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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Hatortxu 2010


Te extrañará el nombrecito. Hatortxu.
Ese -txu, a veces -txo, es un diminutivo. Los diminutivos suelen ser, y en este caso sin duda, cariñosos. Y el "hator", ya sabes, "Hator hator mutil etxera...". "Ven, ven, mozo, a casa", que dice el villancico.
Hace ya varias décadas que los proetarras se apropiaron de él para, especialmente en navidades, pedir la vuelta a su casa de sus presos.
Ahora el lema viene ya actualizado: "...hator hator neska mutil etxera...", "ven, moza-mozo, a casa".
Pero ya no engañan a nadie, salvo a quien quiere dejarse engañar.
Como Millán Astray, gritan "¡Viva la muerte!", aunque en versión vasca: "Euskadi ala hil!" (Euskadi o muerte. Bueno, hoy dirían "Euskalherria" en vez de "Euskadi"). Habitualmente, la muerte de los demás.
Y pretenden celebrar un concierto para homenajear a personas (?) juzgadas y condenadas como asesinos.
Diría Mariví: ¿Os imagináis un concierto para homenajear a violadores, maltratadores, estafadores, pederastas...?
Y esto, si la autoridad no lo impide, va a ocurrir en Navarra, concretamente en Villava, en terrenos cedidos por el alcalde de Villava, Peio Gurbindo.
Y, para más inri, en "Entrecementerios", entre los cementerios de Burlada y Villava. ¿Tanatofilia?
Como diría mi hermanico Nacho: "¡de locos!".
Hacia 1980, años de plomo, fuimos a ver a Caro Baroja a Itzea, su casa de Vera de Bidasoa (hoy Bera, a secas). Y hablando del tema del terrorismo no encontraba ninguna explicación. "Algún virus", decía aquel sabio.
Resulta inconcebible que 30 años después se siga jaleando a la muerte y, encima, en Navarra.
Y que la Delegación del Gobierno lo permita.
¡¡¡¡Por favor!!!!


Un concierto profundamente insolidario

Decía Yehudi Menuhin que la música “representa una fuerza desconocida en la sociedad”, que es un instrumento “capaz de hacer mover las cosas”. Es una frase quizá grandilocuente, pero en el pasado más reciente hay decenas de iniciativas que la avalan. Incluso el pop-rock se ha convertido a veces en un argumento poderoso contra la guerra o la pobreza cuando ya las razones convencionales se antojaban insuficientes. La cita pionera de Woodstock (1969) en la época de Vietnam, los conciertos a favor de Bangladesh (1971) o Kampuchea (1979), los que se organizaron en 1984 y 1985 en beneficio de África, o las iniciativas que unieron a artistas de todo el mundo en la lucha contra el apartheid (1985) o contra el sida (1992) forman parte de la banda sonora del siglo XX.
Navarra, sin embargo, podría pasar dentro de pocos días a la historia por acoger una iniciativa musical que persigue justamente lo contrario: ahora no se trata de reclamar la atención pública sobre una injusticia o una epidemia, sino de homenajear a un grupo de criminales que cumplen condena por haber asesinado a casi un millar de personas y por haber hipotecado la normalidad de su país, la de todos nosotros, durante las cuatro últimas décadas.


La cita tiene nombre propio (“Hatortxu Eguna”), pretende reunir a ocho grupos musicales y, si nadie lo remedia, se celebrará en Villava el próximo 9 de enero. El encuentro no es una novedad. El “Hatortxu” del año pasado se llevó a cabo en Lakuntza el 21 de junio y la crónica que publicó Gara al día siguiente dejaba pocas dudas sobre la naturaleza y al alcance del festival: “El gran escenario que en las noches anteriores acogió los conciertos más numerosos se quedó pequeño en el acto que congregó a miles de personas para denunciar la política de dispersión del Estado español y francés hacia los presos políticos vascos”, se puede leer en la crónica. Y también: “Las fotos de 740 presos en manos de familiares y amigos abarrotaron el escenario y la gente respondió en masa al llamamiento de la organización”. Entre canción y canción se proyectaron algunos vídeos. Uno mostró “la represión de los últimos treinta años por parte de distintos cuerpos policiales” y otro quiso recordar a los demás pueblos del mundo «que sufren el imperialismo y la represión», incluidos los tamiles de Sri Lanka.


Estas referencias pretendidamente solidarias encierran siempre una paradoja irresoluble: tiene triste gracia que los organizadores del “Hatortxu Eguna” sean capaces de extender su apoyo hasta un remoto país del sudeste asiático cuando sin salir de Lakuntza y de la Barranca —o de la Sakana, si prefieren—, podrían haber encontrado decenas de personas que reprimen en silencio su miedo y que conviven con la posibilidad perfectamente real de que les peguen dos tiros. Pero, claro, cómo iban a reparar en ellos si estaban ocupados en la organización de un festival cuya finalidad era justamente la de exaltar a los verdugos, a todos aquellos que han preferido resolver a tiros o con bombas o con secuestros las diferencias con sus vecinos. Es decir, a todos aquellos que han dedicado las últimas décadas a practicar la represión en Lakuntza y en el resto de Navarra y de España con quienes no compartían sus soflamas imperialistas y trasnochadas.
Parece complicado que los promotores del “Hatortxu Eguna” y los cientos de jóvenes que seguramente acudirán al encuentro se cuestionen su hermética visión del mundo. Sería tanto como pedirles que pensaran por sí mismos, que se alejaran mentalmente de ese discurso superficial, maximalista e impermeable.


En los últimos años, los presos se han convertido en la excusa humanitaria de un colectivo al que apenas le quedan otros argumentos. Ningún hombre ha nacido para estar encerrado entre cuatro paredes, es verdad. Y nadie puede dejar de admitir en ese sentido la dureza de la cárcel. También es cierto que la reclusión impone frecuentes sacrificios a los familiares. Pero la cárcel forma parte de los mecanismos que la sociedad ha creado para protegerse: no es un fracaso, como pretenden algunos, sino un medio para reducir o evitar males peores. No es un drama tener que viajar a Canarias para visitar a un hijo encarcelado; el verdadero drama es tener que resignarse a que los restos del padre o del hijo o del amigo descansen antes de tiempo en un cementerio. Organizar un concierto para homenajear a quienes los llevaron a la tumba es una afrenta intolerable. Y permitir que ese concierto se celebre equivale a renunciar a los principios más elementales. Algún día la Historia nos pasará factura a todos por permitir actos como el “Hatortxu Eguna”.

Libertad Ya

viernes, 25 de diciembre de 2009

Sor Cecilia: mi primera maestra

Sor Cecilia enseñando la letra "d"
Hoy os voy a contar un cuento. Y, como en todos los cuentos, aparece un niño. En este caso es un niño de 4 años, que a duras penas llevaba el pan desde la tienda del señor Bartolomé hasta casa. Aparece un hada, un hada muy buena. Y hasta aparece algún que otro lobo feroz.
Pero este cuento no es de mentirijillas. Es real. O, por lo menos, es sincero: así lo recuerdo.
Es un trocito, un trocito muy querido de mi infancia

En septiembre del año 53, con 3 añicos (cerca ya de los 4) me llevaron a La Casita. No era mucha, apenas 30 metros, la distancia de mi casa, el 18 de Dormitalería, al colegio. Era el primer día de escuela y Sor Cecilia nos recibió (¡cómo nos vería de asustados!) con un bote de caramelos. En aquella época -con fama de letra y sangre-, una auténtica sorpresa.
La Casita fue el nombre con el que los vecinos bautizaron al Asilo de la Sagrada Familia, como llamaban las Hijas de la Caridad al edificio de la calle Dormitalería. Estas monjas se dedicaron desde 1887 a 1970 a la gestión de un "Colegio de párvulos". Desde el 47 hasta el 69 el aula de los más pequeños ("los cagonicos del Asilo", así se nos llamaba) fue atendida por Sor Cecilia.
Nos sentábamos en una especie de gradas que tenían dos ventajas: la de poder seguir mejor las explicaciones y la de poder echar una cabezadita girándonos 180 grados y apoyando la cabecita en la grada superior. No creo que hoy en día le permitieran a Sor Cecilia tan peligrosa instalación.
Para enseñarnos las primeras letras bajaba con un sistema de cuerdas unos carteles que tenían unas ventanitas por las que se podían ver, al girar un disco, las diferentes letras en mayúscula, minúscula, a mano... Y todas las letras tenían su dibujo correspondiente. Y, además, su canción. Vamos, una auténtica representación teatral en la que los niños éramos los principales protagonistas:

¡A, A, A! aeroplano de papá / el niño se montará / en la cola, cola: ¡Aaaa! Y colocábamos las manos abiertas en forma de embudo alrededor de la boca.
¡E, E, E! La niña quiere café / y la madre le dará / para que no llore: ¡Eeee! Con la mano abierta levantada.
¡I, I, I! A la India quiero ir / por ver lo que pasa allí / por eso yo quiero ir: ¡Iiii! Con el índice levantado.
¡O, O, O! La niña tiene un "reló"/ para ver la hora que es / la niña tiene un "reló": ¡Oooo! Haciendo la "O" con el índice y el pulgar.
¡U, U, U! Oh, qué lista eres tú / con el modo de asustar / haces aprender la: ¡Uuuu! Era la que más me gustaba: a modo de cuernos colocábamos los dedos índices en las sienes.


Lo mismo ocurría con los números:

¡Un dedo, el uno!
¡Dos ojos, el dos!
¡El tres, cojito es!
¡El cuatro, cara de gato!...


Y cada uno de ellos tenía su mímica. Algunas veces lógica, como las gafas para el "ocho" o "¡el nueve, el bastón del abuelo!".
Me imagino a la gente que pasaba por Dormitalería o entraba a la Catedral escuchando con una sonrisa nostálgica toda aquella algarabía.
"El tres, cojito es". Nunca he sabido por qué era cojo el tres (Rogelio nos lo explica). La que sí tenía una ligera cojera era Sor Cecilia. Era una secuela de nacimiento. Sor Cecilia (Cecilia Taboada Laborra) vino al mundo un 22 de noviembre (Sta. Cecilia) de 1902, en Sangüesa (Navarra). Y venía acompañada por su hermana gemela Javiera. Cecilia nació la primera. No se movía ni lloraba. Así que, dándola por muerta, la dejaron en el frío suelo sin ningún abrigo y siguieron ayudando a la madre para el 2º parto. Cuando esté terminó felizmente, alguien se dio cuenta de que la criatura, que estaba en el suelo, respiraba. Aunque la atendieron enseguida, le quedó como secuela esa ligera cojera.

Y así todos los días, con la carterica a la espalda, íbamos contentos a la escuela. Como el Niño Jesús, según nos enseñó a cantar Sor Cecilia:


El Niño Jesús iba a la escuela. / ¡Qué contento va con la cruz a cuestas! / Se sabía la lección y le dieron un bombón / y una manzanita para su boquita / y un ramo de flores para su corazón. / ¡Que por ti, que por mí, / que por mí murió en la cruz!

En aquella época no teníamos motivos para relacionar nuestras carteras del cole con la cruz y el sufrimiento. Años después sí. Tuve un maestro que hasta se llamaba Don Cruz y otro que, cuando se iba de clase, le dejaba el palo al más bestia de la clase para que nos vigilara, mientras él se iba tranquilamente a... También, ya sin la cartera del cole, cuando íbamos al Redín a ver a los cordeleros y a jugar, había un guardia o vigilante [el Señor Justo (búscalo en el enlace)] que injustamente nos tiraba las casitas que hacíamos con las enormes piedras con las que se iba construyendo el muro de protección de la parte Este de las murallas. O cuando corríamos y gritábamos por el atrio de la Catedral, o era la hora del cierre y salía el portero: "¡Que cierrooo, que cierrooo..!", blandiendo un manojo de enormes llaves... Que le pregunten a mi amigo Francisco por la marca que tenía en la cabeza, consecuencia de un lanzamiento certero. Pero mejor no sigo.


La Casita era un oasis. Un lugar adonde yo iba sin preocupación. Al revés, con ilusión. Todo lo que hacíamos, se hacía cantando. Por ejemplo, para ir al patio:
"¡Al retrete y al recreo, con pan y fideo!"
O, cuando no llovía, para pedir agua:
"Agua Virgen pura, / agua Virgen bella. / Agua Virgen santa, / agua, agua, agua. / Nosotros, los pequeñitos, / ya no queremos jugar, /porque los trigos se secan / y las chicas y chicos pedimos pan".
Y, cuando algo resultaba difícil de explicar o, mejor, de entender por nuestras mentes infantiles, Sor Cecilia siempre tenía un recurso:
"¡Esto es así porque lo manda el Señor Alcalde!"
Y a nosotros ya no nos cabía ninguna duda.
A media mañana y a media tarde teníamos nuestro vasito de leche, lo mandara o no el Señor Alcalde.
Llamaba tanto la atención todo lo que hacíamos en La Casita que, cuando llegábamos a casa, padres y hermanos nos preguntaban qué habíamos aprendido aquel día. Y tanto mi hermano pequeño, como yo, a recitar. Hoy es el día que todavía recuerdan aquello que yo cantaba aprendido en La Casita:


Esto era un niño llamado Melitón, / mas feo que Picio, / más tonto que un lorón. / Apenas sabía contar y leer / de suerte que nunca quería aprender. / Un día un bromazo quiso darle Satán. / Adentro colose vestido de gabán. / De buenas maneras dijole a Melitón / que aprisa y corriendo leyera la lección: / -coge niño la cartilla y enseguida, sin parar. / Mas, al punto que toca sus vestidos, / en la mano sintió una quemazón. / Vio la cola y los cuernos escondidos / y así dijo al demonio Melitón: / -ya te estás de aquí tomando el tole! / A lo que el demonio respondiole: / -yo he venido aquí para enseñarte. / Anda Melitón no seas cazurro; / mira que, si no, te despachurro (despanzurro?). / -Anda con la música a otra parte. / Grita Melitón trota y patea / y entonces se formó una enorme batahola... (aquí mi hermano mayor me interrumpía y me preguntaba por lo de la "batahola". Ni idea). Y llegaba la moraleja:
Esto a los niños les pasará, / si no quieren estudiar: / en un cuarto los encerrarán / y allí llorarán.


O esta preciosa poesía que mi hermano duda si la aprendió de Sor Cecilia o, ya en las Escuelas de Compañía, de Dña. Enriqueta o Dña. Camino:



Esto era... / un pajarito / rubio, como tú. / Su jaula tenía / un lacito azul, / dos puertas, / tres palos, / agua y alimento / -un terrón de azúcar-, / y un columpio lento. / Pero el pajarito / no estaba contento. / ¡Él quería árboles!, / ¡él quería cuentos!, / ¡él quería ramas!... / Volar bajo lluvia, / ver a los fantasmas, / ir a las estrellas, / cantar a las ranas / y buscar amigos, / y un nido tener. / Dobló sus patitas, / rezó arrodillado, / pidió al cielo suerte. / Vino un huracán, / sopló viento fuerte / y le abrió la jaula / en un periquete. / El mover sus alas / no se le olvidó, / y aquel pajarito / feliz escapó.
Tan bien la recitaba mi hermano que fue llamado por el Tío Ramón para que la dijera en Radio Requeté (al final, Colaboradores)y allá que se fue con el chaquetón nuevo, colocado con alfileres e imperdibles porque aún no estaba terminado.
No hace mucho me enteré de que tan deliciosa poesía era de Gloria Fuertes.
Los Reyes también venían a La Casita. Sor Cecilia, a la dcha.
Yo tuve, pues, la inmensa suerte de encontrar en mi primer contacto con la escuela a una segunda madre, a alguien que desprendía alegría por los cuatro costados, que me hizo aprender con gusto, casi sin darme cuenta. Tuve la suerte de que mi primera maestra fuera una buena maestra.
Sor Cecilia, ¡gracias!
Un cagonico (que no canónigo) del 53

Fechas y datos en la vida de Sor Cecilia:
  • 22.11.1902. Nace Cecilia Taboada Laborra en Sangüesa, provincia de Navarra. Padre: Manuel Taboada Ruiz, labrador. Madre: Juana Laborra Goyeneche, vendedora en el Mercado. Fueron 10 hermanos.
  • Primeros estudios: Colegio de la Inmaculada, dirigido por las Hijas de San Vicente de Paul.
  • 1921. Voluntaria en el Hospital de Sangüesa.
  • 1922. Madrid, Seminario de las Hijas de la Caridad.
  • 1923. Mendigorría (Navarra), escuela de las Hijas de la Caridad.
  • Arróniz (Navarra). Cambiada de destino.
  • Hospital de Navarra.
  • Bétera (Valencia), Colegio de Nuestra Señora del Carmen.
  • Invierno de 1947. La Casita de Dormitalería, Pamplona. Hasta el 69.
  • 26.09.1970. Traslado de la comunidad de La Casita a la Casa de Beneficencia de Valencia.
  • Noviembre de 1983. Jubilada (¡con 81 años!) en la Residencia La Milagrosa de Zaragoza.
  • 12.05.1989. Muere en Zaragoza.
Muchos datos de esta entrada están sacados del capítulo dedicado a Sor Cecilia, escrito por José Félix Mendía Braco, parte que pertenece al libro "Mujeres que la historia no nombró", editado en 2002 por el Ayto. de Pamplona. Muchas gracias también a Yolanda, que me aportó los materiales necesarios.

Galería de fotos 
[Actualización 13.12.2014: he recibido el valiosísimo material de Anamary Olaverri que os invito a consultar]
Sor Pilar, superiora, en el centro. Sor Cecilia, a la izda. Sor Josefina (piano) a la dcha.

jueves, 17 de diciembre de 2009

"Ojos de gata" vs "Y nos dieron las diez"


El 17 de noviembre de 1999 fue encontrado muerto, por sobredosis, en un portal de Madrid, Enrique Urquijo
Hoy Desolvidar quiere recordar aquel día en el que Joaquín Sabina le regaló a su amigo Enrique el comienzo de unos versos escritos en una servilleta. A partir de ellos cada uno escribió un final diferente y con una música distinta. Seguro que el carácter y la situación personal de Joaquín y de Enrique tuvieron mucho que ver en el diferente desenlace.
En el 91 salió la versión de Enrique, "Ojos de gata" en el álbum "Adiós tristeza". Un año después la de Joaquín: "Física y Química" con "Y nos dieron las 10".
Aunque "de gustibus non est disputandum" (para gustos hay colores), yo me quedo con la de... los dos.
Y me hago esta sesuda pregunta: y nos dieron las 10, ¿a.m o p.m?

OJOS DE GATA
Fue en un pueblo con mar, una noche, después de un concierto;
tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto.
-“Cántame una canción al oído, te sirvo y no pagas”.
-”Sólo canto si tú me demuestras que es verde la luz de tus ojos de gata”.

Loco por que me diera la llave de su dormitorio,
esa noche canté, al piano del amanecer, todo mi repertorio.
Con el "quiero beber", el alcohol me acunó entre sus mantas
y soñé con sus ojos de gata, pero no recordé que de mí algo esperaba.
Desperté con resaca y busqué, pero allí ya no estaba.
Me dijeron que se mosqueó porque me emborraché y la usé como almohada.
Comentó por ahí que yo era un chaval ordinario,
pero cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario.

Y NOS DIERON LAS DIEZ
Fue en un pueblo con mar, una noche, después de un concierto;
tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto.
-”Cántame una canción al oído y te pongo un cubata”.
-”Con una condición, que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata”.
Loco por conocer los secretos de tu dormitorio,
esa noche canté, al piano del amanecer, todo mi repertorio.
Los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando;
tú saliste a cerrar, yo me dije: "Cuidado, chaval, te estás enamorando".
Luego todo pasó, de repente, tu dedo en mi espalda
dibujo un corazón y mi mano le correspondió debajo de tu falda.
Caminito al hostal nos besamos en cada farola.
Era un pueblo con mar,
yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola.

Y nos dieron las diez y las once,
las doce y la una, y las dos y las tres...
y desnudos al anochecer nos encontró la luna.
Nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos;
el verano acabó, el otoño duró lo que tarda en volver el invierno.
Y a tu pueblo el azar, otra vez, el verano siguiente
me llevó, y al final del concierto me puse a buscar tu cara entre la gente.
Y no hallé quien de ti me dijera ni media palabra;
parecía como si me quisiera el destino gastar una broma macabra.
No había nadie detrás de la barra del otro verano;
Y en lugar de tu bar, me encontré una sucursal del banco hispanoamericano;
Tu memoria vengué, a pedradas, contra los cristales;
sé que no lo soñé, protestaba mientras me esposaban los municipales;
En mi declaración alegué que llevaba tres copas
y empecé esta canción en el cuarto donde aquella vez te quitaba la ropa...