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viernes, 7 de mayo de 2010

La dignidad viaja en silla de ruedas

El 7 de mayo de 1985, José María Izquierdo Jiménez se despidió de su esposa poco después de las ocho de la mañana. Salió de su domicilio, en el número 3 de la calle Monasterio de Fitero, y caminó bajo una lluvia intensa hasta su Renault 12, aparcado a sólo unos metros del portal. Apenas había un alma en la calle. José María Izquierdo tenía 45 años, era natural de Valdeprado, un pueblo de Soria, y llevaba tres décadas viviendo en Navarra. Se había hecho policía porque consideraba que no podía haber nada más “bonito” que “servir a la sociedad”. Era consciente, sin embargo, de que esa aspiración le había colocado en el centro de una diana invisible. Por eso procuraba dejar su coche “un poco apartado”: así podía comprobar desde lejos si habían puesto debajo “algún paquete”. Aquel 7 de mayo de 1985 no vio nada sospechoso.

Su mujer, Consuelo Monreal, observó desde la ventana cómo José María abría el vehículo y se acomodaba en el interior. Era como un pequeño ritual cotidiano. El matrimonio tenía dos hijas: Olga, de 18 años, y Susana, de 14, que se encontraba de viaje de estudios en Mallorca con sus compañeros del colegio Fernando Remacha. El teniente Izquierdo arrancó el motor, metió una marcha y fue soltando el embrague. Fue al pisar el acelerador cuando hizo explosión el kilo y medio de Goma 2 que los terroristas había adosado a los bajos del Renault 12. El cuerpo del policía salió despedido por la onda expansiva. Quedó en medio de la calzada, cubierto de sangre, con las dos piernas y un brazo seccionados. Un policía municipal que se encontraba en los alrededores le hizo dos torniquetes con su cinturón y el de otro viandante, y logró contener la hemorragia hasta que llegó la ambulancia. Consuelo Monreal vio lo ocurrido desde la ventana y bajó corriendo a la calle, pero los primeros vecinos que se habían reunido en el lugar de los hechos no le permitieron acercarse al cuerpo destrozado de su marido.

Es probable que los detalles del atentado y las declaraciones que hizo José María Izquierdo cuando aún se encontraba postrado en una cama del Hospital de Navarra aparezcan estos días en la sección de “Hace 25 años”, quizá junto a alguna foto en blanco y negro de las que se tomaron entonces. Sin embargo, por mucho tiempo que haya transcurrido, el atentado y la admirable reacción del policía herido forman parte del presente: del suyo y del que comparte con toda la sociedad en este mayo de 2010 que se ha ido nublando con algunas noticias inquietantes sobre ETA y varios de sus presos. “Tengo que recuperarme para ser útil de nuevo a la sociedad y a la familia”, decía José María Izquierdo en el titular de la entrevista que se publicó en estas páginas el 12 de mayo de 1985, cinco días después de la explosión. Nunca recuperó las piernas ni el brazo izquierdo, pero lo que en aquellas jornadas durísimas era sólo un deseo es hoy una realidad incontestable: quienes conocen su historia y se lo cruzan por la calle cuando pasea sonriente junto a su mujer, saben, o deberían saber, que José María Izquierdo está siendo más útil que nunca a la sociedad: su serenidad, su paciencia, su fortaleza y hasta su capacidad de perdonar –“no se puede vivir en un odio permanente”, ha dicho alguna vez– recuerdan que la paz no se puede buscar a cualquier precio y que la historia no admite interpretaciones interesadas. En el fondo, José María Izquierdo es una garantía de que la sociedad funciona. Él es justamente una de las personas que la hace funcionar. Por eso todos le debemos tanto, incluido aquel vecino que informó a los terroristas de dónde vivía el policía y de cuál era su coche, y que hoy, tras unos pocos años en la cárcel, puede pasear cómodamente por la calle con sus familiares y sus amigos. Él ha recuperado la libertad gracias a los mecanismos jurídicos y penitenciarios del sistema que trataba de combatir. Sin embargo, nunca tendrá la dignidad que su víctima pasea en su silla de ruedas en estos días aún dudosos de la primavera. Mientras existan personas como José María Izquierdo se puede seguir confiando en la democracia y en la humanidad.

Rafael Doria, Chon Latienda, Patxi Mendiburu, Salvador Ulayar y Cecilia Ulzurrun en nombre de Libertad Ya

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