Páginas vistas en el último mes

miércoles, 24 de diciembre de 2008

La última maestra de Peña

 ... giré la vista hacia el norte y ¡allí estaba!: encima de una roca inmensa...

Aunque tenía la certeza de que Doña Benigna ya habría muerto hace tiempo, llevaba conmigo la carta que había encontrado en el desván. Estaba, junto con otras cartas anteriores, rodeada por una goma, al lado de un viejo libro, de una enciclopedia, de esas que de niños se usaban en la escuela.
Había comprado en Gallipienzo la casa de la maestra. En aquella casa había muchos libros de la escuela, cuadernos de ortografía y hasta pizarras que usaban los niños. Muchas veces los había ojeado y había recordado mis tiempos de escolar, el tintero en el agujero de la mesa, la estufa, el mapa de España, el Ángelus, las tablas de multiplicar, las canciones.

Haz favor de pinchar sobre la imagen
Aquella carta nunca llegó a su destino. Doña Blasa, así la llamaban en el pueblo, murió repentinamente y quién recogió la carta no se molestó en hacérsela llegar a su destinataria, Doña Benigna, la maestra de Peña. Pero, al menos, la guardó en el desván con el resto de sus escasas pertenencias. Y nadie había vivido allí hasta que yo compré la casa. Así que encontré intactos todos aquellos papeles que para mí eran un tesoro.
En la carta Doña Blasa le contaba a Doña Benigna que no se encontraba muy bien y que ya no se sentía con fuerzas ni humor para resolver el problema y el acertijo que le había enviado en una carta anterior. Las dos amigas, maestras ambas, además de contarse sus cosas, solían ponerse problemas en su correspondencia. Leyendo las cartas de Doña Benigna me quedé prendado, además de por la letra tan bonita que tenía la maestra de Peña, por la agudeza intelectual que tenían los problemas, inventados al parecer por ella, que le planteaba a su amiga.
No sé qué tienen los papeles viejos, pero uno enseguida quiere ponerles cara a quienes los han escrito y se siente identificado con quienes en ellos aparecen. ¿Quién sería Doña Benigna, cómo sería el pueblo de Peña que veía en la lejanía desde mi misma casa...? Así que, en la primera oportunidad, cogí mi flamante Dos Caballos y me dirigí hacia allì, por si en ese pueblo encontraba algún indicio de la que fue su maestra. El pueblo había sido abandonado hacía algunos años (a mediados de los 50) y, quizás, Doña Benigna estuviera enterrada en su cementerio. Dejé el coche en Torre y, al pasar junto a su ermita, me llamaron la atención unas estelas, provenientes del pueblo de Peña, que habían sido bajadas hasta allí. Miré y remiré, pero no encontré en ellas ni rastro de Doña Benigna. Así que seguí la Cañada de los Roncaleses hacia Peña.
La subida se me hizo dura. El asma no me dejaba respirar, y contemplar el paisaje era una buena excusa para parar y tomar un poco de aire.
Por fin, en un recodo, giré la vista hacia el norte y ¡allí estaba!: encima de una roca inmensa, de una sola pieza, (luego comprobé que era una pudinga) apareció el pueblo con su muralla y su torreón. Muy pocas casas permanecían en pie. Me hice muchas preguntas: ¿cómo podría sobrevivir aquella gente, sin tierras de cultivo, sin contacto cercano con la gente de la llanura? Quizás con la ganadería, con las cabras, rebaños de ovejas... Luego leí que ya estaban catalogados en Peña talleres de sílex del paleolítico. Es admirable cómo pudieron adaptarse a esas condiciones, durante miles de años, toda la cadena de generaciones de nuestros antepasados.

La entrada sur del pueblo hace que uno entienda por qué Peña fue una fortaleza. Entre la muralla y el precipicio no hay más remedio que pasar por debajo del arco, expuesto a lo que podía caerte desde los matacanes. Estuve mirando por las ruinas, queriendo encontrar algún rastro de la escuela. Pero, en vano. Así que decidí volver sobre mis pasos hasta el arco de entrada y subir al cementerio.
En una carta Doña Benigna le contaba a Doña Blasa que un domingo 11 de noviembre de 1943, a la salida de misa, oyeron un gran estruendo y vieron caer un avión muy cerca del pueblo. Ella misma organizó a los hombres para que fueran a socorrer a las posibles víctimas y apagar el incendio. Encontraron al piloto, ya muerto, y le dieron sepultura. Desde entonces, los domingos después de misa, la maestra subía hasta el cementerio, limpiaba un poco todo y ponía unas flores en la tumba del inglés, como se empezó a llamar cuando miembros del ejército británico colocaron una lápida en la tumba de aquel joven.
La cuesta era muy empinada. Me imaginaba cómo harían para subir a los muertos hasta allí. Seguramente con algún burro. Llegué sofocado hasta el cementerio. La puerta de madera chirrió y se atascó un par de veces hasta que pude abrirla.
Efectivamente, allí estaba la tumba del inglés. Tenía puestas unas, ya secas, ramitas de boj. Leí la lápida y me traduje malamente lo que en ella ponía. Y le puse unas ramas nuevas.
Había otras lápidas rotas por el suelo y alguna estela incrustada en el muro, pero ni rastro de Doña Benigna.

Imagen cedida por Iñaki Ustarroz
Ya me iba, cuando un mirlo salió gritando escandalosamente del interior de unas espesas zarzas en una esquina del cementerio. Me asusté y me quedé mirando. Enseguida volvió y se metió por donde había salido: una especie de túnel bajo las matas. Me agaché y, al final del corredor, vislumbré lo que podría ser una tumba.
Saqué de la mochila el chubasquero y me puse los guantes de trabajo. Reptando, fui apartando los pinchos hasta llegar a los restos de una lápida. Reuniendo los trozos conseguí formar la lápida más increíble que jamás había visto:

Aquí yago yo, Benigna Landa,
maestra que he sido, durante
los dos últimos tercios de mi vida,
de este pueblo de Peña.
He dejado este mundo en 1950,
cuando tenía la edad de las dos
últimas cifras del año en que nací. (1)

¡¡¡Genio y figura!!!


NOTA DEL AUTOR: Se trata de un acertijo novelado. He tenido noticia de que algunas personas han ido a Peña buscando la tumba de Doña Benigna. Pido disculpas por no haberlo dado a entender más claramente. Aunque, dicho sea en mi descargo, siempre, con cualquier excusa, aunque sea un poco engañado, merece la pena subir a Peña. De todas formas, que quede claro: la tumba de Doña Benigna ni existe ni existió. Mira, por gentileza de Jesús Eslava, algunos datos de Peña de 1944:

(1) Doña Benigna murió en 1950 con 75 años, las dos últimas cifras del año en que nació: 1875

Nota: Si deseas ver más acertijos y problemas...

Mikel Navarro me señala este vídeo de Cuarto Milenio en el que Peña es el tema central:

13 comentarios:

Anónimo dijo...

Aunque te he mandado la solución del problema al correo que tienes en tu página web(los enlaces funcionan) te la transcribo a través de este foro por si alguno más le "pica" la curiosidad:

LA EDAD DE DOÑA BENIGNA

Los números pueden representarse por cifras a las que se le puede dar el valor que tienen por su posición.
Así el número 1950 tiene cuatro cifras y su valor es 1*1000 + 9*100 + 5*10 + 0 .
El año de nacimiento debe ser 18XY (no puede haber nacido en el siglo veinte pues la única solución posible sería 1925 y morir con 25 años. No parece edad para haber estado trabajando dos tercios de su vida).
Para poder expresar la edad con los años de nacimiento y defunción tenemos que recurrir a restar con el valor posicional de las cifras:

“1950” – “18XY” = 1*1000 + 9*100 + 5*10 + 0 –( 1*1000 + 8*100 + X*10 + Y) =

150 -10X –Y y como deber coincidir su edad con el valor que dan las dos últimas cifras del año de su nacimiento (“XY” = 10X + Y) tenemos que

150 -10X –Y = 10X + Y y por tanto 20X + 2Y = 150 ecuación diofántica (soluciones enteras) que puede resolverse fácilmente pues los valores de X e Y son números enteros de 0 a 9.

Si simplificamos la ecuación dividiendo ambos miembros por 2 y despejando Y tendremos:

Y = 75 – 10X ahora vamos dando valores a X entre 0 y 9 y calculamos la Y correspondiente, que también debe estar entre 0 y 9.
Es sencillo comprobar que la única solución con estas características es que X = 7 e
Y = 5.
Si hubiéramos planteado la fecha de nacimiento en el siglo 20 la ecuación resultante, que se plantea de forma similar con 19XY como fecha de nacimiento, da la ecuación
Y = 25 -10X que tiene como única solución factible X = 2 e Y = 5. En consecuencia debiera haber nacido en 1925 y tener 25 años al final de su vida, lo que no es aceptable en las condiciones antes comentadas.

En consecuencia Doña Benigna nació en 1875 y falleció en 1950 a la edad de 75 años.
Que Dios la tenga en su gloria.

Angel Mateo. 29 de diciembre de 2008

Anónimo dijo...

Asunto: Re.: Solución al problema de la edad de Doña Benigna
De: Patxi Lizarrondo Cirauqui
Fecha: 30/12/08 0:42:16

¡¡Bárbaro!!

He de reconocer que mi sistema fue más rústico pero llegué al mismo resultado. Probando año por año a partir de los 60 de edad y viendo si era o no válido.

Lo tuyo me ha dejado con la boca abierta. Enhorabuena.

patxi mendiburu dijo...

Vaya con Angel Mateo! Menuda solución tan curiosa ha dado al problema de la edad de Doña Benigna! Los que somos de letras nos quedamos, además de alucinados, con un palmo de narices porque no nos enteramos de nada. Te imaginas Ángel al Patxi entre los pinchos, reptando...
Yo lo que hice fue sumar los últimos 150 años y dividir por 2 y ya está. Pero la tuya es para enmarcar. Gracias Ángel

Anónimo dijo...

He leído todos los rompimientos de cabeza tenidos por algunos de vosotros para calcular la edad de Doña Benigna y para relajaros lo que yo os recomiendo es que hagáis la preciosa excursión de visitar el pueblo de Peña. ¡Único! ¡singular!¡maravilloso!¡en Navarra!
Podréis visitar el cementerio y ver la tumba del aviador.
Mª Angeles Remiro Ijurco
(si miráis con detenimiento la alambrada que lo impide, veréis un agujero en la misma por la que podréis pasar, pero no se lo digáis a nadie ¿vale?)

11 de enero de 2009 8:51

patxi mendiburu dijo...

Gracias, Mª Angeles por tu precioso comentario. Peña es increíble. Cuando uno va subiendo desde Torre, siguiendo la pista hacia el sur, y vuelve la cabeza al norte y ve , encaramado en la roca, el pueblo de Peña, se queda sobrecogido. Con la historia de la maestra de Peña eso pretendía yo: que la gente fuera, viera y sintiera... Sintiera lo mismo que has sentido tú

11 de enero de 2009 9:09

Anónimo dijo...

Hola tocayo.

Un placer y una delicia volver a visitar tu blog. Que sepas que en más de un cursillo te he puesto de ejemplo de alumno "ejemplar" y les he indicado tu blog. Me siento copartícipe en su creación aunque sólo sera en una pequeñísima parte y orgulloso de ello.

Siempre que entro vuelvo a leer lo de Peña, la maestra y el aviador. No me cansa. Terminaré visitando el despoblado, si se puede.

Como tengo entendido que ya estás jubilado, que sigas aprovechando el tiempo en "desolvidar" y en publicarlo para que no olvidemos los demás.

Un abrazo,
Patxi Lezaun

desolvidar dijo...

Hola, Lezaun:
De pequeñísima parte nada. Tú me animaste a hacer en aquel curso algo más que cumplir, y gracias a ti me di cuenta de que tenía cosas que contar y que podía contarlas.
Desde aquella primera entrada de "La última maestra de Peña" han pasado casi 4 años y sigo disfrutando con lo que hago y he aprendido muchas cosas que antes me parecían impensables: subir sonido (aunque sean canciones destrozadas por mí), hacer vídeos...
Con lo de Peña, me dijo un conocido periodista que había subido exclusivamente para ver la lápida de la maestra y que no la encontró. No te digo las carcajadas que eché..! Tuve que poner una nota de que era ficción.
Muchas gracias por los piropos
Patxi

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, Patxi Mendiburu:

Me ha gustado mucho el relato. Y también he sentido curiosidad por la edad de Doña Benigna. He pensado que tenía que tener al menos cerca de 50, si había pasado 2/3 de su vida de maestra (suponiendo acabara los estudios alrededor de los 18)
En el siglo XX, eliminado, por tanto...1901...no
Así, he hecho el cálculo de la edad por la cuenta de la vieja.
He ido tanteando:
de nacer en 1890...en 1950 tendría 60 años.
En 1889...en 1950... 61 años
Así, marcha atrás, saltando un poco, he llegado hasta 1875 ...coinciden las últimas cifras año fecha nacimiento...con su edad en 1950...75 años.
He seguido, más o menos, parecido procedimiento al empleado por tu tocayo del comentario 15.1.2009.

Saludos

P.D.: La maestra estaba en plena forma, porque ¡vaya pendiente para llegar hasta allí!

Patxi Mendiburu dijo...

Hola, Penélope-Gelu
Ese relato fue el pistoletazo de salida de mi blog, hace más de 5 años.

Peña es una espina clavada. La última vez que subí, hace unos 6 años,lo hice castigado por el asma. Luego, mis problemas (de otro tipo) se agravaron y ya no he vuelto a subir. Pero si logro mejorar, volveré. Y subiré hasta el mismísimo cementerio.

Gracias por todo tu esfuerzo por resolver el enigma de la maestra de Peña

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, Patxi Mendiburu:

Espero que tus problemas se resuelvan, y puedas volver a subir.
Si no, siempre está la imaginación, y -gracias a ella-, podemos ir y venir a nuestra voluntad.
A Doña Benigna no le faltará música en primavera. Seguro que el mirlo, o sus descendientes, siguen cantando por allí.

Un abrazo

Anónimo dijo...

No sé qué me entusiasmará en mi jubilación, pero me gustaría hacer algo tan bello, didáctico y útil como lo que haces.
Un abrazo.
Rafa

Patxi Mendiburu dijo...

Gracias, Rafa. Siempre animándome! La verdad es que no me hace mucha falta que me animen porque disfruto y aprendo mucho con este chisme llamado Desolvidar. Por supuesto que te lo recomiendo desde ya, sin esperar a la jubilosa jubilación

Echenique dijo...

Desolvidar será un chisme, pero no cuenta chismes sino historias reales que nos llegan al corazón y a la mente y nos mueven las entrañas y nos sacan de nuestra modorra. Yo tengo un grato recuerdo de dos maestras de mi infancia, Doña Camino y Doña Enriqueta, que me hicieron amable la permanencia en las aulas y supieron sacar de mí lo mejor.