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martes, 26 de julio de 2016

Gracias, carterica

Mi carterica hoy, disfrutando de una merecida jubilación
Hoy quiero rendir homenaje a mi cartera.
En los veranos del 65, 66 y 67 (con 15, 16 y 17 años) estuve trabajando en Gaseosas Odériz y de peón en la construcción (la ampliación del gimnasio y frontones de los Escolapios la hicimos entre Víctor Eusa y yo). Gracias a esos trabajos –aparte de lo que entregaba en casa-, tenía algunos ahorrillos.
Al terminar el Preu, a finales del verano del 67, me dijo la mamá que, si pensaba ir a la Universidad, no podía ir hecho un zacarro, sino que tenía que ir decente, con una cartera y bien vestido.
Yo siempre había sido (y lo sigo siendo) del estilo de Antonio Machado:
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
Pero intenté hacerle caso y, además de heredar alguna chaqueta y corbata de mi hermano mayor (que ése sí que era un dandi), me fui a Gráficas Rodríguez, hacia el número 61-63 de Carlos III, y me compré una carterica negra, sencilla y con asas.
El primer día que fui a clase, ya vi que mi carterica no era precisamente lo más normal, ya que la mayoría llevaba carpetas de esas de gomas. Y enseguida la dejé aparcada. Pero, de vez en cuando, cuando iba un poco elegante a la Uni, solía llevar la cartera.

En el Faustino (bar de la Uni), nosotros tres con ella
Cuando acabé la Universidad y empecé a trabajar de profesor en Vitoria, Oñate, Mondragón, San Sebastián y Pamplona, ya la carterica era mi compañera inseparable. No era un mamotreto y me cabía en la mochila cuando iba en bici al Instituto Ibaialde de Burlada (varias décadas antes de que los concejales de Podemos pusieran de moda lo de ir al trabajo en dos ruedas).
Para entonces, ya mi cartera tenía sus años (22, el primer año de Burlada), y como veía cómo cuidaban el material mis alumnos, de vez en cuando les preguntaba cuántos años le echaban a mi cartera. Cuando les decía la edad, alucinaban: “¡ahí va, si tiene más años que yo!”, decían.
Un día me fui con la cartera a Gráficas Rodríguez y les agradecí el buen resultado que me estaba dando la carterica. Les pregunté qué tal les iba el negocio y me dijeron con tristeza que iban a cerrar. Cuando se lo conté en casa, enseguida me dijeron: “¡Claro, con clientes como tú!”
Cuando me jubilé (01.10.10), mi cartera ya tenía 43 añitos. Hoy sigue conmigo, aunque la tengo cómodamente sentada en un silloncico, junto a la ventana. Se merece una digna jubilación, siempre muy cerca de mí. El año que viene, allá por Septiembre, cumplirá ya medio siglo.
¡Miradla qué guapa!
Cualquiera que haya sido profesor, sabe que no todos los días son buenos, que hay clases a las que uno entra con miedo, o sale amargado de ellas.
Mi carterica sabe todo eso y siempre –en los ratos buenos y en los malos- ha estado a mi lado. Tenerla en mi mano del asa, o llevarla bajo el brazo, siempre me ha dado seguridad. Parece como que me dijera: “¡Patxi, tranquilo, eres profesor!”
Y lo mismo que Alfonso X El Sabio regaló a la ciudad de Sevilla un lema agradeciéndole su fidelidad, yo también le hago a mi cartera ese mismo regalo porque siempre ha estado conmigo y "no madeja do" jamás.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Como ciertos cura, es una cartera venerable. Te envié un mail ayer. No llegó?