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sábado, 23 de noviembre de 2019

V. Juaristi: Los caminos de Navarra (2)

25.05.1917 Romería del valle de Erro a Santa María de Roncesvalles (Frankowski)
Los amigos de Juaristi salen en coche de Pamplona y tras comer en Burguete -con una simpática sobremesa, amenizada con versos- se dirigen a Roncesvalles. Allá, un misterioso vagabundo, en tono profético les dice: "Son tres los caminos de Navarra y no tienen principió ni fin en ella"

Cap. II
Llevaba el volante el mayorazgo de Azcona. Corno una flecha bajo el sol tibio del medio día primaveral, ganó el coche la altura de Urroz, dejando atrás algunos pueblecitos de caserío alineados en la carretera y espantando a las rubias vaquillas y la morena chiquillería de los gitanos que tienen predilección por los choperales y juncales de los remansos del Arga.
En la enorme plaza del pequeño lugar de Urroz, señalaron «la piedra de Roldán» un monolito que parece indicar la primera huella que acusa el paso del esforzado caballero camino de su muerte y de su inmortalidad.
Subirían por Erro, dejando para el regreso el camino por Aoiz, más señor, con el palacete entre renacentista y barroco de SantaCara y el jardín a lo indiano navarro, de los Elizondo, dominando el barranco con la vena azul del Irati, que lleva las maderas desde los bosques impenetrables hasta los dientes del aserradero.
Trigos y avenas vestían ya de un verde tierno y vibrante todas las laderas; más oscuro y húmedo el verde de los prados se encuadra con setos de espino recortado. Frente a las casas de gran portalada en arco, hay unos árboles con las ramas en candelabro.
La subida se hace rápida y tortuosa; el coche lleva siempre un precipicio a su derecha, pero no un abismo rocoso, dantesco como en los ventisqueros de Velate, sino mullido de tierra labrada en pendientes inverosímiles.
Comienzan los pinares apretados, negros y los bosques de hayas derechas con sus hojas nuevas; algunas tenían restos del follaje rojizo del otoño y del invierno. Vencido el puerto, hay que detenerse un minuto para gozar del panorama grandioso de caprichosos valles y revueltas cadenas de montañas que aún visten su ropón de nieve sobre las altas jorobas.
Mucho se abren los admirados ojos, pero más el apetito. Hay que llegar a Burguete antes de que se apaguen los fuegos de las grandes cocinas en que se doran los pichones y las truchas, cuando no las perdices y los salmones.
Otra piedra labrada con la imagen de María y el báculo cruzado de Roncesvalles, advierte que se entra en los dominios de la Colegiata, extensos aún, pero incomparablemente menguados si se advierte que en otros tiempos, los canónigos podían ir hasta su casa de Inglaterra sin poner planta en tierra y en barco que no fuera suyo.
Vizcarret, Espinal. Estas casas ya son distintas a todas las del país, con sus tejados en tanta pendiente que los aleros de algunas tocan al suelo; aún se conservan bastantes con tejas de madera verdinegra, y la casa muy blanca.
El rastro de Roldán y sus huestes carolinas se destacaba fuertemente desde aquí, en la imaginación de los tres amigos. Entraban en la altiplanicie extensa, verde, risueña que los soldados de Carlomagno debieron pisar con alegría, confianza, sin pensar en que pronto habrían de entrar en un angosto y hondo desfiladero donde les esperaba la emboscada, «la perfidia de los vascones» —dice dolorido Eguiardo, el narrador de la expedición.
Dejando cabalgar a los Doce Pares y al arzobispo Turpin, Azcona detiene el coche en Burguete a la puerta de una hostería que tiene como todo el pueblo, el semblante francés que anuncia la Navarra de Ultrapuertos, que fue políticamente segregada de la española, pero que sigue racial e industriosamente ligada a ella, como lo impone la orografía y la historia que trajo a reinar en Navarra a las Casas de Francia, de Champaña, de Fois, de Evreux, hasta que Fernando e Isabel clavaron las Cadenas junto al León, al Castillo y a las Barras aragonesas.
Un airecillo fresco a pesar del sol, invitaba a buscar abrigo. Transpusieron la cancela y entraron en el comedor caldeado por los ardientes leños de una gran chimenea que allí juega mucho papel hasta entrado el verano. Un griterío juvenil los acogió. En una mesa, una «muchacha» alegre que desde Pamplona había subido para ver la retirada del invierno y dar unos patinazos en las rezagadas nieves de Ibañeta, almorzaba con el buen apetito que dan los veinte años y cantaba con el corazón ligero. No consintieron que los recién venidos hicieran mesa aparte; se añadieron platos y se volvió a traer la humeante sopera.
—«Ni sopas frías, ni caras tristes» —exclamó Gaztelu—, como está escrito en el comedor del doctor. ¿Por qué no le han traído con ustedes? ¿Cómo lleva su monumento a Roldán?
—No ha venido, porque estaba con las manos en la masa de lo que llamamos cuerpo humano. Lo de Roldán marcha bien; esta semana se fundirá la campana que sustituirá a la que en tiempos pretéritos guiaba a los peregrinos compostelanos que se perdían en las nieblas y las nieves de Roncesvalles, —respondió Huarte—.
—Alfonso Gaztelu es una figura del Giotto, vestido al día, y con un espíritu entre florentinos cincuecentista y parisién del XX. De porte y sentimientos aristocráticos, muy artista, con verdadero talento de ilustrador de libros, «pero» dado a la abogacía... y a dejarse querer.
—Os tengo que enseñar unas acuarelas que le he pintado para un tomo de poesías de Frangois Villose, para regalárselas a una amiguita de San Juan de Pie de Puerto —dijo a los recién venidos.
—¡Oh todo es ahora para San Juan de Pie de Puerto! —exclamó, irónicamente una muchacha de ojos verdes que estaba a su lado.
Este almuerzo tiene la significación de un banquete de despedida. Nuestro amigo Alfonso, agotado por el trabajo de librar de las garras de la justicia a la chusma de los caminos, se va a reponer en la paz bucólica del vecino pueblo francés.
—¡Hagámosle unos versos macarrónicos a modo de brindis —propuso el ingenioso y gordo Cayela. —Yo empiezo:
—«Si tienes el cuerpo yerto,
pronto te calentarán
las cocinas de San Juan
(Todos) de San Juan de Pie de Puerto.
—Ahí va el mío, exclamó el delgado Irigoyen.
—«Si en tu alma hay desconcierto
gran consuelo te darán
los amigos de San Juan
(Todos) de San Juan de Pie de Puerto.
—Ahora tú, Jesusita —pidieron los comensales.
Se levantó la de los ojos verdes, llena de gracia y dijo con la copa en alto.
—«Si tu corazón ha muerto
te lo resucitarán
las damitas de San Juan
(Todos palmoteando) de San Juan de Pie de Puerto.
—¿No va más? —preguntó Gaztelu—. Entonces cierro la serie.
—«¡Pues hablásteis con acierto,
del buen vino escanciarán
para beber por San Juan
(Todos, arreciando el griterío) por San Juan de Pie de Puerto!
Siguió en este tono la comida. Hubo una discusión entre cazadores y pescadores, que derivó hacia entusiasmo gastronómico por la paloma de Echalar y por el salmón del Bidasoa. La mesa quedó dividida en dos bandos, como siempre ha sucedido en la Navarra de los partidos. Los de esta ocasión fueron llamados «palominos» y «salmonetes». Una proposición del novelista Esparza, puso término a la lucha.
—Las razones están dichas en unos versos o cosa parecida que hizo el doctor para una velada del Ateneo. Milagritos los sabe también. Los diremos y que perdone el Arcipreste de Hita la profanación.  

«COLOQUIO DE DON SALMON Y DOÑA PALOMA»
—Bebía una paloma posada en el lezón
del río Bidasoa, que está en país Vascón.
Nadando en sus orillas, la vido Don Salmón.
Sacando la cabeza le dixo esta razón.
—¿Porque bebis desta agua, sin la mi permisión?
Las aguas deste río de mi domeño son.
—Replica la paloma: —Digaisme, ¿por qué non?
Soy reina de los aires do flota el nubarrón.
Y cuando el trueno canta su horrísona canción
el cielo rompe en llanto y dice su aflicción
en hilos de agua limpia, que presto arroyos son.
Cuando se vierte en copos la blanca floración
de armiños viste el monte con gélido ropón
y luego el sol derrite la nieve del penón
y crece el cauz del río que es una bendición.
Sin mí, quedaréis seco, señor de Don Salmón.
—Yo seco y vos sedienta, a entrambos perdición.
—Marchad enhoramala, non deisme desazón.
—¡Faceros un agravio no ha sido mi intención!
En vez de ser pescado... quisiera ser pichón.
Dijera arrullos cerca de vuestro corazón.
—¡Folgaros con las truchas pero conmigo non!
Partíos, no os atrapen las redes de un butrón
orneis mañana mesmo la mesa de un glotón.
Y a vos, con su ballesta, no os hiera algún vascón.
¡Con Dios, Doña Paloma! ¡Adios, mi Don Salmón!

Una salva de aplausos y unas coronas de servilletas, a modo de turbantes, premiaron a los retadores.
Sorbido el café, se levantaron todos para seguir sus propósitos. Huarte y sus dos acompañantes hacia Roncesvalles, a un par de kilómetros de la hospedería, Gaztelu y dos muchachas, una de ellas su hermana, también artista, camino de Francia. Se quedaría él en San Juan y continuarían ellas hasta Pau, a donde Mari Tere Gaztelu iba invitada por una amiga, Franchette. Los demás tenían que volver en el autobús de las cuatro a Pamplona.
El camino de Burguete a Roncesvalles es una avenida abierta en el bosque, de una belleza grandiosa, serena. Las hayas corpulentas parecen ejércitos de gigantes que evocan la epopeya carolingia. Entre sus troncos dejan justamente el espacio para que los animales en libertad recorran los mil senderos que las altas hierbas y los helechos borran. Aquí, las morenas lanas de un rebaño de ovejas hacen movedizas manchas grises; allá unas vacas, unos novillos rubios se frotan el lomo contra las viejas cortezas. En pequeños galopes alocados, corren los potrancos y las yeguas cruzan la carretera; los menudos caballitos tienen un aspecto cómicamente infantil, con su cuerpo corto, su cabeza grande y sus patas larguiruchas y abiertas. Por todas partes se levantan grandes matas de espino, que en los valles tienden sobre el vacío un suelo florido y engañoso. Valles de espinos «Roncavallis» «Roncesvalles».
Bruscamente al final de la recta avenida se levanta con pesadumbre la pétrea mole de la Colegiata, con tanta traza de antiguo monasterio como de fábrica militar de la Edad Media. Al borde del camino una vieja cruz gótica, incrustada de liquen pardo y gris, trae el recuerdo de las antiguas peregrinaciones. Unas construcciones románicas ennegrecidas por los siglos, advierten su deseo de tumbarse para siempre sobre la tierra. La Colegiata se ha cobijado bajo unos enormes tejados forrados de zinc que ponen una nota agria en el verdor del paisaje. El conjunto es extraño, distinto de todo lo que se ve por ahí; da la impresión de estar en tierras y tiempos muy diferentes a los que vivimos, pero muy agradables. Hay algo que invita a quedarse y algo que advierte que toda aquella belleza es demasiado viril, demasiado fuerte, para colgar un nido que no sea de águilas; ninguna sensualidad, ninguna voluptuosidad en aquellos prados, ninguna tentación en la umbría de los bosques profundos, ninguna bienvenida en aquellos muros con aspilleras y matacanes.
Allí comienza a estrecharse y hundirse el barranco a cuyo paso, al caer la tarde oyeron las huestes de Roldán los cuernos y los irrintzis de los vascones. Cargados de pesados pertrechos tenían que ganar las alturas de Atzolizcar (Altobiscar, Astobizkar) por la calzada romana que luego comienza. Peñas y dardos caen sobre los francos y los dejan sin vida: uno, cien, mil, se cuentan entre los muertos antes de que la noche venga. Entre ellos están los mejores, la flor de los caballeros del gran emperador que luego vendrá a buscarlos mesándose la barba florida y dejando que el.dolor derrumbe su titánica fortaleza. En sus brazos morirá luego de pena la amada de Roldán, la bella Auda (Alda). Y aquella sangre hará brotar tres siglos después, en plena exaltación del espíritu caballeresco, la «Canción» épica, que escribe Turoldo, que los trovadores llevan por todo el mundo conocido, que levanta los ejércitos de la Cristiandad en la Cruzada de Occidente contra Oriente planeada por los cluniacenses, en la que España y Navarra con ella, pone su pecho. Aquella canción es el diamante de la poesía épica francesa y a sus destellos nacen o se abrillantan nuestros romances y canciones de gesta.
A Roncesvalles viene Bernardo del Carpio y arranca de las manos carolíngeas la corona de Castilla que el Casto ha cedido menguadamente al emperador. En Roncesvalles arranca Montesinos el corazón al caído Durandarte y se lo lleva piadosamente a Belerma...
Los ecos del olifante de Roldán resuenan siglos y siglos en las bóvedas legendarias de toda Europa. Pero en Roncesvalles se apagaron con el último aliento del paladín. Su espada Durindana (Durandarte), cuelga, multiplicada por la devota imaginación, en todos los Museos; pero de Roncesvalles desapareció antes que se borraran las hendiduras que hizo en la roca con el postrer esfuerzo de su dueño... ¡Nada, en Roncesvalles, de la Canción universal que en todas sus páginas dice el nombre de Roncesvalles! Nada más que las zapatillas del arzobispo Turpin..., que son las que Ximénez de Rada se calzaba muchos siglos después de lo de Roncesvalles, para descansar de lo de las Navas.
Estos eran los comentarios de los tres amigos cuando el auto se detuvo ante el portón de la Colegiata, al que llamaron. En este momento se acercó a ellos un mendigo, un vagabundo vestido con un ropón pardo y descolorido, unos viejos pantalones atados con cuerdas en los tobillos, calzado de albarcas recias y cubierta la cabeza con un sombrero santiagués que acusaba las lluvias y el sol que con dureza le habían caído encima. Saco al hombro, cayado al brazo, tendió la mano rugosa, parda como el resto de la figura.
—¡Una limonsa, hermanos, para un pobre de los caminos!
Sª Mª del Villar Almadías Esca
—Este, siquiera —dijo Azcona no es un «parado»— y le dio una moneda.
Huarte y Carlitos repitieron el gesto, observando con curiosidad el típico porte del vagabundo. Pero algo había en él que le destacaba del vulgar mendigo; cierta nobleza, un menor desaliño, una mirada más viva, sin la falsa humildad del pedigüeño plañidero. Carlitos, añadió sonriendo:
—Me parece que nos hemos visto más de una vez, hermano pobre.
—Más de una vez me han socorrido por Dios, en la Casa-Torre de los Garcés —contestó el mendigo en voz baja y con una ligera reverencia.
—Lejos está mi casa. Bien corre el hermano viejo los caminos, que son muchos y largos.
Después de un silencio, el vagabundo habló con tono profético.
Guerrero navarro
—¡Son tres los caminos de Navarra y no tienen principió ni fin en ella!
—Uno es el surco de la tierra que empezó en el paraíso perdido y terminará en la última tumba; pasa por delante de todas las cabañas y de todos los cementerios. Otro es el rastro de la sangre y va desde Caín a los Infiernos y pasa por delante de las tabernas y de los presidios, y de los palacios y de los campamentos. El otro es la nube de incienso, desde la eternidad del Creador a la eternidad del Justiciero y pasa por delante de las Casas de Dios y de las almas de los justos. Siga cada cual su camino, como yo el mío con el amparo de la misericordia divina, que a vuestras mercedes no les falte.
Bajó la cabeza encanecida, requirió la cayada y echó a andar hacia las nieblas que bajaban con rapidez de los altos, borrando el paisaje y envolviendo a los bosques como en la humareda de un incendio sin llamas.
Reparto sopa  Mº de la Oliva
—Nos ha dicho unas cosas profundas el viejo, voy a escribirlas —dijo Azcona— tomando notas en un cuadernito.
—Verdaderamente —dijo Carlitos— esos son los caminos de Navarra, y quizá los del mundo; pero aquí en Navarra se pueden señalar con una raya parda, con una raya roja y con una raya blanca, bien destacadas. Algunas veces se entrecruzan. El camino de la tierra, que es el gran trabajo; el de la Mejana, el de las Bardenas, el de la Montaña, el de lós carboneros, el de las almadías... Y el que hacen los navarros en el Canadá y en Filipinas...
—El camino de la sangre, el de la violencia de los vascones, de los aquitanos, de la Gran Compañía, de las matanzas de los burgos y de las juderías, de los agramonteses y beamonteses, de los conquistadores, de los virreyes, de los carlistas y de los liberales, de los cazadores y de los lobos —añadió Azcona.
—Y el camino blanco, de los monasterios y de los santuarios y de los endemoniados, de los apóstoles, de los misioneros... —decía Huarte, cuando abrieron el portón de la Colegiata y se hundieron en la sombra de sus entrañas de piedra, en busca del Corazón de los Cuatro Clavos.

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