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miércoles, 20 de septiembre de 2017

La Pamplona del Baroja niño

Un poco de dulzura pamplonesa para compensar lo que cuenta Don Pío. Escuelas de S. Francisco
De 1881 a 1886, de los 9 a los 14 años, vivió Baroja (1872-1956) en Pamplona. No debió de pasarlo muy bien y quizá de ahí venga parte de la inquina que tenía contra el Carlismo, según señalan esos falsos tópicos que se le atribuyen sin pruebas:
"¿Pensamiento y Navarro? No me suena"
"Carlista: animal de cresta roja que habita en el monte y de vez en cuando baja a la ciudad y ataca al hombre".
Sea como fuere, la inquina hacia el carlismo es real. Mirad cómo pone a los niños de su edad en Pamplona, atribuyendo su crueldad al ejemplo de sus padres, combatientes en las guerras carlistas.

En Familia, infancia y juventud, don Pío, en magistrales pinceladas, narra cómo era la vida de los mocetes pamploneses en la penúltima decena de la pasada centuria:
En la Bajada Javier, el 'corredor muy largo', foto de ayer
«Nos llevaron en seguida a los chicos al colegio de Huarte, que estaba en la Bajada de San Agustín (hoy, de Javier). Este colegio tenía un corredor muy largo a la entrada, y a la puerta, un zapatero remendón.
El primer día me pegué con otro chico a la salida de clase porque se había estado burlando de mi acento madrileño, hasta que el portero zapatero nos separó a patadas y a golpes con el tirapié. Después tuve que pegarme por el mismo motivo con otro y con otros, y adquirí fama de reñidor. Entre nosotros, los chicos, se desarrollaban una brutalidad y una violencia bárbaras.
Los de Madrid, aunque bastante brutos, no tenían comparación con los de Pamplona. Estos eran de lo más salvaje que puede uno imaginarse. Quizá ello no tenía nada de raro. La mayoría de mis compañeros eran hijos o descendientes de voluntarios de la guerra civil (3ª Guerra carlista), que tenían como norma de la vida la barbarie y la crueldad. Constantemente estaban pegándose y, sobre todo, pensando barbaridades y crueldades.
A mí, como digo, me pusieron en la alternativa, al entrar en el colegio, de pegar o de ser pegado, y pegué todo lo que pude. Yo, al principio, tenía miedo, pero luego me lanzaba. No sé si era naturalmente brutal, pero había que serlo; porque entre los chicos el que no amenazaba y se pegaba estaba fastidiado para siempre.
Me hincharon las narices muchas veces, pero me resistí firme, dí con todas mis fuerzas y llegué a hacerme temer. El que se entregaba estaba perdido. En aquella pequeña lucha por el prestigio había que ser bruto, jactancioso, sin compasión ni piedad.
A un condiscípulo que se achicó cayeron sobre él los demás y le amargaron la vida. Como estaba asustado, a la salida del colegio le iba a esperar una criada para acompañarle. Esto no le salvó; los demás le hacían barbaridades: le pisaban el sombrero, le orinaban en el gabán, le colgaban papeles con insultos en la espalda y le hacían mil diabluras.
Aquello era como un gallinero. El fuerte, el grande, el audaz vencía. Yo creo que nunca me puse con los fuertes contra los débiles; tenía odio a los grandes que se manifestaban déspotas y bárbaros.
Los chicos de Pamplona teníamos una mentalidad de piratas. Todo lo que fuera cortesía o suavidad se nos antojaba rebajamiento. Andar con sombrero era una vergüenza: había que ir con boina. La gorra con pompón era algo para nosotros muy humillante. Le llamábamos «tapacomún». El marchar de paseo en fila con un traje nuevo nos parecía una cosa indigna.
No teníamos confianza con los profesores y mentíamos siempre que nos preguntaban algo. Cuando alguno se consideraba ofendido contra el colegio, cogía los tinteros de cristal de la clase y los rompía en los bancos de la plaza del Castillo. Al cabo de algún tiempo los tuvieron que poner sujetos y de plomo.
En el colegio había dos pasantes que no se significaban por endulzar la vida de los chicos. El uno era un estudiante de cura llamado Valentín, simpático, pero muy aficionado a dar golpes; el otro, un viejo manco, que era temible por los atroces pellizcos que aplicaba con la única mano que tenía. Este se llamaba Pegenaute, y los chicos le decíamos Piojo Blanco».
También en ‘Silvestre Paradox’ cuenta:
«Se reunía con los chicos más granujas del pueblo; sus diversiones favoritas eran apagar faroles, envenenar lagartijas con tabaco para que tocasen el tambor; correr por entre los antiguos cañones que estaban emplazados en la muralla, en un sitio llamado el Redín, y jugar al palmo, a las chapas y al marro en la plaza del Castillo.
En verano era una delicia bañarse en el Arga, en la Peñica, lugar adonde concurrían los aprendices en el arte de la natación, o en el Recodo, punto reservado para los maestros en tan arriesgado ejercicio».
Narra también las fenomenales pedreas que se organizaban en la Vuelta del Castillo, de los petardos que tiraban en la casa de los canónigos de la catedral, de las bromas a un barbero de la Curia que le golpeaban la bacía colgada sobre la puerta, de las reuniones en una infecta taberna de la Mañueta en donde los sargentazos alternaban la lotería con las barajas y el billar, bromas en el Gayarre (entonces Principal), juegos sobre los carros de bueyes y en el árbol del Cuco situado frente a San Lorenzo, tipos populares y bromas a Gonzalón, cabo de los «Jas» (como los llamábamos en nuestra infancia). 

martes, 19 de septiembre de 2017

Iriberri: Los cordeleros (y 3) El adiós de Juanito Elizari


Última entrega de la trilogía que en 1984 dedicó Iriberri a los cordeleros. Hoy, el adiós de Juanito Elizari, el último cordelero de la ciudad. Sigo pensando que esa estampa tan pamplonesa merece ser recordada y plasmada en un monumento, allí mismo, en ese lugar tan entrañable del Redín
Pamplona 84 La ciudad de ayer a hoy
Los cordeleros (y 3) [DN lunes, 16 de abril de 1984] 
  En el Otoño del 68 paró para siempre la rueda de Juan Ángel Elizari, última de la ciudad
De las cincuenta ruedas de cordeleros que daban vueltas en el foso del portal de San Nicolás, al comenzar el siglo, sólo queda una, la de Juan Ángel Elizari, cuando nace el año de 1968. Han desaparecido todas las demás, las que se fueron a Berichitos tras el derribo de las murallas después de 1917 y las que se instalaron en San Juan. Juan Ángel Elizari; hijo de cordelero y cordelero desde. chaval, Se ha quedado solo en el Redin. Tiene 48 años y cuatro hijos, ninguno de los cuales quiso seguir la tradición artesana del padre y el abuelo, tradición que era ya una institución de la ciudad.
Una estampa, habitual en el Redín durante más de 40 años,
que es ya historia. Juanito Elizari repasa las sogas tendidas
Elizari ve venir la vida y lee con claridad en el destino. Está fuerte pero los días enteros hilando pesan cada vez más en las piernas El oficio es libre, sí, pero inseguro para cuando llegue la hora de la jubilación. Los trabajos finos abundan, pero la cuerda pierde usos de año en año y se duele de la competencia del plástico. Un 10 de octubre de 1968, después de mirar desde lo alto del Redín las cumbres montañosas que pronto se pintarán de blanco, Juan Ángel Elizari recoge los forjeles y las tablas, se mete en la poterna, ordena las cuerdas y se va. No volverá más a trabajar regularmente. La artesanía de la cuerda ha muerto para siempre en Pamplona.
Juanito Elizari recuerda el orificio (resaltado 
en Maps) donde estuvo montada la última 
rueda de la ciudad. (Foto Jorge NAGORE).
«Todavía hice algunas cuerdas de algodón para Bendibérica, casi por matar el gusanillo. Iba algunos días, de vez en cuando hasta que lo llevamos a Estella y les regalé la herramienta y todo. Yo trabajaba ya en la plantilla de DIARIO DE NAVARRA (rotativa), donde ahora voy a retirarme por la edad, ¿eh?, pero no por viejo». Cuando hoy pasea por el Redín y se para ante la horquilla de madera que sujetaba la rueda se le escapa la vista atrás... Juan Ángel Elizari se casó en 1948, al mes siguiente de haber muerto su padre y haberle heredado en el oficio. Se fue a vivir a la calle Tafalla, al número 32, casi al final, y desde allí, cada mañana, cruzaba la ciudad para hilar en el Redin.
«¿Que ibas a hacer cuerdas para tendederos o persianas?, pues te ponías el cáñamo a la tripa, atado atrás con una cuerda, enganchada a la rueda, le decías al chaval que empezara a andarla y tu ibas para atrás, despacio, soltando el cáñamo. Eso era una cosa que te salía bien porque había nacido en ello. Luego, con tres hilos, a colchar, a unir los hilos. Y así todo el día. Al otro día llevabas la cuerda al asca de Moral, que estaba abajo, donde el Portal de Francia, y al siguiente la estirabas y la pulías, después de alabarlas tendido para secar. Eso era como extremar la casa, sacarle brillo. Había que trabajar en el buen tiempo lo que no podías en el invierno...».
Cordetas para tender y persianas. ramales para caballerías, juñideras y bardias para bueyes, sogas de carga, maromas, hilos de cabos de guarnicionero, zaguiliz (?), cinchas. De todo hizo Elizari en casi 40 años de oficio. En los sesenta prácticamente habla desaparecido el trabajo grueso para el campo como mucho antes desapareció el de las sirgas de almadías.
Julio Cía, 1933, poterna acceso baluarte bajo de NªSª de Guadalupe. Aquel año 33 los Elizari estaban en el arranque de la Ronda de Barbazán. En esta poterna del Redín («pagábamos 90 pesetas por todos los cordeleros al Ramo de Guerra por la ocupación del espacio») se quedó en el 68 el recuerdo de la artesanía pamplonesa de las cuerdas. Detalles: caseta cordeleros (centro, fondo), rodeada por un muro; chabisque cuerpo de guardia, donde hoy está el Caballo Blanco; árboles recién plantados (alguno sobrevivirá); aplique farola (arriba derecha), idéntico al actual.
Es curioso que Juan Ángel Elizari se montara en el tren del desarrollo urbano pamplonés marchándose a un piso del Ensanche Nuevo pero dejara pasar en los años cincuenta el desarrollo industrial para ir a un puesto con seguridad social. ¿Por qué? «Yo seguí con las cuerdas porque estaba a gusto. Llevaba el oficio en la sangre y me parecía Imposible dejar el Redin. A la caída de la tarde, nos reuníamos en «Casa Mina», en la Navarrería, a echar el porrón y la partida del truco. A lo mejor, otros sacaban mejor que yo el jornal, pero disfrutaba haciendo cuerdas».
Pero el oficio desaparecía. «Veía que no tendría continuidad, porque la seguridad social, la jornada de cuarenta horas, las vacaciones, la industrialización de las cuerdas y de los plásticos, lo mataban. Ya vi que no tendría sucesor y lo dejé. Ahora, la pena que tengo es que nadie hubiera aprendido de mí para seguir esa artesanía tan pamplonesa». Lo dice con un fondo de nostalgia. Está orgulloso de su vida artesana y no la cambia, «pero si naciera hoy, no seguiría en ello, porque los tiempos han cambiado y no se puede volver atrás».
Quizás, la imagen con más sabor de Pamplona
Como cambió el Redín con la construcción del «Caballo Blanco» (1960-1961) que llevó hasta las murales, en el verano, peregrinaciones de turistas que se quedaban pasmados viendo trabajar al cordelero: "a veces me hacían fotos hasta siete a la vez. Yo he sido más fotografiado que un jugador de Primera División". Su rostro era y sigue siendo (84) conocido por muchos pamploneses que lo recuerdan en el Redín. Para todos tenía siempre una palabra de explicación cuando le preguntaban los secretos de las cuerdas.
No os perdáis el álbum fotográfico que se va haciendo más completo

lunes, 18 de septiembre de 2017

"Cataluña, un plan oculto", por José Romero


Años 90. Me perdí y pregunté a una chica por una calle. Ella no sabía y le preguntó en catalán a un señor -un familiar, creo- al que yo, desde el coche, no veía. Él, en catalán: "¿En qué idioma preguntan?". La chica, también en catalán: "En castellano". Todavía sigo esperando la respuesta.
Aquel día caí en la cuenta de que algo grave se estaba fraguando en Cataluña.
***
No tengo el gusto de conocer personalmente a José Romero, pero espero hacerlo pronto y os lo contaré. De momento, escuchémosle:

Plan oculto
José Romero
Yo solía pasar los veranos en Barcelona. Concretamente en una ciudad muy cercana llamada Esplugas de Llobregat, donde los andaluces y extremeños eran mayoría. Donde la gente se buscaba la vida trabajando, sin otras pretensiones que llegar a fin de mes. Desde que era niño hasta la adolescencia, acudía con mis padres y hermanos -aquellos viajes en un SEAT 124 eran épicos-, a visitar a gran parte de mi familia materna (entre ella mis abuelos), que habían emigrado allí desde Andalucía en busca de un futuro alejado del terruño patrio, asolado por el paro y la pobreza.
Allí tuve alguna novieta, iba a las discotecas con mis amiguetes de la zona a bailar en intentar ligar, y escuchábamos música en inglés. Nadie hablaba catalán, todo era en español. Por eso -excepto que no podía lucir una camiseta del Real Madrid cuando jugábamos al futbol en los partidillos informales que se celebraban, sin el riesgo de que te molieran los tobillos-, jamás me sentí un extranjero en aquellas tierras. Alguna vez, te topabas con algunos-casi siempre personas de edad avanzada- que hablaban entre ellos en catalán, pero nosotros lo veíamos con respeto y sin ningún tipo de odio. De hecho, mis tíos, primos y amigos de vez en cuando soltaban alguna palabra en catalán, pero lo considerábamos normal e incluso simpático.
Ya cuando me hice un hombre, mis visitas fueron esporádicas y siempre motivadas por algún hecho luctuoso-la muerte de algún familiar casi siempre-, y las cosas parecían haber cambiado. Mis primos tenían hijos y se quejaban amargamente de que su lengua natal -el español-, estaba desapareciendo porque las autoridades, con la mirada complaciente del gobierno central, obligaban -quisieran o no-, a aprender y estudiar en catalán, lo que suponía para ellos un fracaso escolar que los condenaba a seguir siendo personas con trabajos de segunda y tercera fila, no especializados.
Entonces no me di cuenta. Pero todo aquello era el principio de un elaborado plan oculto, que ha devenido en los sucesos actuales.
Desde que se promulgó la Constitución del 78, con las cesiones a los nacionalistas, todo estaba preparado: 
1. Lo primero fue borrar el español de las escuelas. 
2. Lo segundo, inventarse una narración mítica de la historia de Cataluña. 
3. Mostrar una cara amable al resto de España por parte de la Generalidad, ayudando al buen gobierno de España, eso sí, no por fervor patriótico sino a cambio de concesiones y más concesiones.
4. Con el fenómeno de la inmigración, la política de las instituciones catalanas fue obvia: que no vengan sudamericanos, que hablan español (Madrid, 42%, Cataluña, . Mejor de otras latitudes, aunque haya que subvencionarlos, porque a estos les enseñaremos catalán y formaran parte de nuestra sociedad. Una posible masa de votantes independentistas.  
5. Lo siguiente -y no se rían-, fue una dura campaña contra el Real Madrid, presentándolo como el equipo del franquismo, del régimen; una institución basada solamente en el dinero y la altanería, en contraposición al Barça, que apoyaba la cantera y los valores seculares de humildad y buen hacer de los catalanes. Esta campaña consiguió que el Real Madrid, fuese recibido con odio en casi todos los campos de España y por ende que hubiese cierta inquina hacia Madrid y todo lo que representa como Capital del reino.
6. A continuación, el objetivo fue la monarquía. La campaña contra el Rey fue feroz -apoyada por la izquierda más recalcitrante-, que culminó con la abdicación y la petición de perdón de Juan Carlos I -¡insólito!-, por irse de caza. Todos los méritos del hombre que trajo la democracia a este país se borraron de un plumazo. Así, sin más.
7. Y ahora, el plan oculto ha llegado a su éxtasis, promoviendo un referéndum ilegal, con el fin de quitar el derecho de  los españoles a decidir sobre el suelo de España, que nos pertenece a todos.
Un líder político dijo que poner urnas nunca puede ser ilegal, que todo se puede votar porque esa es la esencia de la democracia. ¿Aceptaría ese líder un referéndum -por ejemplo-, sobre instituir de nuevo la pena de muerte, o sobre si los negros deben ser expulsados de nuestro país? 
Hay ciertos límites y para ello nos hemos dado una Constitución y leyes que la desarrollan. Para ello hemos firmado tratados internacionales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por eso somos una democracia, mejor o peor; perfecta o imperfecta, pero una democracia al fin y al cabo, donde mis hijos tienen la posibilidad de estudiar en su idioma materno, donde hay tribunales que garantizan mis derechos y donde puedo criticar, sin insultar,  al gobierno, a los políticos y sus decisiones, sin miedo a ir a la cárcel o desaparecer una madrugada sin que nadie sepa nada más de mí.
El plan oculto del independentismo se ha quitado la máscara. Veremos qué es lo que ocurre. Pero, ¡ojo, mucho cuidado! La chispa violenta puede saltar en cualquier momento, en una discusión de bar o en un altercado vecinal. Los conflictos comienzan así y no debemos dejar que esto ocurra.
Es necesario que todos los españoles estemos alerta y no lo permitamos. Es obligación del gobierno de la nación y de los partidos que dicen amar a España (no solo para gobernarla), evitar la secesión de Cataluña y hacerlo sin sangre en las calles.
Y sobre todo es necesario que los independistas catalanes, que hace tantos años prepararon un plan oculto, se percaten de que la unión hace la fuerza y la desunión la debilidad.
Espero que no ocurra, por el bien de todos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

En Marcilla, ¡buenos días!


Quiero felicitar a Navarra confidencial por este artículo tan claro y a Mario Fabo, alcalde de Marcilla por la defensa explícita que hizo del castellano e, implícitamente, del PAI y de la pertenencia, sin complejos, de Marcilla a la zona no vascófona.
Sabrosos comentarios de Facebook


Incidente en Marcilla: 
lo difícil no es decir “good morning” o “egun on”, lo difícil es decir “libertad”
La apertura del curso académico tuvo ayer un momento noticiable en el IES Marqués de Villena, en Marcilla, debido a un cruce de declaraciones entre Mario Fabo, alcalde de la localidad, de UPN, y la presidenta Barcos.
Fabo comenzó su intervención dando los buenos días en castellano y añadiendo: “bueno, como no sé euskera, good morning”. Las palabras del alcalde alborotaron extraordinariamente a Uxue Barcos, Ainhoa Aznárez y María Solana, que asistían al acto. De hecho, al tomar posteriormente la palabra, Uxue Barcos comenzó su intervención respondiendo que “Es mucho más fácil decir 'egun on' que 'good morning'”.
Se equivoca sin embargo Barcos al pensar que lo difícil es decir “good morning”; lo difícil es decir “libertad”. A este respecto, el nacionalismo tiene algunos problemas graves a la hora de decir, en cualquier idioma, “libertad”.
Demasiado tiempo insultando a toda Navarra
Primero porque practica abierta y reconocidamente la así llamada “discriminación positiva” de los vascoparlantes. El término discriminación positiva, sin embargo, desde un punto de vista racional es puro marketing. La discriminación negativa de los negros era simplemente discriminación positiva de los blancos. La discriminación positiva hacia alguien necesariamente implica la discriminación negativa hacia otro. No hay discriminación positiva, sólo discriminación.
Segundo porque el nacionalismo pretende, también declaradamente, que el 100% de los navarros hablen vascuence. Esto es evidentemente distinto, incluso incompatible, con que el 100% de los navarros hablen lo que quieran con libertad. Malamente se va a conseguir que el 100% de los navarros se conviertan en vascoparlantes sin tener que forzar en alguna medida su libertad. 
Tercero porque el nacionalismo ha creado y defiende un supuesto derecho a vivir en vascuence, en virtud del cual si alguien se dirige a mí en vascuence yo le tengo que contestar en vascuence, excuso decir si además soy empleado público. El supuesto derecho a hablar en vascuence genera automáticamente una supuesta obligación de responder en vascuence. Es decir, se crea una obligación de responder en vascuence incompatible con la libertad. Naturalmente no se reconoce algo así como el derecho a no vivir en vascuence.

El vascuence será lo que sea, ¿pero fácil?
Hay al menos dos elementos que juegan bastante en contra del vascuence: el primero de ellos su dificultad y el segundo su utilidad. 
Cuando alguien aprende vascuence, no amplía el perímetro de personas con las que puede relacionarse, resulta que sigue pudiendo hablar exactamente con las mismas personas con las que ya podía hablar en español. Aprender vascuence, por tanto, aparte de ser difícil, no tiene sentido desde el punto de vista de la utilidad[se olvida el autor del acceso a la administración], aunque sea muy respetable aprenderlo por otras razones, sean sentimentales, familiares, culturales o ideológicas, pero no por la utilidad. Si hablamos de utilidad, además, está claro que es mucho más útil aprender inglés que vascuence. Observando el ranking de las mejores universidades del mundo está claro -otra cosa es que nos guste o no- que el mundo de la ciencia y el conocimiento se maneja en inglés, y el del comercio también. 
Juan Manuel Fernández Pacheco
Marcilla, 1650-1725 primer director
de la Real Academia Española
Teniendo en cuenta que el cuatripartito tiene paralizado el PAI para toda la gente navarra de clase humilde, es posible que el “good morning” del alcalde de Marcilla fuera por ahí.
Por último, volviendo aldiscurso del alcalde, al margen de la anécdota, interesa subrayar que se centrara en la exaltación del castellano, y mencionara a los “novatores” que, en un momento de “decandencia social”, hicieron que los españoles cobraran conciencia de su propia historia y del patrimonio de su cultura. Fabo señaló que en los momentos actuales que vive España “quizá tengamos que volver a tomar conciencia de nuestra verdadera historia y de nuestra cultura, donde nuestra lengua (el castellano) es parte importante y fundamental del progreso de nuestra tierra”.

Da gusto oír hablar de este modo a un alcalde de UPN. Una de las razones por las que el nacionalismo avanza y los demás retrocedemos es que ellos están orgullosos y nosotros avergonzados. Puestos a tener que elegir, ¿quién preferiría formar parte de un grupo de personas avergonzadas, en vez de un grupo de personas orgullosas de lo que son?

sábado, 16 de septiembre de 2017

Puigdemont, pasión catalana y sangre andaluza


"La novena provincia" de Andalucía
Casi la mitad del total de los andaluces que salieron de su tierra en la segunda mitad del siglo XX, unos dos millones de personas, se instalaron en Cataluña, a la que se llamó, acaso de forma exagerada, "la novena provincia" de Andalucía. 
 El antecedente del fenómeno migratorio está en el éxodo rural a Barcelona vivido en la provincia de Almería entre 1916-20, a causa de la decadencia de la minería (bisabuelo y la abuela materna de Puigdemont) y las viñas.
El rechazo a los inmigrantes se visualizó en pintadas como "Xarnegos fora!" y el "Aquí termina Cataluña", que se podía ver a la entrada de algunos barrios. Un caso extremo que aparece en algún estudio es el uso del calificativo "trogloditas" para referirse a las personas que vivían en las cuevas próximas a Barcelona, como publicó el periódico Solidaridad Nacional el 7 de septiembre de 1949: "Nos referimos a auténticos trogloditas, o sea gentes que provienen de los poblados subterráneos que abundan en las provincias de Jaén, Murcia y Granada".

Sangre andaluza
Carles Puigdemont el impulsor del independentismo catalán tiene sangre andaluza: su abuela de Jaén y sus bisabuelos, mineros de Almería.
Fototeca Municipal Sevilla. Archivo Serrano, 1961
La hija joven de los almerienses José Ruiz y Joaquina Toledo, Manuela, contrajo matrimonio en Barcelona con el catalán Carles Casamajó Ballart, precisamente el abuelo a quien el presidente debe su nombre de ‘Carles’, según él mismo ha confesado. 
Manuela murió muy joven, en 1939, con tan solo 34 años. Se cree que fue de tuberculosis. De las tres hijas que tuvo, dos también se vieron arrastradas por esa cruel enfermedad. Sobrevivió Núria Casamajó Ruiz, la madre de Puigdemont, aunque solo tenía cuatro años cuando se quedó huérfana.
El marido de Manuela, Carles Casamajó, huyó a Francia el mismo año de fallecimiento de ella, dejando en manos de un familiar a la única descendiente que sobrevivía, Núria. El yerno del matrimonio almeriense Ruiz-Toledo pasó por varios campos de refugiados y murió en 1943.
Núria se casó con Xavier Puigdemont y vive todavía.

El vídeo de Sinfiltros
Sinfiltros ha viajado hasta el pueblo de La Carolina, en la provincia de Jaén, donde nació Manuela, la abuela de Carles Puigdemont. Allí visitan el ayuntamiento donde les informan que en una visita de varios alcaldes a 1200 emigrantes andaluces que viven en la localidad catalana de Valls, le hacen entrega al líder del gobierno catalán de la partida de nacimiento de su abuela, Manuela Ruiz Toledo, hija de Juan Ruiz Valdivia, natural de Dalías ( Almería) y por consiguiente bisabuelo del presidente catalán. Al encuentro acudieron cuatro alcaldes jienenses que han dado fe de ello.



Quiero agradecer a mi amigo Alfredo I. el material que me ha enviado para hacer esta entrada

viernes, 15 de septiembre de 2017

Gracias, Maria Teresa

Maria Teresa Castells, en una imagen de archivo, en la librería Lagun de San Sebastián. / USOZ
Los cursos desde el 79 al 88, nueve cursos, los viví en San Sebastián. Coincidiendo políticamente con Ignacio Latierro, sentía como propios los constantes ataques a la librería Lagun (léase Lagún), la librería más atacada de Europa.
“Esa vez que quemaron bastantes libros se hizo una cola de personas que querían llevarse libros quemados, que no se podían ni leer. Yo misma me extrañaba de que hubiera tanto entusiasmo. Eran detalles que en ese momento salieron al aire. Sentimos muchísimo apoyo de la gente y en ningún momento nos sentimos solos. Un profesor cogió el libro más quemado y lo puso en su instituto para decir lo que nunca se debe hacer con los libros. Lo enmarcó y lo colgó”.

Cuando los vascos hacían cola para comprar libros quemados en ‘Lagun’
María Teresa Castells, fallecida este domingo, era la propietaria de la librería Lagun, un símbolo de resistencia a la dictadura franquista y la violencia de ETA

Una noche de enero de 1997, varios cócteles molotov atravesaron el escaparate, rompiendo los cristales de la librería Lagun de San Sebastián. Los grupos en apoyo a ETA entraron en el local, cogieron docenas de libros, los apilaron en la calle y les prendieron fuego. No sería ni la primera ni la última vez que esta librería, símbolo de la resistencia al franquismo, sufriría estos asaltos violentos. Una vez dejados atrás los ultraderechistas de la época franquista, era el turno a los proetarras. Solo en el año anterior, en 1996, había sido objeto de 20 agresiones y pintadas.
“Mi hijo Andrés estaba muy exaltado. Les dijo (a los ertzainas) que si ponían una bomba en Bilintx (otra librería de la Parte Vieja donostiarra) seguro que encontraban al culpable en seguida, pero si la ponían en Lagun no hacían nada”.
Maria Teresa Castells, junto a su marido, José 
Ramón Rekalde, en la nueva librería Lagun


Fallece María Teresa Castells, símbolo de la resistencia ante ETA y el franquismo
Castells acompañaba a su marido, Ramón Recalde, el 14 de septiembre de 2000, cuando la banda terrorista ETA atentó contra la vida del intelectual y político socialista y le tiroteó en la cabeza

María Teresa Castells ha fallecido este domingo a los 82 años de edad a causa de un atragantamiento. Ella abrió, junto a su marido Ramón Recalde e Ignacio Latierro, la librería Lagun en la Parte Vieja donostiarra. Lagun era el símbolo de la lucha por las libertades y de resistencia a la ideología franquista y desde que llenara sus estantes de libros en 1968, tuvo que hacer frente a la censura y, con ella, a los ataques de grupos de ultraderecha. 
En los años 80, llegó el turno de los radicales abertzales. Era habitual que en sus cristales aparecieran pintadas de amenaza. Eso cuando no amanecían rotos, junto a decenas de libros tirados en el suelo con las hojas chamuscadas. Castells recuerda que con ETA “era para meterse en la cama a dormir y no querer saber nada”. La librería sufrió ataques durante toda la Navidad de 1996.

Un profesor de instituto compró el libro más quemado, lo enmarcó y lo colgó en su aula.
Pero que los libros quedaran ennegrecidos, casi inteligibles, pareció no importar a los donostiarras, que se acercaron en masa a la librería para hacerse con uno. Querían mostrar su solidaridad y transmitir su apoyo de tal manera que, en una de estas ocasiones se formó una cola de personas ansiosas por comprar esos libros quemados “que no se podían ni leer”. Castells recordaba un caso concreto, el de un profesor de instituto que se encontraba entre estos compradores. No dudó en coger el libro más quemado, enmarcarlo y colgarlo en su instituto. De esta forma quería decir “lo que nunca se debe hacer con los libros”.

Una voz que no pudieron callar
La voz de María Teresa Castells siempre sonó fuerte, incluso en los momentos más difíciles donde lo fácil hubiera sido callar, huir o esconderse. Recordamos hoy sus palabras, pronunciadas siempre bajo el peso de las amenazas y la violencia:
  • "Los que han hecho esto pueden estar seguros de que no nos vamos a marchar de aquí. ¿Quiénes son los que a lo largo de la historia han atacado los libros? No hay más que una respuesta: los nazis y los fascistas". (Tras encontrarse los cristales de la librería rotos y los libros teñidos de pintura roja.)
  • ¿Necesito enseñar a algunos, en este momento, cómo la librería fue el lugar en donde se recogían fondos, también clandestinamente, para ayudar a los chilenos exiliados en el momento de la caída de Allende?
  • ¿Necesito decir que fui la única comerciante que sufrió prisión por intentar movilizar al comercio con el fin de evitar las ejecuciones de Txiki y Otaegui? [militantes de ETA ejecutados por la dictadura franquista].
  • ¿Necesito recordar cómo fui una de las fundadoras de la sociedad que se constituyó para apoyar a los comerciantes agredidos por los fascistas en el franquismo? 
  • ¿O me reprochan acaso una evidente verdad: que nunca he sido de ETA?
  • Las coacciones no me van a obligar a renunciar ni a mis ideas, ni a mis amigos, ni al trabajo de los que han formado conmigo lo que ha sido, lo que es y lo que será la librería Lagun".
María Teresa Castells ha muerto, pero las múltiples muestras de cariño dejan claro que nunca será olvidada

jueves, 14 de septiembre de 2017

Iriberri: Los cordeleros (2) Juanito Elizari

"Si no había trabajo, no había ganancia. En ocasiones hacían un camino en la nieve
para poder hilar en lo alto del Redín, sin más abrigo que la propia voluntad de trabajo"
Segunda entrega del trabajo que Iriberri hizo en el 84 sobre los cordeleros de Pamplona, más concretamente sobre la familia Elizari. Hoy se centra en Juanito Elizari. Los datos que hoy nos aporta José Miguel Iriberri van a provocar pequeñas discrepancias respecto a algunas fechas, que resolvemos gracias a la aportación de Arazuri.
Pamplona 84 La ciudad, de ayer a hoy
Los cordeleros (2) (lunes, 9 de abril de 1984)
Juan Ángel Elizari sigue en el Redín el oficio del padre
En 1948, a los 58 años de edad, después de haberse pasado la vida haciendo cuerdas por los fosos de San Nicolás y las murallas del Redín, muere Ángel Elizari. Pero la rueda y los forjeles del cordelero de Añorbe no descansan. Otras manos están prestas para seguir el oficio y ayudar a sacar adelante a una familia de ocho hijos. Son las de Juan Ángel. segundo de los hermanos, que aprendió a un tiempo a leer y hacer cuerdas, a jugar al irulario y darle a la rueda. Heredó del padre la misma destreza e igual gusto para soltar el cáñamo, idéntico sentido emprendedor y parecida capacidad de trabajo. Iba a ser otro cordelero de los de sol a sol.
Había nacido en 1920, en el número 12 de la calle Curia. Fue de párvulo a las monjas de la Catedral ("La Casita") y luego a las viejas escuelas de Compañía con don Fructuoso Reclusa. “Pero con diez años ya iba a darle a la rueda por donde hoy está el Labrit. Que le faltaba uno a mi padre, pues allí estaba yo. Podía ocurrir cualquier día, porque entonces no había papeles de trabajo. En la escuela andaba siempre por los últimos, claro…”
Sólo aprendiendo el oficio como se aprende a hablar,
se llega a tener la destreza que tuvo y tiene aún,
aunque ya no la emplee. Juanito Elizari soltando
el cáñamo que lleva en la cintura para sacar el hilo
Juan Ángel Elizari deja la escuela con 11 años y se va a trabajar con su padre, a hacer cuerdas, que era lo que más le convenía a la familia y lo que más le gustaba a él. Pero no se conformó con las cuatro reglas. A la caída de la tarde, cuando el padre levantaba los forjeles, Juanito se marchaba a la escuela nocturna del Centro Obrero, en la calle Calderería, y más adelante a las del Centro Mariano. La Guerra le coge con 16 años. En el campo faltan brazos para trabajar la tierra. A Juan Ángel le mandan a Imarcoain, a casa de unos tíos, con los que pasaría nueve meses.
«Estuve un año, pero me di cuenta de que la vida de labrador no era lo mío. Así que un día me cogí la bolsa y eché camino de Pamplona. Les dije a los padres que no quería volver. En el 38 me alistaron y me mandaron a Zaragoza de donde volví pronto a casa. No podía ir al frente por un defecto en el ojo derecho. Y a las cuerdas. Otra vez había mucho trabajo. Ahora, ya mayorcito, le ayudaba más al padre. A lo mejor le veía echando un poco la siesta y me ponía yo a hacer hilos».
Y en el oficio de las cuerdas seguiría hasta 1968 en que lo dejó, muriendo con él una tradición artesana pamplonesa. Año tras año, salvo un tiempo de trabajo con amianto en la Rochapea, respiró el Cierzo en lo alto de la muralla hilando las mejores cuerdas del mundo. Desde el derribo de las murallas de la puerta de San Nicolás, después de 1917, el cordelero Elizari (el padre) se trasladó a otra muralla, a la de detrás de la Catedral y la de Tejería. Sobre 1942, se fue con su hijo al Redín, donde trabajaban otros dos cordeleros más. Cuando hilaban detrás de la Catedral guardaban la herramienta en la poterna del baluarte (del Labrit) donde luego tendrían su almacén los hombres del Servicio de Limpieza, «pero en la Guerra lo utilizaban como refugio y nos dieron un local en el Cuartel de la Merced, que estaba en frente».
Años 60 en el Redín
¿Cómo era un día de los cordeleros, por ejemplo, de los años cuarenta, cuando Juan Ángel Elizari iba con su padre a trabajar al Redín? Lo recuerda perfectamente. «Vivíamos en Jarauta, en el 18, y antes de salir el sol, a las 6 de la mañana, pero hora de antes, el padre venía a mi cama y me decía: ‘¡venga, Juanito, arriba!’. Y a trabajar. Había que preparar la rueda, colocar los forjeles, llevar el cáñamo, instalar la romana. Si el trabajo era fuerte, venía algún hermano y hasta alguna hermana también. Sobre las 9 nos llevaban el almuerzo. Solía ir algún hermano, de paso para la escuela. ¡Menudos pucheros de patatas con chorizo! Teníamos pan y una sardina de cubo. Nos poníamos en un banco de piedra y ¡buen trago de bota! Mi padre decía que el que no bebía vino no podía trabajar. Al mediodía llevaba la madre la comida, otro puchero. Y a seguir trabajando hasta oscuro, parando a media tarde para merendar».
Un chaval a la rueda y Juanito Elizari soltando hilo
de cáñamo en el Redín, su último taller
Era un trabajo esclavo de la rueda, que no paraba, pero libre como el viento que dejaba sobre las piedras centenarias del Redín los rumores nevados del Sayoa. “¡Cuántas veces empezábamos con una escarcha así de gorda!”, recuerda Juan Ángel Elizari. Pero lo recuerda con más orgullo que otra cosa.
Eran trabajadores y patronos porque «vendíamos las cuerdas a Casa Larumbe, en la calle Mayor, Casa García. en Zapatería, a Álvarez, el guarnicionero, en San Antón, a Epifanio Goñi, en la Navarrería, los alpargateros, que entonces había muchos en la Ciudad». Trabajo entregado, trabajo cobrado, «eso era lo más bonito, no había trampas ni atrasos. Y en el verano, a guardar para el invierno, cuando no se podía salir a trabajar por la lluvia o la nieve».
Echando la vista atrás, el último cordelero se pregunta si aquel oficio era mejor que otros. «Entonces caías en el peonaje, se trabajaba los seis días de la semana si no llovía. Estábamos todos por un igual y yo creo que las cuerdas daban más. Con ellas sacó mi padre a los ocho hijos adelante».
Y con ellas sacó adelante a su familia el segundo de los seis hermanos. Con él terminará el gremio, en el Redín, en el final de los años sesenta, capítulo final que dejamos para el próximo lunes.
José Miguel IRIBERRI
1937: Juan, Blanca Esther, Ángel (padre) y Martín
Rectificación
Si algo tiene de bueno el ordenador, internet... frente al papel, es que se puede rectificar sobre la marcha. Decía Iriberri en el artículo anterior que esta imagen (izda) es de 1943, cuando Juan tenía 16 años. Y yo, basándome en ese dato, llegué a pensar que el niño que ponía el pie encima del banco en la imagen (abajo) de 1933, podía ser Juan, diez años antes. Estas fechas entran en contradicción con las que el mismo Iriberri aporta en esta segunda entrega: Juan Elizari "había nacido en 1920", "La Guerra le coge con 16 años"... 
Imagen de 1933 de los Elizari (mismo sitio que la de 1937)
Hay que darse cuenta que Iriberri escribió estos artículos en 1984, y que luego los datos de esta imagen fueron corregidos por el mismísmo Arazuri, quien nos detalla que la imagen es de 1937 (lo que cuadra con la fecha de nacimiento de Juan: 1920) y que, de izquierda a derecha, aparecen: Juan Ángel; sentada en el banco, Blanca Esther; el padre, Ángel; y -casi tapado por la rueda- Martín, hermano de Ángel, que también trabajaba de cordelero.

No os perdáis el álbum fotográfico que se va haciendo más completo
La trilogía de Iriberri termina en Iriberri: Los cordeleros (y 3) El adiós de Juanito Elizari