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lunes, 28 de febrero de 2011

Carnaval de Lanz por los Caro Baroja

          Año 2011: Ziripot y Miel Otxin, tras salir de la posada, rodeados de "txatxos". 
(Imagen de Eduardo Buxens ) 
 Años 64-72:   ...mientras el pueblo, indiferente a la suerte del bandido, baila el zortziko de Lanz...

Málaga 0 - Osasuna 1. Gol de 
Sergio (año 2011)
Domingo, lunes y martes anteriores al miércoles de ceniza (este año 2016, los días 8, 9 y 10 de febrero), tiene lugar el carnaval de Lanz. El día grande es el martes. No hay horarios: los personajes salen a partir del mediodía y al atardecer.

El carnaval de Lanz (Navarra), tal y como hoy lo conocemos, tiene su origen en el afán de los hermanos Caro Baroja (Pío y Julio) por recuperar una fiesta que, con la guerra civil, había sido prohibida por las autoridades franquistas. Ambos se documentaron en los testimonios de los más viejos de la villa, y en 1964, gracias a la colaboración de José Esteban Uranga, consiguieron el permiso del Gobernador Civil para organizarla y grabarla en una película de 10 minutos: "El Carnaval de Lanz".

Ocho años después, en 1972, Pío y Julio recogen en "Navarra, las cuatro estaciones" las costumbres, celebraciones.., en definitiva, la cultura a punto de perderse en una tierra que, desde hacía más de una década, estaba dejando de ser agrícola y ganadera, y que abandonaba los pueblos para vivir en las ciudades. Y en ese empeño recogen usos, costumbres y fiestas de muchos lugares de Navarra.

Ignoro si las imágenes que os presento (extraídas del documental de 1972) son las mismas que las del 64 (actualización 01.05.16: sí lo son, sólo cambia la voz del narrador). Sea como fuere, el sabor que tiene todo el documental y, especialmente, la escena del baile final, con esos hombres mayores bailando vestidos de negro, resulta impresionante.

Veamos, pues, las imágenes grabadas por Pío Caro Baroja y escuchemos los textos de su hermano Julio. Aparecen personajes cargados de simbolismos: Un Ziripot bonachón, que se mueve a grandes zancadas, atacado por un hombre-caballo (Zaldiko); unos misteriosos herreros que hierran al caballo, unas máscaras alborotadoras (Txatxoak); y el personaje más importante: Miel Otxin (¿Miguel el criado?), un bandido en el que se proyecta ese lado oscuro que todos tenemos y que es juzgado, ejecutado a tiros y finalmente quemado en la hoguera, mientras el pueblo, indiferente a la suerte del bandido, baila el Zorztiko de Lanz.


sábado, 26 de febrero de 2011

Crimen de Atondo. Juicio y sentencia: garrote vil (2)


Plaza del Consejo: Audiencia Territorial y cárcel
Pamplona. Es el 7 de Enero de 1885. Para las 12 del mediodía, la Plazuela del Consejo y puntos cercanos a la Audiencia Territorial se encontraban abarrotados por una multitud deseosa de presenciar la vista oral de la causa seguida contra Toribio Eguía. Se habían tomado las debidas precauciones para evitar las avalanchas de la muchedumbre que pugnaba por entrar en la sala de visitas de la cárcel, en la que sólo cabía una mínima parte. Para cuando se abrió la puerta, ya estaba constituido el Tribunal, y el procesado, Toribio Eguía, se encontraba en el banquillo.

El Fiscal
Una vez que el relator, Sr. Valencia, dio lectura a los hechos, y los peritos pusieran en conocimiento del Tribunal que el párroco de Atondo, Manuel Martiarena, de 83 años, había recibido 12 puñaladas y el ama de gobierno, Martina Babace, muriera por 9 heridas de puñal, el Ministerio Fiscal propuso empezar la rueda de testigos.
Valentín Olza Erviti (sacristán de Atondo), Manuel Osácar (guarda de monte), Juan Ibero (monaguillo de Atondo), Marcelina Tortejada (aguadora de la casa), Francisco Alvizu y Francisca Aldave (vecinos de Atondo), Miguel Jaurrieta (guardia civil), Manuel Echarri (maestro de niños), D. Domingo Pérez (párroco de Aldava), D. Antonio Gortari (cirujano de Ororbia), Miguel Erro y Micaela Erro (respectivamente, dueño de la "Fonda La Perla" y hermana del anterior), D. Bruno Iñarra (presidente del Casino Eslava), el Alcaide de la cárcel y 2 presos compañeros de Eguía... todos ellos y algunos más desfilaron ante el Tribunal y el conjunto de su testimonio apuntó sin duda alguna a Toribio Eguía como autor del doble crimen y del robo.
Pero de todos estos testimonios voy a destacar el del maestro de niños Manuel Echarri. Y tengamos en cuenta que, para más inri, fue propuesto por el Ministerio Fiscal. Dice el maestro:
"que trataba amigablemente con Eguía a quien consideraba como hombre de juicio; que días antes del crimen de Atondo, le manifestó el procesado que disponía de un puñal y revólver, y que tenía formado un proyecto que esperaba había de proporcionarle unas buenas Navidades. Que entonces lo consideraba digno de su amistad, por más que le creía capaz de cometer algún robo u otro delito, no tan grave como los homicidios de Atondo".

Sirva este testimonio para demostrar, además de otras, dos cosas evidentes:
  • que el crimen, con una denuncia a tiempo, se podía haber evitado.
  • y que Eguía no debía de estar en sus cabales comentando con el maestro su proyecto.

La Defensa
Propuestos por la Defensa, tanto el Dr. Landa, como el Dr. Ubago se plantearon la gran pregunta: "¿es Eguía un malvado o un enfermo?". Y para obtener la respuesta, estos son los datos que aportaron ambos:
  • que el procesado tiene antecedentes familiares de enajenación mental.
  • que el 12.12.82 y el 02.01.83 (tres semanas después) tuvo el procesado sendos derrames cerebrales que provocaron en él, además de pérdida de conocimiento, delirio, risa sardónica (convulsión y contracción de los músculos de la cara), hemiplejia del lado derecho (Toribio arrastraba una pierna y era incapaz de coger una pelota con la mano diestra)... una lesión cerebral que afectó a su comportamiento.
  • que, debido a ello, no tiene íntegras sus facultades intelectuales, que carece de sentido moral, se ha vuelto un borracho acreditado y que no está en su sano juicio. Tiene, incluso, disminuido su propio instinto de conservación.
  • que se ha vuelto un demente homicida y que, por tanto, debe ser apartado de la sociedad.
    El mismo Gobernador Civil, Tomás Moreno, tras detenerlo en persona en la Fonda La Perla, declaró que consideraba al reo un insensato por su actitud impasible al ser arrestado ("permítame que termine el café", recordó que le dijo el detenido).
    También Santos Iribarren, profesor de la Academia preparatoria militar de Toledo contó que observó en Eguía un cambio radical. Lo consideraba en principio un hombre de bien por lo que lo recomendó al Director para el puesto de pasante, cargo que Toribio desempeñó con celo. Luego cambio por malas compañías y abuso del alcohol. Recordó también que un familiar le pidió consejo para ingresarlo en algún centro.
    Otros declararon en la misma línea: un sinfundamento, extravagante, loco, loco de remate, trastornado...
    En parecido discurso os transcribo un testimonio curiosísimo tal y como lo narra el cronista. (De paso, quizás sea un triste ejemplo de la actitud de la justicia y el periodismo de fines del XIX ante la lengua vasca):

    "Francisco Larumbe, labrador de Yabar (vascongado).
      — El Sr. Presidente: ¿Qué edad tiene V?
      Larumbe. Treinta y tr... tres años... no... cuarenta y... (el testigo se lleva la mano a la cabeza, discurre y no acierta a expresar el número de años que cuenta).
      Tendrá V. Más que veinticinco?
      Treinta y más...
      ¿Jura V decir la verdad en lo que se le pregunte?
      Jurar... no señor.
      ¿Con que no jura V por Dios etc. etc.
      Jurar... bah... jurar... algún (aquí una palabra fea) alguna vez y así".
    El Defensor considera que el testimonio es importante, pero que mejor que lo haga su mujer. Y ésta, Felipa Goicoa, cuenta que "cierto día se hospedó en su casa el procesado, el cual después de cenar tranquilamente y de rezar el rosario, prorrumpió de pronto en horribles blasfemias y cometió mil disparates y extravagancias, por lo que lo creyeron un loco rematado"
    Aquí terminó la primera jornada de la vista oral

    Dibujo de la sala del juicio. De espaladas, Rafael Escobedo escoltado por dos guardias civiles ardias-civiles-efe


    El jueves 8 de enero, también a las 12 y con una numerosísima concurrencia que "llenaba la sala y las avenidas", comenzó la segunda jornada del juicio oral.
    En primer lugar el señor escribano leyó un escrito de la Defensa en el que declaraba al procesado "exento de responsabilidad".
    Siguió a continuación la intervención del Fiscal D. Francisco Valcárcel quien, tras lamentarse por la frecuencia, en los últimos años, de crímenes "en este país que no hay recuerdo en su historia", hizo un retrato biográfico y moral de Toribio Eguía:
    • las autoridades carlistas le instruyeron un proceso por violación
    • por una nota de suspenso abandonó sus estudios
    • fue la bebida la causa de la apoplejía que le produjo la hemiplejia
    • ahora se ha convertido en un "vagamundo", alejado de su familia, que se dedica a vivir a costa del prójimo
    • Eguía no ha matado a cualquiera. Ha matado a "un ministro del Altísimo que acababa de elevar en sus manos la Hostia Sacrosanta"
    • Y al ama de gobierno, por si aún le quedaba vida y pudiera delatarle, como Eguía mismo ha confesado, le clavó el puñal en el mismo corazón.
      Y el Fiscal se hace la misma pregunta que los Doctores: "¿Es Toribio un demente o un malvado?". Y se responde a sí mismo que Eguía es un malvado, porque:
    • no se ha probado que la lesión cerebral acarree necesariamente la pérdida de la capacidad intelectual ni el libre albedrío.
    • está en su sano juicio por lo pensado por Eguía tras el crimen: pedir asesorarse de un abogado y otros datos que muestran la distinción, por parte del reo, entre el bien y el mal.
    • Los argumentos de los Doctores Landa y Ubago son "simples rigorismos de escuela". Todos los frenópatas tienden a buscar locura en cualquier individuo.
    Y entrando el Fiscal en la calificación del delito, afirma que entra en el artículo 517 con dos agravantes normales (premeditación y abuso de confianza) y una agravante especialísima: Eguía ha asesinado a un anciano de 83 años adornado con la aureola del carácter sacerdotal.
    Por todo ello el Sr. Valcárcel, "revelando la emoción que le producía el cumplimiento de su penoso deber", pide para Eguía la pena de muerte.
    En respuesta al Sr Fiscal, D. Juan Cancio Mena, Abogado Defensor, comenzó su discurso incidiendo en lo importante que era, a la hora de juzgar, dejar fuera los sentimientos y las emociones.
    Rectificó, a continuación, el retrato de Eguía que había dibujado el Fiscal:
    • Eguía es hijo de padres honradísimos, con antecedentes familiares de enajenación,
    • tras la guerra civil, buscando un título, hizo estudios de topógrafo,
    • por su buena conducta fue recomendado en la academia militar
    • pero un trastorno mental (con una lesión cerebral evidente) fue causa de un cambio de conducta.
    • todos los Peritos coinciden en que Eguía es un demente, opinión que comparten los testigos
    • rechazó la opinión del Fiscal sobre lo expresado por los Doctores ("rigorismos de escuela")
    Y terminó reconociendo que Eguía era el autor de un delito, pero que no era responsable de él por carecer de libre albedrío. Pidió, por tanto, que se le recluyera, no en castigo de su delito, sino para evitar mayores males a la sociedad.
    Eguía, dijo el Sr Mena, ha sido el autor de un crimen horrible, pero es aún más terrible el espectáculo que se ofrecería al ajusticiar a un demente que habla de su crimen con glacial indiferencia, que subirá impasible al patíbulo y que, probablemente, exhalará su último aliento prorrumpiendo en una estúpida carcajada.
    Tras extender el acta del juicio, se dio éste por terminado.

    Cuatro días después, el lunes 12 de enero, se dictó sentencia.
    De los siete "Considerandos", por lo tratado hasta ahora, nos interesa el 4º:
    "considerando que en la ejecución del delito no concurrió la circustancia eximente primera del artículo octavo alegada por la defensa, porque la locura que liberta de responsabilidad al agente es aquella que impide discernir el bien del mal, la que apaga la luz de la razón, anonadando el entendimiento, no una ligera lesión de la inteligencia..." (NOTA al final)
    VISTOS los artículos...
    FALLAMOS que debemos condenar y condenamos a Toribio Eguía Esparza... a la pena de MUERTE EN GARROTE...
    Esta sentencia fue notificada el mismo día al procesado, quien se negó a firmarla por lo que tuvieron que hacerlo dos testigos.
    Cuentan las crónicas que en el momento de la notificación de la sentencia, Eguía se encontraba tranquilo y bastante locuaz, manifestando, entre otras cosas, que no se le ocultaba que a su gran delito le correspondía un gran castigo.

    NOTA:
    Uno se horroriza de con qué alegría se administraba la pena de muerte [suerte que en este caso estamos hablando de 1885, y no de las que en la guerra de 1936-39 y posterior dictadura se dictaron con juicios sumarísimos. Y menos, de las peores penas de muerte: los viles asesinatos que llevó a cabo ETA (hablo en pasado, por mi esperanza y por mi deseo) sin siquiera un juicio sumarísimo y jaleadas por muchos que dentro de poco lo negarán] sin tener la más mínima duda, cuando el caso de Toribio Eguía dispararía hoy todas las alarmas.
    Si ya es harto discutible que "la locura que libera de responsabilidad es únicamente la que impide...la que apaga la luz de la razón.... , la que anonada el entendimiento..," que dice la terrible sentencia (la luz de la razón, del entendimiento, tiene muchos grados de intensidad), no digamos nada si hablamos de la voluntad, la afectividad, los sentimientos y los valores morales.
    Ha caído en mis manos un documento que, aunque posterior, por pocos meses, al juicio y ejecución del reo, se refiere exactamente al caso de Toribio Eguía. Se trata nada menos que de la opinión de Juan Giné y Partagás (1836-1903) que fue uno de los pioneros de la psiquiatría en España. Un alumno suyo (y luego profesor en San Sebastián) que intervino como perito en el caso del "Crimen de Atondo", Víctor Acha, seguramente horrorizado, le pide su criterio sobre este desgraciado caso. Ésta es la opinión de Juan Giné:
    «Los magistrados, con nuestro defectuoso Código en la mano, no entienden ni quieren entender de idiotismo moral. Lo sé por experiencia. Por desgracia durará aún muchos años la confusión de esos idiotas de la afectividad con los malvados; tantos, por lo menos, como se ha tardado en distinguir ante la ley a locos maniacos, melancólicos o alucinados, de los criminales responsables. Todos admiten el idiotismo general; todos concuerdan en que existen en la especie humana seres cuyo desarrollo frénico no alcanza el nivel común del desenvolvimiento de las aptitudes psíquicas; pero ¿por dónde toman la medida de los grados de este desarrollo? Unicamente ateniéndose a un orden de facultades o aptitudes : las intelectivas. ¡Como si en el ser humano no hubiese más que inteligencia! ¿Por qué se olvidan de medir los alcances de los sentimientos y afectos, así como del vigor de las voliciones? Los tribunales hacen arrancar la irresponsabilidad del idiota y del imbécil única y exclusivamente de su insuficiente inteligencia: opinan que, si éste es egoísta, cruel, lúbrico, glotón y sucio, es a causa de ser poco inteligente. En prueba de que la depresión o rebajamiento moral o afectivo es en los idiotas primitiva y no consecuencia necesaria del deficiente desarrollo de su inteligencia, se ven muchísimos idiotas que, con todo y no haber podido aprender a leer, ni a escribir, ni a hablar con mediana corrección, muéstranse afectuosos con sus parientes, tiernos y agradecidos con los que les cuidan, y perfectamente educables en cuanto atañe a la relaciones de la vida doméstica... ! Son unos benditos! Vense, en cambio, personas de talento más que mediano, puesto que, no sólo leen y escriben gramaticalmente y cuentan de conformidad con la aritmética, sino que han aprendido idiomas, saben dibujar y pintar y... hasta imitan y falsifican documentos, y, no obstante, jamás—aun a contar desde su más tierna infancia—han manifestado poseer ninguno de esos sentimientos de afecto, cariño, gratitud, amor, justicia, apego a lo bueno y repulsión por lo malo, en que se fundan los indestructibles vínculos de la familia y de la sociedad. Las cárceles y los presidios están ahitos de estos individuos; en la infancia y en la adolescencia pueblan las Casas de Reforma; cuando jóvenes, los embarcan, en la confianza de que el mar ha de mejorarlos; ya adultos, retornan al hogar y son el azote de los deudos y amigos y frecuentemente pasto del verdugo. ¡Por rara casualidad entra alguno que otro en su natural mansión: el manicomio!—Su cerebro —ya lo tengo escrito—es pasta de crimen.Definamos, pues, el idiotismo moral: un defecto ingénito del desarrollo de las facultades afectivas y particularmente de los sentimientos altruistas, con un grado más ó menos próximo al nivel normal en el desenvolvimiento de las aptitudes intelectuales.»

    viernes, 18 de febrero de 2011

    El crimen de Atondo: Toribio Eguía (1)

    José Gutiérrez Solana "Garrote vil" (Alba de Tormes 10.12.1897)
    La historia del "crimen de Atondo" se la había oído algunas veces a mi madre. Como ella cada vez tenía más dificultades para recordar el poema, decidí hace un par de años (poco antes de su muerte) grabársela y últimamente me he interesado por completar las lagunas.
    Brevemente, las cosas ocurrieron asi:
    Esto sucedió en Pamplona, el 15.10.1885
    El 22 de noviembre de 1884 Toribio Eguía mató al cura de Atondo y a su ama de llaves. Ese mismo día fue detenido en el hotel La Perla (entonces Fonda) de Pamplona. La vista oral del juicio tuvo lugar 46 días después: los días 7 y 8 de Enero del 85 en la Audiencia Territorial de Pamplona. El lunes, día 12, fue condenado a morir por garrote. El jueves 15 octubre del 85, poco después de las 8 de la mañana fue ejecutado públicamente en la Vuelta del Castillo, al lado del portal de Taconera. Seguramente es la última ejecución pública en Pamplona. De unos 30.000 habitantes que tenía Pamplona, asistieron 10.000, con mayoría femenina.

    La versión de mi madre: Ramona Belzunegui
    Mi madre conoció de niña esta terrible historia. La conoce porque Casa Macaya, al estar a la entrada del pueblo, era el primer sitio donde paraban los pobres y estos solían traer algún papelito con versos o historias que ellos mismos cantaban o recitaban para conseguir una propina.
    Esto es lo que me contó (dale al play, pon máximo volumen y, mientras escuchas, sigue leyendo):




    El 22 de noviembre
    del pasado 84,
    Portal de la Taconera a finales del XIX
    día de terror y espanto.
    Aquí mi pluma se para
    y aquí mi mente se borra.
    Un cuadro tan horroroso
    como hoy contempla Navarra.
    Toribio Eguía el 21
    en casa del cura entró,
    saludándole a su tía
    que amable lo recibió

    El cura se va a celebrar misa y le dice a su ama que le dé de almorzar,

    que, mientras esté en su casa,
    de comer no ha de faltar.

    Según mi madre, el ama del cura era hermana de la madre de Toribio. La tía le riñó porque era un baldragas: ver a la tía, ir a Pamplona y volver. Todo esto ocurrió en Atondo el 22.11.1884. Al volver el cura de misa se encontró a la tía muerta y también mató al cura. Cree que con cuchillo. Toribio, de Atondo va a Pamplona, a la Fonda (entonces) La Perla, llevándose el dinero.
    En La Perla una muchacha (sirvienta) observó que estaba manchado de sangre y siguió espiándolo por el ojo de la cerradura. Y llamaron a la policía y lo detuvieron enseguida.
    Consideraciones:
    Aunque Ramona se lía un poco con la fecha del crimen, el verso lo deja bien claro: Toribio entra en casa del cura de Atondo el 21 de noviembre y comete el doble crimen el 22.
    Mi madre dice que el ama era hermana de la madre de Toribio. Sin embargo, los apellidos de éste son Eguía y Esparza, mientras que el apellido del ama de llaves es Babace. Por tanto, quizás fuera tía, pero segunda o tercera, pero nunca hermana de la madre. En la prensa de la época hay un par de reseñas que afirman el parentesco. Pero en el juicio no se hace alusión a ello (cosa extraña porque constituiría un agravante).
    Si el crimen y la ejecución fueron en 1884-85 y mi madre nació en 1917, habría oído la historia alrededor de 1925. Resulta, pues, muy llamativo que el "crimen de Atondo" tuviera todavía tanta repercusión 40 años después. ¿Por qué? ¿Porque el muerto era cura? En el 50 mataron con una azada al de Unciti y no tuvo ni de lejos tanta repercusión.
    Mi madre intenta recitar un poema, un romance del que apenas recuerda una docena de versos. El romance tuvo que ser hecho en el 85 ("...del pasado 84..."). Comparemos el comienzo del poema (Aquí mi pluma se para y aquí mi mente se borra...) con el de la Crónica: "Tiembla nuestra mano y la pluma no sabe trazar..." dice el cronista de la ejecución. ¿Es él, o alguien que en él se inspira, quien hizo el poema que recodaba mi madre?

    La versión de Pío Baroja.
    Pío Baroja, nacido en San Sebastián el 28.12.1872, vivió en Pamplona, en la calle Nueva 30-2º, desde el 81 al 86. Su testimonio es excepcional, ya que vio con sus ojos de niño (a punto de cumplir 13 años) pasar por debajo de su casa, a las 8 de la mañana del 15.10.85, al mismísimo Toribio. Así nos lo cuenta en "Pío Baroja" [Obras completas, Vol. VII.  Biblioteca Nueva. Madrid, 1978 (fragmento)]:
      "Una de las impresiones más grandes que recibí en Pamplona fue la de ver pasar por delante de mi casa, en la calle Nueva, a un reo de muerte, a quien llevaban a ejecutar a la Vuelta del Castillo, ante un baluarte de la muralla próxima a la Puerta de la Taconera. El reo se llamaba Toribio Eguía, y había matado a un cura y a su sobrina en Aoiz. Iba el reo en un carro, vestido con una hopa amarilla con manchas rojas (con más detalle, cuenta Sánchez Ostiz, hablando de la visión de Baroja niño: "...el reo, en un carrito con una hopalanda amarilla cubierta de lenguas rojas...") y un gorro redondo en la cabeza. Marchaba abrazado por varios curas, uno de los cuales le presentaba la cruz; el carro iba entre varias filas de disciplinantes con sus cirios amarillos en la mano. Cantaban éstos responsos, mientras el verdugo caminaba a pie, detrás del carro, y tocaban a muerto las campanas de todas las iglesias de la ciudad.Luego, por la tarde, lleno de curiosidad, sabiendo que el agarrotado estaba todavía en el patíbulo, fui solo a verle, y estuve cerca contemplándole. Parecía un fantasma horroroso, vestido de negro y manchado de sangre. Tenía las alpargatas sin meter en los pies. Al volver a casa no pude dormir por la impresión, y el recuerdo me duró largo tiempo."
    Recorrido de la cárcel al patíbulo. Punto rojo: casa de Baroja
    Consideraciones:
    El niño Pío Baroja no debió de entender bien el nombre del pueblo donde ocurrió el crimen y dice Aoiz cuando debería haber dicho Atondo. Hay unas cuantas páginas web que repiten el error de Baroja.
    Lo de que el ama de llaves fuera la sobrina del cura tampoco aparece en la prensa de la época.
    En cuanto al vestido del reo, nos habla de una especie de túnica amarilla y con manchas rojas (lenguas rojas) y el gorro. (Estos datos sobre su vestido los recordaremos para una futura hipótesis).
    Me llama la atención que luego, a la tarde, lo vea "vestido de negro y manchado de sangre".
    Los demás datos que aporta coinciden con la prensa del día.

    La versión de La Perla:
    Fonda La Perla en 1882. (pincha)
    Esta página aporta una serie de detalles importantísimos y, en general, muy certeros. Os la ofrezco en su integridad poniendo en negrita las aportaciones más destacadas:
    "Uno de los clientes más famosos que pasó por la fonda fue Toribio Eguía; en este caso el adjetivo de famoso claramente no se corresponde con el de ilustre.
    Hay que remontarse al 21 de noviembre de 1884 para conocer que este individuo hizo noche en la localidad navarra de Atondo; allí el párroco, Manuel Martiarena, de 83 años, le dio cena y cobijo, seguramente conmovido por la condición de hemipléjico que presentaba el vagabundo. A la mañana siguiente, mientras el clérigo estaba en la iglesia oficiando misa, Toribio Eguía tuvo una discusión con Martina, el ama de llaves, discusión esta que se zanjó con una puñalada que acabó con la vida de la mujer. Cuando llegó el párroco y vio el cuerpo ensangrentado de la mujer acudió rápidamente a por su escopeta, pero Toribio Eguía no le dio tiempo a disparar, y le asestó varias puñaladas con resultado de muerte.
    Una vez cometido el doble crimen, aprovechó el asesino para robar en la casa cogiendo monedas de oro y de plata por un valor de 690 pesetas, así como algunos pequeños objetos. De allí, tras cerrar la puerta, marchó a Pamplona.
    A las seis y media de la tarde de aquél 22 de noviembre hacía Toribio Eguía su entrada en la Fonda La Perla, en donde se le dio la habitación número 31. Cenó como si nada hubiera pasado, y la propia Micaela Erro, hermana y cuñada de los fundadores del establecimiento, le ayudó a quitarse la chaqueta y el calzado; poco después declararía ella en el juicio que “le tenía compasión por verle imposibilitado, y por esta razón le ayudó”.
    La sorpresa vino para Micaela cuando Toribio Eguía no tuvo mayor reparo en ponerse a contar las monedas delante de ella. Por las declaraciones que hubo durante el juicio se sabe que Toribio deshizo los paquetes de monedas, y los papeles que las envolvían los tiró debajo de la cama. Tuvo el detalle de pedir en la fonda que le lavaran la ropa, justificando las manchas de sangre como salpicaduras cuando le tocó matar un carnero. Dicen que se acostó a las ocho y media de la noche, y que además se durmió dejando encendido el quinqué.
    La noticia de la muerte del párroco de Atondo y de su ama de llaves corrió como la pólvora. Y para que no hubiese ninguna duda, mientras al día siguiente Toribio Eguía salía a afeitarse la barba y a comprarse ropa nueva, Micaela Erro encontraba debajo de la cama los envoltorios de papel en los que podía leerse “Atondo - Culto y Clero” y “Manuel Martiarena”. Todas estas circunstancias hicieron que Micaela avisase rápidamente a su hermano Miguel, y que este pusiese en conocimiento del Gobernador sus sospechas.
    Así pues, a las dos de la tarde, el Gobernador en persona, señor Moreno, acompañado de algunos agentes de policía, se presentó en la fonda, y en el mismo comedor procedió a la detención de Toribio Eguía, quien se limitó a pedir que le dejaran acabar de tomar el café. La policía pudo recuperar en la habitación de la fonda el dinero robado y la llave de la casa del párroco de Atondo.
    A partir de aquí queda tan sólo por puntualizar que Toribio Eguía fue procesado y condenado a la horca. Era ejecutado el 14 de enero de 1885, pasando a la historia de la ciudad por el hecho de ser el último ahorcado que hubo en Pamplona."
    Consideraciones:
    Una pena que el relato del blog del Hotel La Perla, tan bien escrito y con tanto detalle, contenga justo en este último párrafo del apartado sobre Toribio Eguía dos errores de grueso calibre: Toribio no fue ahorcado sino que sufrió garrote vil. Y en 2ª lugar, la fecha de la ejecución fue 9 meses más tarde: el 15 de octubre de 1885.

    domingo, 13 de febrero de 2011

    María y Severino

    Javier Marrodán
    Hace unos días mi amigo Javier Marrodán publicó este artículo sobre un matrimonio de Cemboráin, Severino Mendiburu y María Esparza, mis tíos. He intercalado unos versos de Narciso, de cuando murió su hermano. 
    Nunca olvidaré aquel verano del 62 (con 12 añicos) que pasé con ellos en  Casa Esteban de Cemboráin, "ayudando" a Severino a segar, trillar, llevando los bueyes (¡sooo, Castaño..!) y disfrutando de la dulzura de María.


    María y Severino
    Cuando la edad fue añadiendo nuevos achaques a la salud frágil e incierta de María, Severino se apuntó en un papel la dosis y el color de las pastillas que debía administrarle. Todos los días se sentaba a la mesa de la amplia cocina familiar y preparaba con mimo los montoncitos: dos rojas y media verde para el desayuno, una blanca redonda y los polvos efervescentes para la comida, la cápsula amarilla y azul para la cena... Sus manos, curtidas por decenas de cosechas, se habituaron a aquel pequeño ritual y al formato a veces esquivo de algunos comprimidos. María se dejaba llevar con una sonrisa. En verano, los dos se sentaban al caer la tarde en un banco de piedra que recorre la fachada de la antigua casa del cura.
    
    ...los dos se sentaban al caer la tarde en un banco de piedra.. .
    Severino animaba a su mujer con algunas de sus bromas y el pueblo silencioso se iluminaba entonces con la risa agradecida de María. 

    Cuando ganaba Indurain
    el “Tour” de Francia, recuerdo
    ibas a la Iglesia y echabas
    las dos campanas al vuelo.

    Otras veces permanecían en silencio, contemplando cómo el sol del ocaso doraba el valle en el que habían transcurrido –siempre juntas– sus biografías.
     ...contemplando cómo el sol del ocaso doraba el valle...
    Luego hubo que ingresar a María, y Severino se organizaba para ir a la capital y acompañarla. También allí la entretenía con sus ocurrencias y sus recuerdos. Cuando María murió, la enterraron en el pueblo, a la sombra de la iglesia, en un cementerio que casi parece de juguete, que no da miedo ni pena.
    un cementerio que casi parece de juguete, que no da miedo ni pena
    Antes de comer, Severino se acercaba trabajosamente al camposanto, abría la puerta de forja, se sentaba en una de las lápidas y le contaba en voz alta a María las últimas novedades que sus hermanos misioneros le habían remitido por carta desde Taiwan o la India.

    Y cuando ésta te faltó
    Tú a su tumba solías
    Ir a rezar y decirle
    Lo mucho que la querías.

    Después murió Severino y lo enterraron junto a su mujer.

    Después murió Severino y lo enterraron junto a su mujer
    Ninguno de los dos se habían alejado nunca de aquel pequeño rincón de la geografía navarra, pero juntos compusieron una auténtica epopeya: la de su matrimonio.

    Ninguno de los dos se habían alejado nunca de aquel pequeño rincón...
    ¡Ah! ¡Y seguramente nunca supieron que el 14 de febrero era el día de S. Valentín! (esto es de mi cosecha)

    sábado, 5 de febrero de 2011

    La bandera inglesa en el Peñón de Gibraltar, ¡qué vergüenza da!

    Tras leer el título de esta entrada, alguno pensará que me he vuelto loco.
    Otros, que ya lo estaba.
    Habrá quien sospeche (y con razón) que ahora me pondré a cantar nostálgicamente el "repertorio de canciones patrióticas" de los años 50, como aquello de:

    A mi Patria le robaron, tierra hispana del Peñón. Y hoy tus rocas son holladas por el asta de un extraño pabellón...

    O esa otra que, aunque nada tiene que ver con Gibraltar, resaltaba el valor de la camaradería:

    Te enseñaré una soberbia canción de amor y de luceros...

    Y esa otra canción, ejemplo de  humildad, que empezaba así:

    Despertóse ya el león de la España inmortal, que al rugido de su voz hizo al mundo retumbar...



    Y ésta para que mi hermana mayor desolvide su estancia en Vera de Bidasoa:



    Pero, a pesar de esta concesión a la nostalgia, el objetivo de esta entrada no es ideológico, sino sacar del olvido, desolvidar, una canción sobre Gibraltar que junto con otras, como las que acabamos de oir, aprendimos (enseñadas, por supuesto, con objetivos ideológicos) de nuestros maestros en las escuelas, de las señoritas en las Colonias, de los Jefes en los Campamentos de la OJE, o directamente de nuestros padres, allá por los años 50 (y supongo que anteriores).
    Se trata de una canción de título desconocido (al menos, para mí) y a la que he malbautizado (ya veréis por qué) con el gráfico título de esta entrada: "La bandera inglesa en el Peñón de Gibraltar, ¡qué vergüenza da!", para que podáis caer en la cuenta. Os doy un pequeño aperitivo por si alguien aún no la reconoce:

    España fué la nación que más lauros conquistó; por la tierra y por el mar extendió su autoridad; al grito sacrosanto de Castilla y de León, clavaba en lo más alto su glorioso pabellón. Tiempo feliz que de fijo para siempre ya pasó...

    Y, si aún no caes, otra ayudita más:


    Y más que de desolvidar la canción como tal, se trata de desocultar la relación entre la letra de dicha canción y su autor.
    El autor de la música, a pesar de haber investigado en la SGAE y en la BNE, me es totalmente desconocido. Supongo que, como tantas otras del repertorio del Frente de Juventudes, habrá sido compuesta (o copiada) cuando se celebraba alguno de los cursos para titulares de Jefes de Campamento a principios de los 40.
    [Actualización 03.10.16: "No es un himno de la posguerra, sino de plena guerra de 1936. Mi generación lo cantaba con frecuencia en el seminario de Alsasua desde  julio de dicho año. Desconcía que procediese de la pluma de Rubén Darío. Nuestra versión  estaba  algo  adulterada y la recuerdo de memoria. Gracias". Un abrazo, Tarsicio Azcona]
    Pero, como digo, lo que hoy nos importa es la letra. Yo (y todas las personas de mi entorno a las que he preguntado) pensaba que el poema habría sido también creado por esos años de la posguerra de cara a enaltecer el nacionalismo español. Como dice uno de mis comunicantes: "En la posguerra había muchas canciones 'tipo facha' que se cantaban en las escuelas. Esa canción en concreto tiene todos los elementos que caracterizan al nacionalismo exaltado: mitificación del pasado histórico (tiempo feliz) tristeza por el presente (que debía ser por siempre, pasó) y compromiso de corregirlo en el futuro (pero ha de llegar el día...)".
    Y estaba yo pero que muy equivocado. No porque la letra no responda al nacionalismo radical (que lo retrata fielmente), sino por el contexto temporal en el que se hizo (ya que es muy anterior al franquismo) y, sobre todo, por el autor de la misma.
    Cuando sepáis quién hizo el poema, alucinaréis, como me ha pasado a mí.
    Vamos a jugar un rato y voy a daros algunas pistas:
    1.El autor, no es español, aunque toda su amplia obra está escrita en dicho idioma.
    2.Es llamado nada menos que "príncipe de las letras castellanas" y es "jefe de fila" de una muy conocida tendencia literaria.
    3.La letra es de 1904.
    4.Es también autor de una poesía-cuento que seguro has recitado en tu infancia por aquellos años 50:

    "...Esto era un rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha de día y un rebaño de elefantes, un quiosco de malaquita, un gran manto de tisú, y una gentil princesita tan bonita, Margarita, tan bonita como tú..."

    ¡Ya! ¿no? Pues, sí: ¡Rubén Darío! Máximo representante del Modernismo literario en lengua española. Posiblemente el poeta que ha tenido una mayor y más duradera influencia en la poesía del siglo XX en el ámbito hispánico.
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    Paradójicamente la poesía pertenece a una obra en prosa, de 1904, titulada "Tierras solares". En ella se recogen las crónicas que Rubén Darío enviaba al periódico bonaerense "La Nación". Crónicas sobre el periplo por Barcelona, Málaga, Granada, Sevilla, Córdoba... que estaba realizando R. Darío.
    Veamos el contexto del poema dentro del capítulo titulado "Gibraltar":
    Llega el poeta a Algeciras y se percata de que está en un territorio ya no totalmente español: hoteles ingleses, prensa inglesa... Al día siguiente toma un vapor para ir al Peñón. En el mismo va también un tal Paquito con una guitarra. Una señorita inglesa se le acerca y le pide que cante algo. Paquito se excusa y se acerca a R. Darío diciéndole que para él, al no ser inglés, sí cantaría ya que, aunque va a Gibraltar a sacarse unos cuartos con el cante, odia a los ingleses. Y, a ritmo de tango (¡qué curioso, porque ahora es un pasodoble!), desahoga Paquito "lo que siente el corazón popular":
    "España fue la nación
    que más lauros conquistó;
    por la tierra y por el mar
    extendió su autoridad;
    al grito sacrosanto
    de Castilla y de León,
    clavaba en lo más alto
    su glorioso pabellón.
    Tiempo feliz que de fijo
    para siempre ya pasó.
    Al comparar la antigua situación
    con la actual, causa pena y dolor.
    De ira y de vergüenza
    deberíamos llorar
    al contemplar, y es la verdad,
    que nuestra dignidad
    manchada está
    desde que vio ondear
    la bandera inglesa
    en el Peñón de Gibraltar.
    Qué vergüenza da,
    que vergüenza da, y es la verdad.
    Aunque el mundo sabe
    que ese invencible Peñón
    hoy es inglés
    por una traición.
    Porque jamás pudo vencer
    el pueblo inglés al español,
    y en lucha igual, franca y leal,
    el Águila se humilla ante el León.
    Pero ha de llegar
    el día en que volvamos
    nuestro Peñón a recobrar
    y ese día cerca está,
    y subiendo a lo más alto,
    y allí gritando ¡viva España!
    nuestro glorioso pabellón clavar.
    Escuchémosla, a ritmo de pasodoble, interpretada a capela por la impresionante voz de "Xilef" (¡lástima ese resfriado!), colaborador del "Dúo Pampilona".



    En nuestra versión familiar, con algunas diferencias poco importantes, el final es, sin embargo, mucho más contundente:

    Pero ha de llegar un día en que España
    ese Peñón vuelva otra vez a conquistar
    y al grito de ¡viva, viva ,viva España!
    ese Peñón se hundirá.



    ¿Pensaba Rubén Darío así? Yo creo que no (o al menos no del todo) por dos razones:
    1. Aunque la letra es suya, la pone en labios de Paquito y él se cubre las espaldas respondiéndole a Paquito que admira a esos "fuertes y temibles hombres" ingleses.
    2. Cuando las crónicas son recogidas para editar "Tierras solares", le pide a última hora a su editor que retire "por demasiado patrióticas" las páginas dedicadas a Gibraltar.
    Estas razones, aparte del "natural" olvido de los "autores de coplas" (recordemos a Manuel Machado), pueden también estar detrás de una muy consciente intención de ocultar al autor del poema (con una vida personal no muy recomendable y máximo representante del Modernismo, lo que tampoco sonaria muy bien en los oídos franquistas).
    De todos modos, cualquiera que fuera la intención de R. Darío, o los motivos por los que ha quedado oculta su autoría del poema, lo que queda claro es que la letra de "La bandera inglesa en el Peñón de Gibraltar" es del autor de "Cantos de vida y esperanza" o de "Marcha triunfal".