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jueves, 20 de octubre de 2016

Los efectos de la educación del odio

Alde, ospa hemendik: largo de aquí
En Pamplona, gritar "¡Viva España, viva la Guardia Civil!" tiene mucho mérito. En muchos pueblos de Navarra, es heroico. Y en demasiados es suicida. Vivimos en una sociedad enferma en la que se ha educado a la juventud en el odio a todo lo que huela a España. Hay un empeño constante por convertir en héroes a nuestros verdugos y a la Guardia Civil en enemigos de la convivencia.
Nos lo cuenta Juan Frommknecht, que de esto sabe un rato.

Muchos jóvenes de nuestra tierra han crecido en un mundo donde el odio y el culto a la violencia han sido testigos silenciosos de su vida. Es imposible abstraerse a la decoración de pueblos y calles en los que a un determinado colectivo se le pide que se marche mientras que a otro colectivo se le reclama para que vuelva a casa.
¡Eso, irsen a España!
Los carteles de las personas queridas en las localidades corresponden a personas que, o han ejercido, o han colaborado de una forma u otra con los que han ejercido la violencia. La proliferación de imágenes, rituales, símbolos, homenajes, marchas a favor de esas personas acaba calando en el subconsciente de esos ciudadanos que tal vez no tengan edad para recordar los tiempos de la violencia, pero que han vivido día a día rodeados de la admiración hacia los que la ejercieron.
Yo he tenido la oportunidad de contemplar el proceso en una determinada localidad vizcaína. Durante años los presos del pueblo lo colonizaban todo. Las paredes de la playa, los edificios públicos, los privados que se ocupaban, las calles de la localidad todos los viernes… Cualquier persona que fuera asiduo a aquella preciosa villa podía saber quiénes eran y cómo eran las personas apresadas por ejercer la violencia, pero salvo para alguien que conociera el porqué de su prisión, resultaba casi imposible ver en ellos maldad alguna. 

¿Cómo va a ser mala persona alguien que está secuestrado a mil kilómetros? ¿Cómo no simpatizar con ese “soldado” que cumple prisión por haberlo dado todo por ti? ¿Cómo no admirar a aquellas personas por las que, cada viernes, a las ocho de la tarde, en una de las plazas principales se les recordaba y realizaba una manifestación de apoyo? ¿Cómo no quedarse impresionados con los recibimientos en el pueblo, aurresku, flores e ikurriña incluidos, tras años o meses de prisión? ¿Cómo sospechar de la maldad de sus crímenes con tanta imagen alegórica de la libertad acompañando sus fotografías? ¿Cómo iban a ser mala gente si en tres o cuatro bares podías ver las cartas que ellos mandaban al pueblo, todo ‘jatorras’, junto a su fotografía y dirección carcelaria por si les querías escribir? ¿Cómo dudar de la injusticia cometida si tu propio alcalde desfila en primera línea de la manifestación?

El pueblo sería un lugar mucho más libre y feliz si volvieran los del cartel y se fueran los otros. Esos que de forma indiscutible tienen la culpa de todo. Aquellos que organizan controles sin más objeto que reprimir y humillar a la juventud. Aquellos que en determinados locales son señalados como traficantes y delincuentes. Aquellos que, por encima de todo, son torturadores implacables, aunque nadie en el pueblo pueda asegurar que le han torturado. La masa de ataque social centra al enemigo, lo deshumaniza, lo demoniza y lo ataca y justifica los ataques con la propaganda habitual donde, a pesar de que se ha atacado entre treinta individuos a cuatro personas, a pesar de que de los cuatro, dos eran las parejas de los atacados, a pesar de las graves lesiones infligidas, la culpa la tienen, sin ninguna duda, los agredidos.
Consentir que unos niños, o unos jóvenes, vivan hoy en día rodeados de constantes alegorías de lo que es pura violencia puede suponer el día de mañana tener una sociedad enferma, con los valores deteriorados y con unos principios absolutamente antidemocráticos.
Buen trabajo aventuro a los responsables de Paz y Convivencia, ya que no sólo tendrán que garantizarla sobre hechos de hace 80 años, más los otros asesinatos de hace cuarenta, treinta, veinte, diez y menos años, sino que deberán afrontar los resultados de esas casualidades que hacen que, por ejemplo, en las fiestas de San Fermín de Aldapa, nuestras calles permanezcan tomadas por esa simbología, esas pintadas y esas fotografía. 

Buen trabajo van a tener para explicar que los agredidos son los que se han jugado la vida, y se la seguirán jugando, para rescatar a cualquier vecino del pueblo de una situación crítica, sin importarles su ideología, aunque luego uno de los rescatados se convierta en agresor. 
Arduo trabajo en explicar a esos jóvenes que esas personas que aparecen en los carteles son en realidad unos criminales que intentaron imponer sus ideas a la fuerza, llegando a asesinar a sus propios vecinos por motivos ideológicos. 
Me gustaría ver las caras, si es que esto alguna vez ocurre, de los niños a los que los héroes se les tornan de la noche al día en villanos. 
El sábado, como consecuencia de la cultura del odio, cuatro personas fueron agredidas en Alsasua. Junto a mis deseos por una pronta recuperación, quiero transmitir mi admiración hacia ellos y hacia todos los que visten su uniforme en Navarra.

JUAN FROMMKNECHT

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gran articulo. Felicidades Juan.
Pablo

Ispán dijo...

Treinta años de desgracia y amenaza terrorista han calado en Vascongadas y en parte de Navarra. Si a eso añadimos el adoctrinamiento durante ese tiempo, con el consiguiente resultado de despreciar a todo el que no piense como ellos y a llenar de pasquines en rojo y negro de propaganda incluso a favor de delincuentes las paredes de los pueblos de Navarra y considerarlos como valerosos gudaris, y candidatos a los más altos premios a un secuestrador condenado por ello. Vamos que a algunos en Navarra se creen o les han hecho creer que son descendientes de los gudaris "santoñeros ", los de los batallones separatistas del ilegal hasta con arreglo a las leyes republicanas "pseudogobierno " de Aguirre.Pues más bien no, lo eran precisamente de valientes soldados vascos, navarros vascos o no vascos que estaban enfrente. Esto que digo no significa más que constatar un hecho. Creíamos que en España se había llegado por fin a la concordia y se había disipado el odio, se había olvidado en los nietos cuyos abuelos hasta pudieron andar enfrentados y sus hijos estaban enlazados hasta por parentesco, lo dudo sobre todo desde que un ignorante llegó al gobierno de la nación. La historia le pasará cuentas, si, pero mientras tanto todos fastidiados.