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martes, 10 de marzo de 2020

Una fecha maldita para Juan Apesteguía

 Arriba, cinco de los hermanos Apesteguía Díaz: Luis, Javier, Clemente, Epifanio y Alfredo. 
Abajo, Carmen Apesteguía Díaz, Elisa Jaurrieta (viuda de Baltasar Martínez), Loli Martínez Jaurrieta 
y Conchita Apesteguía. La foto (de Marrodán) fue tomada ayer en Izcue, después de la comida que compartieron.
Cuando publiqué la crítica de Marquerie a Amor que viene cantando en el ABC el SABADO 22 DE OCTUBRE DE 1955, no podía imaginar lo que esa maldita fecha supone para mi buen amigo Juan Apesteguía. Te acompaño en la pena.


Los huérfanos vuelven al lugar del crimen
En 1955, un novio despechado mató en Pamplona a dos guardias civiles y se suicidó a continuación. Cincuenta años después, los hijos de los agentes se han reunido en Navarra.
La mayoría de los once hijos de los dos agentes muertos estudiaron en los colegios para huérfanos que tenía la Guardia Civil
JAVIER MARRODÁN (DN 24.10.2005)
Las familias Apesteguía Díaz y Martínez Jaurrieta han compartido durante los dos últimos días un encuentro muy especial. El sábado asistieron a una misa en la parroquia de San Saturnino y ayer comieron en una casa rural que habían alquilado en Izcue. La sobremesa fue animada, casi festiva, con canciones y recuerdos de hace varias décadas. Para alguien ajeno al grupo se hacía difícil imaginar que la reunión tenía su origen en uno de los sucesos más sombríos de la historia reciente de Navarra.
Ella vivía en el nº 16 del entoces Camino de Abejeras. Cuando los guardias
terminaban de subir las escaleras fueron recibidos a tiros por el acosador
El episodio que hace medio siglo unió a las dos familias tuvo lugar junto a las escaleras que ya entonces descendían desde la calle Abejeras hacia la avenida de Zaragoza. José Luis Azcárate Zarranz, de 22 años, se presentó «sobre las 8.15 de la mañana» en el domicilio de una joven a la que había conocido un tiempo antes, cuando ambos trabajaban en una fábrica. José Luis Azcárate había huido a Francia para eludir el servicio militar, pero aquel 22 de octubre de 1955 regresó a Pamplona con un rifle automático y aviesas intenciones. La prensa de la época aseguró que pretendía asesinar a la muchacha. Ésta no le abrió la puerta y él debió de organizar algún jaleo. Lo cierto es que los vecinos avisaron a una pareja de la Guardia Civil que se encontraba en la caseta de arbitrios que existía en el arranque de la avenida de Zaragoza.
Los agentes Quintín Apesteguía Puy y Baltasar Martínez Ochoa se acercaron al lugar para ver qué ocurría y José Luis Azcárate los recibió a tiros desde la entrada del portal. Los dos guardias murieron en el acto. El agresor intentó de nuevo entrar en casa de su pretendida. No lo consiguió y acabó disparándose el cartucho que le quedaba. También falleció allí mismo.

Conmoción en Pamplona
El suceso causó una conmoción enorme en la Pamplona de la época. «Impresionante y sentida manifestación de duelo en el traslado de los dos guardias civiles», se puede leer en la primera página del Diario de Navarra del 25 de octubre. A los funerales asistieron las principales autoridades de la comunidad y del instituto armado, además de miles de vecinos de la capital. «El paso del severo cortejo por las calles de Santo Domingo, San Saturnino y Mayor resultaba de una impresión sobrecogedora», dice la crónica de la jornada. Y añade: «El gentío que se agolpaba en las aceras y en los balcones guardaba el más respetuoso silencio, y conmovía intensamente ver a muchas mujeres con los ojos arrasados en lágrimas».
Sin embargo, la hemeroteca no contiene ninguna referencia de la historia que comenzó cuando se extinguieron los ecos del funeral y cuando las autoridades y los titulares se alejaron de las familias de los fallecidos.
Quintín Apesteguía tenía 45 años, estaba casado con la asturiana Natividad Díaz, de la misma edad, y era padre de nueve hijos. La mayor tenía quince años y el pequeño, dos. 
Baltasar Martínez Ochoa, de 39 años, estaba casado con Elisa Jaurrieta y tenía dos hijas de seis años y 18 meses. 
Las dos familias vivían en la comandancia de la avenida de Galicia. 
Después del doble crimen, las autoridades de la época ofrecieron a las viudas sendos pisos en el barrio de la Chantrea. «Nos pagaron las 7.000 pesetas de la entrada», cuenta Elisa Jaurrieta, que entonces tenía 31 años y que hoy, a pesar de los 81 que ya ha cumplido, conserva muy frescos los recuerdos de aquellos días.
Les facilitaron además dos pequeñas bajeras, por si querían poner algún comercio. Natividad montó una mercería y Elisa probó con los comestibles.
Juan Manuel, hoy
Pero el problema principal eran los hijos. De los nueve huérfanos que dejó Quintín Apesteguía, siete fueron a los dos colegios de huérfanos que tenía la Guardia Civil: los chicos al Infanta María Teresa, en Madrid; y las chicas a Juncarejo, en la localidad de Valdemoro. En Pamplona se quedaron únicamente los dos mayores y el benjamín. Todos guardan recuerdos dolorosos del acontecimiento que les separó de su madre. Alfredo tenía doce años, estudiaba en los Agustinos de Artieda y mantiene grabada con nitidez la imagen del cadáver de su padre envuelto en el hábito de los terciarios franciscanos. Con el tiempo, él también ingresó en la Guardia Civil. Hoy se encuentra en la reserva y vive en un pueblo de Mallorca. Conchita, que era la mayor, recuerda perfectamente el gentío que asistió al funeral. También pudo ver el cuerpo sin vida de su padre cuando el cadáver aún se encontraba en el Hospital Militar, entonces en la Cuesta de Santo Domingo. Ella vivió en Pamplona hasta 1960, cuando su madre optó por dejar la capital navarra para instalarse en Madrid. Conchita reside hoy en León. Juan Manuel, el segundo, empezó a trabajar de botones en el Banco Español de Crédito gracias a una gestión de Carlos Arias Navarro, que era gobernador civil de Navarra cuando ocurrieron los hechos. Con el tiempo llegó a ocupar puestos de responsabilidad en la entidad bancaria.

Una relación estrecha
Los demás hermanos guardan impresiones desiguales del tiempo que pasaron internos, aunque todos coinciden en lo unidos que han estado siempre. «Nos traumatizó la separación, pero hemos salidos adelante», dicen. Viven repartidos por la geografía española —ninguno en Navarra—y les gusta acercarse a Pamplona, de donde tienen recuerdos abundantes, pero también a Echauri, donde nació su padre, o incluso a Puente la Reina, donde estuvo destinado un tiempo.
[Me dice Juan que su madre compró piso en Madrid para estar cerca de sus hijos, siguió cosiendo de noche y día,  pero los últimos años los pasó con nosotros  por este orden por su profesión TORRELAVEGA-GIJON-LOGROÑO-GIJON otra vez, donde falleció a los 82 años].
Por su parte, Elisa Jaurrieta mantuvo el pequeño comercio de comestibles en la plaza de la Chantrea y hasta lo amplió con el local que la familia Apesteguía dejó libre al marcharse a Madrid. Su hija mayor, María Jesús, pasó también por el colegio de huérfanas de Juncarejo.
Tanto en aquel centro como en el masculino concurrían historias muy dramáticas. Algunos de los internos eran hijos de guardias que habían fallecido de forma natural, pero un grupo importante arrastraba consigo acontecimientos más o menos dramáticos. «Haber vivido aquello te ayuda a imaginar mejor las historias tan duras de las familias que han padecido los atentados de ETA», dicen varios de los hermanos Apesteguía Díaz.
La relación entre las dos familias ha sido siempre muy estrecha. Por eso, el encuentro de este fin de semana surgió de forma espontánea, como «un homenaje» a aquellos «dos hombres buenos» muertos hace medio siglo.

Cortejo fúnebre por las calles de Pamplona y funeral en San Cernin
La muerte de Quintín Apesteguía y Baltasar Martínez fue muy sentida. La capilla ardiente quedó instalada en el Hospital Militar, que se encontraba en la Cuesta de Santo Domingo. «Durante la noche del sábado hicieron vela a los cadáveres compañeros del Cuerpo, familiares y amigos y el domingo se dijeron misas que se vieron muy concurridas», se lee en la prensa de la época.
El cortejo fúnebre partió desde el Hospital Militar. Presidían la comitiva el gobernador civil de Navarra, Carlos Arias Navarro —el mismo que en noviembre de 1975 anunció a los españoles la muerte de Franco—, el vicepresidente de la Diputación Foral, Miguel Gortari, y el alcalde de Pamplona, Javier Pueyo. La relación de las restantes autoridades ocupa más de ochenta líneas de tipografía minúscula y apretada. El funeral se celebró en la parroquia de San Cernin. «En el centro de la iglesia se alzaba un suntuoso catafalco del que pendía una gran bandera española y que coronaban dos tricornios de gala», detalla la crónica.
Cincuenta años después, los hijos de Quintín Apesteguía han querido que la misa por su padre y por Baltasar Martínez volviera a celebrarse en San Cernin. Para la comida eligieron el pueblo de Izcue, por su cercanía con Echauri, la localidad natal de su padre.

1 comentario:

Carmelo dijo...

1955 recien nacido yo, asesinan a Apesteguia y Martinez, 2 guardias civiles intentando cumplir con su trabajo, acribillados por un loco.
No importa el objetivo ni la intención ni la motivación que se tenga, al final siempre es igual, alguien inocente muerto, asesinado de forma cobarde y el asesino con la dignidad perdida, sin escrúpulos, que mata por la espalda.
El resultado una familia destrozada unos niños perdidos sin horizontes claros y una valiente y digna madre que a pesar de todo, tira para adelante luchando por sus hijos y la memoria de su marido.
Gran leccion amigo Pachi.
Gracias y Navrazon para todos ellos.