante y jefe de orquesta Mario Rossi me contrató para su orquesta en una gira por Lisboa, Tánger, Casablanca, Orán, Argel y Túnez.
Collado de Urquiaga, nacedero del Arga |
Los años sesenta fueron mi época más activa como músico de jazz, músico clásico en giras con la ONE (Orquesta Nacional de España), colaborador en grabaciones de música, para bandas sonoras... El RCSM creó la plaza de profesor de saxofón.
Aunque retirado de la docencia desde 1994, continúo como ‘band leader’ de jazz, solista concertista con bandas u orquestas sinfónicas y compositor.
Ahora, con el tiempo, me es grato recordar la Navarra de mi infancia y juventud. Siempre que puedo, regreso. Me vuelven entonces todos esos recuerdos: La tranquilidad de la villa de Roncal, patria del cantante Julián Gayarre; Roncesvalles, con su iglesia; Olite, con su castillo -ahora Parador-, que pude ver reconstruir en mi infancia; Alsasua, Aoiz, Tafalla, donde mi hermano Manuel es jefe molinero; Falces... y -¡cómo no!- Vergalijo, ese paraíso donde descubrí mi amor por la música.
Dedicatoria de Desolvidar
Mirando en la Biblioteca Nacional, he encontrado decenas de grabaciones y partituras de Pedro y he dado con una grabación, nada menos que de 2017, de "El Molino y el Río".
Campos de vid del fértil pueblo de Añorbe |
Me encanta en esta pieza el contraste entre la melodía general, lenta, nostálgica, delicadísima, y el compás - muy movido y un poquito picarón y jaranero- de la jota "Y si no se le quitan bailando, los colores a la molinera...".
En tu honor, en agradecimiento por lo mucho que nos has dado y por ser un gran embajador de Navarra, va para ti, Pedro Iturralde, este vídeo con los colores, llenos de nostalgia, de los años de infancia y juventud que viviste en Vergalijo, Falces y en tantos pueblos en los que tocaste en fiestas.
Koldo Badillo |
PEDRO ITURRALDE Falces (Navarra), 1929. Su repertorio demuestra que es más que un músico de jazz. Ha conseguido todos sus objetivos, excepto que en las orquestas sinfónicas haya una plaza fija de saxofón.
KOLDO BADILLO Licenciado en Ciencias Biológicas, este fotógrafo natural de Orduña (Vizcaya) es un enamorado de Navarra, donde reside. Su último libro: ‘Los colores de Navarra’ (2005)
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