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lunes, 30 de abril de 2018

Un desacertado relato de Víctor Moreno

San Lorenzo desde Descalzos
Fernando es una persona educada y que expresa con moderación sus sentimientos. Por eso, cuando me dijo que no le gustaba lo que Ramón Lapeskera (seudónimo de Víctor Moreno Bayona) había escrito sobre su bisabuelo, Serafín Urrizalqui, en "Crímenes en las calles de Pamplona", yo entendí que estaba profundamente molesto. Y no sólo él. Toda la familia -según me dice-, cuando leyó el relato, se sintió dolida.
Lo de menos es que le cambiara el apellido por 'Urricelqui'. Lo grave es que hable de Serafín -de una persona agredida con resultado de muerte- como afectado por una "monumental borrachera", cuando Urrizalqui era un hombre de gustos exquisitos y moderados que solía acudir a ese bar de San Lorenzo porque le gustaba jugar a bochas.
Tampoco explica por qué interviene el autor del botellazo, Pedro Zabalza,  y, además, con tanta contundencia. Nos lo cuenta el propio Fernando: "Serafín Urrizalqui Biurrun era encargado del Molino de Ciganda. Tenían un empleado, Pedro Zabalza, que, por el alcohol, no solía venir en condiciones de trabajar y los dueños le dijeron a Serafín que lo despidiera. Ése es el motivo del afán de venganza".
Hay otros detalles que ridiculizan el relato como que diga que discutían del big bang en 1899, cuando faltaban 30 años para que se dieran los primeros pasos de dicha teoría.
Tan ridículo como que Víctor Moreno use un seudónimo castellano -Lapeskera-, escrito con 'k', y decir que ha nacido en "Alesués-Villafranca".
De todas formas, poca confianza da alguien que dice: "...la ejecución, en la Plaza del Castillo, de Toribio Eguía, que había matado en Aoiz a un cura y su sobrina..." [Apuntes sobre la criminalidad en Navarra. 1991. Ramón Lapesquera, (entonces con 'q')], cuando ese crimen, de los más sonados de Navarra, que aparece en todas las hemerotecas, no fue en Aoiz, sino en Atondo y la ejecución de Toribio fue en la Vuelta del Castillo, fuerapuertas, lógicamente.
Volviendo a Serafín Urrizalqui, yo valoraría de él la temprana utilización (ya en 1899) del término "Pitecantropo", acuñado por el biólogo alemán Ernst Haeckel y aplicado en 1891 por el paleoantropólogo holandés Eugene Dubois, como Pithecanthropus erectus, para el Hombre de Java. Lo que demuestra que Serafín Urrizalqui era, como mínimo, 'un hombre leído'.
No diré que Serafín Urrizalqui fue un "martir de la ciencia", pero sí que murió defendiendo los postulados de la ciencia ante unos incultos (seguramente bastante borrachos) y ante alguien con sed de venganza.
Y esa víctima merece un respeto que, en el relato de Víctor Moreno, no se ve por ningún sitio. Ni siquiera en el título.

Un certero botellazo en la nuca
No tan de moda (como suicidarse en el Arga) era el uso de una botella de vino como instrumento mortífero. Pues si algo quería el pamplonés de pro, mucho más que a su mujer, era una botella de vino. Si algo veneraba era al garrafón, al porrón y al botellón. Más que por la estatua de los fueros, el símbolo por el que muchos pamploneses se mataban diariamente, era por la botella de vino. La gente desea morir como ha vivido, en Pamplona solamente los borrachos llevaban adelante este precepto clásico de Marco Aurelio o Montaigne, a quienes, dicho de paso, les encantaba empinar el codo. Beber vino, emborracharse habitualmente, constituía la manifestación cultural más entrañable de la ciudad. Pues Pamplona, más que de misica y de putica, era una ciudad de borrachos.
Así lo vivían Serafín Urricelqui y Jacinto Serdeño, quienes, el seis de septiembre de 1899, se empapaban de cultura popular en una taberna de la calle de San Lorenzo. Comenzaron debatiendo las más sonámbulas teorías relativas al universo mundo y su big bang. Urricelqui, que había leído a Darwin, afirmaba que todos los presentes eran descendientes del mono. Un gracioso dijo que así era en verdad, advirtiendo que tales simios se llamaban Adán y Eva. Urricelqui se sonrió burlonamente, porque, dada su monumental borrachera, era incapaz de hacerlo de forma inteligente. Después, llamó al orden al zumbón teológico, corrigiendo su ignorancia: «Ni Adán, ni Eva. Se llamaba Pitecantropo».
Plaza Consistorial 1900
Jacinto Serdeño, al escuchar aquel nombre, se incorporó todo lo erecto que era y gruñó: Pitecantropo será tu padre, Urricelqui.
A lo que éste replicó:
Así es, en efecto. Mi padre fue pitecantropo y el tuyo, aunque no lo sepas, también.
Serdeño replicó a su culto interlocutor que retirara lo dicho. Urricelqui tranquilo quiso explicarle por qué él era un descendiente del pitecantropo, pero no pudo. Oír de nuevo aquella palabra despertó en Serdeño tal incontinencia gestual que, cogiendo una botella del mostrador, lo desafió. El ilustrado, aunque su borrachera pugnara por desequilibrarlo, le indicó que si daba pábulo a semejante violencia, lo era porque, inapelablemente, su genotipo era de mandril integral. Fue lo último que dijo, porque Serdeño se le echó encima con fiereza. Urricelqui esquivó el arañazo. Después trató de defenderse con lo único que tenía a mano, un vaso. Pero apenas logró arañar el labio superior de su contrincante. Un amigo de Serdeño, Pedro Zabalza, con una botella, le atizó por detrás tal golpe en la nuca que Urricelqui cayó herido mortalmente (El Pensamiento Navarro. 6.9.1899). En efecto, a los dos días el homo sapiens de Urricelqui moriría en el Hospital (Idem. 9.9.1899).
Pamplona contaba entonces con 29.753 habitantes. Bueno, exactamente con 29.752 (El Eco de Navarra. 23.9.1899).

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