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jueves, 13 de noviembre de 2014

Ezequiel Endériz: La Jota (1949)

Si exceptuamos a Andalucía, donde la Jota se disfraza tras de ese baile que se llama “Alegrías”, ¿en qué tierras de España no hay un poco de Jota? Castilla, con ser Castilla, entre sus “ruedas”, “zarandillos” y “seguidillas” tiene su “Jota”. Algunos han llamado a esta Jota, “baile a lo llano”; pero Federico Olmeda la recoge como “Jotacastellana”. Galicia y Asturias también bailan la Jota. Y Cataluña y Vasconia se contagian de ella, la una por Huesca y la otra por Navarra.
Se puede, argüir y se arguye que estas Jotas, ni temperamental ni rítmicamente son tales Jotas, y desde luego, a nadie que vaya a estudiar la Jota, todo lo que la Jota tiene de nervio, de médula, de caliente explosión de los sentidos líricos, se le ocurrirá ir a estudiar la Jota ni a Castilla, ni a Galicia, ni a Asturias.
La Jota es raíz, mecha de pólvora, en ese triángulo insigne que forman Aragón, Navarra y la Rioja, entre estepas y huertos frondosos, como un contraste más de un suelo que, unas veces es rosa y otras, piedra. Parece, como siempre, el arte popular, un producto neto de su campo, que se ha hecho de los relieves del paisaje, del color mismo de ese paisaje, tan duro y hostil por unas vertientes, tan claro y oneroso por otras.
Sin embargo, vista en frío, analizada la copla de una Jota como se hace una autopsia, no se trata más que de un ritmo lento -116 corcheas del metrónomo, en compás de tres por ocho, en tono de re menor, que al llegar al quinto verso modula valientemente y pasa al tono mayor por el sostenido que afecta al fa natural-.
Pero bien poca cosa sería la Jota si no fuera más que eso. A la música no se la puede hallar nunca en estos terrenos, y aún los mismos grandes compositores que no hicieron o no quisieron hacer más que música pura, el tiempo les va haciendo Literatura, es decir, humanidad; y ni Bach, ni Haydn, ni Bramhs, ni César Franck son ya ni tan fríos ni tan rigurosos como ellos hubieran querido ser. No hablemos de Beethoven, cuyos poemas musicales hablan al hombre con un lenguaje tan preciso y claro que es su propio lenguaje. Pues en la música folklórica aún puede hacerse mucho menos una disección y es ella un valor sobreentendido en la baraja humana, o no es nada. Así, pues, la Jota ataca al sentimiento, a lo que el hombre español lleva en sí de anímico, de visceral, y en ese triángulo riojano-navarro-aragonés la Jota es substancia misma de su ser, traducción a la música de sus fuerzas vitales.
Con todo, la Jota se dice que fue introducida por Valencia, y si es mora bien pudo ser, pues aún cuando moros hubo en todas partes de España, el moro valenciano fue más cultivado, más artista, y aún cuando no se ha descubierto todavía en el reino de Valencia ningún cantor de la fama de un Zarcón (pág. 3) o de un Alón, como en el Califato de Córdoba, o como las tres divinas Fadl, Alam o Qalam (5º párrafo), no olvidemos la leyenda de Aben-Jot, que si fuera totalmente inventada, por algo lo sería; que el origen siempre de todo ensueño poético tiene su pequeño punto de apoyo en una realidad.
A Aben-Jot se le da como al creador de la Jota, en circunstancias dramáticas por cierto, y Aben-Jot era valenciano, de los que tuvo que emigrar a la hora de la Reconquista... ¿Qué pasaría, de ser cierta esta leyenda, con su Jota? Que al dejarla abandonada se mixtificaría, como mixtificada está la Jota valenciana, donde a excepción de su copla, tiene pausas y reverencias de minueto o recuerdos de tarantela. Mas la expresión luminosa de sus mujeres, de sus vestidos cuajados de bordados, puntillas y cintas, de sus peinetas, zarcillos y ajorcas de oro, le dan un preciosismo barroco de lo más español, y suena a fiesta real mezclada de huerta...
***
Una vieja copla dice :
 La Jota nació en Valencia
y se crió en Aragón;
pero en Navarra le dieron
sentimiento y corazón.

Y, en efecto; fue en Aragón donde se crió y se desarrolló este españolísimo canto tras de esa aventura de Valencia y de Aben-Jot de la que nada cierto se sabe. Aragón tomó por suya la Jota, la mimó, la amamantó, hasta convertirla en canción de cuna y madrigal, epitalamio y elegía. No hay nada en la vida de los aragoneses que no esté presidido por la Jota. Porque la Jota canta y llora, reza y combate, ama y odia. Parece un milagro que esos cuatro versos engarzados en un compás pausado y altanero, que a la vez le sirven de pórtico y salida otros dos motivos en contraste rimado, sea, en su sobriedad, en su ligereza, en su gallardía, todo el poema de una raza. Los estilos de Jota en Aragón son incontables. Los folkloristas han registrado más de cien estilos diferentes. De Utebo. De Alcañíz, o Calanda. La Zaragozana. La fiera de Fuentes. La fiera del ay de Fuentes. La Ansotana. La de Puntales. La Fematera. La de las Cinco Villas. Más moderna, la del Royo. Más moderna aún la de la Parra. Pero son incontables porque cada cantador, basándose en las primeras formas, ha hecho variantes tan profundas que significan, en realidad, aportaciones nuevas y diferentes. Uno de los cantadores más sobresalientes del viejo pasado — El Royo del Rabal — tenía tal inventiva en estilos de copla que si él se lo proponía era fácil oírle cantar una tarde o una noche entera, siempre en estilo nuevo. El genial cantador todo lo transformaba en Jota. Era tan buen jotero como bohemio y juerguista. Un día, como resultas de una de sus juergas, le detuvo la Guardia Civil. Cuando el pueblo donde ocurrió el suceso se enteró que llevaban detenido al Royo del Rabal, se agolpó en la plaza para verle. El jotero se impresionó ante aquella expectación y, temeroso de que se creyeran que iba detenido por alguna falta deshonrosa, pidió a los que lo conducían que le dejaran aclarar ante el pueblo lo ocurrido. La Guardia Civil accedió y El Royo del Rabal, adelantándose, en vez de hablar, cantó así la siguiente copla:
 Al Royo el Rabal lo llevan
preso por la carretera;
no lo llevan por ladrón,
que lo llevan por tronera.
 El estilo con que cantó esta Jota El Royo quedó ya incorporado en el repertorio de los joteros y se le conoce por “el del Royo”. A raíz de la guerra de la Independencia nacieron varios estilos, entre ellos el de “los altares”, tan popular. El cantador Alfonso creó “la Zaragozana” una noche de serenata a la reina María Cristina, en Zaragoza. Mas tarde, Juanito Pardo hizo célebre “la fematera”, como célebres habían de ser por suyas, la “parra” y “ la burra”.
 “No te subas a la parra,
porque te puedes caer...”
Otra característica de la Jota es que lo mismo puede ser cantada por hombres que por mujeres. En estos  últimos años ha habido quizá mejores cantadoras de Jota que cantadores. Pilar Gascón, sobria, fuerte, muy respetada en los estilos viejos. Ofelia de Aragón, la de la voz de oro, innovadora y artista, Camila Gracia, patética hasta en su final, y Felisa Galé, cuya voz fortísima y metálica llenaba los ámbitos de una Plaza de Toros en los concursos de Jota, sobrándole voz todavía...
***
La gracia de la Jota consiste en que el estilo del cantador, pueda dotarla siempre de una novedad. Esta puede consistir o en el modo de decir o en la letra de la copla, lo que puede hacer y hace que la Jota nos parezca nueva aún no siendo más que una reiteración de lo ya escuchado. ¿Y en qué se distingue una Jota aragonesa de una navarra o de una riojana? Hay en estos tres estilos, que son los más próximos entre sí, matices tan claros para aquellos que distinguen de Jota, que en el primer verso de la copla ésta suele acusar ya su origen. La aragonesa tiene un carácter más altanero y abierto que sus hermanas de la Rioja y Navarra. Pregona la dura fonética del dialecto aragonés. Quizá tiene en su espíritu ese afán de claridad de que el aragonés blasona. Es Jota que se da al viento por ella misma. Como si su expresión no tuviera otro alcance que mostrarse a sí misma. La Jota riojana, en cambio, es pícara, mordaz, con un deje epigramático, como corresponde a ese rincón donde todo pica, desde los pimientos al bueno de Berceo. La de Navarra, solemne y profunda, parece la hermana mayor de esta familia musical, tan puramente ibérica. Porque si Iberia es hija del Ebro - por la voz y e1 asentamiento de los primeros iberos, colocados por la leyenda y la mitología ibéricas en sus orillas verdirrubias-  todas esas tierras que el río padre riega y ata con el milagro de su linfa, son las tierras de Jota. Una mitad justa de la carrera fluvial del Ebro. ya que la Jota, nace, crece y florece precisamente donde el río, ya crecido, riega grandes extensiones de campo. Es decir, desde que divisa Logroño, recorre la Rioja y el ala occidental de Navarra, con Tudela como reina, y pierde la vista a los últimos olivos de la provincia de Zaragoza, Cataluña adentro, donde el Ebro comienza a hacerse río marinero. Los afluentes del. Ebro son canales por donde la Jota va y viene y se hace nidos a muchos kilómetros de esta arteria, que es la dominante en la geo-musicografía del país, lo mismo que en la economía o en el carácter. Los eruditos sobre este tema de la Jota son muy escasos. Poco profundos, además. El profesor Maya, de Pamplona, creía que la Jota había sido otra cosa muy diferente a lo que actualmente es. El aragonés Lapuente fue un buen siglo coleccionador y comentador de estilos a partir del siglo XVIII. Otros musicógrafos, como Pedrell y Torner se atienen sólo, cuando hablan de la Jota, a sus formas musicales. Ya hemos dicho las dudas que existen sobre la leyenda de Aben-Jot como iniciador o creador de la Jota. Pero si juntamos su evocación –precisa no apartarse nunca de esta hipótesis tan bella- y la teoría del profesor Maya podríamos atrevernos a suponer que la Jota es mucho más antigua que lo que se da en las Historias del Folklore español, que fue un canto que sufrió un eclipse, y que reapareció innovada, en su forma actual. Es imposible que no exista una causa así para que el español de estas tierras de Jota, principalmente, sienta esa vibración medular que siente con la Jota. Vibración solo parecida a la que los andaluces sienten con el “cante jondo”. Y esta similitud de fervor, de cosa enraizada, ¿no vuelve a traer ante nuestros ojos la figura de Aben-Jot, el moro que tanto empeño muestran algunos en afirmar que no ha existido? Una causa secreta es la que siempre mueve las almas. Los hombres vivimos sujetos a leyes atávicas que muchas veces no conocemos. Hay siempre un porqué en toda afección irreprimible. Pues bien, ese misterio está en la Jota. Y mientras no lo sepamos descifrar, seguirá siendo misterio, y una Jota cantada por un cantador como Oto, por ejemplo, tendrá para los aragoneses la fuerza irresistible de una llamada...
***
A medida que las aguas del Ebro han bajado hasta Zaragoza el matiz de la Jota ha adquirido una gallardía plena; pero atrás queda una Jota menos altanera que la aragonesa; pero más precisa, más honda. Es la Jota navarra.
 Nace un canal en Tudela
que va a morir a Aragón,
y en ese canal, la Jota,
siendo una, se parte en dos. 

Lo que la Jota aragonesa tiene de anchura, la Jota navarra tiene de densidad. Su ritmo es el mismo; pero no su cadencia. Un espíritu diferencial las determina con personalidad distinta, sin dejar nunca de ser hermanas; tanto, que los cantadores de Jota aragonesa no suelen cantar perfectamente bien la Jota navarra, como los cantadores navarros nunca llegan a dominar como los aragoneses la Jota de Aragón. Quizá para poder observar estas diferencias hay que ser de Aragón o Navarra, de lugares propiamente de Jota. La capital de la Jota navarra, por ejemplo, ha sido Peralta, si hemos de atender a la misma copla, que dice:
 Pamplona es la capital
de la región de Navarra;
pero en tocante a la Jota,
la capital es Peralta.

 En Peralta, desde luego, siempre se cultivó muy bien la Jota de Navarra. De allí era Serapio Olavide que fue sin duda el mejor cantador de Jota navarra del último tercio del siglo XIX. A Olavide le fueron a oír cantar los compositores Zabalza, Eslava, Guelbenzu y Gaztambide; y Gayarre, una vez que pasó por el balneario de Fitero, le rindió visita. Este Olavide fue sin duda quien dió a Peralta la supremacía de la Jota; pero después ha habido otros cantadores — “Morico”, de Tudela, y el “Aceitero”, de Tafalla — hasta que finalmente apareció Raimundo Lanas, conocido por el “Ruiseñor Navarro” y que ha sido para muchos el mejor cantador de Jota que ha tenido Navarra en todos los tiempos. Porque no se puede dar una mayor agilidad, una variedad mayor de estilos, una voz más fresca y humana, una cuadratura más perfecta, una dicción más pura y una inspiración más abundante. Raimundo era un genio de la Jota, como Gayarre lo fue del “bel canto” o Sarasate del violín. Era la Jota misma hecha carne en su persona menuda, enfermiza, llena de amenazas de muerte, que desgraciadamente se cumplieron ahora, durante la guerra civil, cuando el genial cantor apenas si tenía 30 años. A Raimundo Lanas se le debe el renacimiento actual de la Jota navarra, Jota que por falta de verdaderos cultivadores, de estilistas auténticos, había quedado refugiada estos últimos tiempos en las rondas anónimas de los pueblos y en las partituras de los compositores, nacidos en Navarra. Con Raimundo Lanas la Jota navarra vuelve a su origen, a su puesto, a su brío, pero rejuvenecida y renovada, como una nueva moza de sanos y legítimos padres. Ella lo dice:
 La Jota de los navarros
es una Jota tan clara
que sale del manantial
lo mismo que sale el agua. 


Este resurgir del canto navarro estableció en seguida un pugilato de noble competencia entre Navarra y Aragón; pero los cantadores de Aragón actuales, después de influenciarse por el “Ruiseñor Navarro”, tenían que acabar por confesar que no podían con él... Les vencía, además de su voz de tenor con impostación propia, la fantasía desbordante, irresistible de quién no solamente practicaba los viejos estilos, sino que creaba nuevas formas de Jota en cuanto se le daba una copla (1), formas que han quedado ya incorporadas para siempre a los estilos permanentes y quién sabe nacidos cuándo...
(1) Nadie mejor que yo puede ser testimonio de esta afirmación, pues casi todas las coplas cantadas por el “Ruiseñor Navarro” y que él ha popularizado, fueron escritas por .
Dicha, pues, la Jota al estilo de Oto o al estilo del “Ruiseñor Navarro”, queda patente la existencia diferencial, de estas dos Jotas. De ellas dos, Aragón se llevó la popularidad, la fama. Pero Navarra atrajo con su Jota a los compositores y las hermosas Jotas de piano y de concierto han sido escritas con temas y dejos navarros. Zabalza, Arrieta, Gaztambide, Chapí, Laspiur, Larregla, Sarasate, han escrito bellísimas Jotas. Las de Sarasate para violín son numerosas y célebres. Pamplona aún tiembla emocionada con el recuerdo de una Jota cantada y tocada al aire libre el año 1885, nada menos que por Julián Gayarre y Pablo Sarasate. La ciudad los había recibido como a hijos excepcionales. Hubieron de salir al balcón del Hotel donde se hospedaban veinte veces, treinta, cien. Al fin, se oyó una voz estentórea .entre la multitud, que gritó:
— ¡La Jota!
Esta voz se hizo general:
— ¡La Jota! ¡La Jota!
Entonces Sarasate sacó su violín y entre un silencio enorme, en la noche estival, comenzó el genial violinista a tocar la Jota, Jota que, al llegar a la copla, Gayarre cantó con estos cuatro versos que quedaron escritos para siempre en el corazón de los pamploneses:
 El cielo de las navarras
está vestido de azul;
por eso las navarricas
llevan la sal de Jesús. 


Como se ve, todo está impregnado de Jota por estas tierras. Para ello lo mismo da Aragón, que Navarra que la Rioja. Vino lírico. Canción de guerra y amor. A veces, misticismo, religiosidad. Pero cuando la Jota se emplea para cantar a la Virgen, por ejemplo,  se hace transformando a la Virgen en amazona. En Aragón, al ser cantada la Virgen del Pilar por medio de la Jota, pierde la madre de Dios su carácter divino. Ya no es la madre de Jesús. El pueblo crea un nuevo mito. Y la convierte en guerreadora y amiga de los soldados. Unas veces la copla la viste de capitana generala, y otras de la mejor artillera. Como en esta copla:
 Por el río abajo va
una lancha cañonera
y la Virgen del Pilar
es su mejor artillera.


Convertida en danza la Jota, pasa a ser vértigo, locura, crepitar emocionante de lo más fuerte y rítmico al mismo tiempo. No hay compás más seguro, pisada más firme, vuelta más geométrica que en una Jota, bien bailada. Jadeantes las parejas tienen un brillo antiguo de pinturas nunca vistas. Ellas con sus rameadas faldas, su polícromo mantón, sus largos pendientes, su moñete recogido en trenzas. Ellos con sus calzones viriles, con la pana dura y la faja descomunal que sirve de adorno. El cuerpo en mangas de camisa y el pañuelo a la cabeza, que la copla ha cantado:
 Qué sería un baturrico
sin la cabecica atada,
si aún teniéndola atadica
dice las cosas tan claras. 


Así se crea el clima rojo y pardo de este pedazo de España donde la Jota tiene su altar y su culto; danza y cantar soberbio, severo, ritual; onda de un mar de huertas, de barrancos, de llanuras estériles, con voces que nos hablan de lo eterno...
¡La Jota!

Danza del corazón, de la sangre, del alma;
danza de los sentidos, del músculo, del pecho.
Un viento primitivo envuelve las parejas
de las gentes que bailan la Jota de fuego.
Un misterio también... ¿Por qué la Jota tiene
esa luz de relámpago y ese bramar de trueno?
Por la espina dorsal de media España corre
lo mismo que una pólvora que no tiene remedio.
Secreto...
Secreto de su fuerza bravía,
del varonil empuje de su cierzo,
de su loca algazara, de su temblor de brasa,
secreto;
pero no es una danza como las otras danzas,
para bailarlas sólo con el cuerpo;
la Jota hay que bailarla con la vida en el ritmo.
con el cuerpo y con el esqueleto.
¡La Jota!
Redoble de requintos, guitarras imantadas
en la noche prendida de luceros,
copla sobria y sencilla, clara y firme,
como un cuchillo que atraviesa el viento.
Y luego el baile, un siempre igual valiente ritornello,
salpicado de fuertes castañuelas
que dan al paso dibujos de arabesco.
Plazas de España, polvorientas, resecas,
que son a veces ruedo
de procesiones, o solar de cadalsos,
o pavés donde juegan los toreros
la fiesta de la sangre,
plazas pulidas por un sol que es verbo...
Aquí la Jota grita en las noches calientes
de la fiesta del pueblo
como llamas en una pandereta,
y las mozas y mozos, con impulsos sedientos,
braman la danza dura, implacable, fornida,
como un mandato viejo,
como si registraran el hecho de un destino
que ya es varonil por ese solo hecho.
Aragón... Y Navarra... Y la Rioja...
hasta que el gallo canta bailan firmes y enteros.
El vino riega el baile con la sombra
de un elixir espeso.
Y la Jota mantiene el pulso de las venas
sobre un fondo dramático... Y su eco
se esparce por los campos
y lo funden de rojo y amarillo los melocotoneros.
¿Hay que cantar? ¡La Jota!
¿Hay que llorar? ¡La Jota!
¿Hay que querer? ¡La Jota!
La Jota tierra y cielo.
Boda y bautizo.
Risa y lágrimas.
Paz y guerra.
Jota para el consuelo y para el desconsuelo.
¿Cómo rendir a la mujer amada?
La Jota le hace el amoroso cerco.
¿Cómo vengarse si el desdén acude?
La Jota puede vengar aquel desprecio.
Jota de amor, de celos, de dolores,
Jota para la carne, Jota para los huesos.
Jota para el espíritu. Jota para el coraje.
¡Es la Jota un sensorio de deseos!
Y parece en la tierra donde la Jota vive
que aún es más que la vida, en sus pasos inciertos.
Y que en Jotas se envuelven, cuando van a la tumba,
los muertos.
Pañales y sudarios,
mantillas de las novias,
recuerdos de los viejos,
navajas de las riñas,
guitarras florecidas,
cunas, y cementerios.
Campos de Jota y Cruz.
Aragón y Navarra y la Rioja,
perdidas en la nada de los tiempos.
 Cuando vengan los sabios
y quieran estudiar quiénes fueron los iberos,
que vayan a la Jota,
a esa Jota que es mora,
y cristiana,
y semita,
y en sus pliegues de acero
está el sistema todo de esta raza de piedra,
de tierra,
de raíces,
de barro...
Esta raza que el Ebro
coció como cerámica en sus aguas de esparto
y quedó con su jota, en un hondo misterio…
Danza del corazón,
de la sangre,
del alma;
danza de los sentidos,
del músculo,
del pecho...
Quién pudiera bailarte como entonces,
con la flor de los años,
con la flor del aliento!

¡¡La Jota!! 
 ¡La Jota!

Danza del corazón, de la sangre, del alma;
danza de los sentidos, del músculo, del pecho.
Un viento primitivo envuelve las parejas
de las gentes que bailan la Jota de fuego.
Un misterio también... ¿Por qué la Jota tiene
esa luz de relámpago y ese bramar de trueno?
Por la espina dorsal de media España corre
lo mismo que una pólvora que no tiene remedio.
Secreto...
Secreto de su fuerza bravía,
del varonil empuje de su cierzo,
de su loca algazara, de su temblor de brasa,
secreto;
pero no es una danza como las otras danzas,
para bailarlas sólo con el cuerpo;
la Jota hay que bailarla con la vida en el ritmo.
con el cuerpo y con el esqueleto.
¡La Jota!
Redoble de requintos, guitarras imantadas
en la noche prendida de luceros,
copla sobria y sencilla, clara y firme,
como un cuchillo que atraviesa el viento.
Y luego el baile, un siempre igual valiente ritornello,
salpicado de fuertes castañuelas
que dan al paso dibujos de arabesco.
Plazas de España, polvorientas, resecas,
que son a veces ruedo
de procesiones, o solar de cadalsos,
o pavés donde juegan los toreros
la fiesta de la sangre,
plazas pulidas por un sol que es verbo...
Aquí la Jota grita en las noches calientes
de la fiesta del pueblo
como llamas en una pandereta,
y las mozas y mozos, con impulsos sedientos,
braman la danza dura, implacable, fornida,
como un mandato viejo,
como si registraran el hecho de un destino
que ya es varonil por ese solo hecho.
Aragón... Y Navarra... Y la Rioja...
hasta que el gallo canta bailan firmes y enteros.
El vino riega el baile con la sombra
de un elixir espeso.
Y la Jota mantiene el pulso de las venas
sobre un fondo dramático... Y su eco
se esparce por los campos
y lo funden de rojo y amarillo los melocotoneros.
¿Hay que cantar? ¡La Jota!
¿Hay que llorar? ¡La Jota!
¿Hay que querer? ¡La Jota!
La Jota tierra y cielo.
Boda y bautizo.
Risa y lágrimas.
Paz y guerra.
Jota para el consuelo y para el desconsuelo.
¿Cómo rendir a la mujer amada?
La Jota le hace el amoroso cerco.
¿Cómo vengarse si el desdén acude?
La Jota puede vengar aquel desprecio.
Jota de amor, de celos, de dolores,
Jota para la carne, Jota para los huesos.
Jota para el espíritu. Jota para el coraje.
¡Es la Jota un sensorio de deseos!
Y parece en la tierra donde la Jota vive
que aún es más que la vida, en sus pasos inciertos.
Y que en Jotas se envuelven, cuando van a la tumba,
los muertos.
Pañales y sudarios,
mantillas de las novias,
recuerdos de los viejos,
navajas de las riñas,
guitarras florecidas,
cunas, y cementerios.
Campos de Jota y Cruz.
Aragón y Navarra y la Rioja,
perdidas en la nada de los tiempos.
 Cuando vengan los sabios
y quieran estudiar quiénes fueron los iberos,
que vayan a la Jota,
a esa Jota que es mora,
y cristiana,
y semita,
y en sus pliegues de acero
está el sistema todo de esta raza de piedra,
de tierra,
de raíces,
de barro...
Esta raza que el Ebro
coció como cerámica en sus aguas de esparto
y quedó con su jota, en un hondo misterio…
Danza del corazón,
de la sangre,
del alma;
danza de los sentidos,
del músculo,
del pecho...
Quién pudiera bailarte como entonces,
con la flor de los años,
con la flor del aliento!


¡¡La Jota!! 

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