lunes, 2 de enero de 2017

Ezequiel Endériz: "La infancia de Manolito"

De padre de Badostáin y madre pamplonesa, nacido en Tudela en 1889 y fallecido en Courbevoie (Île-de-France, Paris), en 1951, fue Ezequiel Endériz, ante todo, un periodista militante y activista, republicano, de izquierdas, lo que le llevó al exilio. Pero también fue escritor, poeta y un entusiasta del folclore navarro y español.
En este blog nos hemos propuesto dar a conocer su faceta de letrista de las jotas que popularizó Raimundo Lanas, cuyos títulos podéis ver en la foto que preside esta entrada y a las que he dedicado ventitantas entradas.
Pero hoy vamos a ver algo que yo considero un borrón en el curriculo de Endériz. Y es que Ezequiel descalificó gravemente a Manuel Azaña. Un periodista puede hacer todas las críticas que quiera en el plano político o sobre la faceta pública que tiene todo político, pero debe evitar entrar en el terreno de la vida privada y, muy especialmente, de la infancia de ese político. Sobre todo si -para más inri- es algo inventado (la madre de Azaña murió cuando Manuel tenía 9 años; y su padre, justo el día que cumplió los 10). 
Sin duda, Ezequiel había mal-leído la novela juvenil de Azaña "El jardín de los frailes" y quiso -injustamente- hacer daño. 
Y por lo visto, lo consiguió. Dos años después del panfleto que vais a leer, cambió de opinión sobre Azaña y en el folleto El Pueblo por Azaña cantó las excelencias del futuro (10.05.36) presidente (2º mandato) de la República. Pero éste no se lo perdonó y lo trató con dureza y desprecio. El 5 de junio de 1937 el presidente de la República recordó en su diario la negativa semblanza que Endériz había trazado de él en 1933 en La Tierra, en contraste con el halagador folleto de 1935.
Fijaos cómo se regodea alguna prensa de las desavenencias entre republicanos

Pilar, hija del escultor Fructuoso Orduna, en 2015 cedió el retrato de Endériz al Museo de Navarra
EL PROGRESO--Año XXX Domingo, 12 de diciembre de 1937 II año triunfal
Para la biografía de Azaña. Datos allegados por un rojo
El periodista rojo Ezequiel Endériz, colaborador de "Solidaridad Obrera” y de "Mundo Obrero" — con lo que queda bien definido su servicio a la República que Manuel Azaña personifica—, publicó hace 4 años una semblanza de este siniestro personaje, que hallamos en el número de "La Tierra” correspondiente al 4 de octubre de 1933. Hela aquí, ya que sus datos, lejos de perder interés, lo muestran muy aumentado por todo lo posteriormente acaecido, y la versión de la infancia de Azaña es verdaderamente irrecusable, puesto que procede de un rojo.

La infancia de Manolito
“Manuel, este don Manuel famoso de ahora y obscuro de hace dos años, como pájaro de covachuela oficinesca, tuvo infancia también". Una infancia triste y pobre, como la infancia de muchos niños de España de esta clase media del sufrimiento reprimido. A la pobreza de su origen hubo que añadir su pobreza filológica ("fisiológica", corregido -¡cómo no!- por Mikel Belasko. Gracias). Algo terriblemente siniestro le acompañaba al Manolito desde su nacimiento. "El proceso hasta cierto punto normal,  de la bisexualidad", de que nos habla Marañón, se había desenvuelto en Manolito más perezosamente, más torcidamente. Sin acabar su total desarrollo a la hora esa en que en las naturalezas normales todo está definido...
A consecuencia de esto, sin duda, Manolito era un niño perverso. Gozaba con el mal ajeno. Su infancia nos la podría evocar el relato que Óscar Wilde hace del niño-astro en su delicioso cuento. Sus travesuras son siempre crueles. Le gusta sacar los ojos a los pájaros o cortarles las alas. Poner trampas en el campo para que caigan en ellas los otros niños. Destrozar la flores. Lanzar gusanos sobre las frutas para que las pudran. Burlarse de los ancianos y de los impedidos. Hablar de las bellezas del cielo y de la tierra ante los niños ciegos. Equivocar los senderos a los caminantes extraviados en el bosque...
Más de una vez han observado los agustinos de El Escorial, donde se educa Manolito, esta propensión a la crueldad. Jamás descubren en él una fibra afectiva. "Su alma, seca y tortuosa como un sarmiento, no se muestra nunca propicia al amor". "No quiere ni a sur profesores ni a sus compañeros".  Ni a los servidores ni a los visitantes. Para todos tiene siempre una mueca de desdén, una frase de desprecio de burla punzante. Como sus compañeros sienten en sus venas el rebullir del hombre normal, cuando ven por les caminos de sus paseos una muchacha bonita, a sus ojos asoma la luz de la ilusión y en sus labios comienza a dibujarse el deseo. Manolito, no. "No siente la apetencia de la fruta carnal al bordear el huerto. Mira, demente el paso de la mujer, como el de una alimaña, como el de un enemigo a quien torturaría si pudiera".
Un día Manolito ha cometido una grave falta. Las camas de sus compañeros de dormitorio las ha llenado de alfileres en punta para que cuando vayan a acostarse se pinchen. Para que el daño sea mayor ha desarticulado la luz. Así, al sentir el dolor, no podrán limpiar las camas de alfileres hasta el día siguiente, y tendrán que pasar la noche en vela. Sólo en su cama no hay alfileres. Y precisamente por este detalle y las inclinaciones de Manolito, los frailes descubren que nadie más que él ha podido ser el autor de aquella muestra de su temperamento. El padre superior está dispuesto a corregir a Manolito, o por lo menos, a que cosas de esta índole no vuelvan a ocurrir en el colegio. Es tan inútil interrogarle para saber la verdad como echarle una reprimenda para que se enmiende. En el primer caso llegará fría, tenazmente, desviando el curso del interrogatorio y dedicándose a acusar a sus compañeros en vez de responder a lo que se le pregunte, y en el segundo caso, los castigos corrientes no servirán más que para exacerbar toda su morbosidad interior, su maldad congénita. El padre superior, sin embargo, ha da hacer algo ejemplar, algo único que repercuta en la, sensibilidad de Manolito por negada que esté esta I sensibilidad. Más de tres días medita el fraile el castigo. Más de tres noches las pasa sin dormir, pensando en lo que debe hacerse con aquel muchacho perverso...
Por fin, al cuarto día, el padre superior de los agustinos, reúne a los niños del colegio, con Manolito a la cabeza y dice así:
—Todos sabéis, hijos míos, la maldad de Manolito... Ni la bondad de Dios ni la mía le ablandan... Y he decidido imponerle un castigo, un castigo terrible para él, que no tiene corazón; un castigo del que no podrá olvidarse nunca...
Entre los niños hay un silencio profundo. Manolito está con la cabeza baja. Quizá:en aquel momento desea la muerte de todos cuantos presencian la escena.
Dice el fraile de nuevo:
 —He decidido, como castigo, que Manolito le dé un beso a su madre cuando el domingo venga a verle...
Los muchachos, que más de una vez habían comentado ya este detalle de no haberle visto nunca besar a su madre, comprendieron la terrible pena, y hubo alguno de ellos a quien se le saltaron las lágrimas. .
A lo que no se atrevió nadie fué a pedir el indulto.
Ezequiel ENDERIZ.

2 comentarios:

desolvidar dijo...

Me manda este correo Emilio Meseguer Endériz, nieto de Ezequiel:
Buen día y feliz 17, Patxi:
Gracias por el recuerdo al abuelo periodista. Esto nos confirma la manida regla periodística de que antes de lanzar la noticia o el eco, hay que valorar y analizar las fuentes.
Este es un ejemplo que nos sirve para evitar que el periodista sea el vehículo de los odios ajenos.
Seguro que en los agustinos de El Escorial conocen la verdadera historia.
Seguro que el abuelo Ezequiel no se molestó en confrontar los hechos y sirvió de cebo para fines ajenos, ¿o tal vez sí?
Un abrazotazo grande
emilio

desolvidar dijo...

Por lo que leo en Wiki:
"Estudió en el Colegio Complutense de San Justo y Pastor hasta el bachillerato, que comenzaría en el curso 1888-1889, haciendo los exámenes en el Instituto Cardenal Cisneros, de Madrid. Era un alumno de notas excelentes, predominando entre sus calificaciones el sobresaliente, aunque finalmente culminaría sus estudios de bachiller con la calificación de aprobado."
Con los Agustinos inició los estudios superiores.
Efectivamente, como dices, al abuelo se la colaron.
Feliz 17 y un navrazo, Emilio