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jueves, 30 de abril de 2009

Val, Oto y Galé en Un pañuelo... por la cara





Cuando se murió, le puse
un pañuelo por la cara
pa que la tierra no toque
boquita que yo besara





G. A.: ¿Y “Un pañuelo por la cara”?
F. de Val: Porque supe que José Oto, en el cementerio, cuando enterraban a Felisa Galé, se puso a cantar la Jota para despedirla, y no pudo acabar porque estaba llorando. Aquello me emocionó...

(entrevista que “Gustavo Adolfo”, locutor de Radio Zaragoza,
 le hace a Francisco de Val a comienzos de los 70)

Cuadro de Jotas de Pepe Esteso. Felisa Galé, 1ª dcha. Detrás, apoyando la mano en su hombro, José Oto

Escuchad la versión de Francisco de Val cantada por Margarita Sánchez:



Es, para casi todos, José Oto (1906-1961) el número uno en la historia de la jota aragonesa. De la misma manera que en Navarra consideramos a Raimundo Lanas el Ruiseñor Navarro, José Oto es para los aragoneses el Ruiseñor del Ebro. Una voz excepcional, potente, muy afinada, que alcanzaba amplios registros. En una época en la que no existían micrófonos, su voz atronaba en una plaza pública o, incluso, en un coso taurino. Su fuelle era tan increíble que, a pleno pulmón, llegó a grabar uno de los estilos más bravos, el de “la fiera”, sin respirar en los dos últimos versos. Pero, no sólo destacaba por la potencia, sino por la claridad, afinación y dominio de los registros que van desde el tenor al barítono. Además, José Oto tenía una capacidad excepcional para congeniar con el público, con la gente. No era un engreído, sino, al revés, muy campechano.

Lo mismo que José Oto, Felisa Galé nació en Zaragoza seis años más tarde, en 1912. Muy pronto empezó a destacar en el canto y, en 1931, obtiene el primer premio en el Festival de Jota. Comienza una gran carrera que le lleva a viajar por muchas ciudades españolas y a triunfar en Madrid. Su voz clara y muy agradable. Su carácter suave y simpático. Fleta le llego a proponer pagarle en Madrid los cursos de canto, pero ella se negó ya que no quería dejar Zaragoza por nada del mundo. Parece como si Felisa, que tenía una gran habilidad para crear letras de jota, estuviera pensando en alguna como esta:


No hay Virgen como mi Virgen,
ni tierra como Aragón,
ni mañica que me quite
al maño que quiera yo

Fue en el ambiente de la jota, al coincidir en diversos cuadros, donde Felisa y José se conocieron y congeniaron, tanto que formaron pareja obligada, capaz de cantar cualquier copla, cualquier estilo.
En las jotas de picadillo, donde ella iba por arriba y él por abajo, la complicidad era total.
Y se hicieron novios. Una relación libre que escandalizaba en ciertos ambientes de Zaragoza.
Pero en 1946 Felisa enfermó gravemente y dos años después, en 1948, murió. Tenía 36 años.
Fue un mazazo para José, que entró en lo que hoy llamaríamos una profunda depresión. A pesar de todo, intentó seguir cantando. Pero no podía. Cada vez que se ponía a cantar, se emocionaba y se le quebraba la voz. Como en Caspe, unos días tras el entierro de Felisa, donde arrancó con fuerza, como siempre, pero, enseguida su voz se rompió y quedó inerme, llorando ante el público. La gente, también emocionada, prorrumpió en un sobrecogedor aplauso.

José Oto ya no volvió a ser el mismo. Y se refugió en el alcohol. Dejó de cuidarse y empezó a engordar. Cuentan que se le veía ir, de bar en bar, tambaleándose, por las calles del Tubo. Quizás, alguna madrugada, alguien le oyera cantar con voz temblorosa:

A mi voz quisiera dale
fuerzas pa llegar al cielo
p'a entregate en propia mano
las flores de mi recuerdo

(jota cantada en Radio Zaragoza por José Oto 17.08.49)


Sus últimos años fueron tristes. Vivió, al parecer, en una pensión, muy pobre, casi como un indigente. Murió en 1961

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