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martes, 9 de agosto de 2016

Basiano: Navarra y sus colores

Vista de Pamplona, desde la Cuesta Beloso 1964
¿Tu palabra? El color, nuevamente la luz, el sueño... / sólo, cuando una vez requirieron tu voz en tu homenaje, / conteniendo apenas la emoción y las lagrimas, / apretaste tu boina entre las manos / y de aquella garganta estremecida / de hombre sencillo, que no niega su origen / y es fiel a sus raíces/ brotó con fuerza la magia de una jota. / Sí, hace cien años que viste aquí la luz/ atrapándola en el fondo de tus lienzos, / que hace inmortal / y recuerda el amor a tu Navarra... / Y al Sur final de todos tus trabajos /tu firma en rojo fuego / sabe a sangre y a vino de Murchante.
JOSE JAVIER ALFARO. 1989.

He subido a Facebook la mayor parte de los cuadros que se exponen en la Ciudadela

MALU SERRANO GC Pamplona
Javier y Jaime, hijos de Basiano, fueron los únicos discípulos del ‘pintor de la ciudad’. Aprendieron de él en tantos viajes con el Biscúter amarillo y en su estudio. Basiano pintó miles de cuadros. Unos 5.000, calcula el experto en su figura, José María Muruzábal, aunque “catalogados” solo tiene alrededor de 1.700 lienzos. 
El viernes pasado se inauguró una exposición retrospectiva de su obra en la Ciudadela de Pamplona, después de quince años de la última, y los herederos del artista echaron la vista atrás para recordarle. “En los años cincuenta, le encargaron hacer un cuadro de la peñas de Oskia. Los mecenas le debieron de poner un chófer, que al llegar allá le debió de clavar tal cantidad, que decidió comprarse un coche. Se diría: ‘Esta es la última vez que me pasa’. Y se compró un Biscúter. Un Biscúter en la Navarra de los años cincuenta era un lujo. “Y, además, lo pintó de amarillo”, relataba Javier, cuando su nieto lo interrumpió sorprendido. “¿Ah, sí? ¡No me lo habías contado!”, exclama Jesús Basiano. “Sí, además, en el capó pintó un pequeño paisaje”, continúa el hijo de Basiano. “Ahora puede ir uno de cualquier forma, pero en los cincuenta, no. Y el coche lo pintó porque le dio la gana”. 
Jesús Basiano se recorrió Navarra para inmortalizarla en una “gran sinfonía de colores”, como dice José María Muruzábal. Su mirada tenía una delicadeza exquisita para los colores. 

Puente de Santa Engracia y playa de la Rochapea, 1948
Los primeros lienzos
Puerta Preciosa, 1928
Jesús Basiano Martínez Pérez nació en Murchante el 9 de diciembre de 1889, en el seno de una familia encabezada por Pedro Martínez, un labrador acomodado, y Gregoria Pérez Pérez. No tenían ningún antecedente familiar relacionado con el arte, pero hoy podemos ver fotografías de Basiano pintando con su padre en Vizcaya hacia 1905. El último año del siglo XIX marcharon a Bilbao por el trabajo de su padre y fue allí donde empezó su formación académica en pintura. Se matriculó en la Escuela de  Artes y Oficios de la capital vizcaína. 
Aunque no fue tan sencillo. Al poco tiempo, falleció su padre y tuvo que dejar el centro para ponerse a trabajar. Jesús Basiano sabía para qué había nacido y lo persiguió durante toda su vida, hasta en la dura posguerra. Hacia 1910, “empezó a dedicarse en serio, realizando paisajes de diversas zonas de Vizcaya y por esos momentos debió de conocer al maestro del paisaje español, Darío de Regoyos, que pasaba largas temporadas en el País Vasco”, cuenta Muruzábal en el libro de la muestra. 
Y solo un año después, hace sus primeras exposiciones en Pamplona y logra buenas críticas del mundo de la pintura como Ciga, Zubiri y Gaztelu. Gracias a ellas, Basiano consiguió una beca de la Diputación para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en Madrid y, después en Roma, “de dónde no sabía cómo había vuelto, porque tuvo que pedir unos duros”, contaba el que era director de Diario de Navarra, José Javier Uranga, en el obituario que escribió en su columna Desd’el gallo de san Cernin
Uranga lo describía como “un hombre fuerte, duro, con una elegante brusquedad de expresión y una gran finura de espíritu”. Muruzábal afirma que “fue uno de los artistas navarros de su época con mejor y más completa formación”. Tras completar esta rica educación volvió a España e instaló su vivienda en Durango. De esta manera comienza el nuevo periodo de su obra: la segunda etapa vizcaína, en la que sus obras alcanzan un nivel altísimo y se sitúan por el Duranguesado, por el Pirineo navarro y aragonés y otros muchos lugares de su tierra. Con unos treinta años era considerado como “un magnífico pintor”, según afirma José María Muruzábal.
Garralda, 1930-35
La crisis ante la fama
Al poco de llegar de nuevo al norte del país, su nombre empezó a sonar entre las altas esferas de la pintura vasca gracias a sus exitosas exposiciones. 1925 fue clave para Jesús Basiano: cambió el País Vasco por Navarra, se instaló hasta sus últimos días en Pamplona, y su exposición en el Salón Nancy de Madrid encumbró su nombre hasta lo más alto a nivel nacional. Pero Jesús Basiano no estaba cómodo en ese mundo, la vida que gira en torno al arte no iba nada con su personalidad. Él era feliz yendo de un sitio para otro para plasmar su Navarra, la que veían sus ojos: la sensibilidad para descifrar y plasmar cada uno de los colores. La paleta de Basiano era inagotable. 
Jaime Basiano, el otro hijo del ‘pintor de Navarra’, recalcó en la presentación de la exposición que “su padre iba caminando a todos los lugares para pintarlos. Y muchas veces se perdió. No era como ahora, que hay coches”. “Además, hoy seguimos apreciando que los lienzos están doblados por el tiempo después de haberlos llevado de un lugar a otro enrollados”, continuó explicando el comisario de la obra. Este era el día a día de los artistas. En las fotografías que recoge Muruzábal en el libro editado para la exposición podemos ver a los hijos de Jesús Basiano ayudándole a sujetar la sombrilla en Yesa mientras el artista mezclaba sus óleos en la paleta. Y así aprendieron Jaime y Javier: acompañado a su padre en cada pincelada.

Una vida tranquila
Pintando la Puerta del Amparo
No pedía mucho: pintar su tierra. Quizá por eso se quedó el resto de su vida en Pamplona. Muruzábal cuenta que “su relación con los habitantes de Pamplona fue la derivada de su oficio; el observarle salir a pintar en su bicicleta cargada hasta la saciedad de telas, óleos y caballetes, el volver acompañado de sus hijos en su célebre Biscuter de color amarillo, su café o su aperitivo en la Plaza del Castillo, la venta de sus cuadros en la peluquería del Casino Principal, en algún conocido bar. Eso fue toda su vida”. 
La tercera etapa del pintor se ubica desde que sitúa su residencia en Pamplona hasta que termina la Guerra Civil. Después comienzan sus últimos años como pintor: desde 1940 a 1966. Fueron tiempos duros. Muy duros. Basiano utilizaba sus obras como moneda de cambio, porque consiguió vivir de ello. Pero no estaban bien valoradas. “Basiano se vio en la imperiosa necesidad de malvender su arte, en ocasiones a precios irrisorios. Pagaba por sus lienzos al sastre o al dentista. Esto le obligó a dejarse engañar por algunos que se llamaban sus amigos y clientes”, explica Muruzábal. Para fijar el precio hacía como que se olvidaba del valor artístico y se acordaba de todas la dificultades que había tenido por el camino. ‘El pintor de Navarra’, como lo define José María Muruzábal, en aquellas fechas también tenía que mantener a su familia. Jesús Basiano contrajo entonces matrimonio con Rosario García Goizueta, a quien conoció por Estella durante la Guerra Civil. 
Los años cuarenta son para Jesús Basiano los años de madurez y de fama del artista dentro de la sociedad navarra. Aunque su cénit de popularidad en su tierra llega en los cincuenta. Las torres de San Cernin le trajo el mejor premio de su carrera: la tercera medalla en la muestra nacional de Bellas Artes de 1943. Fueron años de muchas exposiciones por Navarra, lo que le permitió vivir de forma más holgada. Aunque continuó pintando sin descanso, persiguiendo siempre los colores de esos paisajes que le rodeaban. Tal y como expresaba la pluma y corazón de Uranga: “Basiano decía y pintaba lo que sentía, sin concesiones y hasta con un infantilismo que no logró superar. No era un hombre cultivado, sino intuitivo y en su sencillez tenía juicios y opiniones profundos y afortunados. Fue inteligente y sensible, aunque casi siempre fuera de lo convencional”. 

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