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martes, 20 de febrero de 2018

Linguae navarrorum (nuestras lenguas)

Tomado de Navarra Confidencial
Para situar mejor el tema del euskera en Navarra, es bueno darse un baño de realidad:
El 6,7% del conjunto de los navarros utiliza el euskera de modo cotidiano. 
Así se desprende del último estudio publicado por Klusterra Soziolingüístika “VII medición del uso de las lenguas en la calle”, presentado en la Universidad Pública del País Vasco y que concluye también que dicho uso es del 8,8% en Vizcaya, del 31,1% en Guipúzcoa, y del 4,6% en Álava.
Respecto a Pamplona, el estudio cifra el uso en un 2,9%.  
De Tafalla (ver final del artículo), mejor ni hablamos

Antes de empezar, echad una ojeada a la liada que tienen en Bilbao, capital del mundo:
Lengua vasca y convivencia                                                                         por Iñaki Iriarte
En varias ocasiones me habrán leído que la cuestión del euskara lleva camino de convertirse en la principal fuente de antagonismos de la política navarra. Ni la renta básica, ni el TAV, ni la memoria de las matanzas de 1936, nos crispan. Es verdad que el recuerdo de los asesinatos de ETA todavía causa una lógica tensión, pero cada vez lo hará en menor medida. Por el contrario, las políticas relativas al euskara generan una animadversión creciente. Cabe temer, incluso, que en algunos años la cuestión pueda derivar literalmente en un enfrentamiento civil. Por eso, creo que quien acierte a ofrecer una fórmula capaz de sosegarnos y de acercar posturas recibirá el apoyo mayoritario de la sociedad navarra. Ésta reúne muchas de las cualidades para superar definitivamente la crisis y volver a destacar como una tierra próspera, libre y razonablemente equilibrada. Pero si se obstina en adentrarse en el laberinto, a la busca de su auténtico yo, terminará encontrándose con la pobreza, la incomprensión y el odio.
La realidad es terca: 1993: 7,5; 2016: 6,7
Lo primero que tenemos que asumir todos es que quien piensa diferente no es un traidor ni un “mal navarro”. En una reciente comparecencia en el Parlamento de Navarra, por ejemplo, escuché nada menos que en cuatro ocasiones la irresponsable acusación de “euskarofobia”, la nueva versión del viejo y peligroso anatema de “enemigo del euskera”. Comprendo que para algunos el vascuence puede ser un factor de cohesión, una “casa” que nos permitirá seguir siendo 'nosotros' y reconocernos en un mundo crecientemente complejo, “líquido” y globalizado. No es un absurdo pensar así, pero en una sociedad abierta nadie se puede tomar como una ofensa que haya quien juzgue esa pretensión innecesaria e irrealizable y que considere que sólo serviría para malgastar recursos y generar desigualdades -cuando además, de hecho, ya tenemos una “casa común” con una capacidad comunicativa que se cuenta por centenares de millones de hablantes-. Nadie siente fobia hacia el euskara ni hacia los vascoparlantes. Lo que se discute es que debamos embarcarnos en la recuperación global de la lengua (extendiéndola incluso más allá de donde se habló alguna vez) y, sobre todo, que quienes la aprendan deban tener un acceso prioritario al empleo público, las subvenciones, los recursos educativos y culturales, etc.
Se repite a menudo que Navarra tiene “dos lenguas propias”, una de las cuales habría sido históricamente “minorizada” y que ahora tocaría “normalizarla”. De estas afirmaciones, aparentemente inocuas, se quiere sacar la conclusión de que debe tenderse a que ambos idiomas sean conocidos por todos. Por mi parte, nunca he entendido cómo una lengua puede pertenecer a quien ni la habla, ni desea aprenderla. Además, en la medida en que la realidad lingüística tiene un carácter dinámico, más nos vale ir asumiendo que las lenguas de Navarra son de hecho aquellas que hablan los navarros y que su número supera ya el centenar. Aunque, por supuesto, ni tenemos que aprenderlas, ni rotular en ellas. La ley, ciertamente, reconoce el derecho de cualquier navarro a conocer y usar el euskera, pero ese derecho no entraña una obligación de entenderlo y no deja de ser una obviedad en una democracia.
Haz favor de pinchar
¿Acaso alguien podría decirnos que no tenemos derecho a conocer y usar el alemán, el ruso o el tagalo? Otra cosa es que los demás tengan que sufragarnos las clases o atendernos en esos idiomas.
Precisamente, el mantra de la “lengua propia” sirve de premisa a medidas, a mi juicio, discriminatorias en el borrador de la ordenanza del euskera de Tafalla, que recientemente he tenido ocasión de leer. Por ejemplo, en su artículo 21 se establece que el euskera aparezca obligatoriamente en cualquier tipo de comunicación pública que generen “las asociaciones, clubes, fundaciones, colectivos, grupos, ONGs, etc., que reciban subvención municipal”. En cambio, “los colectivos de funcionamiento exclusivo en euskera podrán usar públicamente solo esta lengua”. Esto consagra una situación de asimetría: una comunidad lingüística, la mayoritaria, tendrá deberes para con la otra, la minoritaria, pero, en cambio, esta no los tendrá para con aquella. Todo en nombre de la “normalización”. Al parecer, la desigualdad tiene que convertirse en lo normal.
En Vera de Bidasoa, sólo Bera; en Peralta...
Esta asimetría es sólo el ejemplo puntual de una doble barra de medir mucho más general y peligrosa. Allá donde, como en Tafalla, existe un porcentaje de vascoparlantes del 4, 5 o 6% de la población, se invoca el respeto a las minorías para justificar el bilingüismo oficial y una amplia oferta educativa y cultural en la lengua minoritaria. En cambio, allá donde los castellanoparlantes monolingües constituyen una minoría del 10, 20 o 30%, como en Leitza o Baztan, se afirma sin rubor el carácter de “lengua prioritaria” del euskera, se rotula solo en esta lengua y se ignora total o casi totalmente el castellano en la programación cultural, especialmente la destinada a los niños.
¿Amar al euskera? Muy bien. Pero no al precio de arriesgarse a socavar la convivencia.
Iñaki Iriarte López es profesor de la EHU/UPV y parlamentario foral de UP

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