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sábado, 30 de mayo de 2015

El Fuero del siglo XXI


Me gustó ayer este artículo sobre el Fuero de Iñaki Iriarte. En él expone los rasgos más importantes de un Fuero para el siglo XXI.
Defiende, en primer lugar, la existencia de una identidad colectiva, pero no anuladora o por encima de la individualidad.
Cree que el Fuero no es privilegio sino pacto. Pacto que ha perdurado a través de Repúblicas, Dictaduras y Monarquías.
Finalmente el Fuero es un baluarte frente al independentismo, ya que el Pacto-Fuero implica la co-dependencia con quienes nos rodean.
Por todo ello os lo recomiendo muy especialmente a quienes tenéis otra idea muy diferente del Fuero

Identidad colectiva e individual
Soy consciente de que la idea de que los fueros puedan expresar un rasgo esencial de la personalidad histórica de Navarra y tener alguna vigencia en el siglo XXI, hará sonreír a muchos y que en otros provocará rechazo. La propia hipótesis de que haya algo así como unas “identidades colectivas” les parecerá un mito absurdo. Hace poco leí a un buen amigo escribir que en Navarra había tantas identidades como personas. No me rasgo las vestiduras ante ese escepticismo. La vida humana me parece sagrada. Las identidades colectivas –las que sean-, no. Coincido, además, en que estas deberían ser relativizadas y que habría que insistirle a la gente que, por encima de todo, somos individuos y en que debemos atrevernos a ser mayores de edad -y no eternos infantes, perezosamente instalados en la “casa del padre”-. Admito también que sería preciso predicar un cierto “laicismo identitario” y que cuando las identidades se convierten en el eje del debate político, es muy posible que la libertad salga perjudicada.
Sin embargo, sí creo en la existencia de esas identidades colectivas. Nos basta con viajar para comprobar que la sociedad de un país es diferente a la de otro. Son diferentes porque los individuos que las componen comparten cosas diferentes. Cosas tan variadas como la arquitectura que los rodea, la comida o la forma de relacionarse padres e hijos. E, inevitablemente, todo ello condiciona la personalidad de los individuos que habitan en ellos. 

Voluntad de Pacto
Alguien me dirá: “De acuerdo, pero, ¿qué tiene que ver todo esto con los fueros?” Pienso que mucho. Desde hace cerca de 175 años, desde la famosa ley de 1841, la mayoría de los navarros hemos concebido nuestro ser colectivo en relación al Fuero. Un Fuero que comprendemos no tanto a partir de cuestiones jurídicas concretas -como la libertad de testar o las donaciones intervivos-, cuanto como la expresión de una voluntad explícita de pacto y, ligado a este, la defensa de una amplia autonomía fiscal para Navarra. Es posible que el Fuero General de Navarra de 1238 tenga poco que ver con esta interpretación nuestra, pero, para qué vamos a engañarnos, tampoco la democracia ateniense tiene demasiado que ver con la democracia moderna y, pese a todo, mantenemos el mismo término. En cualquier caso, lo que me parece innegable es que 1841 contribuyó a crear una cultura del pacto y, con ella, una fórmula de convivencia entre Navarra y el resto de España que ha tenido el mérito de perdurar a través de repúblicas, dictaduras y monarquías. Lo cual no me parece nada desdeñable.

Con el Otro, no contra el Otro
Vincular el fuero a la identidad de Navarra implica, a mi modo de ver, muchas cosas buenas. Lo más fundamental es que todo pacto requiere reconocer al Otro como un interlocutor válido, como un igual, como alguien a quien se le puede estrechar la mano y con quien es posible alcanzar acuerdos. “Acuerdos”, digo, y no “treguas”; acuerdos duraderos, hechos para sobrevivir al ir y venir de las generaciones. Esto, a su vez, exige responsabilidad, madurez, perspectiva, visión del largo plazo. Dicha lógica se opone diametralmente a la de quienes comprenden la identidad y la historia como una interminable lucha contra el Otro, un enemigo que, se supone, nos ha perseguido a lo largo de los siglos y que sólo busca robarnos el ser, la lengua, la independencia, la memoria y hacernos desaparecer. Una interpretación, esta última, propia de adolescentes enfurruñados y que condena a la sociedad navarra al victimismo y a la inmadurez. Por el contrario, la idea de un pacto-fuero sirve para resaltar que no estamos solos en el universo, que somos co-dependientes de quienes nos rodean y que, por eso, la independencia es un deseo absurdo. Fuero supone valorar la convivencia, afirmar que lo que nos define como pueblo es la voluntad expresa de negociar, de argumentar, de ponernos en lugar del Otro y, así, acertar a conciliar sus intereses con los propios. Fuero es prudencia, cautela, obligarse a cumplir con lealtad la palabra dada, atenerse al “Derecho” y, por tanto, tenerlo. En definitiva, dejar de lado rencores y heridas imaginarias, y centrarse, legítimamente, en lo concreto, en lo tangible, en el huevo. Como puede comprobarse, estos no son valores que vayan en contra de la libertad individual, la igualdad y la fraternidad. Y mucho me temo que el retroceso de esta noción del Fuero como pacto en la sociedad navarra solo producirá el avance de esa otra manera de entender la identidad colectiva, pueril, simplista y peligrosa.

Iñaki Iriarte López es profesor en la EHU/UPV y electo al Parlamento de Navarra por Unión del Pueblo Navarro

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