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domingo, 24 de junio de 2018

J.M. Romera: "No me toquen al Santo"

Josemari Romera, un escritor como la copa de un vino
Cuando entreabrí los ojos, en la penumbra de la habitación, vi una cara muy morena, de un ser con una camisa de un blanco impecable y pañuelo rojo. Aturdido por la anestesia, me dije: "moreno... expresión bondadosa... ¡blanco y en botella! ¡San Fermín, sin mitra ni báculo, vestido de pamplonica, que me recibe en el cielo!".
Fue la impresión del primer instante. Enseguida, en el instante siguiente, reconocí a Josemari Romera quien, de pie, enfrente de mí, había estado esperando a que despertara de la operación y, ahora sí, sonreía con una mezcla de burla y compasión, como si se diera cuenta de mi despiste.

Lo que hoy vais a leer no es cualquier cosa.  Se publicó en el Navarra hoy del 14 de julio de 1982. Llevo muchos años detrás de él. Este artículo de J.M. Romera, escrito algún tiempo después de mi cogida, recibió en 1982 el Premio periodístico internacional 'San Fermín'. 
Desde entonces, y muy especialmente desde hace diez años, cuando empecé con el blog, he revuelto cielo y tierra para encontrarlo. Hace unos días, Josemari, sabedor de mis infructuosas pesquisas, dio con él, me lo envió y me hizo feliz.
Por lo que os he contado, comprobaréis que Romera conoce de primera mano el tema, que escribe 'a pie de obra' y que es un escritor como la copa de un vino (más apropiado que la de un pino).

No me toquen al Santo,                                                            por José María Romera
Hay santos severos, hieráticos, inasequibles y tristones, a los que conviene dirigirse con circunspección, arrobo y etiqueta y cuya veneración comporta mucha disciplina y sacrificio, mucho cilicio, mucha letanía, todo un procedimiento administrativo de ventanillas y pólizas.
A San Fermín, por el contrario, le va más la vía doméstica, el roce amigable y fraternal; atiende mejor si se le apea el tratamiento:
- Ferminico, oye, a ver si me arreglas lo de las letras, anda
- Fermincho, saca del apuro al abuelo, que de ésta dobla la servilleta
- Vale, moreno, tío, que te has portado
Y así, con esa familiaridad y esa campechanía, el santo diligencia favores a mogollón entre la parroquia, menuda clientela tiene el Santo; agradéceselo el personal a su manera, o sea, bautizando a los hijos o estableciendo vínculos matrimoniales a su vera, aquí la novia, aquí un amiguete de siempre, o salmodiando su nombre en las cenas, a la hora de los cánticos regionales, que es momento de mucha emoción y cuando se abren los corazones.
Y esta prodigalidad del Santo alcanza su grado máximo en fiestas, y de modo singular en los encierros, donde, por hacer uso de metáfora harto socorrida, San Fermín pone toda la carne en el asador aplacando a la torada, aligerando pies modorros y regulando, en suma, el tráfico durante el trayecto; testimonios sobran, y tanto que sobran, de tan benéfica tarea, pero no está de más hacer recordatorio de algunos para acallar a toda esa patulea de volterianos que no acaban de creérselo.

1. Díganselo a Pachi, que fue alcanzado por la manada en la Plaza Consistorial, sin que —error de cálculo, imprecisión cronológica, canguelo— tuviera tiempo de calentar motores, inmóvil como esfinge; las instantáneas ofrecen la imagen de un Pachi sorprendido de cara a una fiera de tamaño familiar, en raro ademán de tomar asiento y como tratando de explicarle —Pachi es profesor de filosofía— los pormenores del imperativo categórico kantiano, que viene a decir, y traduzco libremente, no vayas a joder al prójimo más de lo que a él le puedas consentir en el caso recíproco, un principio muy sabio pero de dudosa aplicación al ganado de lidia, como cualquier lector avispado puede muy bien suponer; el morlaco, claro, ni flores, le soltó un viaje al costillar —hay fotos del crucial instante— y lo mandó a tomar por saco hasta el bordillo de la acera (Almacenes Gutiérrez, textil en general), donde lejos de aplacar sus modos optó por ensañarse con Pachi, un guiñapo a estas alturas, lo puso en las cuerdas y allí le anduvo trasteando un rato con la noble pretensión de sacarle el mondongo; el momio claramente inclinado a favor del toro, nada daba un adarme por el mozo; pero el Pachi salió, vaya que si salió, del trance y a los pocos días estaba como nuevo.

2. Mayor difusión, alcanzó, en virtud de la condición forastera de la frustrada víctima, otro sucedido; y fue que un fotógrafo insensato tuvo la ocurrencia —hay quien muerde esquinas, quien se almuerza ración de escarpias— de opositar al Pullitzer del año colocándose en mitad de la calle con todo el cargamento de cámaras; oiga, advertía al morlaco que a la sazón comandaba la comitiva, dispongo de carnet de prensa y colaboro fulltime con el Newsweek, yo soy alguien, le decía el incauto, y le exijo el trato adecuado a mis merecimientos; y el toro, no puedo hacer distingos, usted me perdone, disuélvase o cargo; y cargó, y con mucha violencia; mas dispuso el Santo que, marrando el golpe, enganchase al audaz reportero por el correaje y lo arrastrara de tal guisa hasta los aledarlós de la Plaza; y en este lugar soltó el lastre, magullado pero indemne, del fotógrafo, quien a falta de mejor galardón se llevó algún zurriagazo del mocerío; desde entonces todos los días siete del mes de julio, indefectiblemente, llega por correo aéreo de Cincinatti, USA, un cirio para ser puesto a los pies de San Fermín.

3. Y por no aburrir va el último, escogido al azar entre los incontables sucesos de cuyo feliz desenlace se infiere la mano del Santo; y fue un cantamañanas, que, ancha es Castilla, se paseaba, no se sabe si sonajas o briago, que ambos son estados de muy semejante sintomatología, se paseaba, digo, por mitad del coso a la hora de la verdad; uy, a éste, se musitaba en los tendidos, a éste lo empapela el miura, este deja de fumar hoy mismo, va dado el pájaro; y bien que acertaron, porque un bicho algo cojitranco y que a mayor abundamiento venía bastante avisado lo vio y se dijo, es la mía, al garlopo éste me lo afeito en seco, y hacia él fue; del primer envite le despojó de camisa; del segundo, de pañuelo, y así sucesivamente hasta acabar la faena dejándolo sin un retal encima del cuerpo, con las miserias bien visibles, pero sin señal de rasguño, un milagro como una catedral; dicen que vuelto al siglo anduvo como alma en pena hasta que un funcionario municipal le procuró asilo en el psiquiátrico, donde fue dado de alta a los pocos meses, los pocos días o los pocos años, en este detalle difieren los cronistas, pero el caso es que conservó la vida, que no es moco de pavo.

Así que, atención, descreídos, gentuza que duda de la autenticidad de estas entrañables devociones, gañanes que no creen ni en Dios ni en la madre que nos vistió, atención que aquí se toleran muchas cosas; arrasen los jardines, acaben con todas las existencias de morapio de la ciudad, se mofen de las autoridades, ensucien las calles, griten, bailen, hagan lo que se les ponga en las partes, pero cuidado con esas risitas, esas muecas de sorna y choteo al paso del desfile procesional, esa falta de respeto al brillante palmarés de San Fermín; aquí se consiente mucho, pero ojo en materia de cultos, al Santo no me lo toquen, no me toquen al Santo, que me enciendo.

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