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miércoles, 24 de marzo de 2010

El bar Gurea


el bar Gurea, en la Plaza Obispo Irurita

Los martes voy a cuidar a mi madre. Ya conocéis a Ramona: 92 años, 10 hijos... y lo bien que recita “La plegaria de los niños”. Pero hoy no toca hablar de ella.
De 8 a 9, hasta el telediario, me da permiso para echar unos potes cerca de casa, por los bares de Obispo Irurita, en el pamplonés barrio San Juan.
Pues bien, de las tres “parroquias” que visitamos la cuadrilla que nos juntamos, una de ellas es el Gurea. Siempre hemos tenido especial simpatía por ese bar tan familiar. Mi hermano mayor, Carlos, solía llevar al hermano pequeño, Nacho, a tomar su mini de manzana. Y siempre tenían, y siguen teniendo, con Nachico un detalle: nunca faltaron 4 ó 5 aceitunas dentro del vaso de manzana, además de alguna broma o simplemente unas palabras de cariño.
Hoy voy a contaros (bueno, yo no) parte de la preciosa historia de este negocio familiar.
Así que os dejo con Mariajesús.
 
GUREA

Pedro Salinas: ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!

Gurea, así se llama el negocio que mi familia regenta todavía hoy en día. Creo que ya son más de treinta los años que lleva abierto el bar con ese nombre-pronombre y pocos son en la ciudad los que no lo conocen, a menos de oídas. Podía contar muchas historias, pero voy a contar la nuestra.

Yo tenía cinco años cuando mi padre se cortó dos dedos de su mano izquierda. Trabajaba en una fábrica de plásticos en Oricáin. El cortarse dos dedos no hizo que le cambiasen de puesto de trabajo. En aquellos años los dedos iban y venían, hasta que tres años más tarde, cuando yo tenía ocho, se cortó otros cuatro dedos de la mano derecha.

Fueron tiempos muy duros. Veía a mi padre sin seis dedos y con seis hijos. Yo, como era la sexta y más pequeña, me tocó jugar con él a la pelota en el salón inmenso de mi casa. Y digo inmenso, porque era un lugar demasiado grande y vacío para no poder hacer casi nada. No había dinero para amueblarlo.

Veía todas las mañanas a mi padre sentado en una silla, al lado de la ventana, cabizbajo, mirándose una y otra vez las manos, sin decir nada, sin poder hacer nada. A veces escondía su cara entre las manos sesgadas por el trabajo.

Se había convertido en un inútil. Sin dedos en las manos, poco se puede hacer, no ya cumplir grandes sueños, sino las acciones más simples, cotidianas y necesarias. Al principio le costaba comer. Tampoco podía ir a tomar algo con los amigos, pues no podía sujetar el vaso con la palma de la mano. Así que permanecía inmóvil en el salón, un hombre, fuerte como una roca, pero sin poder ni tan siquiera firmarme los papeles para ir a la excursión del colegio.

Yo me solía acercar a él, despacito, por detrás, queriendo jugar, le rodeaba con mis brazos. Le acariciaba, le peinaba con mis dedos su pelo moreno y le decía cosas bonitas, como "papá, te quiero mucho". Y sobre todo jugábamos, jugábamos con nuestras pelotas, la verde y la roja. Con las pelotas, al tiempo, fue recuperando el movimiento en las manos entumecidas, tanto por el dolor físico, pero sobre todo por el dolor sobrecogedor de no ser capaz de trabajar más para sacar a la familia adelante, con una pensión de invalidez mísera. Poco a poco fuimos avanzando, él y yo. Yo a un lado del largo salón y él, al otro, lanzando al aire las pelotas. Nos las tirábamos el uno al otro y a base de insistir, ya no se nos escapaban. Eran juegos sencillos, lejos de los que hacen algunos malabaristas callejeros, pero suficientes para cobrar ánimos para empezar a sacar fuerzas y dar paseos por la ciudad. Largos paseos que eran para nosotros grandes excursiones, grandes logros.

Con el tiempo, en aquel salón inmenso y vacío, empezamos a hacer puzzles juntos. Los hacíamos, al principio, de pocas piezas. Luego de cien, y después ya de más, hasta de mil. Él señalaba la pieza y yo la colocaba con mis manos pequeñas y ágiles. Aprendí rápido y, a veces, le ganaba. Mi mente se volvió tal ágil como mis dedos, así que acertaba antes que él qué pieza debía colocar. A través de aquellas diminutas piezas íbamos completando el puzzle de nuestra vida. Pero los puzzles, pequeñas obras, no daban para pagar los carros de comida que mi hermana tenía que acarrear cada día hasta casa.

Un día vinieron mis hermanos con una idea. Habían pensado en ponerse a trabajar los cinco juntos, pues habían oído que el Etna, un bar nocturno del barrio, estaba en venta. Costaba mucho dinero, pero creían que con mucho trabajo, y sobre todo, si todos trabajábamos incansablemente, podía salir adelante.

Hubo discusiones sobre el nombre, si en castellano o en euskera, al final salió Gurea, “nuestro” o “el nuestro”. A mí al principio no me gustó mucho el nombre, pero hoy, treinta años después, creo que acertamos. Efectivamente, es nuestro. Pero, sobre todo, nos ha dado el pan de cada día... y la pieza que faltaba a nuestra vida. A mi padre, que durante todos los años que vivió y que trabajó día y noche, levantándose a la seis de la mañana para abrir y dar desayunos y casi., casi durmiendo allí, nunca le oí ni una sola palabra de queja, jamás, ni tampoco ni un solo mío o tuyo, sino que, siempre, lo que salió de su boca fue un nuestro. Esa ha sido, y sigue siendo, la pieza del puzzle: GUREA.


A nuestro padre Teo

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué bonito!. Aun estoy restregándome las lágrimas con el dorso de la mano. No, no es que no tenga dedos sino que por suerte los tengo ocupados con las teclas del ordenador.
Al que le echaron un bonito piropo sobre los ojos más bonitos que había visto hasta entonces y en el Gurea.

Anónimo dijo...

pues a mi el trato de este bar no me gusta nada.los dueños son unos careros y mal educados

Anónimo dijo...

habrás tenido alguna noche tonta

gema casas ansoain dijo...

A MI NO ES EL BAR QUE MAS ME GUSTA DE SAN JUAN, PERO LA HISTORIA ME HA CONMOVIDO MUCHO