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domingo, 17 de febrero de 2019

Requiem por una pasarela (J.J. Echeverría)


El Departamento de Conservación Urbana y Proyectos previó que la Pasarela de Labrit, reparada y adecuada, estaría de nuevo en uso a finales de 2017. 
Pasado el plazo, ante las insistentes preguntas de la ciudadanía, la callada por respuesta. Asirón estaba más interesado en la Ordenanza del euskera, querellas por los crímenes del franquismo, la amabilización, Pío XII, Los Caídos...
Se acercan las elecciones y, ahora sí, se saca de la manga un informe 'ad hoc' que, casualmente, aconseja el desmantelamiento, con unas sospechosas prisas -ya el próximo mes-, para que queden ocultas las inexistentes -según los autores de la pasarela- pruebas del delito. Todo un atentado urbanístico.

Requiem por una pasarela                                                                              Juan José Echeverría
Estamos a punto de asistir a la gran felonía de este triste mandato municipal
No quiero creer que ésta sea la crónica de una muerte anunciada o una especie de "Redoble por Rancas", evocaciones sobre algún destino inevitable, de esos que el protagonista no quiere ver y que, de manera literariamente magistral, acaban ocurriendo. Estamos a punto de asistir a la gran felonía de este triste mandato municipal.
Parecía que la inmensa chapuza de la amabilización o el infumable bosque de bolardos de Pío XII no podrían ser superados, pero es evidente que sí. El estado de las cosas puede empeorar, siempre lo hace, como se demuestra en este caso, aunque vaya a ocurrir casi en el tiempo de descuento, a las puertas de unas elecciones municipales y, quién sabe si, también generales. 
Sostiene el ingeniero de caminos de Madrid (hasta allí se han ido nuestros paletos regidores a buscar uno, como si en Navarra no los hubiera) que la cimentación de la pasarela de Labrit no resiste el empuje horizontal. Pero ante la pregunta de cuánto se ha desplazado, contesta que no lo sabe, que no lo ha comprobado. No dice si han sido cincuenta centímetros o veinticinco o diez, o si ni siquiera uno, como los justos de aquella triste ciudad. Simplemente dice que no la ha visto.
Pero, así, sin verla, recomienda la destrucción del encepado de pilotes que resiste desde hace ocho años junto al baluarte del que recibió su egregio nombre.
Sostiene también que el alma de su viga se abolla. Pero preguntado dónde ve las tristes abolladuras de ese alma en pena, dice que en una foto. Foto que no sabe si se realizó durante la construcción o después. Pero que no ha mirado si el alma de acero de la pasarela está abollada o no. Simplemente afirma que de sus integrales, derivadas, límites y aproximaciones sucesivas, o de sus cuadradas matrices vectoriales se deduce que su alma se abolla inevitablemente y, que por tanto, debe ser desechada. No piensa como Chris Copper en aquella memorable Sea Biscuit que no debe tirarse a nadie a la basura por estar un poco abollado. Abollamiento, por cierto, que no aparece por ningún lado.
Sostiene, como un Pereira necrológicamente “anticipativo”, que el nervio superior de la baranda, portante de la pasarela no resistirá al pandeo lateral, pero preguntado por si ha tenido ocasión de apreciar alguna deformación también anticipativa en ese nervio, afirma que no. Que no ha observado ninguna deformación. Y vuelve a recurrir a sus complejos cálculos para contarnos lo que va a pasar, pero que no ha pasado en estos ocho años de servicio, ni siquiera durante las sobrecargas sanfermineras. Mientras, la pasarela sigue ahí, aguantando con su delgado nervio al aire.
Sostiene, ante insidiosas preguntas, que no deberíamos forzarla, cargándola hasta el límite de la resistencia que legalmente puede exigírsele, porque podría colapsar. Y así, sin colapsarla, nos recomienda derribarla, sin darnos el gustazo, ya que la vamos a derribar a golpe de martillo y soplete, de ponerle unas balsas de plástico llenas de agua encima, para ver cómo se cae. Dejándonos la incertidumbre para siempre, de si se caería o no.
Y, como guinda para este pastel, nos alivia diciendo que no hay riesgo de desplome, que únicamente debemos preocuparnos por el desprendimiento de las placas decorativas, detonante de estas alarmas, que la red colocada para sujetarlas no parece suficiente y que una de esas placas podría matar a cualquiera que circule por debajo. Cuatro años llevamos pasado debajo de esa red y hemos tenido la suerte de que no ha caído ninguna, porque, por lo visto, la referida red no da las garantías suficientes.
Y ahora llegamos a una pregunta fundamental que el ingeniero no puede contestar. ¿Quién paga? Parece evidente que este será un asunto a resolver en los tribunales. Pero nuestro alcalde Asiron está empeñado en hacer desaparecer el cadáver.
¿Qué ocurrirá cuando su señoría proponga la pertinente autopsia? Ocurrirá que no habrá cadáver, que todas las discusiones serán teóricas, que algún ingeniero dirá que todo estaba mal calculado pero que no pudo ver una sola patología estructural, y otro, probablemente trabajando para las compañías aseguradoras, dirá que, si no hay patología, por qué tenemos que pensar que estaba mal calculado.
Y el juez no podrá nombrar a ningún perito imparcial porque alguien ya se encargó de hacer desaparecer el cadáver.
¡Vaya vodevil!  Y así, tristemente, vamos a asistir a su funeral. Al réquiem por una de las obras de arquitectura más premiada de nuestra ciudad, simplemente porque no resiste los inextricables cálculos de ingeniería realizados por alguien que no sabe decirnos por qué una estructura tan mal calculada ni se cae ni se deforma.
Derribada por un alcalde, con un problema que ha sido incapaz de resolver durante todo su mandato, que está más interesado en exhibir un trofeo político y tapar sus propias vergüenzas. 
Juan José Echeverría
 Concejal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona

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