Páginas vistas en total

domingo, 27 de octubre de 2019

Esteban Domeño y Hemingway

Ese mismo día (13.07.1924) un Santa Coloma pilló al
padre de Pío Guerendiáin junto a su tienda
Ha caído en mis manos el catálogo de una exposición sobre "Encierros de antaño" que tuvo lugar en la Sala de García Castañón, días antes y durante los Sanfermines de 2003.
Nada más ver las fotos, he caído en la cuenta de que dos imágenes atribuidas a encierros de años diferentes (09.07.1922 y 13.07.1924) son en realidad del mismo encierro.
Y lo más curioso es que ambas fotos corresponden a la cogida de Esteban Domeño, el primer muerto como consecuencia indudable del encierro. De esta cogida yo siempre había conocido una sola foto, la 2ª de estas dos que captaron el terrible momento.
Aquí os las pongo con el pie de foto del catálogo:
Hacia el callejón, con presencia de coches y carruajes 9/7/1922
Cogida de Esteban Domeño por un toro de Santa Coloma.
Fue el primer fallecido documentado 13/07/1924
Comparando ambas imágenes, vemos que se trata de dos fotógrafos distintos. El de la 1ª foto está en la galería superior (ver foto de Rouzaut) y más centrado que el de la 2ª, que está en la de abajo, con más teleobjetivo y algo más escorado hacia el vallado de nuestra derecha.
Ambas fotos son casi simultáneas, pero la 1ª alguna décima anterior a la segunda. He tomado como referencia fija los faros de los dos coches que se ven a ambos lados:
El la mitad superior, quizás por el ligero cambio de perspectiva, se ve que uno de los toros no ha sobrepasado la línea amarilla, mientras que abajo ya lo ha hecho. Pero la diferencia es pequeña: el cambio de apoyo (de pie izquierdo a pie derecho) del mozo señalado en rojo.
Delante de la Medialuna de San Bartolomé, Así era Hemingway por aquellos años. 
Ernest Hemingway fue testigo de excepción de la cogida de Esteban Domeño, sangüesino de 22 años. Lo cuenta admirablemente en Fiesta, escrita dos años después:

Fiesta (1926)- Fragmento del capítulo XVII 
Ernest en las vacas, SF 1925
El terreno que mediaba entre el límite de la ciudad y la plaza de toros estaba embarrado. Las vallas de madera del pasillo que levantaba ruedo estaban llenas de gente, y la multitud ocupaba también las ventanas exteriores de la plaza de toros y la parte alta de los tendidos. Oí el cohete y comprendí que no tenía tiempo suficiente para ver la llegada de los toros a la plaza, así que me apronté entre el gentío para situarme en la empalizada. Entre las dos vallas que formaban el corredor, la policía estaba despejando a la gente que caminaba o trotaba hacia la plaza. Empezaron a llegar los primeros mozos que corrían el encierro. Un borracho resbaló y cayó. Dos policías lo cogieron por debajo de los brazos y lo dejaron caer al otro lado de la valla. Los mozos seguían llegando, ahora corriendo ya a toda velocidad. La gente comenzó a gritar. Logré meter la cabeza entre dos tablones y alcancé a ver a los toros que salían a la calle para entrar en el largo pasillo. Iban muy deprisa y estaban ganando terreno a los mozos. En ese preciso momento, otro borracho, utilizando una blusa como capote de toreo, trató de saltar la empalizada para demostrar se destreza taurina. Llegaron dos guardias, uno de ellos lo tomó del cuello de la camisa y el otro le dio un par de golpes de porra; después lo apretaron contra la valla como si estuviera pegado a ella y allí tuvo que quedarse inmóvil hasta que terminaron de pasar los mozos y la manada de toros. 
Conducción de Esteban Domeño, 14.07.1924. 
‘Historia de los sanfermines’ Arazuri
Iba tanta gente corriendo que en el momento de llegar a la puerta de la plaza la multitud se apelotonó y tuvo que detener parcialmente su carrera; los toros pasaron jadeantes, galopando juntos, con los costados llenos de barro y agitando los cuernos. Uno salió hacia delante y enganchó a uno de los hombres que corrían, lo corneó por la espalda y lo lanzó al aire. El hombre tenía los brazos pegados al cuerpo y echó violentamente la cabeza hacia atrás en el momento que en el cuerno se clavaba en su cuerpo; el toro lo levantó en el aire y después lo dejó caer. Después cogió a otro hombre de los que corrían, pero este desapareció de mi vista entre la multitud que atravesaba la puerta de entrada al ruedo perseguida por los toros. Se cerró la puerta roja del recinto y la gente que ocupaba los balconcillos exteriores empezó a empujar hacia dentro, se oyó un alarido y después otro. 
El hombre que había sido corneado estaba boca abajo sobre el barro pisoteado. La gente trepó la empalizada y ya no pude ver al hombre porque eran muchos los que lo rodeaban. Los gritos procedían del interior del ruedo y cada uno de ellos reflejaba la embestida de un toro contra la multitud. De la intensidad de los gritos podía deducirse la gravedad de lo que estaba ocurriendo. Después se oyó el cohete que indicaba que los toros habían entrado ya a los corrales. Bajé la empalizada y emprendí el camino de vuelta a la ciudad.

No hay comentarios: