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viernes, 19 de octubre de 2018

J.I. Palacios: "Hice el bachiller en el Ximénez" (años 60)

1960 El profesorado,antes de que se abriera el El Caballo Blanco
Agradablemente sorprendido por este magnífico artículo de José Ignacio Palacios, en el que alaba la calidad y laicidad de la enseñanza pública en el Ximénez de Rada, donde hizo el Bachiller en los 60.
Al final, tenéis un emotivo recuerdo las que lo hicisteis en el Príncipe de Viana.
No puedo evitar enlazar algunos comentarios entrañables de Face
***
El 18 de agosto de 2001 fallecía en un trágico accidente Joaquín Romera Gutiérrez, profesor del I.E.S. “Plaza de la Cruz” y compañero mío que fue durante siete cursos, desde primero de Bachiller hasta Preuniversitario en ese mismo edificio que entonces albergaba dos Institutos: el femenino – “Príncipe de Viana”- y el masculino –“Ximénez de Rada”-. Cuando el Director del Instituto, Julio Urtasun, me habló de la publicación que en recuerdo a Joaquín tenían en proyecto me pidió que colaborase en ella. A partir de ese momento mi memoria empezó a volar y el resultado fue este trabajo, que se publicó en el libro que lleva por título “Joaquín Romera Gutiérrez, In Memoriam”, que vio la luz en los primeros meses de 2002. 

MEMORIAS DE OTRO TIEMPO 
Santo Tomás: “desayuno para seiscientos” en el Café Iruña
El mundo estaba inmerso en plena guerra fría, hacía pocos meses que se había alzado el Muro de Berlín y Kruschev y Kennedy medían sus fuerzas en Bahía de Cochinos (Cuba). La Europa de los seis, la que con los años se convertiría en la Unión Europea, estaba echando a andar. La Iglesia Católica entraba en el Concilio Vaticano II que había sido convocado por el Papa Juan XXIII. Yuri Gagarin, el primer astronauta, ya había estado en el espacio. La España de la autarquía estaba dando paso al I Plan de Desarrollo que haría poner en marcha nuestra Economía y nos haría salir del subdesarrollo. Navarra era una región rural, agrícola y ganadera, y Pamplona una capital provinciana de cerca de 100.000 habitantes en la que se estaba terminando el II Ensanche, la Chantrea y la Milagrosa, y en la que la moda era abrir cafeterías (Florida, Miami, Nevada, Jamaica, Maxi) y cines comerciales, como el Carlos III, Arrieta u Olite, o de colegios, como el Champañat o el Loyola. 

 Corría el año 1962 y todos los niños (y niñas) que en ese año cumplíamos diez teníamos que hacer, en las convocatorias de junio o de septiembre, el examen de ingreso en los Institutos de Enseñanza Media y, si lo aprobábamos, al curso siguiente emprendíamos la enseñanza secundaria, que constaba de dos partes, la primera de cuatro años  que culminaba en una reválida con la que se lograba el título de bachiller elemental y, la segunda, tras haber optado entre ciencias o letras, de otros dos con otra reválida, en la que se alcanzaba el título de bachiller superior. Después, y para los que querían acceder a la Universidad, estaba el curso preuniversitario (el Preu) y la prueba de fuego, y para muchos su primera salida de casa, el viaje a Zaragoza donde había que hacer el  examen en su Universidad, pues Navarra pertenecía al distrito universitario de Zaragoza. 

 Una vez superado el examen de ingreso los padres tenían que escoger el centro escolar de sus hijos. Entonces no era como ahora que la mayoría de los colegios están concertados, por eso lo primero que tenían que hacer era optar entre la enseñanza pública, con lo que la única opción era el Instituto, o la privada, en uno de los 25 colegios privados de carácter religioso que había en Navarra. Los colegios eran de pago, y unos costaban más que otros, por lo que si se decidían por esa segunda opción, a la hora de escoger el centro tenían que tener muy en cuenta su disponibilidad económica siendo éste, en la mayoría de los casos, el criterio determinante para inclinarse por uno u otro. En esa época era fácil conocer el status económico por el colegio al que se iba. El poder adquisitivo era un tamiz que colocaba a cada uno en el lugar que le correspondía, no era igual estudiar en Jesuitas, Maristas, Escolapios, Salesianos, etc. etc.  En Pamplona solamente había un Instituto masculino, el Ximénez de Rada, y otro femenino, el Príncipe de Viana, que eran dos hermanos mellizos que compartían un edificio, el de la Plaza de la Cruz, que había sido inaugurado en el curso 1944-45. Y en ese año, 1962, echaron a andar sus respectivas secciones filiales. 

Las diferencias entre los colegios y el Instituto eran varias. El Instituto era interclasista, en la misma clase podía estar el hijo del embajador, del médico afamado o del catedrático de universidad junto con el del peón de albañil o agricultor más pobre que podían estudiar gracias a las becas del P.I.O. (Patronato de Igualdad de Oportunidades) y todos eran iguales.  

De izda. a dcha. 1. Asensio (dibujo)  2. Josefina García Gainza
 (fil.) 3. No sé 4. Pilar Zuasti  5. Josefa Cereza  6. Lolita Jaurrieta
                      
Cortesía de JIPZ
Otra diferencia clara, era que en el Instituto las clases eran impartidas por profesores que al menos eran licenciados en la materia que explicaban y, la mayoría, con una oposición ganada (cuentan que una vez abordaron a un profesor, cuyo nombre aparece en estas memorias, en la galería central y le preguntaron: ¿Es usted el catedrático de … por casualidad?, a lo que éste respondió: por casualidad no, por oposición y muy reñida) por lo que pertenecían al cuerpo de Catedráticos o Agregados de Instituto, cosa que no sucedía en los colegios, en donde los profesores tenían el hábito … y poco más. 

Por otro lado, mientras que en los colegios se imponía la religión a machamartillo y se obligaba a ir a misa y otras funciones religiosas a horas muy tempranas con el consiguiente madrugón y se imponían sanciones a los que no iban, en el Instituto no había más formación religiosa que la asignatura de Religión, que era una de las llamadas “marías” (junto con la gimnasia y la Formación del Espíritu Nacional), que nos la daba don José Vera o don Ignacio Astiz, y en la que el aprobado general estaba asegurado. 

También nos diferenciábamos en las vacaciones de verano, ya que a los del Instituto nos las daban en los últimos días de mayo, pues el mes de junio se dedicaba a los exámenes de los alumnos libres, con lo que teníamos cuatro meses largos de holganza, mientras que en los colegios terminaban hacia San Pedro y empezaban el curso a mediados de septiembre. 

Y ... otra diferencia era que mientras que en los colegios se libraba el jueves por la tarde, en el Instituto lo hacíamos en la del sábado. En esa época no había llegado todavía a este país la semana inglesa, ni la cultura del fin de semana y lo normal en oficinas y empresas era trabajar el sábado, por la mañana y por la tarde. ¡La fiesta, el descanso semanal, empezaba al anochecer el sábado! 

Pues bien, entonces, en el mes de octubre de 1962, tras la solemne Apertura de Curso, que se celebraba en el paraninfo de los Institutos, a la que asistían las primeras autoridades académicas, civiles, militares y religiosas, y tras la compra de los libros de texto en Escudero o en la Casa del Maestro, iniciamos nuestra enseñanza secundaria y emprendimos nuestra estancia en el Ximénez de Rada que para algunos duraría hasta 1969. 

El Director era don Luis Antonio Montes, que llevaba en el cargo unos dos años en los que había hecho grandes innovaciones en el Centro, había construido el gimnasio, la sala de juegos, el “Albin Club” y hasta un bar que lo regentaba Manolo y su familia. También había puesto un uniforme (pantalón gris, camisa blanca, corbata, y americana de rayas azules y negras) que normalmente estrenaban los pipiolos de primero y, a medida que iban creciendo y se les rompía, caía en desuso. 

 Las clases eran multitudinarias, normalmente estábamos más de 30, y en cada curso solía haber dos grupos, “A” y “B”, ordenados alfabéticamente, con lo que la división solía caer hacia la letra “L”. Por razón de apellido a Palacios y a Romera siempre nos solía tocar en el aula “B”. 

1995 restos del muro separador
 El Instituto, que para los chicos tenía su entrada por la calle Sangüesa, contaba con tres pisos y a medida que ibas pasando de curso ascendías también de nivel. Había dos escaleras, una de subida y otra de bajada y los bedeles, además de ser los guardianes de su planta, velaban para que no se infringiera el orden establecido en las escaleras y alguno de ellos tenían un gran dominio en el lanzamiento de su voluminoso manojo de llaves al infractor. En la planta baja estaba Francisco, en la del medio Domingo y Casimiro, en la tercera Feliciano, y Eguaras era el que encendía la calefacción.  

EL A 2 de Eliseo Sánchiz Sanz
En total solían ser seis las clases al día, cuatro por la mañana, de 9 a 13:30, y dos por la tarde, entre las 15:30 y las 18:00 horas. En los recreos se comían los bocadillos, que la mayoría llevaban envueltos en papel de periódicos y los más finos en el que daban en las tiendas para envolver los productos (el papel de aluminio sólo se conocía como envoltura de los chocolates y no existía la proliferación de bolsas que ahora nos inunda), y se jugaba en el patio (que era la única forma de ver de cerca a las chicas del femenino, a través de la verja) o, si llovía, cosa harto frecuente en la Pamplona de esa época, en las galerías. A la calle solamente podían salir los de Preu que también eran los únicos a los que se les permitía fumar. 

Junto al patio, en la calle Tafalla, se solía colocar el famoso Eliseo Sanchíz con su no menos famoso “carrico” de EL A 2, que era uno de los lugares en donde nos aprovisionábamos de las pipas (a peseta la bolsa), crispetas, chicles, bombas, etc. que después degustábamos en clase, eso sí, sin que te viera el profesor. 

21.XI.1969 Derribo de San Juan. Al fondo, Obispo Irurita, 2
Las diversiones de las tardes de los domingos eran pocas, para los aficionados al fútbol estaba el ir al campo de San Juan a ver a Osasuna y así poder comentar después el partido con don Ignacio Astiz en su clase entre obra y obra de Misericordia. Los demás, teníamos gratis la película que nos ponían en el Salón de Actos. Había dos sesiones, a las 5 y a las 7:30 y, como no podíamos estar juntos los chicos con las chicas, los del Ximénez con las del Príncipe, porque podía ser pecaminoso, una semana nos tocaba la primera sesión y a la siguiente la segunda. La película la proyectaba Ramiro Aramburo y antes de comenzar aparecía un letrero que rezaba así: “En este salón se exige la corrección más exquisita, la falta de ésta motivará la suspensión de la película y, además, se tomarán las medidas disciplinarias oportunas. Los Directores”. 

 En cuanto a disciplina era la suficiente para mantener el orden. A comienzo del curso nos entregaban una tarjeta que se denominaba “Coeficiente de Conducta”, que era un crédito de 10 puntos que se iban perdiendo a medida que se cometían las faltas. Lógicamente el que llegase a perder todos los puntos (cosa rara) era expulsado. Alguna vez, y ante una rebelión general, el profesor o profesora mandaba cortar medio punto o punto entero, a todo la clase, orden que tenía que ser ejecutada por el Delegado de Curso, como le sucedió al bueno de Tomás Ondarra que, en el Curso 1965-66, tuvo la paciencia de anotar en el reverso de cada tarjeta lo siguiente: “15.03 medio punto por falta colectiva Srta. Golvano”. 

 Además de las fiestas normales del calendario como podían ser el Pilar, Todos los Santos, San Saturnino, San Francisco Javier, San José o el 1º de Mayo, había dos fiestas especiales. El 25 de febrero, cumpleaños del Director, y el día de Santo Tomás, el 7 de marzo. 

El día de “la fiesta del Dire” nos reuníamos con él en el Salón de Actos y aún recuerdo como si fuera hoy el día en que Montes subió al escenario y nos dijo que cumplía ¡50 años!, entonces, a la altura de mis once años, me parecía viejísimo y ahora que me pongo a reflexionar me doy cuenta de lo joven que era. ¿Por qué será? 

El 7 de marzo, Santo Tomás, nuestro Patrono, era el día grande. Empezaba con una misa, que se celebraba en los Dominicos, junto al Ayuntamiento, seguida de un “desayuno para seiscientos” en el Café Iruña de la plaza del Castillo, después solía haber un Festival en el que junto alguna representación en el que se imitaba a los profesores y a los personajes del momento y se contaban chistes, el grupo musical del Instituto nos interpretaba su repertorio (en el que no podía faltar Los Sitios de Zaragoza y En un mercado persa), y había una actuación, al estilo Dúo Dinámico, de los hermanos Andía. 

Ruiz de Alda 1968 3º izda: Gregorio Górriz
La clase de Educación Física la teníamos con Argaña o San Millán y se impartía bien en el Gimnasio del centro, en cuyas paredes había unas inscripciones en griego en las que se veía la mano del Director (que era catedrático de griego), o cuando el tiempo lo permitía, en el Estadio Ruiz de Alda (hoy Larrabide). Allá estaba también el Colegio Menor Ruiz de Alda, que pertenecía al Frente de Juventudes, en donde estaban internos muchos alumnos del Instituto que eran de fuera de Pamplona, a los que se les distinguía por su uniforme: pantalón gris, corto en los primeros años con medias blancas hasta la rodilla y largos a partir de cuarto, camisa blanca con corbata, jersey de pico azul claro con una raya  blanca en el cuello y zapatos de la OJE. 

 Todavía no se había impuesto el inglés y casi todos los de la clase estudiaban como lengua moderna el francés. Tan sólo tres, cifra que se repitió desde segundo hasta sexto de bachiller, estudiábamos la lengua de Shakespeare. A lo largo de los cursos tuvimos tres profesoras: Paquita Cachafeiro, Zuri Urmeneta y Marisa Abril, de las que guardo un magnífico recuerdo. 

 A los profesores se les conocía bien por el mote o apodo (que los omitiré para que nadie se pueda molestar a estas alturas de la vida) o bien por su apellido y, eso sí, en todo caso con el articulo determinado (el o la) incorporado. En esa época nos repartían a los alumnos un díptico en el que, junto con escudo del Instituto y el calendario del año, en sus páginas interiores aparecía la relación de profesores con su dirección y teléfono de casa. ¡Cómo cambian los tiempos!, supongo que esa costumbre hace años que por prudencia habría caído en desuso. 

 En esa época no se habían inventado ni las APAS ni las APYMAS y los padres en raras ocasión aparecían en escena, por lo que la relación era de forma directa profesor-alumno. 

Tras esa relación tan próxima creo que puedo decir que de los profesores recibimos una educación muy buena y liberal, que poco tiene que ver con los estereotipos que de la enseñanza de esa época ahora se intenta transmitir. Lógicamente cada profesor tenía su manera y su forma de enseñar pero, lo que sí es cierto es que la gran mayoría eran serios y rigurosos y nos dieron una sólida formación. En estos momentos tengo que recordar con cariño a los que fueron mis profesores, entre los que a modo de ejemplo citaré a Tomás Ondarra, Guillermo Mur, Josefina García Gainza, Luis Rubio, Mª. Ángeles Irurita, Guillermo Alonso del Real, Ana Uriarte, José Lampreabe, Gerardo Sacristán, José Manuel Rodríguez Cerqueiro, …  así como a los que ya he citado antes: don Ignacio Astiz, don José Vera, Mª. Ángeles Golvano, Cachafeiro, Urmeneta y Abril, y ¡cómo no! a mi madre: Pilar Zuasti. Tampoco puedo olvidar a otros que aunque no me dieron clase, bien por impartir asignaturas de letras o francés, o bien sea por otras circunstancias, como los dos hermanos Montes, Luis Antonio o Javier, Josefa Cereza, Inés Martín, Lolita Jaurrieta o Jesús Salanueva también dejaron su impronta en los jóvenes que aspirábamos a ser mayores. 

Fueron pasando los cursos y desde el Instituto fuimos cambiando, de niños nos fuimos haciendo adultos, y al mismo tiempo vimos cambiar el mundo. Desde las aulas nos enteramos de los asesinatos de los hermanos Kennedy (John y Robert) y del de Martín Luther King, de la guerra de Viet Nam, del nuevo Papa Pablo VI y del fin del Concilio, con los grandes cambios que supuso en la Iglesia y en la sociedad en general, de los Beatles, del Referéndum de la Ley Orgánica del Estado (14 de diciembre de 1966, fecha en la que como el Instituto era colegio electoral tuvimos fiesta, y en el cine Avenida nos proyectaron la película Franco ese Hombre), del triunfo de Massiel en el Festival de Eurovisión, de la irrupción de la minifalda y del mayo del 68 en el París estudiantil.   


También vimos cómo iba cambiando Navarra y Pamplona. Empezó el despegue de la industrialización, se instaló la primera fábrica de coches, la de Authi. Con ocasión de los XXV Años de Paz se inauguró la primera (que durante años fue la única) piscina cubierta de la ciudad. En las casas fue siendo normal que se tuviera un aparato de televisión en el que se podía ver el único canal de “la mejor televisión de España”, eso sí, cuando “el poste” de San Cristóbal o el de Sollube lo permitían, y ya en los últimos cursos algunos tenían el lujo de poder ver hasta el UHF. El parque automovilístico se dobló. Se empezaron a construir los barrios de San Juan (ver foto del derribo del Campo San Juan) y de San Jorge, … Y aparecieron las primeras discotecas como El Guacamayo o el Young Play. 


A las chicas les pasaría parecido
Y así, poco a poco, llegamos a mayo de 1969. En ese año dimitió De Gaulle, Juan Carlos de Borbón fue designado Príncipe de España, el hombre pisó la Luna y saltó el escándalo Matesa. Y nosotros, los que quedábamos de primero, dijimos adiós al Instituto y, en muchos casos, a compañeros con los que habíamos compartido tantos momentos, buenos y malos, alegres y tristes, a muchos de los cuales ya no volveríamos a ver. Allá se quedan en el recuerdo los Abad, Almándoz, Andueza, Beguiristáin, Elcarte, Escribano, Gil Ruiz, Las Navas, Lahuerta, Liras, Lujambio, Luri, Malón, Martínez Aguado y Martínez León, Munárriz, Muñoa, Ordóñez, Ortiz de Landázuri, Oses, Pascual, Portillo, Rico, Ruiz de Garibay, Sancho, San Martín, los dos Santamaría (Iturralde y Valcárlos), Tirapu, Ugalde, Urtasun, Zaldúa ... y, ¡cómo no! Joaquín Romera Gutiérrez, que fue el primero de una saga que llenó durante años las aulas del Ximénez de Rada. 

 Ahora, cuando desde la distancia rememoro esos años que tan decisivos fueron en nuestra vida, el balance no puede ser más positivo. Tengo que reconocer que guardo un entrañable y magnífico recuerdo de mi paso por el Instituto y un agradecimiento que va acreciendo con el paso del tiempo hacia los profesores que nos supieron dar una sólida formación, sin imposiciones y con toda la libertad que esos tiempos permitían. Y, ¡cómo no!, de los compañeros a muchos de los cuales les he perdido la pista y a otros, como Joaquín Romera, a pesar de que seguíamos viviendo en la misma tierra, se pueden contar con los dedos de una mano las veces que le volví a ver desde que dejamos las aulas, la última dos meses antes de su muerte y casualmente en la puerta del Instituto de la calle Sangüesa por la que tantas veces habíamos entrado juntos. 

José Ignacio Palacios Zuasti
 Cuando salimos teníamos todo el futuro por delante, ahora, todavía, no lo tenemos atrás pero a estas alturas de la vida ya hemos adquirido algo muy importante que sólo se consigue con los años: memoria, perspectiva histórica. Si la vida fuera como una película de vídeo que se pudiera rebobinar y se pudieran cambiar las cosas, si pudiéramos volver a esa década de los sesenta, a esos años del bachiller, y si se tuviera la oportunidad de cambiar de centro escolar, mi deseo sería volver de nuevo al Ximénez de Rada con los mismos compañeros y profesores que entonces tuve, lo cual creo que es el mejor homenaje que a todos ellos puedo hacerles.  
José Ignacio Palacios Zuasti 
Pamplona, enero de 2002 
Himno del Instituto "Príncipe de Viana"
La fuente son mis hermanas. Todas ellas se lo saben porque todas han pasado por las aulas del Príncipe de Viana. Y todas comparten con José Ignacio el mismo sentimiento: "si pudiéramos volver a esas décadas de los cincuenta, sesenta, setenta... a esos años del bachiller, nuestro deseo sería volver de nuevo al Príncipe de Viana".
Según dice JIPz, en un comentario de abajo, el himno fue compuesto por don Joaquín Vitriáin. Y dice tal que así:
Instituto femenino de Pamplona, eres cuna del arte y del saber,
que pones una espléndida corona en la joven que aspira a ser mujer.
Mansión de paz, de dicha y de ventura, tú formas nuestra hermosa juventud,
tú irradias en la mente la cultura y en nuestro pecho, el bien y la virtud.

7 comentarios:

Román Luzán dijo...

Todavía recuerdo con gran cariño las clases de don Luis Antonio Montes, no sólo de Griego, sino de vida y que me formaron profundamente. Tuve el honor de pronunciar, como delegado de COU, el discurso de despedida a don Luis Montes y a don José Lampreabe en el momento de su jubilación, así, a ojo, en 1978.

Román Luzán Suescun

Unknown dijo...

Muchas gracías por este maravilloso artículo, a pesar de ser la pequeña de los Montes,y no recordar del todo esos tiempos, me llena de nostalgia, de alegría y de agradecimiento. Estuve en el discurso de despedida de mi padre, donde asumí su relevo, como catedrática de filosofía.

Unknown dijo...

Ahh, y me ha encantado el himno que no conocía y que por cumpleaños del director hubiese fiesta!!! Vaya, vaya.. que buenos fritos los de Manolo

Unknown dijo...

Muchas gracias, José Ignacio, por este magnífico reportaje que me trae tantos buenos recuerdos de compañeros, profesores, sitios,actividades, etc. Sirva de homenaje y cariñoso recuerdo a Joaquín Romera. Yo me incorporé al Instituto Ximénez de Rada en el curso 1967-68. Procedía del instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, donde había vivido hasta entonces. El contraste para mí fue ciertamente grande. La diferencia de "culturas" (como diríamos hoy) era muy grande. Salí ganado en muchas cosas, como la hora de levantarse (las clases en Pamplona empezaban a las 9 y media y tardaba cinco minutos en llegar desde casa!!) y había una bastante liberalidad en la disciplina. Añado a los recuerdos (entre los 14 y 17 años) la Servi de los almuerzos (cuando había dinero), las tortas de chanchigorri (un hallazgo para mí) de la tienda de la esquina de la calle Sangüesa, el cigarrillo (fumábamos casi todos) del patio y la música pop de la radio (del programa Requeteritmo de Joaquín Luquin) que oíamos por la noche. Añado los apellidos de algunos compañeros que también recuerdo: Apiñániz, Goyache, Elizondo, Senosiáin. Y multitud de palabras del "argot" e Pamplona de la época que eran un nuevo idioma para mí: torda, flajo, lacha, etc. Un fuerte abrazo a todos. Juan Lahuerta

desolvidar dijo...

Muchísimas gracias, Román Luzán, Maria Jose Montes, Juan Lahuerta... por vuestros comentarios que demuestran buenísimos recuerdos de vuestra estancia. Se los transmitiré a José Ignacio

desolvidar dijo...

Me envía José Ignacio Palacios este comentario para su publicación:

Muchas gracias Román, María José y Juan por vuestras amables palabras. Me alegro que os haya gustado.

Cuando murió Joaquín Romera, el director del Instituto (ya 'Plaza de la Cruz), Julio Urtasun, me pidió que escribiera algo para un libro que iban a dedicarle. Me sugirió: "puedes escribir de Carreteras". En ese momento yo era consejero de 'la cosa' pero, lógicamente, no era una autoridad en la materia como para ponerme a escribir sobre ellas. Eso se lo dejo a Javier Manterola que lo puede hacer sobre puentes. Eché a volar mi imaginación y salieron esos recuerdo.

Román: don José Lampreave nació el 23 de julio de 1913 y don Luis Montes el 25 de febrero de 1914 (el día de "la fiesta del dire"). Como se jubilaron a los setenta años, tu intervención habría sido en 1983/84.

María José: el himno del Príncipe de Viana lo compuso don Joaquín Vitriain, sacerdote y profesor de ese Centro.
Juan: ¿te acuerdas de nuestras clases de inglés con Zuri Urmeneta y María Luisa Abrill Martorell? Estábamos tres alumnos. El resto ... en francés.

Unos años después, en 2008, falleció otra profesora de ese Instituto, Mariasun Martínez Aoiz, a la que yo no conocí. Me pidieron otra colaboración y entonces hice unas variaciones sobre el mismo tema: "Recuerdos en la lontananza", que se publicaron en otro libro.
Un fuerte abrazo para todos.

José Ignacio Palacios

Román Luzán dijo...

Cierto lo de las fechas. Lo corregí sólo en el FB de Patxi. Me confundí con el final de mi EGB.